Catorce
Catorce
E l martes por la mañana, en Pollock Halls, los madrugadores iban saliendo de sus habitaciones y se agrupaban en el patio, donde el viento y la lluvia los purgaban de los excesos de la noche.
Una ráfaga con olor a malta golpeó a Pen en la cara al empujar la puerta de Lee House.
Cuando el viento soplaba en cierta dirección, olía a Marmite.
Un subproducto olfativo, le habían dicho, de las fábricas de cerveza y las destilerías que rodeaban la ciudad.
Esa mañana, no se dirigía al JMC . Durante la primera hora del día pensaba instalarse en un rincón de su panadería secreta, de estética escandinava, junto a los Meadows, con un café solo bien cargado, un bollo de cardamomo y un taco de fotocopias de biblioteca en las que, en letra minúscula, se reproducían una selección de ensayos de Michel de Montaigne.
Sin Alice ni Jo agarrándola del brazo y suplicándole que bajara el ritmo, podía llegar de la residencia a los Meadows en quince minutos.
Esperando a que se pusiera el semáforo en verde, alzó el rostro para recibir el bálsamo de aquel rocío horizontal, que no era ni lluvia ni niebla, sino una especie de híbrido escocés.
Esperaba que la caminata la ayudara a ordenar sus pensamientos, pero, como siempre, iban a su antojo.
Le habría gustado poder clasificarlos en carpetas, como hacía con los trabajos de clase.
Lo bueno de las carpetas era que podía guardarlas.
Pero sus pensamientos se empeñaban en colarse por donde les daba la gana, estallándole en la cabeza sin pedir permiso.
Una gran parte de ella quería dejar de obsesionarse con aquello que había separado a su padre de Lennox.
¿Por qué esa fijación con un pasado que ni siquiera era suyo?
Pero sabía por qué. Veía con claridad lo fácil que sería revivir la vida de sus padres sin apenas proponérselo, como un trineo que acaba deslizándose por los surcos ya trazados por otro.
Quería comprender mejor el recorrido que habían hecho ellos para no repetir el mismo error.
Le daban miedo los fármacos, con esa capacidad de transformar a una persona, volverla inaccesible un tiempo o hacer que deje de tener los pies en el suelo.
Pero, ahora que su vida social incluía varias noches por semana en discotecas con nombres como Why Not ?
, había empezado a observar con curiosidad a quienes sí tomaban «pastillas».
Entendía que debía de tener su gracia tomar el pelo a las conexiones neuronales, trastocarlas un poco solo para ver dónde acababas.
La única droga que alteraba la mente y en la que confiaba por entonces (además de la cafeína; y la nicotina, suponía, que le daba tal subidón que a veces tenía que sentarse) era el alcohol.
Se había criado con la idea de que beber con moderación era tan natural como cenar, y le gustaba la función que ello podía cumplir a la hora de frenar, o quizá solo atenuar, sus pensamientos.
Sobre todo, los que se dedicaban a repasar en bucle, y desde distintos ángulos, cosas estúpidas que había dicho o hecho, como las repeticiones a cámara lenta en un partido de tenis.
La panadería estaba vacía, o casi. En el rincón del fondo que ya empezaba a considerar suyo (a Alice no le gustaba el cardamomo: decía que todo le sabía a curry ), sopló sobre el café y dio un sorbo.
Le quemó la garganta justo como había previsto.
El calor se le fue extendiendo por dentro.
Le hincó el diente al nudo de masa y se chupó el azúcar de la comisura de los labios.
Volvió a beber. Estaba a mitad de un ensayo sobre la amistad entre Montaigne y Étienne de La Boétie cuando una sombra se proyectó sobre el cuadernillo grapado.
—¿Lees en francés? —preguntó Julian Sachs.
Llevaba un abrigo de lana con gotitas de lluvia en las mangas, un vaso de papel con café en una mano y un maletín en la otra. Verlo fuera del aula o del salón de conferencias la descolocó, y sintió que se le enderezaba la espalda.
—Cuando me provocan —dijo.
—Me refiero a si es tu especialidad —dijo él, hojeando la bibliografía que asomaba de su carpeta abierta.
—Sí, francés e inglés.
—¿Has venido a Escocia a estudiar los dos idiomas oficiales de Canadá?
Le sorprendía cuánta gente hacía ese comentario. Incluso el agente de inmigración en Heathrow se había reído. Le intrigaba que supieran algo, por poco que fuera, sobre Canadá. ¿Qué más sabrían?
—Supongo que sí —respondió.
—¿Huyendo de alguien?
Lo miró, preguntándose por qué seguía hablando con ella.
—¿Te refieres al resto del alumnado?
—No, cruzando el Atlántico.
—¿No puede ser por el paisaje?
—Claro. Si tú lo dices.
Pen comprendió de pronto por qué Julian seguía allí, y ese descubrimiento no hizo sino irritarla aún más por la interrupción.
No era especialmente resultona. Le gustaba que así fuera.
Si últimamente se posaban más ojos sobre ella, se consolaba pensando que no era más que la naturaleza intentando vender al mejor precio su pico de fertilidad; no esperaba que durase.
Quienes se fijaban en ella eran, por lo general, personas amables.
Hacían cálculos por diversión y soltaban cosas enigmáticas sobre William Carlos Williams. Tal vez se les diera bien algún deporte raro o solitario, como el patinaje de velocidad o los cuatrocientos metros lisos, pero no solían jugar al hockey sobre hielo ni al fútbol americano.
Tampoco eran arrogantes profesores de filosofía veinte años mayores.
Cuando un hombre así flirteaba con ella, Pen sabía que era una de las varias rutas por las que intentaba llegar hasta Alice.
El teléfono fijo de su habitación había sonado tarde la noche anterior, sacándola así de un sueño profundo.
Pen, que convivía con el mayor de sus miedos y siempre esperaba la llamada que lo confirmara, se lanzó al teléfono de la mesilla con el pánico zumbándole en los oídos.
Al ver que era Alice, el alivio fue tal que estuvo a punto de echarse a reír.
Dejó que las terribles imágenes que la habían asaltado de golpe se disiparan con la misma rapidez.
Alice le dijo que acababa de ver a Julian.
O eso creía. Una silueta familiar, con traje oscuro, apoyada contra la estatua de Greyfriars Bobby, observaba las puertas rojas del Bedlam Theatre como si esperara a que saliera alguien.
Al acercarse ella, el hombre había desaparecido entre las sombras de Candlemaker Row.
—Estás paranoica —dijo Pen, tanto para tranquilizar a Alice como a sí misma, mientras el peso del miedo abandonaba su cuerpo—. ¿No hay un bar ahí al lado? Podría ser cualquiera fumándose un cigarro. Es la adrenalina del ensayo. Intenta dormir.
Al colgar, Pen pensó que era un poco narcisista por parte de Alice asumir que, solo porque un tío estuviera recostado en una estatua frente a un bar, eso significaba que su profesor la estaba siguiendo. Pero ahora ya no lo tenía claro.
—Tú tampoco eres escocés, ¿verdad? —le preguntó a Julian, que seguía allí.
—No —respondió él.
No dijo de dónde era.
—¿Y por qué elegiste Edimburgo? —preguntó ella.
—Por David Hume.
—Ah, claro. ¿Mismo año?
—Ja, ja. —Julian se tocó el pelo—. No me matriculé con once, pero sí vine como estudiante de primero. Luego hice el posgrado, me ofrecieron una beca para el doctorado… y aquí sigo, enseñando y escribiendo. Más enseñando, para ser sincero.
—¿Y sobre qué escribes?
—La virtud.
—Claro. ¿Y tú también estás… huyendo de alguien?
Julian le sostuvo la mirada como si la pregunta le hubiera gustado.
—De mi joven esposa.
Ella le lanzó una mirada que debería haberle dejado claro que hasta hacía un segundo le estaba resultando simpático, pero que ahora estaba siendo un imbécil.
—Era una broma —dijo él.
—¿Qué parte?
Julian esbozó una sonrisa ladeada.
—Disfruta de la montaña —dijo, señalando sus folios.
La puerta tintineó al cerrarse tras él.
Ahora no había manera de que Pen se concentrara en la amistad de dos hombres del siglo XVI .
La cercanía de Julian la había alterado, pero era uno de esos hombres que parecían generar su propio campo magnético, así que tampoco le resultó tan raro.
Se preguntó si realmente estaría casado.
¿Se casaba aún la gente antes de que el instinto de procreación los acorralara?
Supuso que sí. La gente optimista, al menos.
Aunque él no tenía pinta de Pollyanna. Claro que tampoco lo conocía.
Bebió un poco más de café, se terminó el bollo y se quedó mirando un cuadro de un triángulo azul que colgaba de la pared.
Pensaba que la mayoría de los infieles eran unos vanidosos o unos cobardes, o ambas cosas, al intentar poner un cuerpo más entre ellos y la muerte.
Alice tenía una visión más matizada. Ella y su hermano pequeño, Eli, sabían desde hacía años que su padre se acostaba con las jóvenes residentes (daba igual cuál).
Su madre también lo sabía, pero se hacía la sueca.
Se blindaba a base de acumular cojines decorativos a su ya abundante colección.
Eso, para Alice, era el más exasperante de los dos pecados.
Pen apuró el café y volvió a Montaigne, que —con todos sus defectos— casi seguro que no se había sacado el pajarito de la jaula.