Cuatro
Cuatro
E l tren que llevaba a Pen hacia la casa del antiguo amigo de su padre olía a calcetines mojados, gel de ducha con olor a macho y cerveza en lata.
Agradecía haber conseguido un asiento junto a la ventana, con el fiordo de Forth extendiéndose a su lado como una sábana de color gris pizarra, arrugada por el viento.
Los chavales de pelo en punta sentados frente a ella bebían sin descanso, aunque aún era temprano.
Habían amontonado sus prendas de abrigo —jerséis húmedos y una cazadora de nailon con cremallera naranja— en el asiento junto al suyo.
Una canción pop retumbaba desde uno de sus móviles, enturbiando sus voces e impidiendo que pudiera cotillear a placer.
El carrito de comida traqueteó por el pasillo.
Pen compró una botella de agua y algo llamado flapjack .
Estaba delicioso, como una galleta de avena densa y pegajosa.
A medida que empezaron a desfilar prados de un oro mustio peinados con esmero, los chicos abrieron otra ronda, llenando el vagón con un tufo a lúpulo y gas.
Pen recogió las migas del flapjack que se le habían colado entre los pliegues de los pantalones de pana y las metió en el envoltorio.
Ahora que estaba tan cerca, el valor empezó a flaquearle.
El abismo entre la versión intrépida de sí misma —esa que existía en su cabeza, la que había cruzado medio mundo para poner en marcha este plan— y el cuerpo vulnerable que avanzaba a toda velocidad hacia el extremo oriental de Escocia nunca le había parecido tan grande.
Cuatro años después del incidente de Conor Minnow, en uno de los últimos días de clase antes de Navidad, Pen estaba sentada en un taburete junto a la isla de la cocina, comiendo un cuenco de Shreddies mientras hojeaba la sección de Cultura, cuando vio por primera vez el nombre de Elliot Lennox.
Pen tenía entonces trece años, pero, mientras Alice y el resto de sus amigas se estaban convirtiendo en consumidoras de sujetadores y tampones y devoradoras de revistas glamurosas, Pen seguía teniendo un aire algo masculino y se empeñaba en leer el periódico de cabo a rabo cada mañana.
El artículo decía que la novena entrega de la «criminalmente adictiva» serie del inspector Paquin, escrita por el autor escocés Elliot Lennox, era «otro deleite trepidante y sangriento», y que Lennox, apodado «el par sin par», llevaba fascinando desde mediados de los años ochenta a los entendidos del género desde su casa en la costa este de Escocia.
Pen, que pese a su avidez de información no era precisamente una detective nata, no ató cabos de inmediato.
Simplemente recortó el artículo, secó con la manga una gota de leche que había caído sobre la página y lo arrancó con cuidado, pensando que el primer libro de la serie podía ser un buen regalo para su padre.
El inspector Robert Paquin, de la policía de Lothian y Borders, parecía la distracción perfecta para una Navidad que prometía ser especialmente lúgubre.
El ambiente en casa había cambiado aquel otoño e invierno, como también lo había hecho en todas partes. Era 2001.
—No querrás leer eso —dijo Ted, asomándose por detrás de su hombro izquierdo y dándole un susto.
Pen creía que ya se había ido a trabajar. Casi había amanecido. Últimamente solía marcharse mucho antes de que ella saliera para el colegio, que quedaba a diez minutos a pie.
—Ah, ¿no? —preguntó Pen—. Creía que sí.
—Nah —retrucó él con ese tono que daba por zanjada cualquier conversación. Extrajo la sección de noticias del montón de periódicos—. No te van a gustar.
A los trece, Pen ya sabía que su padre no iba a ganar ningún premio a la coherencia.
Pero aquella frase, soltada con una indiferencia tan fingida, le resultó tan fuera de lo común que se dio la vuelta en el taburete para observarlo.
Sus padres siempre se habían enorgullecido de dejarla leer lo que le diera la gana.
Pero su padre no quiso mirarla a los ojos, y parecía tener la mandíbula tensa mientras se apoyaba en la encimera para devorar las noticias a toda velocidad.
En su casa no armaban demasiado jaleo. Solo eran tres.
Pero la comodidad silenciosa con la que antes se movían unos alrededor de otros se había visto sustituida por algo espeso y denso.
El confort que sentía junto a sus padres apenas un par de años atrás ya no era algo que surgiera de forma natural.
Se dio cuenta de que sus padres ya no se tocaban mucho.
Y empezó a sentirse incómoda con sus propias muestras de afecto.
Las cenas en familia habían sido un pilar fundamental de su infancia, pero últimamente su madre, Anna, casi nunca se sentaba con ellos.
Volvía de dar clase en la universidad y se metía directamente en la cama.
Por las mañanas, salía de su habitación, diminuta bajo su bata, una sombra desvaída de lo que había sido, solo para asegurarse de que Pen llevaba ropa de abrigo suficiente y desearle un buen día.
Ted había empezado a salir para la oficina cada vez más temprano y a volver más tarde, muchas veces justo a tiempo para encontrar a Pen carbonizando una lasaña congelada.
Dos veces por semana, la abuela paterna de Pen la recogía del colegio en su coche ancho y forrado de cuero para llevarla a cenar a la austera casa donde Ted había crecido, en una mesa con más tenedores de los estrictamente necesarios y guisantes cocidos hasta la muerte.
Aquella casa, que antes le había servido a Pen para ensayar una versión más adulta de sí misma, se estaba volviendo últimamente el escenario donde Tilda le impartía clases de buenos modales: no dejaba de corregirle la postura, de comentar el largo de su falda o de recordarle que no se airean los trapos sucios, ni siquiera con Alice.
Aquello empezaba a enfadarla. El mundo estaba patas arriba, Ted y Anna se comportaban como extraterrestres intentando hacerse pasar por humanos, y ella sentía unas ganas incontenibles de zarandearlos a todos para que despertaran.
Pen era muy consciente de que algo se había roto definitivamente entre sus padres.
Y, al observar el rostro de su padre, comprendió que, fuese lo que fuese, acababa de aflorar a la superficie.
Volvió a mirar el recorte que tenía entre las manos, y esta vez el nombre le saltó a la vista.
Elliot. Un escritor. Que vivía en Escocia.
—Entonces ¿los has leído? —le preguntó a su padre. Ted intentó fingir que no la había oído—. Los libros de Elliot Lennox —aclaró Pen.
El nombre pareció quemarle el oído por dentro. Sin duda, había tocado un nervio. Pero ¿por qué? Su cabeza hervía de preguntas que no tenía sentido plantear: su padre era un maestro en el arte de responder sin decir nada.
—He leído muchas cosas, Penny —contestó él, girándose hacia ella.
Y, por un instante fugaz, casi irreal, Pen pudo ver el esfuerzo sobrehumano que hacía por disimular su miedo.
Por fingir que el mundo seguía siendo un lugar seguro, cuando a todas luces no lo era.
La inundó una mezcla de gratitud y preocupación.
¿Cómo era su padre capaz de mantener ese control todo el tiempo? ¿Cómo podía alguien soportarlo?
Ted aspiró hondo, se pasó la mano por la cara y rebajó su tono de advertencia para adoptar un aire bromista.
—¿Qué hay en tu lista de Navidad? Y no me digas otra vez una yegua castaña. Ya sabes que por mí encantado, el único problema es dónde dormiría.
—Los caballos pueden dormir de pie —dijo Pen, aliviada al ver que volvía el tono ligero—. Así que no necesitará mucho espacio. Las escaleras son un problema, eso sí. A lo mejor puede dormir en el comedor.
Esa noche, en cuanto su padre subió a acostarse, Pen registró su despacho.
De pie sobre el respaldo del sofá, estirándose por detrás de una fila de libros de historia militar aparcados en doble fila, Pen encontró lo que estaba buscando.
Toda la serie del inspector Paquin, en tapa dura.
Sacó el primer volumen y lo abrió por la cubierta interior.
Pero no había ninguna nota manuscrita dirigida a su padre, nada que demostrara que se conocían.
Solo una dedicatoria escrita a máquina: «Para Christina».
Pasó a la contracubierta. Elliot Lennox la miraba a través de unas gafas sin montura.
El pelo le caía sobre la frente. En sus ojos se adivinaban la chispa y el humor, como si solo fingiera estar serio.
El texto bajo la foto no decía nada sobre ser un par sin par, fuese lo que fuese eso.
«Elliot Lennox estudió Literatura Inglesa y Escocesa en la Universidad de Edimburgo.
Vive en Escocia con su familia», era todo lo que ponía.
Dejó el volumen a un lado y volvió a colocar los libros de historia militar en su sitio, tapando el hueco.
Le seguía picando la curiosidad, desesperada por encontrar una prueba sólida de que aquel hombre era su tocayo, así que se puso a revisar el escritorio de su padre.
En un cajón lleno de cartuchos de impresora usados y clips sueltos encontró una foto en blanco y negro.
No se percató de inmediato que uno de los dos jóvenes que aparecían era su padre.
Se lo veía distinto; el pelo más largo, el cuerpo más delgado…
pero no era solo eso. Era la sonrisa —una sonrisa de puro gozo, espontánea— lo que lo hacía irreconocible.
Pen jamás lo había visto mirar a nadie como miraba a la persona que sostenía la cámara.
En la imagen, estaba de pie en una colina junto a Elliot Lennox.
Lo único más sorprendente que encontró fue un paquete de cigarrillos a medio terminar. Olió uno y se lo guardó en el bolsillo.