Doce
Doce
A lice redujo el paso mientras escribía a Pen: Quedamos en el sitio de los burritos a la una.
Cerró el móvil de un chasquido y lo devolvió al bolsillo del abrigo.
Jo le pasó un brazo por el suyo. Se daban con los costados a cada paso mientras avanzaban sin prisa por George Square, en dirección a los restaurantes de Chapel Street.
A Jo le encantaba el contacto físico. Frotaba los hombros, daba unos besos de abuela en la mejilla y no dudaba en estirar la mano para quitarle a Alice un pelo del jersey.
A Alice le gustaba esa calidez inmediata, esa intimidad que daba por supuesta.
Había tardado años en conseguir que Pen no se pusiera tiesa cada vez que la abrazaba.
Convencerla de que se bañara desnuda en el lago con el resto de compañeras de cabaña en aquel campamento de verano fue como intentar convencer a una monja de que probara una orgía.
Conocer bien a los padres de Pen le daba a Alice cierta perspectiva sobre reacciones que a otros amigos les resultaban desconcertantes.
Los valores de la Inglaterra victoriana se habían conservado intactos en la abuela paterna de Pen, como un insecto en ámbar.
Ted había sido criado desde pequeño para heredar la empresa de embalaje fundada por su bisabuelo.
Se había pasado los veranos de su infancia limpiando urinarios y puliendo suelos en la fábrica de Winter Corp, aprendiendo hasta el último detalle de cada tarea que algún día le tocaría supervisar.
Cuando por fin tomó las riendas, lo hizo tan bien que su padre —bajo cuya dirección el negocio había menguado— nunca se lo perdonó.
Ted era un manojo de contradicciones: generoso y tacaño, abierto y puritano, trabajador y hedonista.
Pen lo quería y se tomaba sus consejos casi como palabra de Dios, aunque desde niña había comprendido que su relación con la verdad era… complicada.
Anna, la madre de Pen, por su parte, era de un pueblo cerca de la frontera con Manitoba.
La había criado una pareja católica mayor que la acogió cuando era niña; Alice nunca supo si su madre biológica la había entregado o si se la habían quitado.
Anna llegó por méritos propios a la Universidad de Toronto, donde ahora era profesora.
No se tragaba ni media de las fantasías familiares de los Winters, votaba siempre lo más a la izquierda que le permitía el equilibrio y le inculcó a su hija una conciencia palpitante de sus privilegios y de la gente que se quedaba fuera.
De resultas del enfrentamiento entre estas dos fuerzas, Pen creció con la sensación de que alguien la vigilaba y evaluaba constantemente: sus modales, su empatía, o ambas cosas.
Alice lo sabía porque ella misma la observaba.
Una vez, una noche en la que iban algo borrachas, Pen dejó la puerta del baño entornada.
Alice la vio sacar exactamente dos cuadritos de papel higiénico, doblarlos con devoción y sentarse con la espalda recta, orinando en el más absoluto silencio.
Aparte de sus ojos verdes —que, según su humor, oscilaban del verde oliva al radioactivo—, la belleza de Pen era de las que se pueden esconder, y ella sabía muy bien cómo hacerlo.
Tenía unas piernas hechas para correr rápido y un cuerpo más bien andrógino.
Su rostro, de facciones finas y nariz recta, tenía un aire de duende.
Durante todos sus años de colegio, llevó el pelo largo, casi siempre trenzado a la espalda, pero en la primera semana en Edimburgo ambas fueron juntas a una peluquería de la Ciudad nueva y pidieron que se lo cortaran por la barbilla, lo que le daba un aire mayor.
Tenía la piel pálida y propensa a cambiar de tono.
En verano le salían pecas en los antebrazos y en el puente de la nariz, y a menudo le subía un rubor desde el cuello hasta las mejillas, ya fuera por el ejercicio o por el arrebato de culpa con que se flagelaba cada vez que le importaba demasiado lo que pensaran los demás.
Jo —y sobre todo Fergus— la observaban fascinados.
Fergus llevaba persiguiéndola desde el primer día, aunque parecía considerar que era su deber recordarles a ambas su condición de súbditas de la madre patria.
Hablaba de la Reina como si fuera una familiar entrañable y, más de una vez, volviendo del pub , se lanzaba a cantar, con un entusiasmo aparentemente sincero (aunque con Fergus nunca se sabía), una versión encendida de Rule, Britannia :
Rule, Britannia! Britannia, rule the waves!
Britons never, never, never will be slaves.
Jo se reía de esa parte de su hermano, igual que había aprendido a reírse de muchas cosas que no podía cambiar.
Alice y Jo compartieron un cigarro en la puerta del sitio de los burritos y luego entraron sin esperar a Pen.
El local, estrecho y lleno de estudiantes que aprovechaban la pausa entre clases y seminarios, tenía unas mesas pequeñas a un lado, todas ocupadas.
En la parte delantera entraba algo de luz desde la calle, pero no mucha.
Con los bolsos apretados bajo el brazo, se deslizaron de lado entre las mesas y la multitud de estudiantes que hacían cola frente al mostrador.
Había casi diez personas por delante y las probabilidades de comer algo antes de la siguiente clase eran, en el mejor de los casos, remotas, pero en Alice, como de costumbre, pudo más el afán de socializar.
Pen llegó y, tras una sarta educada de perdones, intentó colocarse al final.
Alice no podía permitirlo. Ahora que habían puesto cinco mil kilómetros entre ellas y los Winters, consideraba parte de su deber, como mejor amiga, salvarla de sí misma.
Se volvió hacia los cuatro estudiantes que había entre ellas con una sonrisa y les preguntó:
—Nuestra amiga ha llegado un poco tarde, ¿os importaría que se colara para unirse a nosotras?
Por supuesto que no. Alice tiró de Pen y los demás se apartaron para dejarla pasar.
—Queremos todos los detalles —dijo Jo, besándola en ambas mejillas.
Pero enseguida desvió la mirada hacia un grupo sentado junto al ventanal, en torno a dos mesas juntas. Agarró a Alice y a Pen por el antebrazo, hincándoles las uñas en la piel, y le susurró a Alice, que sintió un cosquilleo en el oído:
—¿Ves a la chica con la chaqueta Barbour y el flequillo? Es ella.
El rostro de Jo apenas delataba nada, salvo una pequeña arruga entre las cejas rubias.
El sábado después de la Semana de Bienvenida, tras cinco noches de discotecas, las tres se habían refugiado bajo el edredón de flores de Jo para beber vino de cuatro libras y comerse una cantidad indecente de gominolas Haribo.
Fue entonces cuando Jo les confesó que la primera chica de la que se había enamorado también estudiaba en Edimburgo.
La había visto en Cabaret Voltaire el jueves. Se llamaba Sylvia Clarke.
Jo y Fergus se habían criado entre Londres y Buttons.
A los quince, los enviaron a un internado mixto cerca de los Cotswolds, que Pen no podía evitar imaginarse como Hailsham.
En el primer trimestre del segundo año, la encargada de la residencia de estudiantes sorprendió a Jo y Sylvia en la lavandería.
Lo comunicó al director, que convocó a los padres y expulsó a ambas alumnas.
—Quizá por eso sigo dejando la colada hasta que ya no me queda nada limpio —bromeó Jo.
Pen y Alice notaron el esfuerzo que le suponía contar aquello como una vieja historia incapaz de hacerle daño en el presente.
Su madre, contó, intentó defenderla, pero solo hasta cierto punto: afirmó que la encargada de la residencia debía de estar equivocada.
Se negó a escuchar la confesión de Jo, le dijo con frialdad que ya cambiaría de opinión cuando conociera al hombre adecuado.
Su padre no había vuelto a mirarla a los ojos desde entonces.
Solo Fergus la trataba exactamente igual que antes.
Siguió en el colegio, a regañadientes, pero cada fin de semana se iba a Londres a verla.
Allí, Jo se matriculó en un instituto diurno y, con el tiempo, hizo nuevas amistades.
Fue gracias a su determinación, confesó, que pudo negarse a volver a mentir sobre quién era.
Por eso, y porque Fergus era su hermano, Jo lo defendería siempre.
Alice le tomó la mano.
—¿Has hablado con ella?
—Ni de coña —respondió Jo sin girarse hacia la mesa de Sylvia—. Es algo del pasado. Por lo que me han dicho, ahora va de hetero.
Cuando llegaron al mostrador, Jo y Pen se enzarzaron en una batalla de cortesía por ver quién pedía primero.
Ganó Jo. Después, Pen encargó su burrito con un inglés «norteamericano» como lo haría en cualquier sitio…
La dependienta untó pan de pita con hummus y luego la miró como si le hablara en otro idioma.
Entonces, Alice adoptó el acento de Jo como si fuera una prenda de ropa y remarcó con su vocabulario:
—Lechuga, calabacín, berenjena, tomate y queso feta, por favor. Bueno, tres de esos y tres Coca-Colas Zero.
Aliviada por esa simple eficacia, la mujer preparó los burritos en tiempo récord.
Jo se rio:
—Eso va a triunfar esta noche en el Bedlam. Este look es muy Thomasina, por cierto.
Alice llevaba puesto uno de los pichis colegiales de Pen —que a ella le quedaba cortísimo—, con leotardos negros, mocasines, camisa blanca con cuello, un gorro rojo y un abrigo de hombre colgado del brazo.
Se llevaron sus bolsas de papel al fondo. El mejor sitio —un sofá cubierto de pedazos de tela de colorines desde el que se veía toda la sala— acababa de quedar libre.
—¿Qué tal el finde en casa? —preguntó Pen al sentarse.
Jo hizo caso omiso de la cortesía.
—No pienso soltar ni una palabra sobre cómo Fergus te ha echado de menos todo el rato, hasta el punto de poner a Flossie histérica de celos, si no nos cuentas primero todo sobre los Lennox y su casa encantada.
—Alice dice que estoy enamorada de todos ellos —dijo Pen—. Fue muy Brideshead.
—Qué pasada —dijo Jo—. Y Alice me ha dicho que estaba la hija de Margot. ¿Georgina se llama? ¿O Georgiana? Me suena de haberla visto en el Tatler en el cole. —Miró a su alrededor y vio que el local se había vaciado—. ¿Qué hora es?
Alice miró el reloj:
—Las dos menos tres.
—¡Mierda, llegamos tarde! Envuelve eso y vamos —dijo, tirando de Alice por la muñeca—. Perdón por abandonarte, Apestosa. Nos lo cuentas todo esta noche en el pub , ¿vale?
—¡Adiós! —dijo Pen.
Alice se giró y abrazó a su amiga por la cintura, dándole un buen achuchón.
Al mirar atrás desde la puerta, vio que Pen se había cambiado a una mesa más pequeña, aunque el café estaba casi vacío, y había sacado una novela.
Pensó que esa era una de las diferencias más profundas entre ellas: a Pen la habían educado para respirar menos aire que los demás, mientras que Alice nunca en su vida había sentido la necesidad de disculparse por ocupar espacio.