Dieciocho
Dieciocho
S e dice a veces que una madre solo es tan feliz como su hijo menos feliz.
En el caso de Christina Lennox, esto no era estrictamente cierto.
Sus hijos, ambos, parecían en general mucho más contentos de lo que cabía esperar, dadas las circunstancias, y era precisamente eso lo que la tenía descontenta.
Christina estaba, a las ocho y media de la mañana del sábado, metida dentro de la nube blanca de una funda nórdica, buscando a tientas las dos cintas que debían de estar en las esquinas.
Gladys le había contado que esas cintas servían, de manera bastante ingeniosa, para sujetar el relleno en su sitio y evitar que se hiciera un gurruño, pero no las encontraba por ninguna parte.
Seguramente la lavadora antigua las habría arrancado y devorado.
No había más remedio que encajar las esquinas sueltas, sacudir el nórdico y confiar en que aguantara.
La cama recién hecha, una vez alisada, le dio la satisfacción que había buscado al proponerse esa tarea.
Le encantaba ese dormitorio, con sus paredes verde Petrouchka y la cama en forma de carruaje.
Los movimientos necesarios para prepararlo la estaban ayudando a entrar en el estado mental necesario para enfrentarse al día.
Al fin y al cabo, no era culpa de Pen que llegara en el peor momento posible.
El miércoles por la noche, cuando Sasha le había escrito para decirle que había invitado a Pen el fin de semana, le había parecido una buena noticia.
Salvo por una breve relación con Charlotte Rutherford, por quien Christina albergaba suficientes reservas como para llenar un hotel pequeño, hacía mucho que Sasha no traía a casa a una chica.
De niño había sido dolorosamente tímido.
Mientras que Freddie se adaptaba con facilidad a quien tuviera cerca, Sasha había tenido problemas para hacer amigos.
Pasaba la mayor parte del tiempo inventando elaborados juegos imaginarios en el bosque y, más adelante, dibujando mundos inventados en planetas remotos y leyendo cómics.
Aunque había aprendido, desde que se fue al internado, a fingir que estaba a gusto en grupo —y hasta había hecho una verdadera amistad con Chet—, Christina sabía que era muy poca la gente con la que se abría.
Pen había despertado algo en él. Christina le había tomado a Pen un cariño real en su primera visita y, pese a la inquietud que produce saber más de lo que se debe, esperaba verla de nuevo con ganas.
Pero después de los sucesos del jueves y el viernes, lo último que quería eran visitas.
Había llamado a Sasha poco después del primer mazazo, no solo para pedirle que aplazara la invitación, sino también porque sabía escuchar y tenía buen juicio.
Sasha había recibido la noticia con seriedad y coincidió en que lo mejor era que Pen no viniera.
Por eso fue otra sorpresa desagradable que a las siete de la mañana del sábado el móvil de Christina empezara a convulsionar en la mesilla con una serie de mensajes de Sasha en los que explicaba lo del partido, se disculpaba por no haber aplazado la visita de Pen —porque se le había olvidado, simplemente— y le pedía por favor que la recogiera en la estación y estuviera con ella hasta que él llegara, con mucho amor y muchas disculpas.
Christina agradecía a menudo —y esa mañana se sentía especialmente agradecida— no vivir ya en una casa acechada por las miradas.
Cuando llegó por primera vez a Talmòrach, andaba de puntillas por los pasillos patrullados por lacayos inmutables y tenía prácticamente prohibido el acceso a la cocina del sótano, de donde surgía dos veces al día una procesión de platos con exceso de salsa, servidos por la derecha y retirados por la izquierda por guantes blancos, mientras los comensales permanecían cautivos, sin decir nada que pudiera interesar a nadie, ni siquiera a ellos mismos.
Era como vivir con un coro griego. Los comentarios sobre cada uno de sus movimientos le llegaban de boca en boca desde el pueblo, tan retorcidos como la ropa vieja de la familia que salía de la lavadora indestructible —pero demoledora— que ahora era su cruz.
Sí, sus tareas domésticas eran un placer en comparación.
Le encantaba cocinar y le gustaba hacerlo ella misma en su cocina renovada, luminosa, con grandes ventanales y una puerta batiente que daba al comedor.
La vieja cocina y el salón de servicio habían resultado ser un escondrijo ideal para Elliot, que había instalado un escritorio en la despensa del mayordomo y se pasaba el día deambulando por ese laberinto de estancias, murmurando mientras trabajaba.
Christina seguía contando con un pequeño equipo para cuidar de la casa y del jardín, pero no se parecían en nada a la antigua guardia, más allá de ser, en su mayoría, sus descendientes directos.
De lunes a viernes, de ocho a cuatro, trabajaba con ellos: desempolvando, fregando, quitando telarañas, pasando la aspiradora, segando, arrancando hierbas y haciendo todo lo posible por mantener la casa y sus alrededores a salvo del moho, las polillas, los ratones y demás devoradores de casas viejas y sus pertenencias, sin renunciar al mínimo exigible de habitabilidad humana —como no dejar dos tercios de las habitaciones bajo sábanas—, algo que ella misma había propuesto al principio.
Así, una parte de la casa se podía seguir abriendo al público dos días por semana (cuatro en verano).
Desde que los chicos se marcharon al internado, también había empezado a alquilarla para bodas y rodajes, normalmente cuando Elliot estaba fuera promocionando un libro.
Era una fuente de ingresos esencial, fruto reciente del ingenio de Christina, que apenas alcanzaba para cubrir las sumas astronómicas que exigía mantener los techos en su sitio, las casitas en pie para los inquilinos, el pueblo en estado habitable y la iglesia antediluviana de St. Helen a salvo de la ruina.
Salvo que se esperara mucha gente (y a excepción de Hector, que era incorregible), Christina prefería no tener a nadie trabajando en casa por la noche o el fin de semana.
En parte, para que la familia gozara de algún rato de intimidad, y en parte porque la mayoría de sus empleadas —Gladys, Lily, Rebecca— tenían hijos en edad de ir al colegio.
Hijos que Christina había visto nacer, a cuyos bautizos había asistido, a veces como madrina, y que sin duda tenían más derecho que ella a sus madres por las noches y los fines de semana.
Ese horario «idiosincrásico» del personal doméstico, como también su insistencia en que la llamaran por su nombre de pila y su costumbre de ir siempre en zuecos de jardín o katiuskas, la habían convertido durante años en el hazmerreír no solo del pueblo, sino de toda la región.
La vieja guardia, cuyo control sobre la opinión pública afortunadamente se estaba extinguiendo, había contemplado su llegada con desesperación.
Pero, con el tiempo, sus métodos excéntricos pasaron a ser ignorados por los vecinos más veteranos, que era quizá lo más parecido a la aceptación que podía esperar de esa generación.
Los más jóvenes —los que se habían criado con Elliot, Margot o después— entendieron mucho mejor sus reformas y muchos se habían convertido en amigos entrañables, casi familia.
Desde luego, Christina se sentía más cercana a Gail Hewitt y Betsy Farquharson que a sus propios hermanos o a sus padres, que se burlaban de su vida allí igual que se habían burlado de su fugaz carrera.
Su padre, Sir William Campbell, tercer hijo de una familia terrateniente de Gloucestershire, había conseguido —como no se cansaba de repetirles a sus hijos— ganarse su lugar en el mundo, ya que sus dos hermanos mayores habían resultado «sorprendentemente refractarios a guerras, accidentes de caza y demás calamidades útiles».
Se había distinguido en el cuerpo de transmisiones durante la guerra, trabajó en inteligencia de señales y acabó como miembro del servicio diplomático, ya que fue designado embajador de Su Majestad en Jordania y Egipto.
Christina y sus dos hermanos mayores, James y Philip, nacieron en Londres, pero pasaron gran parte de su infancia en las distintas ciudades donde su padre fue destinado.
Le concedieron el título de sir cuando Christina estaba en el bachillerato, y desde entonces lo llevó con esa mezcla de displicencia e insistencia con la que se puede llevar una bata acolchada de terciopelo hasta los pies (Sir William tenía tres).
Le apenaba —decía— que ninguno de sus hijos hubiera seguido su estela diplomática.
James se había hecho abogado y Philip trabajaba en una empresa de productos químicos para la agricultura, pero tampoco le consoló que su hija menor se interesara por ese tipo de trabajo.
«Es imposible ser un buen embajador sin una buena esposa, Chiquitina», solía decir.
No era un elogio a su madre, cuya calidad de buena esposa se daba por supuesta en la familia, ella incluida.
Cuando a «Chiquitina» (que ni siquiera ahora llamaban Christina) le ofrecieron un puesto en el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, la misma agencia donde su padre había empezado tras la guerra, esto no solo no la ayudó, sino que hizo que su padre se riera en su cara.
Encargó a su mujer que le enviara a Elliot la receta de sus «diablos a caballo».
Cuando Christina dejó el trabajo para cuidar a su suegra, su padre no se sorprendió ni se llevó una decepción.
Al contrario, eso dejaba el puesto de sucesor de Sir William libre para otro miembro de la familia.
Así que fue un momento importante para los Campbell cuando Hugh, el hijo mayor de James, recibió matrícula en Oxford y una oferta de empleo con membrete del GCHQ el verano anterior.