Nueve
Nueve
N ellie los recibió con un ladrido cuando entraron en los establos en penumbra y se restregó contra los tobillos de Sasha como un gato.
Kevin, un caballo castaño oscuro con manchas blancas —y del tamaño de un tráiler—, ya estaba ensillado y preparado.
Hector lo sacó al patio y tomó la fusta de manos de Pen mientras ella montaba.
Le ofreció ayuda para subir, pero ella colocó un pie en el estribo y se impulsó sobre su lomo ancho —con bastante soltura, pensó.
Quizá el olor a estiércol le había despertado la memoria muscular.
—Este es como un sillón —comentó Hector, devolviéndole la fusta—. La vas a necesitar si quieres seguir el ritmo de esos dos.
Ajustó la cincha y Kevin giró la cabeza para intentar morderlo.
Chet se lanzó sobre un tordo llamado Brahms y encabezó la marcha al trote por el campo.
Sasha se puso al lado de Pen montado en una yegua llamada Cindy.
Su pelaje brillante tenía el mismo tono castaño bañado por el sol que el pelo de él.
—Su nombre completo es Cinderella. Se lo puse yo —confesó mientras caminaban al mismo paso—. Eso sí, el de Kevin se lo debemos a mi hermano.
—¿Y Nellie? —preguntó Pen, intentando recuperar el valor que había sentido la noche anterior—. Déjame adivinar. ¿Tu padre? ¿Por Nellie Bly?
Él la miró sin decir nada.
—Ya sabes, la periodista. Diez días en un manicomio.
—¿Un manicomio? —repitió Sasha—. Esto no es nada.
Espera a conocer a mi tía Margot. Y tú estás de suerte, solo te quedas dos días —añadió, sonriendo.
Cindy le dio un coletazo a Kevin, que estampó una de sus patas enormes contra el suelo—.
Tranquila —dijo—. Kevin está colado por Cindy y ella lo sabe, así que le gusta provocarlo. Pero se llevan bien. ¿Cómo lo llevas?
—Genial —respondió Pen, probando las piernas mientras andaban, intentando recordar cómo funcionaban el acelerador y el freno—. Un poco oxidada, pero bien.
—¿Lista para trotar?
—Claro.
Presionó con las pantorrillas. Nada.
—Es testarudo —aclaró Sasha—. Prueba con un toque de tobillo.
Kevin siguió caminando a paso lento hasta que Sasha colocó a Cindy delante.
Entonces se lanzó a un trote agitado, de los que hacen castañetear los dientes, para darle alcance.
Pen se alzaba en la silla cuando la pata izquierda de Kevin iba hacia delante y se sentaba cuando retrocedía.
Parecía que estuviera montando una lavadora, así que aguantó dos tiempos sentada para cambiar de diagonal, sorprendida de que aún supiera hacerlo.
La última vez que había montado a caballo tenía doce años.
Avanzar por el aire frío con el calor de Kevin bajo ella le resultaba tan agradable que, al dejar atrás los campos y ver cómo el ancho sendero se desplegaba bajo la arboleda, decidió dejarse llevar.
A lo lejos, Chet iba al galope sobre Brahms, así que Pen presionó con firmeza las pantorrillas e hizo pasar a Kevin de su trote agitado a un galope suave y sostenido.
Era como moverse a cámara lenta, aunque avanzaban el doble de distancia en la mitad de tiempo.
El golpeteo amortiguado de los cascos sobre la tierra, la cadencia segura de su zancada y la luz que se filtraba entre las hojas como gotas fueron adormeciéndola hasta sumirla en una paz absoluta.
Pero esa agradable ilusión de control se desvaneció en cuanto el sonido de un disparo rompió el silencio entre los árboles, seguido de un aleteo frenético.
Kevin, asustado, echó las orejas hacia atrás y se lanzó al galope con todo su peso.
Pen perdió un estribo, y luego el otro. Con el enorme caballo completamente desbocado, el cuero y el metal le golpeaban las piernas.
Se aferró a su vientre con los muslos e intentó frenar con las riendas.
Sabía que existía un método de frenado de emergencia que implicaba levantar un brazo y mantener el otro abajo, pero no lo recordaba, y no quería hacerle daño en la boca.
Se mantuvo montada mientras intentaba reducir la velocidad hasta que Kevin se desvió del sendero.
Al ver que se dirigía hacia las ramas, Pen se agachó y se lanzó desde el lomo del caballo como quien se tira de un coche en marcha.
Kevin desapareció entre los árboles y Chet fue tras él, inclinado sobre el pescuezo de Brahms para protegerse la cabeza.
—¡Pen! —Sasha ya estaba apeándose de Cindy y se arrodillaba a su lado, con el rostro marcado por la ira y la preocupación. Le puso una mano en el brazo, con una delicadeza que cortó de golpe el aturdimiento—. Malditos locos. ¿Estás bien?
Sentía las muñecas flojas por el golpe y la espalda algo torcida, pero había sabido aterrizar.
Siempre se le había dado bien caer. Aunque, en realidad, no se había caído: había saltado.
La vergüenza le subió al pecho y le escoció en los ojos.
Parpadeó para sacársela de encima y se incorporó entre los arbustos.
Chet no tardó en volver, aún montado, tirando de un Kevin jadeante y con los ojos desorbitados.
—Lo siento muchísimo. Podría haber muerto —dijo Pen, alargando la mano para acariciar el cuello empapado del animal. Ahora de pie, estaba a la altura de la mandíbula de Sasha.
—Podrías haber muerto tú —respondió él, quitándole con cuidado una hoja del pelo, en un gesto que le produjo un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo—. Aunque, si acaso, este susto le habrá alargado la vida a Kevin —añadió.
Le tendió las riendas. Por un instante de desaliento, ella pensó que iba a sugerir que regresaran andando.
Pero Sasha le sujetó el estribo para que montara.
Pen apoyó el pie izquierdo sobre la goma y se impulsó hacia arriba.
Con suavidad, él le quitó la fusta de la mano —no se había dado cuenta de lo fuerte que la estaba apretando— y la colocó bajo la pierna, sujeta a la silla.
Volvieron al paso por el mismo camino. Sasha no dejaba de mirarla, como si quisiera asegurarse de que seguía allí, mientras Chet hablaba de lo interesante que era disparar a faisanes y urogallos, y se burlaba de Sasha por no participar.
—Mi rechazo a la caza le hace un flaco favor a la reputación familiar —le explicó a Pen—. Mamá deja que los vecinos usen la finca, dentro de lo razonable. Pero está claro que los límites de lo «razonable» son algo difícil de definir.
Tras devolver los caballos a los establos, entraron por la puerta lateral y se quitaron las botas embarradas. Pen se sentía como un juguete montado a toda prisa, con algunas piezas puestas en el sitio equivocado.
Sasha le retiró otra hoja del pelo y, como si no supiera qué hacer con ella, se la guardó en el bolsillo.
—¿Seguro que estás bien?
Pen asintió.
En la cocina encontraron a Christina medio metida en el lavavajillas.
—¿Vas a algún sitio? —preguntó Chet, arrodillado detrás de ella.
Christina se incorporó con un trozo de cristal entre los dedos enguantados.
—Esto estaba atascando la cosa esa giratoria —dijo triunfante—. Pen, ¿a qué hora tienes que volver a Edimburgo?
—Había pensado en tomar el tren de las 03:06 p.m. —respondió, frotándose las manos con jabón para quitarse la tierra de los surcos de las palmas.
—¡Ni hablar! —exclamó Christina—. Sasha y Chet bajan después de comer. Os lleváis a Pen, ¿verdad?
—Si promete quedarse en el coche —dijo Chet.
Christina no pareció oírlo.
—Id a arreglaros un poco y luego venid a echar una mano —ordenó.
Sasha besó a su madre en la mejilla y sostuvo la puerta para que Pen y Chet salieran.
En lo alto de la escalera principal, Sasha y Chet tomaron el pasillo de la izquierda, hacia una parte de la casa que Pen no había explorado.
Eran tantos los cuadros colgados en las paredes y las estancias estaban tan alejadas unas de otras que no le habría sorprendido descubrir que vivía allí gente a la que aún no había visto: una antigua niñera escondida en el desván, quizá, o una primera esposa desquiciada. Como mínimo, un poltergeist .
Pen quería creer en los fantasmas. Le reconfortaba la idea de que los muertos pudieran tener algo parecido a una omnisciencia selectiva.
Nada de cielos ni infiernos, ni querubines desnudos ni demonios con látigos, sino la posibilidad de alternar entre un largo sueño sin sueños y una especie de cámara flotante desde la que observar a los vivos ahogándose en un vaso de agua.
Su experiencia con la muerte era limitada.
La primera vez que comprendió lo irreversible que era había sido cuando el canal de golf dejó de sonar en casa de sus abuelos.
Nunca se había imaginado a Edward Senior velando por ella —sabía que la vida de una niña de nueve años no debía de interesar mucho a un hombre que había perdido a dos hermanos en la guerra—, pero le gustaba pensar que su espíritu eterno tendría una buena vista del putting green del Masters de Augusta, por ejemplo.
Cuando Tilda Winters murió de un infarto mientras dormía, siete años después —una muerte ordenada, como a ella le habría gustado—, Pen empezó a pensar que su abuela, que había sido una figura importante, aunque autoritaria, en su vida, tal vez le echaba un ojo de vez en cuando.
Esperaba que Tilda estuviera satisfecha con lo que veía.
En Toronto, esas supersticiones se reservaban sobre todo para los religiosos.
Allí, en cambio, parecía algo generalizado.
Quizá fueran los edificios antiguos, con siglos de muertos a sus espaldas.
O quizá fuera simplemente que, comparado con Canadá, en Escocia había más espíritus por metro cuadrado.
Mientras se cambiaba para el almuerzo, Pen se sorprendió pensando en el dormitorio de Sasha.
¿Tendría manchas de pegamento gris en las paredes donde antes había pósteres de Jimi Hendrix?
¿Un cajón junto a la cama lleno de condones y canutos a medio fumar, o de cromos y un Tamagotchi muerto de inanición?
Estaba bastante segura de que Sasha no podía estar interesado en ella —era demasiado mayor y demasiado guapo; igual incluso pasaba algo entre él y Chet, por lo que sabía—, así que se obligó a dejar de pensar en el escalofrío que le había recorrido el cuerpo cuando él le tocó el brazo, y a centrarse en delinearse los ojos y ponerse el rímel, tal como Alice le había enseñado.