Diecinueve #2
—Muy bien —los ojos de Lennox, ya limpios tras los cristales, volvían a mostrar complicidad—.
La xenia era el pacto recíproco por el que los huéspedes desconocidos debían ser tratados como amigos (bañados, vestidos, alimentados y acompañados a su próximo destino) y, a cambio, los viajeros no debían suponer una amenaza, sino traer una charla fresca y noticias del mundo exterior.
Pen, consciente de su abrigo prestado y de que aquello era una crítica velada a su interrogatorio, se ruborizó. Pero había llegado hasta allí; no pensaba rendirse tan fácilmente.
—¿Y qué pasa con Penelope? —preguntó—. ¿No crees que se pasó un poco con lo de la xenia, dejando que los pretendientes camparan a sus anchas por el palacio? Les habría ido mejor a muchos si ella hubiera tenido más agallas.
Lennox se puso de pie y se sacudió. Le tendió la mano. Ella no la necesitaba, pero se la tomó igual.
—Llenes razón —dijo—. No hay que pasarse. Pero tampoco conviene olvidar lo peligroso que se vuelve el mundo cuando esa regla desaparece. ¿No os hablaron en historia de la masacre de Glencoe?
Pen negó con la cabeza.
—No, claro. Normal —dijo él. Y le relató, con su habitual gusto por los detalles macabros, el alto precio que pagó el clan MacDonald en 1692 por acoger en su casa a soldados del clan Campbell—.
Mis suegros, por azares del destino —añadió, negando con la cabeza—.
Un asunto peliagudo. —Se detuvo y la miró de frente.
Pen sintió que la trataba como a una igual—.
Christina y yo, a nuestra torpe manera, intentamos ser amigos tuyos, Penelope.
Supe desde tu primera carta que eras un alma afín y que vendrías con preguntas, no todas ellas de mi incumbencia.
Solo te pido un poco de paciencia. Ya se despejarán las dudas.
En cuanto a Freddie… —Los ojos se le ensombrecieron—.
El regreso inesperado de nuestro hijo menor, espero que comprendas, es un tema que de momento no deseo tratar.
Ahora, vamos a secarte antes de que te conviertas en otro de los fantasmas que merodean por aquí.
Al acercarse a la casa, Pen divisó el coche de Sasha aparcado junto a los establos, y notó cómo se le desataba un torbellino en el cuerpo. Nellie reaccionó de forma parecida, aunque ella no lo disimuló.
—Si me disculpas, tengo unos asuntos que atender con Hector —dijo Lennox—. Ve a entrar y sécate bien.
Depositó una mano en el hombro de Pen y se dirigió hacia los establos.
Pen subió desde el cuarto de botas y se encontró con Sasha y Christina en la cocina, sentados junto a sus tazas de té humeante.
—Hola —saludó Sasha, levantándose.
Estaba más alto y robusto de lo que ella recordaba; ni rastro de flacidez.
Llevaba vaqueros negros y un jersey del mismo color —no tenía la pinta de ser la indumentaria para jugar a polo—.
En su postura se adivinaba algo parecido a una disculpa.
Nellie se le lanzaba encima con las patas embarradas y Christina salió a buscar una toalla.
Al acercarse, Pen vio que la quemazón en la nariz se había atenuado; tenía el rostro pálido, con un grano rojo brillante en la barbilla.
Estaban solos en la cocina, y Pen albergaba una esperanza fugaz y poderosa: que él la abrazara.
En cambio, sin cruzar mirada alguna, la besó suavemente en las mejillas —como quien saluda a un primo lejano— y se apartó enseguida, de modo que, cuando ella recuperó el control de su cuerpo, ya había retrocedido varios pasos.
—No te imaginas lo que acabo de ver —dijo con una voz que le sonó artificialmente alegre.
Sasha se detuvo, aún sin mirarla, y Pen sintió una punzada de temor al darse cuenta de que su lenguaje corporal era el de alguien en una fiesta que busca huir de una conversación incómoda.
—¿Qué? —respondió él.
Pen reconoció la rigidez, la mirada ausente, el desapego emocional. Era así como sus padres se habían tratado al final. No supo qué contestar. Negó con la cabeza un «mejor lo dejamos» y se apresuró a cambiarse antes de que Christina regresara a la cocina.
Arriba, en el baño más caliente al que se hubiera sometido jamás, Pen se blindó contra él.
Fuera lo que fuese lo que había provocado aquel cambio, confirmaba que Alice tenía razón: el Sasha Lennox que llevaba desde septiembre alimentando en su cabeza era un espejismo.
El verdadero no tenía nada de especial. Se consoló pensando que al menos tenía un billete de tren flexible.
Haría lo posible por ayudar esa noche, saldaría parte de su deuda de xenia y se marcharía al amanecer.
De vuelta en la cocina, Pen ayudó con la cena.
Christina le había enseñado a cocinar la pechuga de pato, yendo a lo esencial: sellar primero la carne para conservar el jugo, y luego se esfumó escaleras arriba.
Pen se propuso no contarle nada del encuentro con Freddie; había empezado a comprender la cantidad de platos que su anfitriona estaba manteniendo en el aire —ella misma incluida— y en sus últimas horas en Talmòrach solo quería aliviar algo de esa presión.
Aunque cocinar no se le daba bien, agradeció tener una sartén chisporroteante en la que concentrarse cuando Sasha entró y la saludó con un «hola» contenido antes de sentarse.
Se puso a hojear el montón de periódicos del sábado.
Luego apareció Lennox, con pantalón de vestir, camisa abotonada y el pelo húmedo echado hacia atrás.
—Pareces una de mis escenas de autopsia —le dijo a su hijo—. ¿Una larga noche?
Sasha asintió sin añadir más detalles.
—Menos mal que suspendieron el partido —continuó Lennox.
Pen dejó caer la pechuga en la sartén demasiado deprisa y se llevó de rebote una lluvia ardiente de grasa. Fue al fregadero y se echó agua fría.
—Cuéntame qué te parece esto, Penelope —dijo Lennox—.
Sasha, mi hijo mayor y heredero, está escribiendo una tesis sobre la expulsión de las Tierras Altas de Escocia.
Cree que deberíamos renunciar a reclamar Talmòrach y entregarla al «pueblo», por decirlo así.
Ahora bien, ¿no te parece contradictorio que un joven de principios, tan idealista, juegue al polo, un deporte de príncipes y magnates del pienso para mascotas?
—Papá —protestó Sasha, con un hilo de voz—. Por favor.
—Expulsar a sus habitantes para criar ovejas fue un error —replicó Lennox—, pero no pasa nada, y permíteme, Penelope, que versione una canción canadiense, si después se pavimenta el paraíso y se construye una pista de polo, ¿verdad [2] ?
La mirada burlona de Lennox le pareció a Pen completamente fuera de lugar, teniendo en cuenta el efecto que sus palabras estaban teniendo en su hijo.
A pesar de haber decidido no esperar ya nada de Sasha, y aun con la confirmación dolorosa de que el partido había sido cancelado —y de que, por tanto, bien podría haber llegado antes—, en ese momento se sentía más molesta con el padre que con el hijo.
Estaba harta de las puestas en escena de Lennox, y la irritaba que la colocara en el papel de espectadora de aquella pulla.
La conversación que habían tenido antes le había dado valor.
Había visto en los ojos de Lennox que apreciaba su franqueza, aunque no le hubiera respondido con la misma moneda.
Y como pensaba marcharse por la mañana y no volver jamás, ya no tenía nada que perder.
—Tal vez —contestó, volviendo la cabeza hacia él—.
Pero el polo no se aprende por error. Alguien le enseñó a montar.
Quizá fue enviado a un colegio donde el polo es tan normal como llevar frac.
Puede que lo practique en parte para sentirse cerca de quien se lo enseñó.
Aunque esa misma persona, a veces, use esas supuestas incoherencias para evitar hablar de otros asuntos.
Lennox sonrió y susurró a Sasha:
—No te apresures, hijo, pero este es el tipo de chica que conviene tener cerca.
Avergonzada por aquel comentario y sin ganas de ver la reacción de Sasha, Pen volvió a centrarse en la sartén, donde el magret de pato, ya bien dorado, pedía a gritos que le dieran la vuelta.
Christina entró por la puerta batiente con Danny en brazos:
—No ha dormido en todo el día este diablillo, y George ya no sabe qué hacer —comentó a modo de explicación—. Le llevaré algo de cenar más tarde.
Pen dejó encantada la cocina en sus manos y se ofreció a cuidar de Danny, que esta vez aceptó sin protestar y enseguida se entretuvo agarrando el colgante de oso polar de Pen.
Aquella noche, el collar que su madre le había regalado en aquella Navidad terrible la reconfortaba, parecía conferirle fuerza.
Se alegraba de llevarlo puesto en ese instante.
—Somos un grupito encantador —dijo Christina, examinando el trabajo de Pen con un gesto de aprobación—. Quizá la lluvia nos haya afectado al final. Sasha, cariño, pon la mesa aquí, ¿quieres? Es más acogedor. Y tú, Elliot, mira a ver si encuentras una buena botella de borgoña.
Mientras Lennox abría el vino y Sasha ponía la mesa, Christina, sin darse cuenta de que la contemplaban, colocó no uno sino dos platos sobre una bandeja para llevárselos arriba.