Dieciséis
Dieciséis
D esde su primera conversación con Sasha por chat, Pen había empezado a conectarse cada noche, diciéndose a sí misma que solo quería comprobar si él estaba en línea.
El internet en Lee House, que llegaba a través de un cable ethernet azul, era lo bastante lento como para que la adrenalina tuviera tiempo de inundarle el cuerpo antes de que se cargara su lista de contactos.
A menudo, la decepción llegaba enseguida.
Pero, a veces, justo cuando los miles de globos que se habían inflado dentro de ella comenzaban a desinflarse todos a la vez, el nombre de Sasha aparecía en negrita y se deslizaba hasta lo alto de la lista.
Poco después, llegaba un mensaje. No se permitía creer que aquello fuera más que una coincidencia, ni siquiera cuando se convirtió en algo habitual.
Sus conversaciones evitaban lo concreto.
No hablaban de cómo pasaban los días, aunque Pen se había formado una imagen mental de hasta el último rincón de su cuarto, del piso que compartía con Chet, de su vida en St. Andrews.
En lugar de eso, ponían a prueba su apetito por lo extravagante y jugaban a un tipo de juego cuyo objetivo no era vencer, sino alargar la partida.
Una noche de miércoles, Alice, Jo y Pen estaban en la habitación de esta, apoyadas contra la pared con los pies colgando al borde de la cama, esperando a que fuera lo bastante tarde para hacer cola bajo el frío frente a un club espantoso, cuando apareció un mensaje de Sasha.
Pen lo cerró, cambió su estado a desconectada y volvió a poner la película que estaban viendo en su portátil.
—¿Hablas mucho con él? —preguntó Alice al cabo de unos minutos.
Pen se puso a abrir la botella de vino tinto español que Jo había traído de la tienda del JMC . Cortó el precinto de aluminio con la punta del sacacorchos, apoyó el borde metálico en el cuello de la botella y atravesó el corcho de plástico.
—No demasiado —respondió, girando y haciendo palanca.
Y en cierto modo era verdad. Le habría encantado hablar con él todas las noches, y lo hacían más o menos noche sí, noche no, lo cual le parecía insuficiente. Alice no se dejó engañar. Se inclinó hacia delante para mirarla, al otro lado de Jo, y le quitó la botella de las manos.
—No le veo mucho sentido a enamorarse de un estudiante de último curso —dijo, dando un trago—. Es como adoptar un perro viejo.
Jo negó con la cabeza.
—No va a morirse cuando se gradúe, Alice. Al menos, probablemente no. Solo se mudará a Londres.
A Pen le hizo gracia la comparación —se notaba que Alice llevaba días esperando el momento de soltarla—. Se le ocurrió una respuesta fácil, pero se mordió la lengua. Sabía que Alice intentaba evitar que le rompieran el corazón.
Pen ya conocía bien las otras objeciones que Alice tenía contra Sasha.
Incluían su grado de pijería («los que tienen título nunca salen con extranjeras; ni siquiera estoy segura de que se les permita»); el hecho de que estudiara en St. Andrews («ahí todos tienen una ETS por lo menos; no hay nada más que hacer»); y, quizá lo más condenatorio de todo, que Sasha no había tenido, según sus fuentes, una novia en condiciones en tres años.
—Eso significa que casi seguro sigue colgado de alguien, o que es un ligón patológico, y ninguna de las dos opciones te sirve —sentenció Alice, como si con eso zanjara el asunto.
Pen, que no tenía ninguna razón lógica para sentirse tan atraída por Sasha como se sentía y que no sabía explicar por qué su necesidad de hablar con él se parecía más a un impulso de vida o muerte que a una elección, no sabía cómo convencerla de lo contrario.
Así que prefería guardarse la intensidad de sus sentimientos para sí misma.
Recuperó la botella de vino y se sirvió un poco en su taza de lunares, la que usaba para el té.
La intromisión de Alice empezaba a irritarla.
Si alguien debía entenderla, era ella. Alice llevaba siguiendo todos sus caprichos hormonales hasta las últimas consecuencias desde los albores de la pubertad, y cada enamoramiento del instituto, por muy desastroso que fuera, había exigido de Pen el mismo grado de fe ciega sobre la inviolabilidad del amor verdadero —¿no podía mostrar un mínimo de benevolencia en este caso? —.
Había otra cosa que también estaba empezando a enervarla.
Llevaba evitando cuidadosamente el tema de Julian porque veía, en la forma en que Alice esquivaba cualquier alusión a ello y en lo raro que se comportaba después de los seminarios, que quería guardarse para sí lo que fuera que estuviera pasando entre ellos.
Quizá el secreto formaba parte del morbo, o quizá le daba vergüenza lo trillado del asunto: una alumna de primero seducida por su tutor (aunque Pen estaba bastante segura de que Alice era responsable de, al menos, la mitad del coqueteo).
Fuera como fuese, ¿por qué Alice podía hacer lo que le viniera en gana mientras que la primera y única elección de Pen era sometida a un escrutinio tan poco generoso?
—Creía que querías que bajara el listón —dijo Pen.
Era verdad: durante años, Alice había intentado convencerla de que bajara la guardia y se dejara llevar con alguien —con quien fuera—.
—No con él —protestó Alice. Se giró hacia Jo en busca de apoyo—. Necesita a alguien tipo Stanley Kowalski, que le arranque la ropa y despierte su ello. Sasha suena blandito. No creo que pudiera quitarle las inhibiciones ni con abrelatas.
—Alice —la cortó Pen, colorada.
No le gustaba la dirección que estaba tomando la conversación. Apretó la mandíbula y se esforzó en mantener el tono ligero.
—No soy un bote de pepinillos. No estoy esperando a que venga alguien con una buena zarpa.
—Ah, ¿no? —dijo Alice.
Tenía una sonrisa de lo más provocadora.
Jo, con mucha diplomacia, cambió de tema.
Empezó a contar la historia de un estudiante de odontología llamado Quentin que había conocido en una excursión escolar, y que con su «buena zarpa» en el culo y una lengua que parecía estar comprobando si necesitaba que le sacaran las muelas del juicio, le había confirmado que el cuerpo masculino no le suscitaba ni el más mínimo interés.
—Así que me abstengo de opinar —concluyó.
El desvío puso fin al humor de perros de Alice.
Pen notó que el pulso le volvía a la normalidad.
Alice era la única persona que conocía la magnitud exacta de su inexperiencia sexual, y, aunque Pen nunca le había pedido que lo mantuviera en secreto, creía que entendía que era algo privado.
Aquello había sido lo más cerca que Alice había estado de mencionarlo.
Pen empezaba a confiar en Jo —y, en ese momento, su gratitud hacia ella fue inmensa—, pero seguía siendo una amiga reciente.
Y tenía un hermano gemelo. Pen no se imaginaba una fuente de horror más profunda que ver su virginidad convertida en un chascarrillo recurrente entre Fergus y Hugo.
Odiaba lo que sugeriría de ella —que era una mojigata, probablemente; o peor: una ingenua.
En realidad, no tenía nada en contra del sexo.
Simplemente no se había dado la ocasión todavía—.
Cuando Alice y Jo se fueron al club, Pen se quedó y volvió a conectarse.
Sasha le escribió casi de inmediato.
SASHA : Hey, te has evaporado.
PEN : Ya, me pasa todo el tiempo. Será por las bombillas.
SASHA : Menos mal que te has materializado otra vez, porque quería preguntarte una cosa.
El corazón de Pen se desbocó mientras miraba la ventanita del chat, imaginando mil cosas que podría preguntarle, ninguna de ellas lógica ni probable. Al fin, apareció el siguiente mensaje:
SASHA : ¿Te animarías a tomar el tren hasta Stonehaven el sábado por la mañana? Yo tengo partido de polo a primera hora, pero pensava subir en coche justo después.
Pen vio el error ortográfico y se preguntó qué podía significar. ¿Había escrito demasiado deprisa y había enviado el mensaje sin pensar? ¿Estaba borracho?
Estaba escribiendo de nuevo.
SASHA : *Pensaba. Parece que será uno de los últimos fines de semana templados.
Sonrió. ¿De verdad creía que iba a necesitar argumentos climáticos?
PEN : Ah, bueno, en ese caso. Vale.
Polo, pensó. Por el amor de Dios. Y, antes de que le diera tiempo a perder los nervios, se metió directamente en la página de ScotRail y compró un billete para el sábado por la mañana, con regreso flexible.
Sasha no se conectó al día siguiente, ni al otro. Pen estaba demasiado emocionada como para preocuparse.
El sábado se dirigió a la estación de Waverley.
Encontró un asiento en el tren, dejó que se le perdiera la vista en la superficie del mar por la ventanilla y se pasó dos horas y treinta y dos minutos fantaseando con Sasha, sin fijarse siquiera en las nubes que se empezaban a agrupar en el cielo ni en la lluvia que resbalaba por los cristales, hasta que el revisor anunció:
—¡Stonehaven!