Diecisiete
Diecisiete
F ue Christina quien recibió a Pen en la estación, con botas de goma y un impermeable, y la noticia de que Sasha se había retrasado.
El partido de polo se había pospuesto por el cambio de tiempo, explicó con un brillo de disculpa en los ojos color avellana, tan parecidos a los de Sasha.
El otro equipo, que había viajado con sus caballos la noche anterior, había decidido quedarse en St. Andrews durante la mañana con la esperanza de que escampara.
Mientras tanto, ¿le importaría mucho a Pen hacer una visita al pueblo?
Su decepción se vio atenuada por la perspectiva de pasar un rato a solas con Christina.
En las últimas tres semanas, ella había ocupado un lugar casi tan destacado en su imaginación como el propio Sasha.
Alice tenía razón: estaba un poco enamorada de todos ellos, pero lo que sentía por Christina era ese tipo de fascinación que una persona joven puede sentir por un adulto que encarna cualidades que aspira a cultivar en sí misma.
En el caso de Christina, la principal de ellas era una especie de autocontención que Pen encontraba hipnótica.
Tuvo la impresión, mientras corrían juntas por el aparcamiento de la estación hasta la carpa donde guardaba el coche, de que Christina no necesitaba buscar fuera de sí misma pruebas de que llevaba la vida que debía.
Pero no mostraba la menor señal de esa autosatisfacción engreída que una podría esperar que acompañase a semejante paz interior.
Pen había llegado últimamente a la conclusión de que los buenos modales podían clasificarse en dos categorías.
En la primera, estaban todos aquellos protocolos sociales cuyo verdadero propósito era distinguir entre quienes los habían aprendido y quienes no.
Pensaba en su abuela Tilda y en su colección interminable de cubiertos específicos para marisco, cada uno de los cuales exigía tanta destreza como un instrumento musical.
Eran, según la taxonomía de Pen, modales falsos; para ella, en cambio, los auténticos eran los que se empleaban para que otra persona se sintiera más cómoda.
Esos eran mucho menos rebuscados, y relativamente fáciles de adivinar, siempre que una tuviera la capacidad de ponerse en la piel del otro.
Christina, notó Pen, no tenía paciencia con los primeros, y sí una capacidad innata para los segundos.
Como ocurría tan a menudo con sus teorías, había pasado por alto un detalle.
Aún no había comprendido que tratar de complacer constantemente a los demás requería, a veces, ocultar con destreza cualquier contratiempo —una jaqueca, una noche sin dormir, un Gregor Samsa correteando por la habitación— que pudiera interferir con el propio bienestar.
Stonehaven ya no era el lugar más cercano para hacer la compra, le explicó Christina durante el breve trayecto en coche hasta el centro del pueblo, desde donde se divisaba el mar en un claro entre los edificios.
En el pueblo de Talmòrach, dijo con algo que sonaba a orgullo, ahora tenían una «cooperativa bastante decente», además del salón de té de Betsy, un consultorio médico, un pub y una oficina de correos móvil que pasaba dos veces por semana.
Pero Stonehaven, a media hora en coche, seguía siendo el sitio más cercano para lo que ella llamaba con una sonrisa «compras sofisticadas»: quesos extranjeros, aceitunas gourmet , el pienso de Nellie «por designación de los corgis de Su Majestad», y demás exquisiteces.
Asimismo, era un antiguo pueblo pesquero encantador, con una playa preciosa, que merecía la pena ver. Pen le devolvió la sonrisa.
Christina aparcó en Market Square y rescató del maletero un impermeable de repuesto para Pen, que había hecho la maleta con demasiado optimismo, aunque al menos sí llevaba botas Gore-Tex.
Con las capuchas caladas, recorrieron varias tiendas, eligiendo aceitunas verdes y lustrosas, cuñas de Manchego curado y un saco de pienso para perros que efectivamente llevaba el escudo real.
En cada comercio, Pen notó cómo se posaban las miradas sobre Christina, que no se daba por enterada.
Después de guardar la compra en el coche, Christina la llevó a dar un paseo bajo la lluvia por la playa de cantos rodados cubierta de algas, en dirección al puerto.
Christina parecía tan inmune al mal tiempo como a las miradas de los vecinos.
Señaló en dirección a las ruinas del castillo de Dunnottar, y gritó por encima del bramido del oleaje que esa antigua fortaleza encaramada al acantilado verde fue donde se escondieron los Honores de Escocia para protegerlas de Oliver Cromwell, tras haber sido sacadas de Scone en sacos de lana, y que allí también habían sido encarcelados algunos lejanos antepasados covenanters .
Pen, avergonzada por su ignorancia, deseó que siguiera hablando.
Pero el estruendo del viento, las olas y los graznidos de las gaviotas volvió impracticable la conversación, así que inspiró el olor mineral del mar y se quedó mirando cómo las olas se rompían una tras otra contra los cantos, convirtiéndose en espuma blanca.
Supuso que aquella debía de ser la vista representada en la acuarela del comedor.
De vuelta a casa, Christina le preguntó si podían «escaparse al pueblo».
El Kirkton de Talmòrach, como se lo conocía, era diminuto, encantador y estaba impecablemente cuidado.
Consistía en una sola calle principal en suave pendiente, con casas de piedra rojiza y tejados inclinados por los que se deslizaba la lluvia.
En lo alto, donde aparcaron, St. Helen’s Kirk presidía la calle desde una loma cubierta de hierba, con un cementerio antiguo extendiéndose ladera abajo.
La iglesia estaba hecha de piedras irregulares unidas con generosos pegotes de mortero, como la nata montada de un pastel de barquillo.
Christina la rodeó por un lateral, pasó junto a un muro ennegrecido donde dijo que había habido un incendio en la década de 1820, y llegaron a la escuela primaria del pueblo, un bonito edificio con grandes ventanales y una puerta azul.
Señaló con evidente orgullo un parque infantil recién construido justo detrás.
Descendieron por los adoquines resbaladizos de la calle, salpicada de farolas.
Incluso había una cabina telefónica roja.
Una reliquia aún en funcionamiento, dijo Christina, de los tiempos anteriores a los móviles.
Al pie de la calle, donde el terreno se allanaba, estaban el pub y el campo de deportes público, en el que se celebraban los partidos de fútbol y el festival anual de Hogmanay.
Si en Stonehaven Christina había sido objeto de cierta atención, en «el pueblo» cada persona con la que se cruzaban la saludaba con un afecto familiar.
Se deslizaba por los pasillos de la cooperativa con la rapidez y la destreza de una habitual, mientras charlaba con el joven fornido y con delantal que reponía el té, los cereales, el Fairy y el Nurofen en las estanterías, y a quien presentó como su ahijado, Kieran Hewitt.
No pasó ninguna tarjeta, ni se intercambió dinero en la caja: Kieran anotó el importe en un libro de cuentas y apiló los productos en una caja de cartón.
Al otro lado de la calle, en el salón de té de Betsy, donde vendían scones del tamaño de pelotas de béisbol, compró dos hogazas de pan y un tarro de mermelada de moras a otra ahijada, una chica bonita y pecosa a la que llamó Eliza, que hizo lo mismo: apuntó la cantidad en un cuaderno y las despidió con una sonrisa.
—Tienes muchos ahijados —no pudo evitar comentar Pen mientras cargaban el coche.
—Soy una madrina prolífica —concedió Christina, con una sonrisa indescifrable—.
Mucho menos dolorosos de encontrar que los hijos propios.
—Como si la iglesia quisiera responder, su campana gigantesca dio la media, y una bandada de pájaros alzó el vuelo—.
Y más fáciles de tratar también —añadió, mirando hacia las nubes antes de ponerse al volante.
Poco después de salir del pueblo, Christina giró bruscamente a la izquierda, y Pen reconoció la carretera sinuosa que llevaba a la casa.
Se alzaba aún más majestuosa contra el cielo hostil, y la hiedra que trepaba por la torre central se había vuelto de un rojo escarlata.
El coche de Sasha no estaba aparcado junto a los establos.
Subieron las cajas y las bolsas por el cuarto de las botas hasta la cocina, donde George, que estaba sentada en el suelo jugando con Danny, se levantó para saludar a Pen con dos besos y luego ayudó a guardar la compra.
Comieron en la cocina unos huevos revueltos cremosos, mezclados con el queso que acababan de comprar y acompañados de unas gruesas rebanadas de pan recién hecho untadas con mantequilla.
—Comida de guardería —la llamó Christina, y estaba buenísima.
Danny estaba más rollizo y animado que la última vez; Pen se sorprendió al ver cuánto podía cambiar un bebé en apenas unas semanas.
Después de resistirse con mucha destreza a que lo metieran en su nueva trona (cuyo montaje, bromeó George, casi había arruinado su relación con su tío), acabó instalado triunfante en el regazo de su madre.
Se llevó unos puñados de huevo a la boca —que ya mostraba dos incisivos diminutos—, tiró parte al suelo y convirtió en tarea imposible que algo llegara a los labios de George.
Pen devoró el almuerzo —en el tren no había sido capaz de desayunar en condiciones, de lo nerviosa que estaba, y ahora todo le sabía a gloria— y luego consiguió convencer a Danny para que soltara el abrazo mortal con el que se aferraba a su madre.
Se lo puso en las rodillas para que George pudiera comer.
Olía a leche y a jabón, y su peso le aportaba una agradable sensación de abrigo.
A pesar de la amabilidad de Christina, Pen no lograba quitarse de encima la sensación de ser un estorbo.
Christina y Elliot le habían escrito invitándola a volver, y hasta George le había mandado un mensaje pidiéndole vagamente que no tardara, pero la invitación concreta, con fecha y hora, había llegado de Sasha.
Y Sasha seguía sin aparecer. No tenía razones para dudar de la historia del polo, y logró calmarse un poco pensando que aún no le había dado su número de teléfono.
Tal vez la esperaba un mensaje en su ordenador, que se había quedado sobre el escritorio de Lee House. Se esforzó por aferrarse a esa idea.
Justo cuando terminaron de lavar y escurrir los platos, sonó el tono de un móvil y Pen se lanzó hacia su bolso con un impulso irracional.
Pero no era el suyo. Se dio cuenta demasiado tarde.
Christina se secó las manos y sacó de su bolsillo un móvil de tapa plateado.
En un gesto que provocó en Pen una punzada de ternura y de nostalgia, desplegó la antena antes de contestar con un melódico:
—Christina Lennox. —Tras una pausa, dijo—: Qué bien que me devuelvas la llamada.
Sí, sí, justo. Dame un segundo, voy a buscar un sitio tranquilo.
—Miró el teclado con atención, como si no recordara dónde estaba el botón de silencio, y luego cubrió el micro con la mano para decirle a Pen—: Perdona, querida.
Estás otra vez en el dormitorio verde. Elliot acabará enseguida, y mientras tanto quizá Georgie pueda enseñarte…
Danny, a quien George había metido en el fregadero para limpiarle el estropicio que había hecho con el huevo, escogió ese momento para echarse a llorar.
Christina, teléfono en mano, salió por la puerta batiente hacia el comedor.
George le lanzó a Pen una mirada de disculpa, y ella, con las manos en alto y unas palabras que nadie oyó por encima del llanto de Danny, le aseguró que recordaba el camino.
Y estaba bastante segura, mientras subía por los crujientes peldaños de la escalera central, de que lo recordaba.
Pero en aquel día nublado, con una luz que apenas entraba por la claraboya y todos los apliques del pasillo apagados, al llegar arriba se sintió completamente desorientada.
Su intuición le decía que el dormitorio quedaba a la derecha; como sabía que su sentido de la orientación era pésimo, optó por ir a la izquierda.
Aunque en la penumbra no alcanzaba a distinguir bien los rostros, había cuadros al óleo de antepasados, igual que la otra vez, y puertas cerradas bastante separadas entre sí: todo parecía encajar.
Caminó durante lo que le pareció demasiado tiempo por ese pasillo hasta que decidió volver sobre sus pasos.
Se detuvo ante una puerta que le resultaba familiar. Giró lentamente el pomo, nerviosa.
La habitación estaba a oscuras, con las cortinas corridas, y supo por el olor —una mezcla densa de sudor y césped— que no era el dormitorio verde.
Una chispa de curiosidad le recorrió el pecho.
En lugar de cerrar y dar media vuelta, dio un paso dentro, con cautela.
Se quedó quieta, sorprendida por su osadía, esperando a que se le adaptara la vista.
Lo primero que distinguió fue un armario abierto, con montones de camisetas y jerséis caídos como si alguien lo hubiese revuelto hacía un momento.
En el reverso de la puerta colgaba una percha de madera cargada de cinturones y corbatas.
Cerca, un petate militar abarrotado, aún sin deshacer, y una mochila grande de lona.
Pen intentaba entender lo que tenía ante ella cuando escuchó un gemido bajo, un revuelo de sábanas y el crujido de un somier viejo.
Horrorizada, se dio la vuelta, pero ya era tarde.
En la cama individual del fondo se alzaba una figura humana.
El pelo revuelto le cubría la mitad del rostro y su pecho desnudo, cóncavo, brillaba en la penumbra.
—Pero ¿tú quién coño eres? —preguntó la voz adormilada y ronca de un chico flaco que la miraba con los ojos entornados.