El ciclo de vida del pulpo común Dieciocho #2
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Dieciocho #2

La idea que tenía Christina de lo que debía ser una «buena esposa» difería considerablemente de la de su madre, Lady Julia Campbell.

Tal vez la diferencia fundamental era que, mientras que su madre había renunciado hacía ya mucho a toda aspiración de autonomía o plenitud, Christina las reclamaba como imprescindibles.

Cuando eligió compartir su vida con Elliot, dejó atrás de buen grado la frustración y las luchas de poder de su antiguo papel y asumió uno nuevo que, con el tiempo, resultó encajar mejor con su afán de logros concretos y su necesidad de autonomía.

Y sí, también le permitía compartir cama con el hombre que amaba y, más adelante, ejercer la maternidad a su manera.

Cada día se sentía agradecida por ello. Cada noche, al quedarse dormida, esperaba con ilusión los sonidos y aromas de la mañana, su ducha fría (una costumbre nacida de la impaciencia: el agua caliente tardaba una eternidad en llegar, y ahora ansiaba el estremecimiento que le provocaba), su paseo por aquella tierra que adoraba.

La belleza de Talmòrach seguía maravillándola.

Cuando se tomaba unos días para callejear por Londres y visitar galerías, la añoranza que sentía era física.

Talamh significaba «terreno», pero también «suelo» o «tierra».

Esa tierra formaba parte de su ser, y ella un día formaría parte de todo aquello.

Cuando se acostumbró a las miradas inquisitivas de quienes aún la consideraban una rareza, dejó de importarle que la tildaran de excéntrica.

Sabía, sin embargo, que su familia seguía siendo motivo habitual de cotilleo en el pueblo, no siempre inofensivo.

Entendía bien la rapidez con que el desconcierto podía tomarse desprecio.

Como la propia casa, Christina sentía que su mente podía estar en orden un momento y quedar sumida en el caos al siguiente, bastaba una tormenta o un pájaro despistado en la chimenea para trastocar el equilibrio.

Por eso trabajaba codo con codo con su equipo: no solo porque hiciera falta —siempre había más faena de la que podían asumir y nunca suficientes fondos—, sino también porque la reconfortaba ver que las cosas iban viento en popa.

Al mejorar visiblemente una habitación, un parterre, el colegio o el cementerio —dejándolos más limpios, luminosos, acogedores, resistentes—, podía ahuyentar la voz de la autocrítica que siempre acechaba en los rincones de su cabeza.

Christina era consciente de que tendía a culpar más fácilmente a Sasha que a su hermano.

Quizá por ser el mayor, pero más probablemente porque se parecía más a ella, y eso la llevaba a veces a la injusticia de juzgarlo como una extensión de sí misma.

Aquella mañana la molestaba que diera por hecho que ella asumiría su papel sin más.

Al menos podría haber llamado a la pobre chica.

Pero entregarse a ese fastidio tampoco era justo.

Sasha no era el hijo que ahora le pesaba en el alma, como lo hizo cada uno de ellos en su día al presionarle el diafragma, oprimirle los pulmones e impedirle respirar.

De camino al pueblo, Christina pensó cómo mantener entretenida y alejada de la casa a su joven invitada el resto de la mañana manteniendo a raya sus propias preocupaciones.

Su solución fue arrastrar a la discretísima hija de Ted Winters en una serie de recados improvisados.

Observaba los ojos verdes de Pen —claros como el vidrio marino pulido, tan distintos de los de su padre, aunque con su misma expresión astuta—, la escudriñaba con atención y, por suerte, sin demasiado acierto.

Mientras la guiaba por las tiendas de Stonehaven y, luego, cediendo a un impulso de deber turístico, a lo largo del paseo marítimo azotado por la lluvia, Christina trataba de decidir su siguiente paso.

No podía tomar como ejemplo a su propia madre.

A pesar de su impecable papel de esposa, Lady Julia se había quitado de encima cualquier preocupación que sus hijos le hubieran podido provocar, delegándola en los hombros más aptos —para tal propósito— de una sucesión de niñeras, institutrices y tutores.

Todo lo demás, en aquella época, se habría considerado no solo excesivamente permisivo, sino directamente estúpido.

Muchas de esas antiguas convenciones le parecían hoy a Christina aberrantes, inconcebibles, pero había momentos en que envidiaba aquellas horas de desapego maternal que a su madre le salían con tanta naturalidad, y de las que otras, como Margot, seguían disfrutando.

Hacerse responsable de cada insensatez que cometían sus hijos era agotador.

Siempre se había dicho que Freddie tenía algo de Margot.

No solo por el pelo oscuro o los ojos de búho, sino por esa capacidad de absorción en uno mismo que aniquilaba el sentido común, el bien común, cualquier cosa común.

Y, como ocurría con Margot, cuando Christina le pedía cuentas —algo que hacía con regularidad—, Freddie se encogía de hombros y le ofrecía una sonrisa picara.

Debería haberlo sacado de ese colegio a la primera señal de alarma.

No comprendió entonces hasta qué punto lo estaba atormentando su primo Hugh.

Solo en los últimos años sus hijos le habían revelado la crueldad con que ese miembro de su propia familia lo había tratado.

Era una fuente de vergüenza profunda no haberlo evitado.

Qué estupidez dejar que el referente de su adolescencia —siempre tan turbia— no fueran sus padres, sino tutores rancios, directores de residencia desbordados y, lo peor de todo, sus propios compañeros.

Un rebaño de chicos uniformados y apelotonados día y noche no tenía más dignidad que una jauría de hienas.

A Sasha no le había ido mal: era el tipo de niño capaz de pasarse horas solo con un bloc de dibujo y una caja de lápices de colores.

Incluso para Elliot o Ted —y quizá también para sus hermanos, en otros tiempos— había resultado aceptable.

Pero Freddie, que encontraba su mayor dicha en medio de una montaña de chavales revolcándose en el campo, había acabado rodeado de una panda amorfa que valoraba por encima de todo el pasárselo bien y su talento para entretenerse mutuamente.

De no ser por la gravedad de sus posibles consecuencias, este último apuro de Freddie habría tenido incluso su gracia.

Pero, tras haber hablado directamente con las autoridades que decidían el futuro de su hijo, Christina no estaba para reírse.

Elliot tampoco, aunque su reacción habitual ante los asuntos serios era alzar las manos y volver a sus libros.

Ni siquiera tenía móvil. Eso, como tantas otras cosas, era un problema para Christina.

Por eso, el jueves, tras recibir la llamada, movilizó todos los recursos que pudo recordar para que Freddie y su amigo —igual de estúpido— subieran al primer avión desde Lima con destino a casa.

Aún seguía recurriendo a las relaciones que le quedaban de su vida anterior para conseguir que su fechoría fuera considerada bajo la luz más comprensiva posible y —lo más crucial de todo— evitar que llegara a la prensa sensacionalista.

Si llegaba a convertirse en un escándalo, la habían advertido sus contactos, ya no habría nada que hacer.