El ciclo de vida del pulpo común Diecinueve
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Diecinueve

Diecinueve

— P erdona. Me he equivocado de puerta —se excusó Pen, dándose la vuelta para marcharse.

—Espera —dijo el chico, bostezando ostentosamente mientras tanteaba la mesilla de noche.

Encontró unas gafas y se las puso, encendió la lámpara de la mesilla y quedó bañado en una luz amarilla—.

Sé quién eres. Eres la canadiense. —Parpadeó tras las gafas de pasta negra—.

Mi padre sí que dijo algo sobre una miembro de la Policía Montada husmeando por aquí.

No sé por qué, pero me imaginé a una feúcha.

Con patillas y un gorro con cola de mapache.

O no, ¡de castor! —Sonrió y le tendió la mano—. Freddie Lennox.

Pen se quedó de piedra, atrapada entre la risa y el enfado.

Así que este era Freddie Lennox, la «leyenda».

¿Y ni George ni Christina habían creído oportuno mencionar que no estaba en absoluto en Sudamérica, sino, de hecho, durmiendo en una cama infantil justo un piso por encima de sus cabezas?

¿Y de verdad había dicho Lennox que ella andaba «husmeando»?

—Te has quedado muy pálida —repuso Freddie—. No tengas miedo. No estoy muerto ni nada. Solo manteniendo una actitud discreta. Persona non grata. Más Banksy que Banquo.

—¿Por qué? —preguntó Pen, que empezaba a recuperarse—. ¿Qué ha pasado?

En lugar de contestar, se inclinó para salir de la cama —lo que dejó a la vista una pequeña rosa heráldica tatuada sobre la cadera— y alcanzó la ropa tirada en el suelo.

Se metió como pudo en una camiseta negra de los Libertines.

Del bolsillo de unos vaqueros sacó un porro a medio fumar y un mechero naranja de plástico.

Se colocó el porro entre los labios —rojos como los de Sasha, aunque su cara era más ancha y expresiva que la de su hermano—, y estuvo un rato forcejeando con la ruedecita del mechero hasta que prendió. Aspiró con fuerza y luego tosió.

—¿Has intentado pasar droga por una frontera o algo así? —insistió Pen.

Su tos se convirtió en risa y después volvió a ser tos.

—¿Tengo pinta de principiante?

Siguió tosiendo, y el olor a marihuana se extendió hasta donde estaba ella.

—Un poco —concedió, no con ánimo de ofender, sino porque era verdad.

Dio un paso atrás, alejándose del humo.

Él le dedicó una sonrisa, enseñando unos dientes pequeños y algo separados, como de leche.

—No, nada de eso. Esto —levantó el porro— es una reliquia familiar.

Lo encontré en el cajón de esa cómoda de ahí.

Por su frescura, diría que era de mi abuelo.

Por parte de padre, claro. Aunque bien le vendría algo al pobre sir Willy.

Los que estamos en la trena debemos buscarnos nuestras distracciones.

—¿Y por qué te tienen aquí arriba encerrado? —insistió.

Él pareció pensarlo un momento, luego se chupó los dedos y apagó la brasa.

—Me encantaría contártelo, Nancy Drew. De veras. Pero entonces mamá tendría que matarme. —Su expresión se volvió solemne—. No quiere que nadie sepa que he vuelto. Al menos hasta que decida qué hacer conmigo.

Pen, que aún estaba digiriendo todo aquello, no se dio media vuelta de inmediato. Como si su vacilación le diera alas, a Freddie se le encendió una chispa traviesa en los ojos.

—Ya que estamos guardando secretos, si quieres convertir esto en una visita conyugal, por mí genial —dijo, dando una palmadita en la colcha junto a él.

Fue suficiente; Pen le hizo un gesto con la mano y desapareció.

Fue Elliot Lennox quien la encontró un rato después, leyendo en el salón octogonal, con una Nellie entusiasmada dando vueltas a sus pies.

—Oh, por Dios, no me digas que estás con el infame Charles Swann —anunció, haciendo que Pen dejara caer el libro. Se agachó para recogerlo y se lo devolvió—. Hola, Penelope. Encantado de verte otra vez. ¿Me acompañas en mi paseo vespertino?

Nellie saltó al sofá junto a Pen, que le acarició el lomo cálido.

Lennox iba vestido para salir a la intemperie: tweeds desvaídos y una gorra plana.

El conjunto encajaba en aquella estancia vasta y atemporal, con su chimenea cavernosa (que esta vez ella había dejado apagada, aunque tenía frío) y sus sillones rectos y demasiado tapizados.

Solo en contraste con Freddie —cuyo confinamiento proyectaba otra luz sobre sus padres—, aquello empezaba a parecer un disfraz.

La lluvia estaba a punto de convertirse en aguanieve y, en cuanto salieron por la puerta del cuarto de botas —Lennox había equipado a Pen con un abrigo encerado y unas botas altas de agua—, les azotó la cara.

Como Christina, Lennox parecía negarse a ver el mal tiempo como un impedimento para salir a caminar.

Con Nellie brincando por delante, comenzó lo que Pen percibió como una visita guiada ensayada hasta la saciedad.

Tenía sentido que un escritor famoso con un castillo heredado tuviera que hacer de guía con cierta frecuencia.

No culpó a Lennox por recurrir a ese número ahora, con un hijo en paradero desconocido y el otro escondido en su cuarto como un reo pendiente de juicio.

Aun así, mientras él hablaba de un rey que resucitó un título antiguo para su amante, y de batallas ganadas y perdidas, Pen, que normalmente disfrutaba de una buena lección de historia, notó que su mente divagaba.

El discurso parecía adaptado a la necesidad de tomar aire, como un himno o un canto patriótico.

Siguió hablando sin pausa, incluso cuando el terreno les exigía respiraciones más profundas.

Cruzaron un bosque, un puente tambaleante y una cuesta rocosa hasta alcanzar el punto más alto de la propiedad.

En un día despejado, le aseguró Lennox, se vería el mar del Norte.

—Hoy no vemos mucho, claro está —concluyó—. Pero ya despejará.

—¿Tú crees? —preguntó Pen, nada convencida ante un panorama completamente plomizo.

Lennox la miró de forma extraña un instante.

—Ya era hora de que te enseñara nuestro patrimonio mal habido, como diría mi hijo mayor —repuso al fin.

El autor célebre había cedido paso al Lennox más íntimo. Nellie los condujo de vuelta por otro sendero que descendía por la ladera.

—Malhadadas deudas, en realidad —añadió—.

Mi padre solía decir que la tierra no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella.

Quería decir, creo, que nuestra obligación es conservarla, que somos sus guardianes para las generaciones futuras, no que acabará enterrándonos.

Aunque esa segunda interpretación fue bastante más acertada.

—Señaló hacia los pies de la colina, donde había una pequeña capilla antigua que Pen no había visto antes, con un cementerio diminuto detrás—.

Está enterrado justo ahí. Creo que realmente intentó vivir según sus principios.

Quizá hasta se convenció de que lo hacía.

Es asombroso, ¿no? Los mundos que nuestros padres se crean para vivir en ellos.

La miró con las gafas sin montura salpicadas de lluvia. Pen sentía el pulso en la garganta. Sabía que esa era su oportunidad de atravesar su coraza, y que quizá no tendría otra.

—¿Y tú? —le preguntó—. ¿Qué mundo estás creando tú?

Él se detuvo y volvió a mirarla.

—Ah, muy bien. Yo también soy culpable, por supuesto —dijo—. Pero al menos intento reconocer que es ficción. Y mantenerla dentro de los libros, en la medida de lo posible. Mira esto. ¿Sabes qué albergaba esta monstruosidad del siglo XIV ?

Se habían detenido frente a una estructura en forma de colmena, hecha de piedras irregulares cubiertas de musgo y liquen.

Tenía una hilera de orificios en la parte baja, como ventanucos, y una especie de pagoda de piedra en lo alto.

Pen sintió una punzada de decepción: era un palomar, o columbarium, el mismo que Sasha había dicho que quería enseñarle.

Ese recuerdo la espoleó, y las palabras se le escaparon sin filtros.

—No me refiero al mundo que has creado para tus personajes.

Ese lo entiendo bien: he leído cada uno de tus libros al menos tres veces.

Me refiero al que estás creando aquí. Ese en el que finges que no llueve, que es normal vivir en un castillo, y que uno de tus hijos está en Sudamérica cuando en realidad está arriba en su habitación.

Y eres increíblemente amable y un buen anfitrión, más de lo que jamás habría podido soñar o esperar, pero no me dejas acercarme ni un poco al tema que sabes que llevo intentando sacar desde mi primera carta. ¿Por qué?

Pen se notó la voz ronca. Y los dedos, entumecidos.

Los metió en los bolsillos del abrigo prestado.

Dentro de uno había un pañuelo de papel, que empezó a retorcer mientras esperaba una reacción.

Lennox había ladeado la cabeza hacia el hombro derecho, la oreja izquierda hacia ella, como en señal de atención, pero miraba a lo lejos.

Por fin, apartó unas hojas de un tronco caído junto al camino y se sentó. Le hizo un gesto para que se sentara con él. Ella obedeció.

—Empecemos por la lluvia —dijo—. Esto es Escocia.

Si dejáramos que cuatro gotas nos frenaran, no saldríamos nunca.

—Se quitó las gafas mojadas y las limpió con un pañuelo del bolsillo, como para ilustrar lo que estaba diciendo—.

En cuanto a vivir en un castillo, tienes razón.

Es terriblemente incómodo. Sasha piensa igual.

Pero dime, Penelope, ¿conoces el concepto griego de xenia?

Dios santo , pensó Pen. Tuvo que tensar los párpados para no poner los ojos en blanco, lo que probablemente la hizo parecer una psicópata.

Lennox había sonado exactamente como su padre.

¿Acaso enseñaban eso en los colegios de élite?

¿A esquivar preguntas directas recurriendo a la Antigüedad?

Tenía sentido, dado el número de primeros ministros que había salido del colegio donde su padre y Lennox se conocieron.

—Creo que sí —respondió—. ¿No era eso por lo que siempre le untaban aceite a Odiseo?