Seis
Seis
P en estaba sumergida en una bañera que lucía unas patas de garra.
Una repisa de madera cruzaba a lo ancho y sostenía una pastilla de jabón y su libro.
El cuarto de baño tenía su propia chimenea, en la que había leña preparada pero aún sin encender.
Había pensado en prenderla, pero le pareció un gesto algo presuntuoso.
Se recostó hasta que solo la barbilla le asomaba sobre el agua.
A pesar de que la casa era una fría mole de piedra, todo estaba impregnado del encanto sincero de Christina.
Parecía tener una intuición natural para captar las necesidades de quienes vivían bajo su techo, al tiempo que trazaba con claridad los límites de su intimidad.
«Es un viejo amigo nuestro», había dicho.
Pen dejó que el agua caliente le quitara el frío que le había calado los huesos.
Sasha y Chet la habían llevado a dar un largo paseo tras el almuerzo.
Una vez que se hubieron alejado lo suficiente de la casa —no en dirección a los establos, sino hacia el otro lado, más allá de la gran terraza que dominaba unos jardines florales diseñados con mucho esmero y, al fondo, el parque—, hasta cruzar por campos abiertos, se sintió en paz.
Estar al aire libre menguaba la vergüenza que sentía de sí misma hasta volverla irrelevante, y pronto se olvidó por completo de ella.
Les preguntó por el nombre del lugar, que había visto en el papel con membrete de Lord Lennox pero que aún no había oído decir en voz alta.
Sasha lo pronunció «tal- MOR -ack» y explicó que venía de las palabras gaélicas talamh , que significa «tierra» o «suelo», y mor , «grande» o «elevado».
La finca había ido a parar a esa rama de su familia cuando un primo de su bisabuelo murió sin dejar un heredero varón, dijo él, como si quisiera tomar cierta distancia respecto a aquella forma de vida tan poco habitual, o al menos reconocer lo extraño del asunto.
Le indicó con la mirada la avenida de entrada, señalando dónde quedaba el pueblo de Talmòrach, al otro lado de los campos cultivados. Chet, apuntando hacia una torre cubierta de hiedra, explicó que se había construido alrededor de la torre fortificada central, o torreón.
—Ahí es donde está la habitación de Sasha —dijo con una sonrisa—. Es el sitio más seguro de toda la propiedad. Siempre que te fíes de Sasha, claro.
Ella ignoró la broma y, recordando cómo Hector había ido soltando nombres, preguntó por el estilo arquitectónico de la casa.
Sasha, echándose el pelo alborotado hacia atrás —le sobresalían un poco las orejas, detalle que a Pen le pareció peligrosamente encantador—, explicó que el edificio había sido reconstruido y ampliado en tantas ocasiones, y cada vez en el estilo que estaba de moda en ese momento —del palladiano al neogótico—, que lo que había quedado era un refrito arquitectónico de mucho cuidado.
Al dejar atrás los campos del fondo y adentrarse en el bosque, Chet empezó a recitar los nombres de cada especie de árbol con el que se topaban.
Sasha se sumó señalando que los pinos silvestres se distinguían por sus agujas retorcidas y la ausencia de ramas bajas; los abetos nobles, por su altura imponente; y las píceas de Sitka, por los conos casi tan finos como el papel.
Pen estaba tan absorta en la conversación, y tan concentrada en disimular el cosquilleo que le recorría el cuerpo cada vez que Sasha se inclinaba hacia ella para comentarle algo, que no se había dado cuenta de que la temperatura estaba bajando.
Estaba acostumbrada al frío, claro, como se empeñaba en recordarle a todo escocés que conocía.
Pero el de Toronto era un frío seco: te abrasaba las orejas y te dejaba las pestañas congeladas, hechas un pegote, pero no te calaba hasta los huesos.
Aquí, al borde del mar del Norte, donde nadie parecía haber oído hablar del Gore-Tex, daba la impresión de que una podía congelarse por dentro.
Oyó el traqueteo de unas tuberías en algún punto del piso de arriba y se sorprendió imaginando el dormitorio de Sasha, allá en el torreón. Basta, se dijo con firmeza; céntrate, anda.
Las paredes del dormitorio de invitados estaban empapeladas en un verde oscuro, frondoso, y con los muebles de caoba y una alfombra deshilachada color óxido sobre las crujientes tablas pulidas del suelo, daba la impresión de formar parte del mismo bosque antiguo.
Unos ventanales amplios daban al oeste, hacia el parque, y podía ver cómo el sol, ya casi oculto, intentaba colarse entre las nubes con un resplandor naranja saturado.
Mientras se vestía, con el aire frío erizándole la piel aún tibia, llamaron a la puerta. Se abrochó la blusa a toda prisa, se secó el pelo con la toalla y abrió la pesada puerta del dormitorio. Sasha estaba en el umbral.
—He pensado que te apetecería un gin-tonic .
Le tendió un vaso de tubo, perlado de gotas, con una rodaja de lima flotando sobre el hielo. Los ojos de él se desviaron un instante hacia su clavícula, y luego volvieron a su rostro con una expresión que ella no supo descifrar. Enseguida se dio la vuelta y se marchó por el pasillo.
Pen bajó la vista hacia su blusa blanca, temiendo haberla manchado, y vio que se le había saltado un botón. Se sentó en el banco tapizado a los pies de la cama con dosel y dio un buen trago largo y helado, intentando que su corazón bajara el ritmo.
Elliot Lennox tendría que bajar a cenar.
Finalmente, se atrevió a salir del dormitorio verde. Torció en dirección equivocada. Su sentido de la orientación rara vez era fiable, pero aun así solía seguirlo unos cuantos pasos, por ver adónde la llevaba.
La desconcertó la cantidad de puertas cerradas, espaciadas entre sí considerablemente, mientras avanzaba de puntillas hasta el final del pasillo, donde una estrecha escalera de caracol prometía conducir a más habitaciones, tanto arriba como abajo.
Sin embargo, ya se sentía lo bastante intrusa como para ponerse a explorar, y estaba a punto de dar media vuelta cuando algo llamó su atención al otro lado de la última puerta: un bebé llorando. No cabía duda. Se acercó.
—Sssshhhh —susurró la voz de una mujer, no muy molesta, pero desde luego tampoco encantada—. Ya está.
Y empezó a cantar suavemente. El llanto cesó.
La puerta se abrió. Una joven salió del dormitorio y, al encontrarse cara a cara con Pen, dio un respingo.
Pen también se sorprendió. No tenía ni idea de que los Lennox tuvieran una hija.
De mirada curiosa, sus rizos lanzaban destellos cobrizos bajo la cálida luz.
—Hola —murmuró, recuperando la compostura. Escuchó un momento junto a la puerta, luego la cerró con cuidado y guio a Pen unos metros pasillo arriba—. Soy George. ¿Y tú?
—Perdona, yo… he oído… Soy Pen —respondió, extendiendo la mano que le quedaba libre del vaso de tubo.
George se inclinó para besarla en ambas mejillas. Tomó el vaso que Pen aún sostenía y lo dejó junto a la puerta.
—¿Amiga de Sasha?
—No —respondió—. He venido de visita desde Edimburgo este fin de semana. Mi padre conoce… conocía a Lord Lennox.
—Eres americana.
—Sí. Bueno, canadiense —aclaró Pen. Nunca sabía si cuando decían «americana» querían decir «norteamericana» o «de Estados Unidos».
—Encantada. Perdona por los berridos, no sabía que hubiese nadie por esta ala. Son los dientes, acostarlo es una pesadilla últimamente. Dios, lo que daría por un piti. ¿No tendrás uno, por casualidad?
Pen sonrió. Volvió a su cuarto y sacó dos del paquete que había traído.
George llevaba unos pantalones de cuadros entallados, botas negras con cordones y un jersey de lana enorme con las mangas remangadas.
La condujo hasta una de las estancias del pasillo.
Era una biblioteca inmensa y oscura. George abrió un par de puertas acristaladas que daban a una pequeña terraza.
—Obviamente, he dejado de fumar —comentó, aceptando el cigarro que le tendía Pen y sosteniéndolo entre los labios mientras ella se lo encendía—.
No te preocupes, no fumé estando embarazada, no soy un monstruo —añadió, soltando una bocanada de humo—.
Pero ahora que tiene seis meses, de vez en cuando… bueno, ya verás. Quizá.
—¿Eres hermana de Sasha? —preguntó Pen.
George alzó una ceja.
—Prima. Mi madre es Margot, la hermana de Lennox —aclaró—. Nací aquí. Vivo en Londres, pero subo siempre que puedo. Le viene bien a Danny. Londres se vuelve un poco… claustrofóbico con un carrito de bebé.
—Mmm —asintió Pen, que apenas había escuchado lo último, demasiado ocupada procesando el notición: esta era la hija de Margot Lennox. No era la primera vez que deseaba haber elaborado un plan para traerse consigo a Alice aquel fin de semana.
No sabía muy bien qué decir, si mencionar que conocía a su madre o cómo preguntarle a qué se dedicaba.
Imaginaba que no estaría trabajando tan pocos meses después de tener un bebé, y menos si pasaba parte del tiempo en la campiña escocesa, pero no encontraba una forma de plantearlo que no sonara torpe o impertinente.
El mundo de la crianza le resultaba completamente ajeno. Fumaron en silencio.
—Será mejor que bajemos —dijo George, consultando un reloj de pulsera de piel negra con una esfera dorada—. Lennox ya se habrá levantado y me muero de hambre. ¿Ya lo has conocido?
—No —respondió Pen.
—Le vas a encantar.
Pen no supo a qué se refería ni si aquello pretendía ser un cumplido, pero apagó el cigarro en una lata de sardinas que alguien había dejado allí para ese propósito y siguió a George por el pasillo y escaleras abajo.