Trece
Trece
P en estaba sentada en su escritorio, con una sudadera puesta sobre el pijama más abrigado que tenía, tomando apuntes de un libro de la biblioteca, cuando su portátil emitió un par de zumbidos.
Levantó la tapa. «Chethan Mehta quiere añadirte al chat », decía la primera notificación.
Hizo clic en «aceptar» y cerró la ventana.
«Sasha Lennox quiere añadirte al chat», decía la siguiente.
Sonrió, con una sensación cálida en el pecho, como si hubiera bebido algo caliente.
Aceptó. Sus nombres aparecieron en negrita en su lista de contactos, con unos puntitos al lado que indicaban que estaban conectados.
Intentó pensar en algo ingenioso que decir.
Nada. Cerró la pantalla del portátil y volvió al libro.
Cuando investigaba para hacer un trabajo, su método consistía en escribir primero la referencia bibliográfica completa y, debajo, copiar los fragmentos que podían servirle con el número de página respectivo.
Sus propios comentarios iban siempre en otro color.
Así evitaba plagiar por accidente —la simple idea de hacerlo le revolvía el estómago—, aunque, pese a todas las precauciones, cada vez que un profesor hablaba en clase de un caso de plagio académico, Pen se sentía tan libre de culpa como Lady Macbeth.
El sonido familiar de un mensaje entrante le llegó desde el portátil. Lo abrió, esperando ver el nombre de Chet.
SASHA : Sigo sin creerme que incineraras las noticias de carreras de mi padre.
Pen sonrió con una pizca de vergüenza. Con los dedos sobre el teclado, trató de pensar una respuesta.
«Sasha Lennox está escribiendo», decía la parte inferior de la ventana.
SASHA : ¿Qué será lo próximo? ¿Su colección de novelas de Jilly Cooper?
Volvió a dudar, y después empezó a escribir. Detestaba el hecho de que él pudiera ver que estaba tardando en contestar.
PEN : ¿Quién o qué es Jilly Cooper?
SASHA : ¿Es una broma?
Empezó a teclear otra vez, así que esperó.
SASHA : Y yo que pensaba que parecías culta.
PEN : Ahora estás siendo cruel.
Abrió el navegador y escribió «Jilly Cooper» en el buscador. Aparecieron imágenes de una mujer con melena blanca y un hueco entre los dientes, y libros con títulos como Jinetes o Polo. En una cubierta, un tacón rojo pisaba una mano con un impresionante anillo heráldico en el meñique.
SASHA : Búscala en la biblioteca. Me gustaría saber si en Edimburgo tenéis el material de verdad.
PEN : ¿Lectura obligatoria en Saint Andrews?
SASHA : Digamos que recomendada. Empieza con Jinetes. Sino hay ejemplares, te presto el mío.
Pen se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento.
Lo soltó. No había razón para emocionarse.
St. Andrews era un pueblo de golf en el que, según se decía, todo el mundo acababa acostándose con todo el mundo en algún momento de la carrera.
Probablemente, en ese mismo momento, había una chica desnuda enroscada a Sasha.
O desnuda, pero con unos tacones rojos. Él no iba a subirse al coche y conducir durante una hora y veintitrés minutos (según MapQuest), hasta llegar a Pollock Halls, abrirse paso por los pasillos de Lee House —que siempre olían mal porque los vecinos se quedaban dormidos borrachos intentando hacerse un sándwich en la tostadora de la despensa común—, y llamar a la puerta con la pegatina de Pen Winters, que parecía sacada de la habitación de una niña de doce años, con un libro bajo el brazo, esperando a que ella lo invitara a pasar.
Por lo que sabía, podía tener novia. O novio. O varios de cada.
Otro pitido. Una nueva ventana, esta vez con el nombre de Chet.
CHETHAN : Tengo que decirte algo difícil. No quiero que te lo tomes a mal.
Pen sintió un pinchazo de pánico. ¿Qué había hecho? ¿Lo había ofendido? Chet estaba escribiendo.
CHETHAN : No montas muy bien. Creo que necesitas clases particulares.
Alivio. Y luego irritación. Silenció el sonido de las notificaciones.
CHETHAN : Por suerte, conozco al hombre ideal.
La otra ventana volvió a abrirse.
SASHA : O podría intentar atarlo a la pata de Hedwig. Suponiendo que sepas quién es.
Pen sonrió. Le gustaba esa candidez de friki que tenía.
PEN : No soy una completa inculta.
SASHA : Menos mal.
PEN : Aunque creo que por aquí sería más típico usar una paloma, ¿no?
SASHA : Ah. Veo que dominas los pájaros mensajeros. Se puede arreglar. Tenemos un columbarium , ¿sabes?
¿Un qué? Estaba escribiendo otra vez, dándole a Pen tiempo para imaginar a Sasha y a Chet sentados a la mesa de la cocina de su piso compartido, con una botella de algo entre ellos y burlándose de ella. Si era así, no le importaba. Estaba disfrutando.
SASHA : ¿Sabías que en ambas guerras los Aliados usaron palomas para mandar información a través de las líneas enemigas? Criaturas heroicas. Aunque hoy en día los americanos usarían águilas.
PEN : ¿Qué demonios es un columbarium?
SASHA : La próxima vez que vengas a casa te lo enseño.
Dejó que aquellas palabras resonaran dentro de ella. Y luego contuvo la emoción.
PEN : ¿Águilas normales o calvas?
SASHA : Las que agarre Cheney, supongo.
Estaba escribiendo otro mensaje. Pen esperó.
SASHA : ¿Por qué lo preguntas? ¿Odias a los calvos, Pen?
Soltó una risa ahogada.
PEN : ¡Para nada!
No respondió enseguida.
PEN : ¡Me encantan los calvos! Montaigne era calvo, y me hace un poco de tilín. Pero las águilas calvas no me inspiran confianza. Tienen algo siniestro.
No apareció ningún nuevo mensaje ni aviso de que estuviera escribiendo.
Abrió otra pestaña y buscó fotos de águilas calvas.
Tenían algo inquietante, sí. Esos ojos amarillos.
Ese pico amarillo con forma de percha. Buscó una imagen de Montaigne para asegurarse.
Allí estaba, calvo, barbudo, con su gorguera y su jubón.
De pronto, recordó los retratos de los antepasados de los Lennox.
Sintió una punzada de arrepentimiento en el estómago.
Se quedó mirando la pantalla, detestándose por haber tenido tan poco tacto. Los chicos también tenían complejos. Claro que sí. Al fin, Sasha empezó a escribir.
SASHA : Qué alivio. Hay cosas que conviene dejar claras. Buenas noches, Pen. Bs.
El puntito azul desapareció y su nombre bajó al fondo de la lista. Pen se ruborizó. ¿A cuento de qué había sacado lo de las águilas calvas? Y no debería haber mencionado a Montaigne. Muy de estudiante de primero. Claro que lo era. Y él también.
Volvió a abrirse la ventana de Chet.
CHETHAN : ¿Sigues ahí? Te aseguro que sus tarifas son razonables.
Miró la hora. Casi las once, y no había escrito ni una coma del trabajo.
PEN : Esta semana no voy a correr ningún derbi, pero lo tendré en cuenta. Hora de trabajar. ¡Buenas noches!
CHETHAN : Buenas noches (emoji sonriente) bssss.
Justo cuando volvió al libro dispuesta por fin a ponerse con el trabajo antes de cerrar los ojos, el móvil empezó a vibrar.
«Mamá», decía la llamada. Era pronto por la tarde en Toronto.
Su madre estaría haciendo la cena. Dejó que el móvil sonara hasta apagarse.
«1 mensaje nuevo en el buzón de voz», indicaba la pantalla.
Pen se sentía unida a su madre. No al estilo de algunas amigas que compartían confidencias como si fueran mejores amigas —nunca iban juntas a la peluquería, y su madre jamás le había enseñado a ponerse pintalabios—, pero sí de un modo más íntimo.
Tras aquella época difícil, en los cinco años que llevaban solas (salvo por Olive, su border collie mestiza), habían desarrollado una suerte de entendimiento sin palabras.
Fue gracias a eso que Pen se había permitido irse a Edimburgo.
Sabía que ya no tenía que preocuparse. Aun así, reprodujo el mensaje de voz para tranquilizarse.
Hola, cariño, soy mamá, deben de ser… las seis o así. Solo llamaba para ver qué tal estás. Aunque ya será tarde allí… muy tarde, de hecho. Seguro que estás en la cama ya, con lo ciudadana responsable que eres. Llámame cuando puedas, no hay prisa. Te quiero.
Se dejó reconfortar por la voz de su madre y pulsó el nueve para guardar el mensaje. Si la llamaba al día siguiente, su madre no le preguntaría por el fin de semana, y no tendría que mentir. Al menos no directamente.