Ocho
Ocho
P en se despertó con resaca. Sentía el cuero cabelludo demasiado tenso y la lengua como la suela de un zapato.
No había cerrado del todo las cortinas la noche anterior, y la luz otoñal se derramaba sobre la cama.
Tanteó la mesilla en busca de la botella de agua que había comprado en el tren y se la bebió de un trago.
Después de que Lennox y Christina subieran a acostarse, los «niños» —como los llamaba Christina— se habían trasladado al salón.
Sasha había abierto más vino y Chet se había encargado de que a Pen no le faltara una copa hasta bien entrada la madrugada.
Más que de lo que hablaron, recordaba una sensación de calidez reconfortante, como de estar en el sitio justo.
En algunos momentos se sorprendía a sí misma observando cómo su cuerpo fingía encajar allí, entre Sasha y Chet en el sofá largo frente al fuego, mientras George presidía desde el sillón.
Pero, sobre todo —y eso no era lo habitual en ella— estaba presente de verdad, contando anécdotas de sabe Dios qué y riéndose tanto que acabó con agujetas en la barriga.
¿Se lo había imaginado o Sasha había empezado la noche en el otro extremo del sofá y, con el paso de las horas, se le había ido acercando?
Justo antes de irse a dormir, su pierna derecha casi rozaba la izquierda de Pen: los muslos y las espinillas a centímetros de tocarse.
Se espatarró como una estrella de mar y enterró la cara en el lado frío de la almohada.
El algodón aliviaba sus terminaciones nerviosas, demasiado sensibles.
Se hubiera quedado así para siempre. Pero, a pesar de aquella breve conversación con Lennox sobre sus padres, lo único nuevo que sabía era que tanto él como Christina habían conocido a su padre; que Lennox no había llegado a conocer a su madre, pero que la consideraba «bastante especial»; y que no estaba al tanto del divorcio.
Que mencionara su matrimonio y a su madre no hacía sino reforzar su sospecha de que ambas rupturas estaban relacionadas.
Se levantó y miró por la ventana. Fuera de su nido de mantas, el aire era gélido.
El campo resplandecía bajo un cielo azul cobalto.
Agarró el móvil: 07:42. Tenía un mensaje de Alice, enviado la noche anterior: ¿Todo bien? ¿Sigues viva?
A lo que respondió: Viva y coleando. ¿Cómo va todo en Buttons? ¿Has cosido algún botón?
No se oía un alma en la casa, salvo por el traqueteo y chirrido del sistema de calefacción, así que se lavó la cara, se frotó la lengua áspera, bebió un poco de agua del grifo y se preparó un baño caliente.
Se metió en la bañera con su libro y no salió hasta que volvió a sentirse más o menos ella misma.
De la resaca, ya solo quedaban un leve dolor en los párpados y una necesidad urgente de comer algo.
Se vistió deprisa para no pasar frío, se secó el pelo con la toalla y salió al pasillo.
Dudó un segundo, luego giró en la dirección correcta y bajó las escaleras.
No había nadie en el salón. Las copas y ceniceros seguían donde los habían dejado, y los cojines del sofá mostraban todavía el hueco de sus cuerpos de hacía solo unas horas.
Respirando por la boca, recogió todo: los ceniceros llenos, los vasos sucios, las botellas vacías.
Pasó por el comedor —donde la tabla de quesos, apenas cubierta, seguía a la vista y el mantel presentaba manchas de vino y cera— y entró en la cocina.
A pesar del banquete de la noche anterior, la cocina estaba inusualmente limpia.
Alguien había colocado una bolsa de crumpets , una mantequillera y un tarro de Marmite al lado de la tostadora.
Pen vació los ceniceros y los lavó junto con los vasos en el fregadero, enorme y profundo como un abrevadero.
Aclaró las botellas y las alineó junto al cubo de basura.
Estuvo tentada de hacer algo con los quesos, pero lo pensó mejor: no tenía ni idea de si eso se podría considerar basura o almuerzo.
Cerca del hervidor eléctrico, había una tetera y una vieja lata con la palabra Té escrita en ella.
En la mesa de cocina, salpicada de luz y situada bajo unos ventanales que daban al césped del jardín, había una caja de cereales y una selección de platos, cuencos, cuchillos para untar y cucharas.
Estaba leyendo la etiqueta del tarro de Marmite cuando Hector entró por la puerta trasera, seguido por una Nellie emocionada.
—¿Todo bien? —preguntó, dejando un montón de periódicos dominicales sobre la mesa. La spaniel se lanzó a por Pen, meneando la cola.
—Muy bien. ¿Y tú? —respondió ella, un poco torpe, acariciando la cabeza de la perra.
Hector señaló el cielo azul.
—Nunca mejor. —Miró los desayunos intactos—. Para esta casa, eres una madrugadora. No salen a montar hasta las once. ¿Te apuntas?
Respondió que le encantaría, y él asintió antes de salir de nuevo, con la perra tras él.
Ella los vio cruzar el césped en dirección a los establos.
El reloj de la cocina marcaba las 09:15.
Aunque sabía que el desayuno estaba ahí para eso, se sintió como una ladrona cuando se sirvió un bol de cereales y una taza de té.
Se sentó a la mesa y, al terminar, se llevó la taza y uno de los periódicos al salón.
Ahuecó el sofá y encendió el fuego en la chimenea como su padre le había enseñado de niña.
Rebuscó entre los suplementos y usó la sección de deportes como yesca, pensando que era la que probablemente echarían menos en falta. Luego se acomodó con el Sunday Times.
Una hora más tarde, entró Christina. Llevaba unos pantalones de vestir y un jersey de cuello alto color crema, y tenía ese aire de quien ya ha ido y vuelto de Londres antes del desayuno.
—Dios santo, Penelope, has transformado el lugar. Ven todos los fines de semana, por favor.
Intentó darle las gracias por la cena, pero Christina hizo un gesto para restar importancia a los elogios.
—¿Has encontrado algo de desayuno? Hector me ha dicho que vendrás a montar. ¿Qué número calzas? —Echó un vistazo a sus pies—. Yo, un cinco de mujer. ¿Eso valdrá?
Pen, tratando de recordar cómo funcionaban las tallas en Reino Unido, la siguió escaleras abajo, hasta el cuarto de las botas, donde filas de compartimentos y ganchos almacenaban botas, chaquetas enceradas, sombreros de fieltro y cascos de montar de todas las tallas.
Se sentó y probó un par de botas mientras Christina le ajustaba un casco de terciopelo polvoriento.
—¿Has montado antes?
—De niña. Di clases, pero hace años —respondió Pen, abrochándose la correa del casco y sacudiendo la cabeza a ambos lados.
—Bien —dijo Christina, ciñéndole los cordones de atrás—. Te pondremos con Kevin. Es más o menos tan enérgico como un mamut lanudo colocado. Pero en un día como hoy hasta él podría animarse; mejor prevenir. ¿Hay muchos sitios para montar en Toronto?
—No muchos. Aprendí en una granja a las afueras. Mi padre me llevaba los domingos —respondió. Levantó la vista. Christina tenía un aire pensativo, como si recordara algo—. ¿Tú también estudiaste en Edimburgo? —preguntó.
—Sí —repuso Christina, con un tono que no invitaba a continuar por ahí.
—¿Qué carrera?
—Clásicas.
—Como mi padre —dijo Pen, ilusionada por la coincidencia.
—Ya. —Le tendió una fusta—. Puede que la necesites con Kevin. ¿Te apetece un té?
Christina había asistido al servicio matinal de la iglesia del pueblo, y le hervía la cabeza con las preocupaciones de sus vecinos.
De Gail Hewitt —cuya madre había sido cocinera de la difunta Lady Lennox y cuyo hijo, Kieran, trabajaba en la tienda del pueblo—, había sabido que la mejor profesora del colegio local había recibido una oferta para dar clase en un internado femenino en Aberdeen.
Por Betsy Farquharson, que regentaba la tetería del pueblo, se había enterado de que Norbert Kelly —viejo compañero de juegos de Elliot, que heredó el Rose and Lion de sus padres en los setenta y sabía con exactitud a quién dejar de servir y tras cuántas copas— había tenido que salir precipitadamente hacia Dundee para visitar a su hermana enferma, dejando al frente a su hijo Ralph, un muchacho tímido y completamente incapaz de imponerse a los bebedores más pendencieros del pueblo.
Aquello había derivado en varias broncas la noche anterior y, al parecer, en un incidente espantoso con el pie izquierdo de Henry Ashton.
Las preocupaciones de Talmòrach eran muchas y constantes, y Christina —que aún tenía que hacer varias visitas esa tarde y pensaba pedir ayuda a Hector para limpiar los canalones antes de que llegase la lluvia del limes si querían evitar otra inundación— no estaba, en ese momento, en condiciones de dedicarle toda su atención a la joven invitada.
Así que hizo lo que solía hacer en estos casos: poner el hervidor a calentar.
Subieron las escaleras y encontraron a Sasha y Chet sentados en la cocina.
Chet se estaba comiendo un crumpet untado con una capa generosa de mantequilla y Marmite.
Sasha alzó la mirada hacia Pen y le sonrió.
Ella, de pronto, no sabía qué hacer con los brazos.
Se sentía ridícula con la fusta en la mano.
—Voy a ver cómo están George y Danny. Por favor, traed de vuelta a nuestra invitada de una sola pieza —dijo Christina, saliendo de la estancia.
En el exterior no hacía mucho más frío que dentro de la casa cuando, después del desayuno, se pusieron en camino hacia los establos, pasando por el huerto.
Chet iba al lado de Pen, retomando su monólogo ininterrumpido del día anterior sobre las plantas que iban encontrando a su paso, aunque ahora añadía a cada nombre en inglés su correspondiente en latín. Pen estaba impresionada.
—Se los está inventando —dijo Sasha, mirándola de reojo.
Todo irá bien, se dijo Pen, respirando hondo. ¿Por qué no iba a ir bien?