El ciclo de vida del pulpo común Diez
18%

Diez

Diez

E n el comedor, Lennox y Christina ya estaban sentados a la mesa junto a George, que tenía en brazos a un bebé revoltoso de pelo rizado.

Delante de ellos humeaban unos cuencos de sopa.

Lennox se servía una rebanada generosa de pan crujiente y una cucharada de mantequilla de lo más amarilla.

George intentaba evitar que el bebé metiera las manos en su sopa.

—Penelope, vales más que una pata de conejo, y hueles mucho mejor también —dijo Lennox, dejando el pan sobre el plato.

A la luz del día, vestido con ropa informal de domingo por la tarde, tenía un aire juvenil.

Y se parecía aún más a su hijo—. Esta mañana he dado por terminado el primer borrador de mi nueva novela. Solo con doce días de retraso —anunció.

Christina le lanzó una mirada tan afectuosa como recriminatoria.

—Qué suerte tiene ese borrador —comentó George. Estaba desplomada en la silla, con el pelo alborotado y un aspecto exhausto.

—Ay, cariño, dame al niño —dijo Christina, tendiendo los brazos hacia el pequeño—.

En cuanto comas algo, échate una siesta.

Danny se viene conmigo a hacer visitas, ¿a que sí?

—Añadió, acurrucándolo y dándole un beso en el cuello.

Él soltó una risita—. Está echando los dientes, pobre —le explicó Christina a Pen.

Chet y Sasha entraron con tres cuencos más desde la cocina y se sentaron en sus sitios habituales. Sasha colocó uno con cuidado delante de Pen, que le sonrió en señal de agradecimiento.

—Buenas tardes, Lady Georgina —saludó Chet—. ¿Has dormido hasta tarde? Era un día perfecto para cabalgar. O para tirarse en paracaídas, ya que estamos. ¿Verdad, Pen?

George puso los ojos en blanco.

—Me han despertado seis veces los chillidos de este dictador, y la única forma de callarlo fue meterlo en mi cama y enchufarle el pezón en la boca. No creo que vuelva a montar hasta que empiece el colegio.

—Uy —terció Chet, sirviéndose pan—. No hay mucho que pueda responder a eso sin que me caiga una bofetada. ¿Alguien puede rescatarme, por favor?

—¿Alguien ha visto la sección de Deportes del Times? La he buscado por todas partes —preguntó Lennox—. Hector dice que el periódico estaba completo cuando llegó.

Pen sintió cómo se le encendían las mejillas.

—Fui yo —dijo rápidamente, para quitárselo de encima—. La usé para encender el fuego esta mañana. Lo siento.

Sasha la miró y contuvo la risa.

—¡Penelope! ¿También les has quitado el hollín a las chimeneas? Madre mía —exclamó Lennox.

Christina le dirigió a su marido otra mirada, esta vez con un matiz más serio, mientras hacía rebotar a Danny sobre su regazo.

—Esta mañana he visto a Imogen en la iglesia y me ha contado una historia espantosa. Parece ser que Jane Ashton le ha clavado un cuchillo de cocina a Henry.

—Cielos —respondió Lennox, alarmado, girándose hacia su mujer—. ¿Un cuchillo de cocina?

—Sí, uno de chef, de esos que cortan con tan solo mirarlos —explicó Christina—. Se le cayó en el pie. Totalmente por accidente, claro.

—Cielos —repitió Lennox. La miró con una mezcla de curiosidad y aprensión, esperando que continuara.

—Después de una tarde que deduzco que fue bastante larga en el pub , Henry llevó a un grupo a su casa a cenar.

Jane no tuvo ni medio minuto de antelación, y estaban muertos de hambre, claro.

Pero Imogen dice que se las apañó bastante bien, dadas las circunstancias.

Más tarde, seis de ellos estaban jugando al Scrabble.

Henry le preguntó a Jane si no quedaría otra botella y si no podía encontrar algo de fruta o unas galletas para los invitados, ya que su cena había sido algo escasa.

Ella le contestó que, por supuesto, estaba invitado a mirar.

Él se dirigió a la cocina, trasteó un rato y luego la llamó.

Jane fue detrás y todos oyeron un grito agudo.

Lennox hizo una mueca. Sasha y George se cruzaron una mirada.

—Qué faena —dijo ella.

—Lo curioso —continuó Christina, mirando a su marido a los ojos— es que Jane volvió al salón sin decir ni pío… y jugó su tumo. Debía de estar en estado de shock , la pobre. Al parecer llevaba muy buen marcador.

La mesa enmudeció. Pen se preguntó si Christina contaba aquella historia como advertencia o como material literario. Por la expresión de Lennox, apostaba por ambas cosas.

—¿Está bien Henry? —preguntó él por fin.

—Sí, unos puntos de sutura y listo. El doctor Morley acudió enseguida.

Henry es un tipo resistente. Y por suerte no necesita mucho los pies.

Aun así, me da pena Jane —añadió Christina, soplando una frambuesa sobre la mejilla de Danny, que volvió a reír.

Se volvió hacia Chet y Sasha—. Chicos, ¿por qué no redimís la inutilidad general de vuestro sexo trayendo el postre y preparando café?

Christina comprobó, por la expresión de Elliot, que había entendido el mensaje.

Le gustaba su trabajo en la finca y en el pueblo: lo había elegido.

Pero no soportaba que su marido olvidara que, si todas sus necesidades —materiales e inmateriales— estaban cubiertas, era porque alguien mantenía todo aquello en equilibrio.

Ni que se refugiara en su papel de artista despistado y descuidara su parte, que, comparada con la suya, no era gran cosa.

Ese fin de semana la había sacado de quicio al pasarse demasiado tiempo encerrado en su madriguera, sobre todo teniendo en cuenta que había sido él quien invitó a la muchacha.

Se alegraba de que al fin hubiera terminado el borrador —doce días tarde, para variar—, pero no iba a permitir que cayera en la autocomplacencia de Henry Ashton.

No era de extrañar que Jane hubiera llegado al límite.

Al rato, Chet apareció, seguido de Sasha, con unos cuencos de pudín con tofe pegajoso.

Pen se puso tensa cuando él, de pie tras su silla, dejó a su lado una taza de café.

Sin volverse, rodeó la porcelana con las manos y dejó que el aroma la serenara.

Al otro lado de la mesa, George se desperezó y se puso en pie.

—¿Seguro que no te importa quedarte con él? —le preguntó a Christina, que zanjó la cuestión con un gesto—. Adiós —se despidió—. No te levantes —le dijo a Pen, que ya estaba en ello. La besó en ambas mejillas—. Espero verte por aquí otra vez —añadió, dándole un apretoncito en el brazo.

Danny la siguió con la mirada y soltó un quejido.

Se retorció en los brazos de Christina, estirándose hacia el vaso y gruñendo con impaciencia.

Lennox acercó su silla a la de su mujer y empezó a jugar al cucú con la servilleta.

Danny se olvidó de la rabieta y chilló encantado, enseñando los destellos blancos de dos dientecitos a punto de asomar por las encías.

Pen, desde su absoluta inexperiencia, se sorprendió al ver que alguien como George —que la noche anterior había hablado con autoridad sobre mil temas— pudiera quedar tan reducida por un ser tan pequeño.

Se preguntó dónde estaría el padre de Danny.

Solo sabía que se llamaba Rosh y que trabajaba «en la City», lo que ella interpretaba como Londres.

Ignoraba que en realidad se refería a una zona muy concreta de la ciudad, donde ingentes cantidades de inteligencia humana se volcaban día y noche en escrutar pantallas en rascacielos que tenían las ventanas cerradas a cal y canto.

A sus dieciocho años, Pen siempre había contado con la clase de seguridad que el padre de Danny buscaba desesperadamente trabajando doce horas al día, siete días a la semana.

También desconocía esa especie de sopor que amenazaba con tragarse a una persona —y que Christina se sacudía cada mañana con una ducha fría y una caminata a paso ligero hasta el pueblo, rituales que siempre la devolvían al presente—, cuando una vida que un día parecía tan amplia y llena de opciones acababa reducida a un único pasillo atestado de promesas.

Aunque no había reunido más que unas cuantas pistas sueltas sobre los Lennox y sus propios padres, tampoco consideraba que el viaje hubiera sido un fracaso cuando se despidió de Elliot y Christina después de comer.

Más allá de la tensión que sentía al colocarse detrás de Sasha en su diminuto coche, era consciente de haber presenciado, aunque solo fuera por un instante, si no un amor transformador y duradero, al menos una pareja funcional. Que no era poco.