Tres
Tres
— T eníais que haber oído a nuestra Alice —les contaba Jo a los demás esa noche en el Crags. Estaban apretujados en mitad de una larga mesa de pícnic en la terraza del pub —. Parecía que el mismísimo Bernard Williams estuviera hablando a través de ella.
Atrapada entre Charlie y Fergus, Pen se sentía agradablemente a resguardo. Aún no había tenido un momento a solas con Alice para contarle lo de la carta de Elliot Lennox, y le costaba concentrarse en otra cosa que no fuera eso.
—No te burles —dijo Alice—. No todas podemos ser tan intelectuales como tú y Pen.
—Lo digo en serio —insistió Jo—. Tu interpretación dramatizada del experimento mental del pobre turista Jim fue impecable.
Alice sabía que su intervención en el seminario de esa tarde había sido bastante aceptable. Le había gustado tener a Julian como público.
—Bien —dijo Alice.
—El bien supremo —añadió Jo.
—Vale ya de charla académica —interrumpió Fergus, tamborileando los dedos sobre la superficie pegajosa de la mesa—.
¿Quién se apunta a Buttons este finde? Mamá dijo que fuéramos seis, y pidió expresamente que Josephine trajera a sus canadienses.
Será que le recordáis los días de nuestra gloria imperial…
no se me ocurre otra razón por la que os tenga tanto cariño.
Buttons era el nombre de la casa familiar de Jo y Fergus, en los Borders, donde todos habían pasado el fin de semana anterior paseando sobre una hierba tan verde que parecía pintada con espray, escuchando las peroratas de Fergus sobre la necesidad ecológica de controlar la población de ciervos, y luego entrando en calor junto al fuego con tazas de vino caliente.
Había sido la primera toma de contacto de Pen y Alice con la campiña escocesa, y les había parecido absolutamente mágico.
—Qué honor —dijo Alice—. Yo me apunto.
—Yo también —se sumó Hugo.
—Excelente, un chófer —comentó Fergus.
—Dos —añadió Charlie—. Al menos para la ida. El domingo me vuelvo a casa.
Fergus alzó las cejas en dirección a Pen.
—Gracias, Fergus. Me encantaría, pero este finde no puedo —dijo ella.
—¿Cómo? —Fergus hizo un mohín—. Si llevas aquí menos de un mes. ¿Quién demonios te arrastra de vuelta?
Pen miró de reojo a Alice, que parecía tan sorprendida por la respuesta como divertida por el enfado de Fergus.
—¡Maldita colonial! No te hagas la interesante. ¿Quién es? —insistió Fergus.
A Pen se le sonrosaron las mejillas.
—Elliot Lennox —dijo.
—¿Lord Lennox, el escritor? —preguntó Charlie, impresionado.
—La madre que me parió —dijo Hugo.
—¿En plan el hermano de Margot Lennox? —Añadió Jo, mirando alternativamente a Alice y a Pen.
El apellido Lennox, ya de por sí con solera y pedigrí, había adquirido un brillo contemporáneo no solo gracias a Lord Elliot Lennox —autor de una exitosa serie de novelas policíacas protagonizadas por el zarrapastroso inspector Robert Paquin, un personaje adorado en medio mundo—, sino también por su hermana pequeña, Margot.
Margot Lennox era diseñadora de moda y, según la versión de Alice, había sido la impulsora del cambio de paradigma que llevó a las mujeres a dejar de vestirse «para la mirada masculina» y empezar a vestirse para sí mismas y entre ellas.
Margot fundó su marca homónima a los veintitrés años, debutando primero en Londres y luego en París, donde instaló su atelier en el distrito 20 y donde se hizo famosa por ofrecer a todas sus empleadas un salario digno, acciones de la empresa y guardería gratuita en las propias instalaciones.
Su ropa era exquisitamente elegante, terriblemente cara y vestía a varias de las actrices favoritas de Alice, muchas de las cuales recibían sus modelitos de manos de la mismísima Margot.
Alice, que leía revistas de moda desde cuarto de primaria, la adoraba.
—Pero ¿por qué? —protestó Fergus, aún con cara de niño enfurruñado—. ¿Qué pintan ellos en todo esto?
—Es un viejo amigo de mi padre —dijo Pen—. Pero ya no se hablan —añadió enseguida.
Fergus apuró la pinta de un trago y dejó el vaso sobre la mesa.
—Pues le preguntaré a Flossie. A menos que tenga una cita con Sir Arthur Conan Doyle. —Se levantó—. ¿Otra ronda?
—Creo que mi hermano está coladito por Penelope —anunció Jo a la mesa en cuanto Fergus desapareció.
—¿Y eso por qué lo crees? —preguntó Hugo, con una seriedad fingida.
—Bueno, doctor, hay algo en su expresión facial…
—A callar los dos —dijo Pen, todavía avergonzada por haber soltado lo de Lennox tan a bocajarro.
—Lo que pasa es que no está acostumbrado a que le digan que no —añadió Jo, dándole unas palmaditas a Pen en la mano—. No le ha pasado mucho, que digamos.
—Voy a echarle una mano a Ferg con las cervezas —dijo Charlie, poniéndose en pie.
Durante las primeras semanas de clase, había surgido un vínculo inesperado entre Charlie y Fergus.
O inesperado para las Gullivers canadienses, que habían notado cierta tirantez entre estudiantes como Charlie, que pronunciaba (y a veces incluso marcaba) las erres, y otros como Fergus, que ignoraba las que existían, se inventaba las que no, y estiraba las vocales como un bostezo.
Sin embargo, Charlie parecía aceptar a todo el mundo en función de sus méritos individuales.
Y Fergus, según les había explicado Jo a Pen y Alice, no era ni de lejos tan pretencioso como fingía ser.
—En realidad miento —se corrigió—. Da asco de lo pretencioso que es. Pero no por las cosas que dice que le importan. En general tiene buen ojo para la gente. Por ejemplo, se encuentra a sí mismo insufrible.
—¡Trae papas! —gritó Alice a la espalda de Charlie, que se alejaba—. Perdón, patatas.
Charlie se giró.
—¿Pollo tailandés con chili o cóctel de gambas?
—Qué asco. Las dos —pidió Alice—. Fergus puede meterse con Canadá todo lo que quiera, pero al menos allí las papas tienen sabores refinados. Como el del kétchup.
—Ya lo sé, cielo —dijo Jo.
La mesa se quedó en silencio. Alice se volvió hacia Pen, expectante.
—Ha respondido —le dijo Pen, sin ocultar su emoción—. Nunca lo he conocido en persona —añadió para que Jo y Hugo la entendieran—. Él y mi padre estudiaron juntos aquí en los setenta. Pero llevan décadas sin hablar.
—¿Dónde vive? —preguntó Jo.
—Cerca de Stonehaven. Un tipo que se llama Hector me vendrá a recoger a la estación —dijo Pen—. ¿Por qué me miráis todos así? Si he llegado hasta aquí desde Toronto, ¿cómo no voy a ser capaz de subirme a un tren?
—¿Sin Alice? —preguntó Hugo—. No sabía que pudierais sobrevivir separadas.
—Nos escribiremos —aseguró Pen, mirando a Alice.
Alice no respondió de inmediato. Le había molestado la insinuación de que ella y Pen dependían la una de la otra para todo.
Para convencer a sus padres de que la dejaran irse tan lejos como a Escocia para ir a la universidad —donde las tasas para estudiantes internacionales eran prohibitivas—, Alice tuvo que vaciar por completo su cuenta de ahorros y destinarlo todo a la matrícula.
Por suerte, había reunido una suma considerable tras cinco años de sesiones de fotos, durante las cuales una horda de desconocidos la había manoseado y zarandeado de acá para allá mientras hablaban de ella como si no pudiera oírlos, del mismo modo que algunos lo hacen con los ancianos o con quienes no hablan bien el inglés.
Pero había valido la pena. Sus padres, firmemente anclados en la mentalidad del «búscate un trabajo de verdad», le habían cerrado de golpe la puerta de la escuela de teatro, así que Alice había ideado un plan que, si jugaba bien sus cartas, podía llevarla al mismo sitio.
Empezaría en el Bedlam Theatre de la Universidad de Edimburgo, luego daría el salto al Fringe Festival de agosto —quizá el trampolín más importante para talentos emergentes en el mundo del teatro— y, desde allí, se abriría paso hasta el West End de Londres.
La alternativa había sido seguir el consejo de su antiguo representante, Richard, que había tratado de convencerla para que se uniera al resto de la juventud canadiense —impecable y entrenada para la cámara— y se largara a Los Ángeles con una maleta llena de fotos de cara, sin visado estadounidense y mucha fe.
Se lo había planteado. El problema era que Alice quería que la juzgaran por su talento, no por si un puñado de hombres encontraba su cara y su cuerpo lo bastante deseables.
Pen, mientras tanto, tenía plaza asegurada en una de esas universidades norteamericanas de élite con sus ositos de peluche con el logo bordado, pero dio un giro radical y eligió Edimburgo.
La orientadora del colegio se llevó tal disgusto que Pen tuvo que inventarse una explicación convincente.
Estaba el tema de la historia familiar, por supuesto.
De adolescente, su padre había sido enviado a un internado en Inglaterra y luego había estudiado en Edimburgo.
Para cualquiera a quien eso le supiera a poco, Pen tenía un arsenal de datos listo para ser usado.
¿Sabían que la Universidad de Edimburgo había desempeñado un papel crucial en la Ilustración escocesa?
¿Que Adam Smith había dado clases allí? ¿O que Charles Darwin y Robert Lotus Stevenson fueron alumnos?
Solo Alice sabía lo que Pen estaba buscando en realidad.
Desde que había descubierto que su padre y Lennox habían sido amigos cercanos, Pen había ido alimentando mía teoría: que había una conexión entre aquella amistad truncada y la implosión a cámara lenta del matrimonio de sus padres, allá por octavo curso.
Era como si Pen esperase encontrar pruebas de que el divorcio era algo raro, que necesitaba una causa especial, algo más que la atracción humana desfigurándose poco a poco y apagándose hasta convertirse en desprecio, como unas bragas bonitas que acaban flojas y de un gris aguachirle.
Alice se alegraba de estar cerca de Pen, así como de que su amiga —que tenía el don de absorber el dolor ajeno— hubiese puesto un océano de por medio entre ella y esa tristeza reprimida y venenosa que compartían Ted y Anna.
Pero no tenía tan claro que fuera buena idea eso de andar escabulléndose por ahí, tratando de seguir las huellas de su padre como si buscara algo que pudiera haber perdido o enterrado.
En el fondo, le parecía un poco de chiflada.
Se bebió el hielo derretido de su vaso y se recordó a sí misma que ella y Pen eran distintas.
Si la curiosidad, para Alice, era como una piedrecita en el zapato, para Pen la falta de información era más bien como un hachazo en el dedo gordo del pie.
Con lo obediente que era para todo, cuando quería saber algo —o no conseguía resolver un problema—, antes atravesaba una pared que rendirse.
Por eso sacaba esas notas absurdamente buenas.
Y luego —Alice sintió un leve mareo solo de pensarlo—, teniendo en cuenta lo que Pen había vivido con su madre, tenía sentido que siguiera obsesionada con entender qué había salido mal.
—Creo que es genial —dijo Alice al fin—. Le vas a encantar. Solo espero que luego nos deje recuperarte.