Cinco
Cinco
S e encontró en un vestíbulo de techo alto y suelo cubierto con un sofisticado mosaico. Era el tipo de espacio penumbroso y casi vacío en el que la música de órgano habría sonado de lo más natural. No había zapatos ni botas a la vista, así que Pen decidió no quitarse los suyos.
—¿Hola? —llamó cautelosamente. Su voz resonó en la amplitud cavernosa del vestíbulo—. ¿Hola? —repitió.
Subió un tramo de escaleras, siguiendo una mancha de luz.
El siguiente nivel del interior de la casa resultaba más acogedor.
Una claraboya redonda, a varios pisos de altura, dejaba caer un débil rayo de sol sobre el parqué desgastado y la descolorida alfombra burdeos de la amplia escalinata, que parecía no tener fin.
—¿Hola? —volvió a llamar Pen, sintiéndose como una intrusa. O como una ladrona.
Buscando la cocina, pasó junto al pie de la escalera y se asomó por unas puertas dobles abiertas que conducían a un salón octogonal con grandes ventanales orientados al jardín.
Había cuadros colgados de las paredes, amontonados unos sobre otros, como si llevaran tanto tiempo en el mismo sitio que solo al moverlos se revelaría el color original del muro.
Un fuego crepitaba en la chimenea, y al pie de un sillón tapizado descansaba una pila mal doblada de periódicos.
Pen estaba a punto de darse la vuelta cuando una voz suave, con acento inglés, sonó a sus espaldas.
—¡Penelope! ¿Eres tú?
Una mujer con un jersey gris paloma entró en la sala. Era de una belleza sin pretensiones, como pintada con acuarela, que recordaba a los abedules.
—Supongo que Hector te ha dejado en la puerta como un paquete. Somos unos brutos. ¿Qué tal el viaje? Soy Christina —dijo, besándola en ambas mejillas.
El pelo, una mezcla de rubio y canas, lo llevaba recogido en una coleta baja. Tenía el rostro radiante, dorado por el sol, y una sonrisa amplia, sincera.
—Gracias por acogerme —dijo Pen, maldiciendo el tono con el que sonó su voz. Como una niña que llega a una fiesta de pijamas. Se sentía de lo más avergonzada porque la hubieran pillado colándose en el salón.
—¡Pero qué tontería! Debes de estar muerta de hambre. Ven a la cocina, la comida está casi lista. — Lady Lennox le quitó el bolso del hombro, le sostuvo la mirada y le dio un apretoncito en el antebrazo—. Estamos encantados de que hayas venido —añadió.
Pen sonrió, con algo de timidez aún, y la siguió por el pasillo hasta una cocina luminosa.
—Puedes refrescarte aquí. Después de comer, te enseño tu habitación —dijo Lady Lennox, llevándola hasta una puerta camuflada en la pared del fondo.
Pen, que llevaba veinte minutos aguantándose las ganas de ir al baño, agradeció que su anfitriona le ahorrara el apuro de tener que preguntar. En casa de Fergus y Jo, cuando había pedido discretamente dónde estaba el baño, la señora Scarlett Moore —una mujer con vozarrón— se había hecho la sueca.
—¿Un baño? ¿A esta hora? —Había rugido—. Qué raritos sois los americanos.
Pen se lavó las manos y se miró en el espejo. Tenía los labios agrietados y llevaba unas ojeras que el corrector que se había puesto por la mañana no lograba cubrir. Se secó con una toalla suave y deslizó la puerta para salir.
Lady Lennox estaba sacando tarros y botellas del frigorífico.
—Imagino que los chicos no tardarán en volver. Están fuera con los caballos. Esto evitará que nos evaporemos —le dijo, sirviendo un vaso de agua con gas bien fría.
A Pen se le subieron los colores al oírla mencionar a los «chicos».
No se le había pasado por la cabeza que pudiera coincidir con alguno de los hijos de los Lennox.
Sabía, gracias a Hugo y Jo, que tenían dos.
Hugo parecía conocer al pequeño, al que había llamado «una leyenda» y del que había oído que estaba en Sudamérica, en su año sabático.
Jo, en cambio, le había contado que el mayor, Sasha, cursaba su último año en St. Andrews, y formaba parte de un grupito de jóvenes de sangre real —o casi— que salían con frecuencia en la prensa amarilla.
Pen volvió a sentir vergüenza al pensar que se había presentado en casa de una familia que no tenía ninguna razón para saber quién era.
Lady Lennox abrió el homo esmaltado, del que salió disparada una nube de vapor con olor a pan recién hecho y queso fundido.
—Tenía un antojo tremendo de pizza —comentó, asomándose al interior y sacando una bandeja—. La verdad es que tienen muy buena pinta.
Pen asintió con demasiado entusiasmo y dio un trago de agua para ahogar sus ganas de agradar. Justo estaba tratando de contener el gas de la bebida cuando el chirrido de una puerta batiente trajo consigo la voz de un hombre y un spaniel alborotado que irrumpió en la cocina.
—¡ Lady L! ¿Qué clase de brujería está tramando aquí?
El perro se abalanzó hacia Lady Lennox, que se apresuró a cerrar el horno antes de acariciarle el lomo.
Entraron dos chicos mayores, acompañados por un inconfundible olor a heno y sudor de caballo.
El que había hablado tenía una complexión media, era apuesto y daba la impresión de ser deportista.
Tenía acento de internado, y se había remangado la camisa hasta los codos, dejando a la vista una pulsera de hilo rojo y azul.
Al girar la cabeza, Pen reparó en que llevaba el pelo negro recogido en un moño sorprendentemente atractivo.
—Hola —saludó con la seguridad de un delegado de curso, ofreciéndole un firme apretón de manos mientras la observaba con unos ojos oscuros y redondos—. Soy Chet Mehta.
El otro chico era alto y delgado, vestía unos vaqueros negros gastados y un jersey color musgo.
Llevaba el pelo castaño revuelto hacia un lado, como si se lo hubiera despeinado el viento.
Ese, sin duda, era Sasha Lennox. Tenía esa belleza de abedul de su madre, una postura ligeramente encorvada de persona tímida, y el puente de la nariz algo colorado por el sol.
Cuando sus ojos color avellana se cruzaron con los de Pen, un escalofrío le recorrió el cuerpo.
—Hola —dijo él con una voz que pareció brotarle a ella desde algún rincón de su propio cuerpo—. Soy Sasha. —El spaniel se lanzó hacia sus rodillas, y él lo alzó en brazos—. Y esta es Nellie.
Pen le ofreció la mano a la perra para que la olfateara y le acarició las orejas suaves como la seda.
Al levantar la vista, vio que los ojos de Sasha seguían fijos en su rostro.
Tenían esa chispa de humor que también había adivinado en las fotos de Lord Lennox, y estaban salpicados de verde y dorado. No se atrevió a abrir la boca.
—¿No os dije que venía Penelope? —preguntó Lady Lennox—. Ha venido desde Toronto para estudiar en la universidad, así que haced el favor de causar buena impresión. Su padre es un viejo amigo nuestro, aunque hace siglos que no lo vemos. ¿Me abres esto, cariño?
Pen se fijó en ese «nuestro» que había utilizado Lady Lennox mientras le pasaba a Sasha un tarro de aceitunas y un cuenco decorativo, y luego a Chet una gran ensalada verde.
Con las bandejas de pizza en la mano, Lady Lennox encabezó la comitiva al otro lado de la puerta batiente —bloqueando a Nellie con la pierna— hasta un comedor de techo alto y molduras, donde había una mesa con capacidad para veinte personas puesta solo para seis.
Ese comedor parecía anclado a un siglo distinto al de la cocina, que debía de ser una de las tantas reformas a las que Hector había hecho referencia. Lady Lennox accionó una palanca medio disimulada entre la puerta y un cuadro enmarcado de un mar inmenso y azotado por el viento.
Chet captó que Pen había fijado la vista en el cuadro.
—Creo que es un Turner —dijo con algo de orgullo por compartir ese dato. Y, luego, señalando la palanca con mango de bronce—: Sirve para llamar a Lord L. Trabaja en el antiguo comedor de los sirvientes. Empieza al amanecer y suele aparecer a la hora de la comida. Aunque no siempre.
—Está bastante liado ahora mismo. Y el pobre George se está recuperando de una noche horrible, así que no los esperaremos —comentó Lady Lennox, hundiéndose en una de las sillas macizas y dejando caer una servilleta de lino desgastada sobre las piernas.
Pen se preguntó si George sería el hijo menor, que habría vuelto antes de tiempo de sus viajes. Pero ¿no había dicho Hugo que se llamaba Freddie?
—Y bien, Pen, ¿qué estudias? —preguntó Chet mientras le servía un montón de hojas variadas de lechuga en su plato.
—Inglés y francés —respondió ella.
—¿Para qué? —preguntó él, ni cortés ni descortés.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué piensas hacer? ¿Enseñar? ¿Traducir?
¿Casarte con un francés? —Le lanzó la pregunta mirándola por debajo de las pestañas.
La contundencia de sus preguntas la hizo sentirse más relajada.
Alice era igual, directa con todo el mundo, incluso con desconocidos, y eso lograba que Pen se soltara un poco.
—La idea es dedicarme al periodismo. ¿Y tú? —contestó.
—Hmm —Chet parecía escéptico—. Extraño venir hasta Escocia. ¿No estarás huyendo de la ley?
—No. Solo de los abogados —dijo ella, recuperando su tono natural.
—¿Tus padres son abogados? —inquirió Sasha.
—Clientes —contestó ella.
Sasha rio. Fue un sonido breve y sincero. Lady Lennox miró a Pen, como sorprendida por la respuesta. Chet esbozó una sonrisa cómplice y deslumbrante.
—Ah, ahora lo entiendo. Mi más sentido pésame.
—¿Es por eso que te fuiste de Nueva Delhi, Chet? ¿Problemas legales? —preguntó Lady Lennox—. Me lo he preguntado muchas veces.
—No, vine por el clima —respondió Chet—. Y me quedé para echarle un ojo a este —señaló a Sasha—. Para que no se quede dormido en el autobús y acabe como líder de una secta en la Isla de Skye, o algo así.
—Muy amable por tu parte —dijo Lady Lennox—. Un gran consuelo.
Sasha, sin decir nada para defenderse, se comió una aceituna.
—Estamos justo carretera arriba, en St. Andrews —le dijo Chet a Pen—. En nuestro cuarto y, si Dios quiere, último año. Yo estudio economía. Y Sasha, que no quiere saber nada del colapso de nuestra diabólica civilización, se centra en otras aún más atroces que ya se han ido a pique.
Miró a su amigo, que negó con la cabeza.
—Historia —aclaró Sasha.
—Es muy bueno en eso, según he oído decir, pero con esa carrera no va a conseguir trabajo —continuó Chet—. Lady L tendrá que pasarse la jubilación cuidando de él.
Pen miró de nuevo a Sasha. Él sonreía de buen humor a Chet, a quien Lady Lennox acababa de dar un toquecito con la servilleta.
Deseó poder sacarle una foto para poder seguir mirándolo sin que eso pareciera raro.
Bebió un sorbo de agua e intentó poner toda su atención en cómo llevarse a la boca aquellas enormes hojas de lechuga con la mayor delicadeza posible.
— Lady Lennox —dijo Pen más tarde, tras haber ayudado a recoger la cocina. Había recuperado su bolsa de viaje y sacaba de ella un paquete voluminoso envuelto en papel de estraza marrón.
—Christina, por favor.
—Christina —repitió, aunque el nombre le supo extraño en la boca.
Les llegó un tufo penetrante a queso mohoso.
—Un pequeño detalle de Edimburgo. Te agradezco mucho que… —Pen no acabó la frase.
—Oh… ¡A Elliot le encantará! ¿Y esto otro? —Christina desenvolvió la botella—. Es un detalle precioso… y completamente innecesario. Gracias, cielo.
Pen sintió el roce suave del jersey de Christina en la mejilla cuando esta la atrajo para darle un abrazo inesperado.
—Sasha, cariño, ¿por qué no ayudáis a Pen a instalarse en el dormitorio verde y luego os la lleváis a dar un paseo para que se ubique un poco?
Sasha y Chet le dedicaron una sonrisa. Al tomar su bolsa de viaje, Sasha le rozó los nudillos con los dedos, y Pen se recordó a sí misma respirar hondo mientras los seguía hacia la escalera principal.