El ciclo de vida del pulpo común Veinte
38%

Veinte

Veinte

E l domingo por la mañana, Pen se bañó y se vistió tiritando en el cuarto de baño de piedra, y salió al pasillo en silencio. Oía a Danny parloteando en la habitación de George y llamó suave mente a la puerta.

—¿Te importa si me lo llevo a dar un paseo? —preguntó a George, que parecía necesitar unas tres jornadas extras de sueño.

—Voy contigo —se ofreció George, adormilada.

—No, tú quédate —dijo Pen, tomando ejemplo de Christina— Ayer me dieron el gran tour ; no nos vamos a perder.

George le sonrió agradecida, vistió a Danny con ropa de abrigo y le dio las instrucciones pertinentes sobre el cochecito.

Había dejado de llover, aunque el cielo seguía completamente en capotado, y el aire era fresco.

Pen había dormido profundamente bajo el edredón grueso en la habitación helada, y se sentía ahora mucho más tranquila.

Las ramitas crujían con un sonido agradable bajo las ruedas del cochecito, y Danny se inclinaba hacia delante contra los arneses —que a Pen le habían costado diez minutos entender—, señalando todo lo que veía.

Tomó el camino de entrada hasta el final y siguió después las señales hacia el pueblo. Su plan era pasar por el salón de té y comprar algo de bollería para dejar como obsequio final antes de emprender una retirada apresurada hacia Edimburgo.

Al cruzar con el cochecito el aparcamiento de la iglesia, que la mañana anterior había encontrado medio vacío, reparó en que no quedaba ni un solo sitio libre.

Claro, pensó; es domingo. El recinto de la iglesia era un hervidero de gente.

Niños pequeños, vestidos con ropa minuciosamente planchada, correteaban a sus anchas por el parque infantil recién estrenado.

Los hombres iban trajeados, y algunas de las mujeres llevaban sombrero.

Las puertas dobles de la iglesia estaban abiertas de par en par, y una multitud iba entrando en fila a paso lento.

Consciente de que muy probablemente todos ellos se conocían entre sí —y a Danny también—, Pen se sintió de lo más expuesta. Sonrió sin mirar directamente a nadie y siguió de frente hasta alcanzar la calle principal.

El salón de té de Betsy estaba a rebosar.

Al pasar frente al umbral, impregnado de su dulce aroma, Pen se colocó al final de la cola.

Las dos mujeres que tenía delante mantenían una charla animada y sus sombreros prácticamente se rozaban.

No podía verles la cara, pero oía a la de los rizos oscuros recogidos en un moño apretado decir, con una voz cargada de indignación:

—… El Perú. Fíjate tú. Dicen que esta vez sí que la ha hecho buena, el zoquete. Un auténtico desastre. Si hubiese sido mi Bobby, le habría arrancado la piel.

—Di que sí —respondió la otra, con un sombrero plateado a juego con su cabello—. Qué esperabas. Bastante hace, si lo han criado como a un rey.

La mujer que hablaba se volvió a mirar por encima del hombro. Pen vio cómo fruncía los labios estrechos. Forzó entonces una sonrisa.

—Precioso, el peque —dijo—. ¿Cuántos meses tiene?

—Ocho —respondió Pen, y lo arropó con firmeza bajo la mantita, deseando que no reconocieran a Danny.

Todos los bebés felices se parecen , pensó sonriendo para sus adentros.

Nunca había creído en las «familias felices» como tal, y por eso le resultó bastante fácil, tumbada en la cama la noche anterior, devolver a la familia Lennox al confuso mar de la humanidad en general.

Pero, del mismo modo que el grano en la barbilla de Sasha y su aspecto agotado y desaliñado habían subrayado su humanidad y, por tanto, incrementado en vez de disminuido su atracción física hacia él, también le pareció que todos ellos, y especialmente Christina, le resultaban ahora más conmovedores por ser mortales.

Pen entró en la cocina con el bultito sonrosado que era Danny y una caja de scones aún calientes.

Sasha estaba sentado a la mesa. Se levantó, como había hecho el día anterior.

Volvía a tener algo de color en el rostro.

Sus ojos habían recuperado el brillo y estaban cargados de algo que parecía remordimiento.

O tal vez se lo estaba imaginando. Ella se cuidó mucho de que lo que sentía no se le notara en la sonrisa.

—¿Te hago una taza de té? ¿Unas tostadas? —preguntó él.

—¿Tienes café?

Pen ya había tomado más que suficiente té, y se alegró de escuchar esa firmeza en su propia voz. Él se puso a prepararlo mientras ella sacaba algunos de los juguetes de Danny de debajo de la trona y se sentaba con él en el suelo a jugar.

—Pen —dijo en voz baja, una voz que amenazaba con derretir el muro de hielo que ella había construido.

Se sentó a su lado y dejó la taza junto a su pierna estirada.

Su respiración reaccionó a su cercanía, aunque no quisiera—.

Siento haber estado tan borde ayer —añadió, sin apartar los ojos de los suyos—. Surgió algo inesperado que…

Christina irrumpió por la puerta batiente con su energía de siempre y Nellie pisándole los talones. Pen agarró la taza justo a tiempo para salvarla del coletazo de la perra.

—¡Pen! Angelito —exclamó agachándose para abrazarlos a los dos con una de sus espontáneas muestras de afecto.

Al sentir el cuerpo de Sasha, Pen se tensó de golpe. El cuello le olía a jabón. Quería que aquello se acabara, pero también quería fundirse en él.

—He mirado cómo estaba George y me ha dicho que le habías secuestrado a Danny para dar un paseo —continuó Christina—. ¿Y esto qué es? ¿Scones de Betsy recién hechos? Eres una auténtica joya.

¿Era cosa suya o Sasha seguía junto a ella más de lo necesario, incluso después de que Christina se hubiese puesto en pie? Pen se retiró con delicadeza y le pidió a Christina el teléfono de alguna compañía de taxis.

—Quédate al menos a comer —suplicó Christina con sinceridad, aunque Pen sabía que era más un reflejo que un deseo real—. Los domingos hay pocos trenes directos; si sales ahora, el trayecto te va a llevar más tiempo del necesario. Sasha puede llevarte en coche cuando se vaya.

Sasha asentía, pero Pen no podía permitirse el riesgo de pasar más tiempo con él encerrada en un coche.

—Gracias, es un detalle, pero ya he reservado el billete —mintió con esa nueva voz autoritaria que acababa de descubrir.

Le daba igual cuánto tuviera que esperar o cuántas veces parara el tren. Lo que necesitaba ahora, por encima de todo, era estar sola.