El ciclo de vida del pulpo común Cuatro #2
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Cuatro #2

Casi era mediodía cuando Pen bajó del tren en el andén al aire libre de la estación de Stonehaven.

El aire era fresco, cristalino, como si acabara de llover.

Pen siguió una pasarela flanqueada por una valla blanca y baja hacia un cartel que decía Salida.

Justo cuando se preguntaba si reconocería a Hector —o si él realmente se presentaría— se le plantó delante un hombre achaparrado, con boina plana, abrigo verde y un bigote entrecano, recortado al ras.

—Penelope, ¿verdad? —dijo, tendiéndole una mano áspera. Unas simpáticas patas de gallo le rodeaban los ojos—. Hector Matthews.

Tomándole el bolso de viaje del hombro, Hector condujo a Pen por las escaleras que cruzaban por debajo de las vías, y a través de la estación hasta el aparcamiento, donde le abrió la puerta de un vehículo alto.

—¿Todo bien? —preguntó.

Pen asintió, acomodándose en el espacioso asiento delantero, lo bastante ancho como para acoger a una familia de seis miembros. Satisfecho, él se sentó al volante y movió la palanca de cambios, tan alta como un mástil, hasta la marcha atrás.

Pen vio cómo las casas de piedra en las afueras del pueblo costero, con puertas de colorines y jardines frontales donde aún florecían rosas de un tono polvoriento, susanas de ojos negros e incluso hortensias, daban paso a una gran extensión de campos verdes y marrones, y entonces se acordó, inquieta, de la rueda de queso que llevaba en el bolso.

El inspector Paquin, el personaje de Lennox, adoraba comer Lanark Blue de una tienda en concreto de Frederick Street, acompañado de tortas de avena y whisky .

Pen había reunido aquellos artículos como una especie de gesto simbólico, algo que en su momento le pareció una idea brillante, pero que ahora estaba impregnando el aire del coche de un tufo mohoso que no hacía más que avivar sus nervios.

Miró de reojo a Hector, con la esperanza de que no lo oliera.

¿Qué tipo de persona se autoinvita a casa de un desconocido y aparece con una bolsa llena de queso apestoso?

, pensó, reprimiendo una sonrisa. Encontró la manivela y bajó la ventanilla un par de centímetros para dejar entrar algo de aire fresco.

Hector la miró de soslayo, pero no intentó entablar conversación, cosa que Pen agradeció.

Se preguntó cuántas veces habría hecho su padre ese mismo trayecto siendo estudiante, y qué regalo habría llevado entonces.

De adulto, Ted era bueno haciendo regalos.

Salvo cuando no lo era. Pen recordó cómo, en aquella misma y desastrosa Navidad, su madre había abierto una cajita de terciopelo con unos pendientes en forma de lágrima, cubiertos de diamantes.

Anna, que llevaba los mismos pequeños aros de plata desde que Pen tenía memoria, los miró confundida, como si acabara de desenvolver un regalo destinado a otra persona. Pen había intentado quitarle hierro:

—Están muy bien, pero no pegan con la tiara de mamá.

Los tres salieron juntos el 26 de diciembre a devolverlos.

Pen recordaba la emoción contenida de hacer algo en familia, el silencio asfixiante de la joyería y a la dependienta que le presentó a su madre un vale por el importe de los pendientes en una bandejita de plata.

El problema, comprendió Pen mucho más tarde, no eran los pendientes en sí, sino lo que habían costado.

Anna entendió aquel regalo, ofrecido en un momento en el que apenas ella y Ted pasaban tiempo juntos, como si él hubiese dejado de verla de verdad.

Ted no lo habría hecho con esa intención —habría cumplido con la obligación de hacer justicia a su generosidad habitual, probablemente con la ayuda de su asistente—, pero su madre interpretó aquellos pendientes carísimos como la prueba de que, a ojos del hombre con el que se había casado, ya no era Anna.

Era una Esposa. Y a las Esposas se las podía comprar.

Esa imagen de sí misma, y de él, le debió de repugnar.

Anna no dijo nada en la tienda. Ni en el parking subterráneo después. En el coche, solo dijo una palabra:

—Para.

Y acto seguido se bajó al carril central de la autopista, esquivando por los pelos a un camión de Correos de Canadá.

Una hora más tarde, su madre había vuelto a casa con las manos peladas por el frío y una expresión aterradoramente vacía en los ojos.

Pen, que fingía leer en el sofá, le había frotado los dedos entre las palmas, intentando que recobraran algo de color.

Cuando su padre bajó ya vestido para ir a trabajar, como si fuera lo más normal del mundo salir hacia la oficina al anochecer de un 26 de diciembre, Pen subió a su cuarto, se metió bajo las mantas con su libro y se puso los auriculares.

Pasadas las once, Pen lo vio a través de la rendija de la puerta mientras preparaba una cama en el sofá de su despacho.

El dormitorio de sus padres del tercer piso, que durante años había sido el lugar más seguro que ella conocía, ya no volvería a serlo. Él no volvería a dormir allí nunca más.

—Ya hemos llegado —dijo Hector.

Habían abandonado la carretera principal para tomar un camino más estrecho, flanqueado a ambos lados por árboles centenarios.

Algunas hojas habían empezado a dorarse, pero la paleta de colores era mucho más sobria que el despliegue ostentoso del otoño en Ontario.

Avanzaron despacio por lo que ahora Pen reconocía como una calzada que serpenteaba entre terrenos boscosos.

En un claro, más adelante, apareció un elegante muro de piedra con un arco abierto en el centro.

Unas ventanitas en la parte superior, enmarcadas con postigos, revelaban que no era un simple muro, sino un edificio.

Las anchas puertas en la planta baja y un olor que le resultaba familiar hicieron sospechar a Pen que se trataba de unas caballerizas.

—Bryce —dijo Hector con un orgullo brusco.

Pen asintió con aire de entendida, aunque no tenía ni la menor idea de a qué se refería.

Al otro lado del arco, tras otro tramo de calzada, se erguía una construcción de piedra con torrecillas que Pen no hubiera podido describirla para sí misma sino como un castillo, aunque la palabra le pareciera un poco reduccionista.

Era enorme; no podía abarcarlo todo sin mover la cabeza de un lado a otro, y daba la impresión de estar compuesto por varias secciones distintas, unidas como si fuera un juego de bloques para niños.

La hiedra que trepaba por la torre central, de forma octogonal y aspecto vetusto, tenía tintes rojizos.

El edificio desató en la imaginación de Pen un torbellino inmediato: las historias se le agolparon de pronto en la mente, haciéndole perder, por un instante, la noción de sí misma y del presente.

—Roberts. Poco habitual por estos lares —comentó Hector, conduciendo despacio a través de la gravilla color beige que rodeaba la casa, como si diera por hecho un nivel mínimo de conocimientos de arquitectura muy por encima del que ella poseía.

—¿De qué época es? —preguntó Pen, esforzándose por disimular el asombro.

—La torre original es del siglo XV . El resto se terminó en el XIX , con reformas —el tono sugería escepticismo— durante el XX .

Solo la casa, ojo. La finca data de la Edad de Bronce.

—Puso la palanca en punto muerto con un tirón y sacó el bolso de Pen del asiento trasero—.

¿Bien desde aquí? No hace falta llamar. Sube directamente. Encontrarás a Lady Lennox en la cocina.

—Perfecto —dijo ella, aceptando la mano que le tendía y luego su bolsa de viaje—. Gracias.

Hector dio la vuelta con el coche hacia las caballerizas, y Pen avanzó sobre la gravilla hasta la puerta principal.

Alargó la mano hacia la aldaba de hierro forjado y la levantó, antes de recordar lo que le había dicho Hector.

Tuvo que hacer fuerza con casi todo el cuerpo para empujar la puerta, pero esta cedió con un clic.

Se deslizó al interior y la cerró tras de sí.