El ciclo de vida del pulpo común Quince
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Quince

Quince

A lice había pensado en Julian mientras se vestía, esperando que volviera a dar clase y sabiendo que, en cualquier caso, lo vería por la tarde en el seminario.

Se puso un jersey ajustado color crema con unos shorts negros vaqueros y unas medias finas del mismo color.

Había usado uno de sus mocasines de charol para rascarse la pantorrilla y se había hecho una carrera en la media, que ahora trepaba hasta mitad del muslo.

Al principio la había fastidiado, pero ahora le parecía algo sexy .

Había una diapositiva proyectada en la pantalla blanca tras la cabeza de Julian, pero Alice no prestaba atención.

Había vuelto a caer en esa excitación nerviosa que la había mantenido en vela casi toda la noche.

Estaba segura de que había sido Julian el que estaba fuera del teatro la noche anterior.

Pero ¿por qué había desaparecido en cuanto ella lo vio? Tal vez esperaba encontrarla sola.

Era casi medianoche cuando terminaron la lectura de guion y Neville, el simpático estudiante de segundo que hacía de su tutor en la obra, se ofreció a llevarla a casa.

Le había tomado la mano y la había guiado hasta el mismo punto en que, unos instantes antes, había estado la figura con traje.

Se detuvo frente a la estatua de Greyfriars Bobby y empezó a contarle la historia del fiel terrier y del cementerio encantado de Greyfriars, hasta que vio la expresión asustada de Alice bajo la luz de la farola, soltó una carcajada y la acompañó hasta su Mini, aparcado a unos metros.

Alice tenía muy presente que Thomasina Coverley, la joven precoz de los primeros años del Romanticismo a la que interpretaría en primavera, sentía por su tutor, Septimus Hodge, algo más que admiración intelectual.

Y tampoco se le escapaba que Thomasina acabaría consumida por el fuego de su deseo la noche antes de cumplir los diecisiete, tras un único vals con Septimus.

Pero Alice tenía dieciocho. Y no era su primer vals.

Observó a Julian inclinarse sobre sus notas. Tenía los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Nada de corbata. Estaba claro que creía en eso de vestirse para el papel. Eso lo compartían.

Cuando terminó la clase, él alzó la vista hacia los alumnos. Alice les dijo a Pen y a Jo que ya las alcanzaría y bajó lentamente las escaleras en dirección al estrado, donde Julian respondía por turnos a las preguntas de sus estudiantes más aplicadas. La mayoría mujeres, notó Alice.

—Hola —dijo, cuando las demás se hubieron marchado.

Julian hizo como si no la hubiese estado observando por el rabillo del ojo.

—Alice Diamond —pronunció él despacio.

—Muy buena clase. —Soltó con sarcasmo, aunque no era esa su intención. No estaba acostumbrada a adular, y no se le daba bien.

Julian metió la mano en el hueco del atril y sacó su maletín. Guardó dentro los apuntes y bajó del estrado.

—No ha sonado muy convincente. Esperaba algo más de una actriz.

Le gustó cómo pronunciaba la palabra.

—Actor —corrigió ella.

—De acuerdo —dijo él—. Actor.

Había planeado preguntarle sin rodeos si había estado esperándola a la salida del ensayo, pero no se vio capaz. Así debían de sentirse quienes tenían miedo escénico, pensó. Qué idiotez.

—Te vi —consiguió decir, al fin—. Junto al perro.

—¿El perro? —preguntó él. Parecía de veras confundido—. Me temo que no sé de qué hablas.

—Greyfriars Bobby. La estatua. Anoche. Salía de Bedlam y te vi.

—Debía de ser otra persona —dijo Julian, con una mirada inquisitiva.

No sabía si mentía. Eran los últimos en el aula y ya empezaban a entrar alumnos para la siguiente clase. Alice lo siguió hacia la salida.

—¿Y qué tal van los ensayos? —preguntó él. Y, antes de que respondiera, añadió—: ¿Estás contenta con tu Septimus? —Su voz tenía un dejo insinuante.

Alice le sostuvo la mirada. Había algo provocador en la forma en que la observaba.

—Muchísimo —dijo, recuperando la sangre fría—. Enamorarse de él será pan comido.

La expresión en el rostro de Julian se lo confirmó. Estaba más convencida que nunca de que había sido él, de que la había visto con Neville. Pero ¿había sido una coincidencia, o de verdad la estaba esperando?

—Quiero hablar contigo sobre el ensayo de la semana pasada —dijo él, ya en el exterior—. ¿Puedes pasarte por mi despacho a la hora de comer?

—Vale —repuso ella.

—Estoy en la torre David Hume, 1203. ¿A la una y media? —Él ya se alejaba, como si tuviera prisa por llegar a algún sitio.

—Hasta luego —saludó ella.

Se encaminó hacia la biblioteca, aunque sabía que no le entraría nada nuevo en la cabeza en las próximas tres horas y media.

Entre la una y las dos, la torre David Hume parecía una estación de metro tras la hora punta: vacía, pero con el zumbido residual de todos los cuerpos que habían pasado por allí.

Alice subió en ascensor. Era lento, y eso le venía bien.

Estaba sola, y eso también. Al llegar al piso doce, se miró los dientes en el espejo, se pasó los dedos por el pelo para comprobar que no lo llevaba demasiado apelmazado y salió al rellano.

Un poco más allá del aula donde tenían el seminario, encontró una puerta con una placa donde ponía su nombre. Llamó.

—Adelante —dijo su voz apagada desde el otro lado de la puerta maciza.

Julian estaba sentado tras un escritorio amplio.

El despacho estaba lleno de libros. Cubrían las paredes y se apilaban sobre todas las superficies habidas y por haber, el suelo incluido.

Una lámpara alta se inclinaba sobre su escritorio como un amable anciano.

Era un despacho con estilo, lejos del cuartucho polvoriento que Alice había imaginado.

Cerró la puerta con cuidado. Sentía una extraña tensión en el rostro, y las palmas de las manos le sudaban. Se las secó en los pantalones cortos.

Él le señaló la silla frente al escritorio, sin saludarla. Alice apartó un montón de libros del asiento y se sentó. Tuvo que hacer un esfuerzo por no dejar que se le notara el temblor en las rodillas.

Julian hojeó los papeles que tenía delante y sacó el folio que ella reconoció como su ensayo. Le había grapado las páginas. Se lo tendió. En la primera hoja había un 61 garabateado y rodeado con lo que parecía lápiz de color verde. Alice sintió un fogonazo de rabia y humillación.

—No pongas esa cara, Alice —indicó él, con suavidad—. Es una nota perfectamente respetable para un primer trabajo.

Julian estaba satisfecho de tener a Alice Diamond sentada frente a él en su despacho. Sabía bien el efecto que le estaba causando ese número. Lo había elegido a propósito. Era fácil ver que era el tipo de chica que sacaba buenas notas cuando se lo proponía, y que no siempre se lo proponía.

Le gustaba su ropa: unos shorts negros ajustados que le realzaban el culo respingón, unas medias con una carrera que le subía por el muslo, un jersey ceñido y suave que marcaba el contorno de unos pechos bien puestos.

Si hubiera sabido que iba a presentarse vestida así, quizá le hubiera salido del corazón ponerle un 65.

Pero era su primer año, y solo contaba como trabajo de curso; esas notas no importaban.

Salvo para su ego. Y a él le venía bien que el ego lo tuviera un poco herido.

—Supongo que me has hecho venir para explicarme cómo hacerlo mejor la próxima vez —dijo Alice. No era una pregunta.

Había algo tenso en su actitud que él no le había visto antes.

¿Estaba incómoda por encontrarse tan cerca de él, en una habitación cerrada, sabiendo que la atraía?

No. Debía de estar acostumbrada. Una chica como Alice sabía defenderse.

¿Sería por parecer una alumna que solo quería que le subieran la nota?

No. Ella no era de esas. Antes se dejaría suspender.

—Exacto —repuso él, hojeando las páginas como si volviera a leer lo que había escrito—. Tiene mucho potencial, no te desanimes. Vamos a revisarlo.

Le indicó que acercara la silla. Alice la arrastró hasta dejar medio palmo entre ellos, con una expresión que él no supo identificar del todo: ¿desafío? Ahora podía olerle el sudor. Verle los músculos del muslo temblar bajo las medias.

Hacía calor en el despacho. No pensaba abrir la ventanita que daba a George Square, muy por debajo.

Vio que tenía el rostro perlado y se preguntó dónde más se le estaría acumulando el sudor.

¿Entre los omóplatos, tal vez, escurriéndose hacia la parte baja de la espalda?

En algún punto del cuarto párrafo, Alice ya no pudo más.

Arqueando la espalda, se quitó el jersey de un tirón, levantándose también la camiseta blanca de tela fina.

Se la volvió a bajar, pero era demasiado tarde. Lo había pescado mirándola.

—¿Qué? —preguntó, con una insolencia sin precedentes.

Alice habría preferido alargar más el juego. Hacerle pagar por sus tácticas de idiota, por ese intento burdo de desestabilizarla. Pero ahora ya no había marcha atrás. Se inclinó sobre su estúpido ensayo y fue ella quien lo besó primero.