El ciclo de vida del pulpo común Veintiuno
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Veintiuno

Veintiuno

E l tren iba cada vez más lleno a medida que se acercaban a Edimburgo.

Unas paradas al sur de Stonehaven, un hombretón se plantó en el pasillo junto al asiento de Pen y clavó la vista en el sitio vacío a su lado.

Al mirar en torno a ella y ver lo abarrotado que estaba ya el vagón, comprendió que no tenía escapatoria.

Se arrimó a la ventanilla y le cedió el pasillo.

Ya tenía el libro en la mano y lo sostuvo cerca de la cara.

—Buenas tardes —saludó el hombre en cuanto se dejó caer en su sitio, ocupando por completo el reposabrazos central. Llevaba una camiseta ajustada de manga larga y unas Nike inmaculadas, del tipo de persona que tiene varios pares—. ¿Has pasado un buen fin de semana?

Lo preguntó con afabilidad. Pero no había manera educada de responderle sin tener que preguntarle a él por el suyo, y no tenía el menor deseo de hacerlo mientras estaba encerrada junto a un desconocido que parecía lo bastante fuerte como para aplastarla sin querer.

Bajo las mangas de la camiseta, sus bíceps parecían patatas asadas.

Pen asintió en su dirección, esbozó una sonrisa tensa y volvió a concentrarse en el libro.

—¿Es verdad que el viejo ni siquiera se levanta de la cama en las primeras cien páginas? —preguntó, señalando la cubierta.

Pen estaba leyendo el primer volumen de Proust para una de sus clases. El hombre se inclinaba tanto hacia ella que podía olerle el aliento, con ese regusto avinagrado a cerveza caliente.

—Mmm —respondió Pen, como queriendo decir: «Déjame en paz».

—Vaya vago, ¿eh? —soltó él entre risas.

Pen no contestó. Empezaba a sentir por aquel hombre una antipatía exagerada.

—Aunque a ti debe de gustarte —insistió—. Si no, no volverías a meter la nariz ahí, ¿no?

—Es para clase. Así que, si no le importa, necesito concentrarme —dijo Pen, procurando sonar firme sin perder la calma.

Sacó el iPod del bolsillo y se puso los auriculares. Fue pasando canciones hasta encontrar algo lo bastante ruidoso como para aislarla del mundo.

—Este no es el vagón en silencio, guapa —soltó él en voz alta.

Pen echó un vistazo al otro lado del pasillo.

Las conversaciones de los asientos cercanos parecían haberse apagado un poco, pero nadie se giró.

Tuvo una visión fugaz: le soltaba un puñetazo en plena cara.

¿Saldría sangre? ¿Le dolerían los nudillos?

Nunca había pegado a nadie. No era una buena idea.

Aquel tipo podía estrangularla con una sola mano.

—Seguro que a ti también te gusta estar en la cama, ¿eh? —Añadió él, con un susurro húmedo—. No eres ninguna belleza, pero apuesto a que follas bien.

Estaba tan cerca que Pen pudo ver la caspa sobre su hombro.

Recordó una clase de defensa personal del instituto.

Primero les hablaron de una chica del centro a quien, unos años antes, habían seguido hasta casa para después violarla y asesinarla.

Luego les hicieron practicar con maniquíes a tamaño real, metiéndoles los dedos en las cuencas de los ojos.

«Id a por las zonas sensibles», había dicho el instructor, «ojos, nariz, entrepierna».

¿Tendría valor para hundirle los dedos en los globos oculares inyectados de sangre si fuera necesario?

Sabía que Alice lo tendría. En vez de eso, agarró su bolso y se deslizó hasta el pasillo esquivando su cuerpo.

—Zorra —murmuró él entre dientes, empujándole el culo a propósito con las rodillas.

Justo cuando Pen cruzaba al siguiente vagón, una curva en las vías la lanzó contra las piernas de otro pasajero. Era un hombre mayor con pantalones cortos y calcetines deportivos blancos hasta la rodilla, aunque el fin de semana no había sido en absoluto «templado», sino húmedo y helado.

—¡Ay, mi madre! —exclamó el hombre, sonriéndole con tanta amabilidad que a Pen le ardió la garganta.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó la mujer de pelo blanco a su lado, mientras ella se incorporaba y se disculpaba.

Asintió y, sabiendo que solo el movimiento hacia adelante le impediría echarse a llorar, avanzó hasta el vagón de la cafetería.

Con lo que había comprado —una botellita de vino tinto y una bolsita de anacardos salados a precio de oro—, Pen se instaló en un nuevo asiento, al otro extremo del tren. Arrastró su bolso hasta el sitio que tenía a su lado, por suerte vacío, y dio un sorbo al vino frío.

Claramente, el de los bíceps de patata tenía razón en una cosa: no era una belleza.

Sasha nunca se había sentido atraído por ella; ahora lo veía claro.

Coquetear había sido solo una distracción.

No pensaba de verdad que ella fuera a subirse a ese tren.

No era digna de su atención. Eso, comprendió ahora, era lo que Alice había intentado decirle de forma más delicada.

Saber que Alice lo había visto venir no hacía sino agravar la humillación.

A la punzada de orgullo herido en el bajo vientre se sumaba la rabia consigo misma por haberse dejado embaucar tan fácilmente.

Pen había trabajado duro para hacerse con una coraza que la protegiera, y no soportaba notar cómo se le resquebrajaba.

Después de que su padre se marchara de casa y su madre confirmara lo que Pen ya sospechaba, mientras empaquetaban las ilusiones de su infancia junto con el contenido de la vivienda, Pen había decidido que la religión organizada no era para ella.

Seguía creyendo en algo, pero no era el Dios de su abuela.

Había dejado de rezar de golpe. Ir a misa con Tilda le había enseñado a respetar el poder de las historias, y todavía hoy se le erizaba la piel con ciertos himnos si los cantaba un buen coro, pero había llegado el momento de dejar de pedir favores a unas fuerzas imaginarias y empezar a funcionar como una unidad autónoma, al menos en lo emocional.

Y, como se había repetido tantas veces desde entonces hasta convertirse casi en un tic, ¿quién era ella para pretender que su familia fuera una prioridad a los ojos de ese Dios?

Sabía muy bien que su parte de infelicidad era tan minúscula que apenas se distinguía.

En una ciudad como Toronto, dicen que nunca estás a más de seis pasos de una rata; Pen sabía que con el sufrimiento pasaba lo mismo.

Incluso en un barrio de casas unifamiliares y señales de zona escolar en los pasos de cebra en las que una madre lleva de la mano a su hija, el dolor reinaba por doquier.

En los ojos del hombre con el perro junto a la farmacia, que siempre le daba las gracias por sonreírle, pero que no tenía un lugar caliente donde pasar la noche, ni siquiera a treinta grados bajo cero, porque los albergues no admitían animales.

En los hombros tensos de los chicos del limpiaparabrisas, que saltaban al cruce en cuanto el semáforo se ponía en rojo y enjabonaban el parabrisas antes de que el conductor tuviera tiempo de espantarlos (si era su abuela) o bajara la ventanilla para echarles toda la calderilla en el posavasos (si era su madre).

«Son niños», había dicho una vez, mirando por la ventana con los ojos anegados en lágrimas.

A Pen nunca le había hecho falta ir muy lejos para hallar sufrimiento.

Podía sentirlo en el asiento del conductor del coche, frente a ella en la mesa de la cocina o en el piso de arriba en aquella casa silenciosa.

De pequeña no sabía lo que era. Creía que su madre se ponía enferma a menudo —catarros, jaquecas, gripe—, porque era lo que le decían su padre y su abuela.

—Tu madre tiene un sistema inmunitario débil —le decían—. Solo necesita descansar.

No fue hasta más tarde que comprendió que aquella expresión, «tu madre», era ya de por sí una señal de alarma.

Intentó mirar por la ventana, pero ya había oscurecido, y lo único que veía era su propio reflejo en el cristal.

La próxima estación era Leuchars-St. Andrews.

El nombre parecía mofarse de ella. Pensar en el anhelo que le había provocado el día anterior le produjo un escozor en la piel interior de las muñecas.

No tienes madera de luchadora, ¿eh? , se dijo.

Era un chiste flojo, pero le hizo sentirse un poco mejor.

Un zumbido vibrante venía del asiento de al lado.

Tardó un segundo en darse cuenta de que no era el tren, sino su móvil.

Lo sacó del bolsillo interior del bolso.

Había dos llamadas perdidas de un número desconocido.

Le volvió a vibrar en la mano: « NÚMERO OCULTO », decía la pantalla.

Solo conocía a dos personas que ocultaran el número. Contestó en un susurro esperanzado:

—¿Alice?

—¡Penny!

—¿Papá? ¿Todo bien?

—Llevo rato intentando localizarte.

Su voz sonaba clara y retumbaba como si hablara por el micrófono en un acto de empresa. A Pen le preocupó que todo el vagón pudiera oírlo.

—Hola, papá. Estoy en el tren —dijo lo más bajito que pudo—. En el vagón en silencio. Llego en menos de una hora. ¿Te puedo llamar luego?

—¡Estupendo! ¿De dónde vienes?

—De St. Andrews —respondió.

—Genial. Hablamos en un rato —dijo él, y colgó.

Mentirle a su padre era una sensación nueva. No resultó tan difícil como habría esperado. Fuera, la plataforma iluminada ya se divisaba a lo lejos. Ahí estaba Leuchars-St. Andrews, ganándose el lugar privilegiado que ocupaba en su mapa mental del mundo.