Once
Once
— E stás enamorada —la acusó Alice.
Estaban en la habitación de Pen, repasando el fin de semana mientras cenaban queso marmolado y tostadas Melba compradas en un supermercado abierto las veinticuatro horas.
—¿De Sasha? —Pen había querido decir su nombre.
—De todos.
Alice estaba sentada en la cama de su amiga, con las piernas estiradas y descalza.
Tenía las uñas de los pies a medio pintar, con restos de esmalte coral cuarteado, y los talones cubiertos por una capa blanca de piel muerta.
No era escrupulosa con esas cosas. Sus calcetines estaban hechos un ovillo en el suelo, junto a su bolso abierto, cuyo interior revelaba un tique larguísimo, una botella casi vacía de Coca-Cola Light caliente, un cepillo lleno de pelos y un paquete aplastado de Camel Lights .
Estos pequeños territorios privados contrastaban con el resto de Alice, que a sus dieciocho años habitaba el tipo de cuerpo que las revistas femeninas instaban a sus lectoras a imitar, seguramente con la esperanza de que fracasaran.
Tenía una figura esbelta, elegante, de curvas suaves, y un rostro amplio, sereno y hermoso.
Su piel cálida y los tirabuzones de su pelo reflejaban la luz del sol, y su sonrisa burlona, a menudo pintada de rojo, era capaz de causar pequeños milagros de seducción.
Sus cejas oscuras enmarcaban el atributo al que más partido sabía sacarle, gracias a años de clases de interpretación: los ojos rebeldes de su abuela materna, de un impactante azul mediterráneo.
Pen, que quería a Alice desde antes de que las dos fueran conscientes de que un día habría unos desconocidos dispuestos a juzgarlas por el reparto aleatorio de sus genes, sabía perfectamente lo guapa que era.
Era difícil ignorar a los cazatalentos que las seguían por los centros comerciales.
Pero preguntarle a la Pen de diez años si sabía que su mejor amiga era guapa habría sido como preguntarle si sabía que las paredes de la cocina de sus padres eran de un amarillo pálido.
Por supuesto que lo sabía. Pero no era lo importante.
A lo que prestaba atención no era a su rostro en sí, sino a la forma en que se combinaba con su voz, y a las risas histéricas que solían echarse juntas.
Más tarde, cuando fueron dejando atrás la infancia, Pen empezaría a presenciar la fealdad que la belleza de su amiga despertaba en ciertas personas.
Se daría cuenta de lo predispuestas que estaban a despreciarla, sentirse amenazadas o incluso odiarla, y también vería cómo Alice aprendía a ahorrarles el esfuerzo con una broma lanzada en el momento justo.
La madre de Alice, una interiorista que pasaba buena parte del tiempo llevando a su hermano pequeño de pista en pista de hockey , y su padre, un anestesista peligrosamente encantador, se habían conocido en McGill.
Vivían en una casa grande, cómoda y profusamente decorada en el centro de Toronto, donde todo el mundo iba en coche, aunque no hiciera falta, y su madre organizaba cenas obligatorias los viernes, aunque odiara cocinar.
Los padres de Alice no estaban precisamente encantados con su ambición de ser actriz, pero tampoco estaban capacitados para que tirara la toalla.
Toronto era un lugar bastante popular para rodajes de anuncios y series juveniles, de manera que, con trece años, Alice iba a tres o cuatro castings por semana.
Su «agente de talentos juveniles», Richard, llevaba un chaleco de ante, tenía una coleta blanca desgreñada y parecía disfrutar especialmente al pellizcarle las caderas para comprobar que no había engordado.
Su profesor de interpretación, un larguirucho de unos cincuenta y muchos llamado Stephen, organizaba talleres en su loft industrial junto al Don River, e intentó varias veces convencerla de que aceptara que le metiera la lengua en la boca «en calidad de personaje».
A Alice le gustaba decir que, desde la pubertad, había sabido reconocer a un tiburón —es decir, lo tristes que eran y el olor a café que desprendía su aliento a la luz del día—, y que por eso nunca caería en su trampa.
A las dos les resultaba liberador que en Edimburgo nadie tuviera una imagen clara del lugar del que venían.
Y prácticamente habían conseguido esquivar —o eso creían— que las encasillaran por su forma de vestir.
Experimentaban con la ropa, hallando combinaciones inverosímiles —y no siempre acertadas— en tiendas de segunda mano.
Alice, que en ese momento llevaba un chaleco vaquero blanco encima de una sudadera roja y morada de los Toronto Raptors, despegó una loncha de queso del envoltorio sudado, la colocó entre dos tostadas Melba y le dio un mordisco. Pen intentó no fruncir el ceño al ver las migas caer sobre la colcha.
—No es solo Sasha, aunque sé que crees que sí —dijo Alice, masticando—.
Es Sasha en su contexto. Por cómo lo describes, no parece que vaya a cambiar el mundo, sin ánimo de ofender.
Imagínatelo con unos chinos y un polo, bebiendo cerveza y llamando «pitillo» a un cigarro.
¿Te volverías a fijar en él? Pero en un castillo en el campo, con caballos y autores famosos y una prima misteriosa cuya madre es la puta Margot Lennox… venga ya.
No lo decía con mala intención. Pen, al contarle el fin de semana, le había quitado peso a la química que Sasha había despertado en ella y se había centrado en su encanto profesional.
No le había contado, por ejemplo, cómo la voz de Sasha le golpeaba en el plexo solar, o cómo se agachaba un poco para colocarse a su altura al hablarle, o lo perturbadoramente bonitos que eran sus dedos.
Tampoco le había contado lo mucho que le había costado respirar durante el trayecto de vuelta a Edimburgo.
Menos mal que estaba Chet, que, al enterarse de que no sabía lo que era una WAG , aprovechó para ponerla al día de los últimos diez años de cultura de la prensa amarilla, los realities y el fútbol británico, lo cual derivó enseguida en una explicación detallada de los méritos relativos de todos los clubes del país y luego en las reglas del críquet.
Cuando Sasha la acompañó hasta la puerta de Lee House, ella se inclinó para darle un abrazo y él fue a besarle la mejilla, lo que resultó en un momento incómodo en el que acabaron muy juntos, con las mejillas pegadas.
Sasha le acarició la espalda una vez y soltó una risita nerviosa antes de separarse.
Desde que regresó, Pen había reproducido en su cabeza esa interacción de cuatro segundos aproximadamente una vez por minuto.
No quería que Alice supiera hasta qué punto estaba coladita, porque tenía planeado hacer con eso lo único que consideraba razonable: absolutamente nada.
Le había contado lo de George con cierta reticencia, sintiéndose culpable por su repentina cercanía con el ídolo de Alice.
En el instituto, Alice, a pesar de que nunca se acordaba de cuándo era el examen de mates, siempre sabía con exactitud en qué día salían los números francés y británico de Vogue.
Se los llevaba a su leonera, cerraba la puerta y se ponía a hojear sus gruesas páginas, deteniéndose solo ante las sesiones subidas de tono con pezones al aire (en el número francés), hasta encontrar una foto de sociedad de Margot Lennox.
Y Margot siempre aparecía. A veces posando para la cámara en alguna velada glamourosa, vestida con un traje sobrio diseñado por ella misma, y otras mirando al objetivo con gesto acusica desde su taller de París, enfundada en unos pantalones de pinzas y una camisa blanca con los puños vueltos.
—Mañana tienes el primer ensayo —dijo Pen, cambiando de tema—. ¿Qué va a llevar Thomasina?
Los ojos de Alice se iluminaron y fue directa al armario de Pen. Esta era una de las muchas cosas que compartían: nunca se cansaban de transformarse.