Siete
Siete
E lliot Lennox les daba la espalda cuando entraron en el salón octogonal donde Pen había estado antes.
Permanecía erguido, de cara a la chimenea, removiendo un leño con un utensilio de aspecto medieval.
Sonaba una música de ópera amenazante, lo que hizo que Pen sintiera que se estaba adentrando en una escena sacada de uno de sus libros.
A su alrededor, en marcos dorados, colgaban retratos de hombres apuestos, de porte regio y calvos, mujeres de mirada severa con bandas de tartán, y una cantidad considerable de spaniels .
Se giró como si hubiera notado su presencia, y observó primero a George y luego a Pen con un interés nada disimulado.
Iba impecablemente vestido con un traje de tres piezas pasado de moda.
Tenía el mismo pelo rebelde que su hijo, aunque más gris que castaño y más corto.
Era exactamente como ella se lo había imaginado, solo que aún más.
Cuando por fin habló, su voz era risueña, aunque su expresión se mantuvo seria.
—Georgie, ¿has registrado su bolso en busca de armas? ¿Objetos contundentes? ¿Carbunco? Nunca se sabe de lo que pueden ser capaces los fans trastornados de hoy en día.
George se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla.
—Con eso basta por ahora —afirmó ella.
—Lord Lennox —dijo Pen. Le temblaba la voz. Respiró hondo para darle algo más de firmeza—. Es un placer conocerlo.
Lennox se llevó una mano a la oreja.
—¿Cómo dices? El joven Wolfgang está armando un jaleo.
—Gracias por recibirme —repitió Pen, esta vez más alto.
—Estamos encantados de que hayas venido —respondió, tomándole la mano y llevándosela a los labios—.
Y por favor, solo Lennox. Como te dirá Christina, ya tengo bastante complejo de dios sin que me llamen «lord» a la cara.
¿Qué te ofrezco, Penelope? ¿ Whisky ? ¿Absenta?
¿Im-Bru? ¿Champán? Mi hermana se encarga de que estemos bien surtidos en ese frente, a pesar de sus defectos. Ajá, champán será.
Dirigió entonces la mirada hacia la puerta, por donde entraban Sasha y Chet. Pen sintió un hormigueo en el pecho al ver a Sasha, que traía una botella verde oscura en una mano y copas en la otra. Se acercó al equipo de música oculto y bajó el volumen del Mozart que iba en aumento.
—¿Qué celebramos? —preguntó Chet.
Sasha sacó el corcho con cuidado y sirvió cinco copas.
—A nuestra nueva y peligrosa invitada —anunció Lennox, mirando de nuevo a Pen con atención, y alzando su copa hacia la suya.
—No soy tan peligrosa —replicó ella, venciendo los nervios y sosteniéndole la mirada. Chocó su copa con la de George, que le lanzó una mirada que decía: «Te lo dije».
Cuando Pen desvió la vista, vio a Christina en la puerta, con un delantal atado a la cintura.
—Es la hora —anunció.
Entonces, Pen se dio cuenta de que Christina se había pasado toda la tarde cocinando.
El menú contaba con una sopa de zanahoria y cilantro tan reconfortante que se la comió en un silencio casi extático, seguida de faisán asado con chirivías glaseadas y patatas al romero —crujientes por fuera y suaves por dentro— y una ensalada de hojas amargas con flores comestibles que ella misma había cultivado.
Chet no dejaba de elogiar la comida con un entusiasmo creciente tras cada bocado.
El vino era aterciopelado y, cuando sirvieron el faisán, Pen notó que le ardían las puntas de las orejas. Intentó ocultarlas con el pelo.
—Grasa de pato. El truco está en hervirlas primero y luego agitarlas en la sartén para que se doren por los bordes —explicaba Christina a Chet desde uno de los extremos de la mesa.
Sasha, sentado frente a Pen, parecía mirarla directamente. Ella trató de concentrarse en el plato y, sin querer, hizo chirriar el cuchillo contra la porcelana.
—Perdón.
Chet le dirigió una mirada fingida de desaprobación.
Lennox, mientras tanto, había empezado a lanzarle preguntas a Pen —sobre la retirada de Canadá del protocolo de Kioto, sobre si el nacionalismo escocés podía compararse con el separatismo quebequés, sobre la evolución de la identidad nacional canadiense a lo largo del siglo XX y su papel en las dos guerras mundiales—, y ella, que aún no había encontrado el momento para hacer sus propias preguntas, y cuya copa se vaciaba y rellenaba misteriosamente, respondía cada vez con más seguridad.
A mitad de la ensalada, se sorprendió a sí misma dando un pequeño pero apasionado discurso sobre la batalla de la cresta de Vimy.
Para su asombro, Lennox parecía encantado. No se atrevió a mirar hacia Sasha.
—Esta noche hay otro tema importante que debemos tratar —dijo Lennox, dejando el cuchillo y el tenedor y clavando en Pen sus ojos brillantes.
Ella contuvo la respiración. Llevaba rato debatiendo consigo misma si debía o no llevar la conversación hacia un terreno más personal.
Habría preferido hablar con Lennox en privado, o tal vez con él y con Christina juntos, ya que evidentemente ambos habían conocido a su padre.
Pero no tenía claro que fuera a caer esa breva.
—Ilústranos, si eres tan amable, Penelope —prosiguió Lennox, llenando su copa y la de ella—.
Creo que hablo en nombre de todos los que estamos sentados a esta mesa cuando digo que tristemente somos unos ignorantes en lo que respecta a las letras canadienses.
Apuesto a que estos jóvenes ni siquiera saben distinguir a Davies de Ondaatje. ¿Por dónde deberíamos empezar?
Ella soltó el aire, sintiendo tanto alivio como decepción.
Le preguntó a Lennox si había leído algo de Margaret Atwood o Alice Munro.
Cuando respondió que aún no, no logró disimular del todo su consternación.
Mientras le aconsejaba por dónde comenzar, notó que Sasha volvía a mirarla.
Se estaba mordiendo el interior de la mejilla, como hacía Alice cuando intentaba no soltar una broma que solo ella misma iba a entender.
Cuando Pen le sostuvo la mirada, él le sonrió con complicidad, y algo le dio un vuelco por dentro.
Cuando Christina empezó a recoger la mesa, Chet se levantó para ayudarla. Nadie más pareció darse cuenta, y Pen, anclada en su silla por el vino que llevaba encima, creyó que lo más prudente era quedarse sentada.
—Supongo que te pareces a tu madre —dijo Lennox de pronto, con un tono muy distinto al que había usado hasta entonces para entretener a la mesa.
Ella echó un vistazo alrededor. George y Sasha hablaban entre ellos, y Christina y Chet ya habían pasado con los platos por la puerta batiente hacia la cocina. Miró directamente a Lennox.
—¿Usted cree?
—No lo sé —respondió él—. No la conozco. Pero tengo motivos para creer que es alguien bastante especial.
Pen intentó adivinar qué quería decir con aquello, pero no le resultó fácil.
—¿Son felices? Tu madre y tu padre —añadió, con naturalidad.
Ella se echó a reír, sin saber si lo decía en serio.
—Dios, no. No pueden estar en la misma habitación. Creo que casarse fue el mayor error de sus vidas —añadió, como si fuera lo más normal del mundo contarle eso a un desconocido.
—Lo siento —dijo Lennox, bajando la cabeza.
Estuvo a punto de preguntarle: «¿Por qué?
¿Qué sabes tú que yo no?», cuando un olor a zapatillas sudadas le llegó de golpe.
Christina regresó con la tabla de quesos, que había acompañado con higos y mermeladas.
Al inclinarse sobre él para colocarla en la mesa, Lennox la rodeó con un brazo y la atrajo hacia sí.
—Querida, ha sido espectacular. Posiblemente la mejor comida de mi vida. Gracias.
—Eso lo dices siempre, mi amor. Pero la verdad es que ha salido bastante bien —respondió Christina, dejándose abrazar—. A ver si adivinas cuál de estos quesos es una entrega especial llegada desde Edimburgo. —Le tendió el cuchillo.
—Ajá, conque sí que has traído un arma después de todo.
Muy bien —dijo Lennox a Pen, recuperando su voz de anfitrión, pero observándola con algo parecido al orgullo paternal.
Se sirvió una buena porción de Lanark Blue sobre una galleta de avena—.
Curioso —añadió solo para ella—. Tu padre solía traerle el mismo queso a mi madre, hace ya mucho tiempo.