Dos
Dos
C on sus jardines centrales, cuya hierba empapada no veía un alma en casi todo el curso —salvo las semanas previas a los exámenes de primavera, cuando uno podía acabar achicharrado por el sol en lo que tardaba en liarse un cigarro—, George Square era el núcleo académico de la universidad.
A unos veinte minutos andando desde Pollock Halls, quedaba entre el casco antiguo, al norte, y los Meadows, al sur.
La mitad de las casas georgianas que bordeaban la plaza albergaban ahora despachos con una calefacción deficiente y aulas de seminarios de los departamentos menos rentables de la universidad.
Las otras habían sido demolidas en los años sesenta para dar paso a unos bloques más altos y feúchos, como la Biblioteca Central y la torre David Hume.
El George Square Theatre era su destino, y el aula magna ya estaba casi llena cuando llegaron.
Pen localizó tres asientos libres en la última fila y se abrieron paso entre rodillas enfundadas en vaqueros hasta llegar a ellos.
Se quitó el abrigo y abrió el cuaderno, luego echó un vistazo a su alrededor, observando a sus compañeros.
Se imaginó a su padre y a Lennox entre ellos.
Con diecinueve años y las hormonas revolucionadas.
La imagen le provocó una clase de angustia muy concreta.
La misma que la empujaba, cuando veía un bulto inerte al borde de la carretera, a no apartar la vista, a fijarse bien, a comprobar por sí misma el pelaje o las plumas manchadas de sangre, a confirmar que sí, que eso había sido una vida.
«Está dormido», le había dicho su padre el día que ella tiró de él hacia un mapache aplastado en la calle.
Fue la primera vez que supo con certeza que le estaba mintiendo.
Que su padre tenía un secreto que se le pudría por dentro era algo que Pen había empezado a intuir en cuarto de primaria.
Mr . Quinn —un gigante imprevisible que traía la comida en un recipiente de helado bien enjuagado— les leía en voz alta aquella mañana mientras ellos practicaban la caligrafía.
Pen escuchaba mientras disfrutaba de los bucles de su nombre, como los rizos invertidos de una montaña rusa.
Alice estaba encorvada sobre la mesa, concentradísima.
Había abandonado el ejercicio de escribir a mano y estaba garabateando.
Una chica con el pelo grasiento, vaqueros enormes y pecho plano aparecía haciendo una mueca bajo la palabra antes ; a su lado, bajo un después , una versión engreída y pechugona vestida con chaqueta de esmoquin, shorts a juego y botas hasta la rodilla.
Pen notó algo húmedo en la nuca y se apartó de golpe. Conor Minnow le estaba echando un vistazo a su columna de firmas idénticas.
—¿Tu segundo nombre es Elliot? —susurró. El aliento le olía a las galletas Dumkaroos.
Conor Minnow le había pedido matrimonio hacía poco, subido a un banco del gimnasio durante el recreo. Ella le había dicho que necesitaba pensarlo. Pen se giró.
—¿Y qué?
—¿Es el apellido de tu madre o algo?
—No.
—Pues es un nombre de chico. Es feo para una chica.
Alice se dio la vuelta en la silla y miró a Conor como si fuera a partirle la cara, lo que no habría sido ninguna novedad.
—Cuida esa boquita, Minnow —le soltó.
El señor Quinn se acercaba ahora hacia ellos, con las cejas frondosas arrugadas como dos orugas.
—¡De pie! ¡Sentados! —Ladró.
Conor y Alice, que ya estaban acostumbrados a ese tipo de castigo, se levantaron de un salto y volvieron a sentarse. Pen, que jamás había hecho que un profesor le alzara la voz, fue incapaz, durante unos segundos, de conseguir que sus piernas la obedecieran.
—¿Es que no me oyes? ¡Al fondo del aula, de pie! —La voz del señor Quinn le retumbó en la cara, haciéndole vibrar los tímpanos.
Pen se puso de pie junto a la pared, rígida como un soldadito de plomo. Se clavó las uñas en la parte blanda de las manos. Alice se volvió a mirarla, con los ojos bien abiertos en una mezcla de indignación y solidaridad, y gesticulando con los labios la palabra «cabrón».
Era raro, pensó Pen. Elliot no era un nombre de familia. Su abuelo paterno se había llamado Edward Winters, como su padre. La figura paterna de su madre, que había muerto antes de que Pen naciera, había sido un tal Gregory. Que ella supiera, no había ningún Elliot por ninguna parte.
Cuando sonó el timbre, Pen esperó a que el aula se vaciara antes de salir. Alice se quedó con ella. Se agachó para enlazar su brazo con el de Pen, forzándola a aflojar los puños, y las dos salieron juntas al patio.
Después de cenar, cuando su padre ya estaba en su silla junto a la mesa de la cocina, con una copa de vino delante, Pen se le subió al regazo. Delgado pero firme, con el pelo cobrizo ya apagado, su padre siempre le había parecido un lobo de mar.
—¿Por qué tengo un nombre de chico? —le preguntó, frotando la mejilla contra la suya, aspirando ese olor tan suyo, como a una montaña de papel recién impreso.
—Penelope no es un nombre de chico —respondió él con la voz juguetona que solía usar con ella por aquel entonces—.
Penelope era hija de Icario, un rey espartano.
No quería que se casara, porque no quería perderla.
Pero entonces, Odiseo, el héroe del poema homérico, venció al pobre viejo en una carrera, y no le quedó más remedio que dejarla ir.
—Me refiero a mi segundo nombre —insistió Pen.
—Penelope Elliot suena melódico —dijo él, acariciándole distraído el pelo.
—¿Quién era Elliot, papá?
El botón de arriba de su camisa seguía abrochado. Ella fijó la mirada en el bulto aprisionado de su nuez.
—Bueno, está T.S. Eliot. Y George Eliot, aunque en realidad se llamaba Mary Ann.
—Papá…
Él se quedó mirando su copa de vino durante lo que pareció una eternidad.
—Elliot era un gran amigo mío —dijo por fin—. Fuimos juntos al colegio. Ahora es escritor. Vive en Escocia.
Las palabras salieron con un hilo de voz, como si hablara consigo mismo. Luego la apartó con suavidad de su regazo, posando sus pies con calcetines en el suelo, y se llevó la copa escaleras arriba, a su despacho.
Pen sintió que esas palabras entrañaban la respuesta a una pregunta fundamental que aún no sabía cómo formular.
Las repitió después en su cabeza mientras se quedaba dormida, rodeada por su colección de peluches, hasta que se convirtieron en una especie de conjuro.
Él debió de pensar que era demasiado pequeña para recordarlo.
Pero los niños lo recuerdan todo. Son los adultos los que olvidan.
No había suficiente aire en el aula magna.
A la izquierda de Alice, Pen estaba en uno de sus trances, transcribiendo cada palabra como una taquígrafa judicial.
A su derecha, Jo miraba al escenario con los ojos entornados.
Alice cruzó los brazos sobre la cintura y logró quitarse el jersey sin darle un codazo en la cara a ninguna de sus amigas.
La camiseta se le subió con él, dejando brevemente a la vista su sujetador turquesa ante un centenar de personas, pero eso le traía sin cuidado a Alice: era actriz, estaba acostumbrada a que la miraran.
Despegó el algodón enganchado en la lana cargada de electricidad estática y se volvió a alisar la camiseta. Luego se pasó las manos por la melena, se la recogió en un moño improvisado y soltó un suspiro.
—¿Mejor? —preguntó Pen, quien siempre tenía frío y le encantaba burlarse de la costumbre de Alice de empezar a desnudarse en cuanto entraba en algún sitio.
—Mucho. —Alice abrió su cuaderno de espiral por una página en blanco y centró la atención en el hombre que hablaba al frente de la sala.
No era el mismo profesor de la semana anterior, Peter nosequé.
El de hoy era más joven, de unos cuarenta, con el pelo oscuro y ondulado, nariz romana y unos ojos hundidos en un rostro pálido.
Llevaba un traje que le sentaba muy bien.
Se aferraba al atril con ambas manos, como si necesitara mantenerse en pie, y hablaba sobre el filósofo alemán Immanuel Kant.
Lo pronunciaba «can’t», estirando las comisuras de los labios.
Kant, decía, había intentado desparejar —usó esa palabra: «desparejar»— la moral de la religión.
Quería demostrar que la moral era una constante si estaba basada en la lógica, porque la lógica es irrefutable.
Kant quería que la moral también lo fuera.
—Según Kant —dijo—, «el bien» es sinónimo de la voluntad de hacer el bien.
Alice miró a Pen para ver su reacción. Incluso de niña, Pen ya estaba obsesionada con la voluntad de hacer el bien.
Siempre andaba buscando algo por lo que sentirse culpable.
Pero ahora se le había soltado de detrás de la oreja el pelo castaño oscuro, cortado a la altura de la barbilla, y no se le veía el gesto.
Alice le dio un codazo suave en las costillas.
—¿Qué? —Pen levantó la vista de sus apuntes y fijó en ella su intensa mirada verde.
Alice abrió los ojos como platos y señaló discretamente al escenario.
—¿Quién es?
—Julian Sachs —respondió Pen por lo bajini—. Nuestro tutor.
Pen buscó en la parte trasera de su cuaderno y sacó un horario del bolsillo. Alice, que se había saltado el seminario de la semana pasada, asintió.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Jo, asomándose por encima de Alice.
—Alice ha descubierto un interés latente por el idealismo alemán —respondió Pen.
—Ajá —dijo Jo—. Nos preguntábamos cuánto os iba a costar encariñaros con vuestra asignatura complementaria.
Al final de la clase, Alice observó a Julian Sachs doblar sus apuntes por la mitad y guardarlos en el maletín.
Pen y Jo esperaban de pie en el pasillo.
Frente a las puertas giratorias del aula, Alice se detuvo a ponerse las capas que llevaba encima, obligando a la multitud de estudiantes que salía a rodearla antes de dispersarse por George Square.
Desde el lado sur de la plaza, Fergus se acercaba a grandes zancadas.
—¡La pluma es más poderosa que la espada [1] ! —exclamó con énfasis shakespeariano, proyectando la voz contra el viento.
Varias cabezas se giraron. Él parecía encantado consigo mismo.
—Más poderosa que la tuya —respondió Pen, con una voz despreocupada pero igual de clara.
Un transeúnte lanzó un silbido de aprobación. Alice sonrió. La formalidad habitual de Pen hacía que su lado más atrevido fuera mucho más efectivo cuando salía a relucir. Fergus hizo una reverencia formal, reconociendo la derrota.
Alice se apartó del grupo y subió los escalones hacia la biblioteca. Pensó en pedir un tercer café, aunque sabía que le aceleraría el corazón.
—Hola —dijo una voz a sus espaldas. Sabía quién era sin mirar. Sintió una tensión en el pecho.
—Hola —respondió ella.
—Hola —repitió él. Ambos se detuvieron junto a la entrada—. Me preguntaba si llegaría a conocer a la esquiva Alice Diamond.
Alice apartó un mechón de pelo que se le había pegado al labio.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Te vi llegar con tus amigos. Ellos pusieron alguna excusa por tu ausencia la semana pasada. Dijeron que estabas haciendo un casting para una obra de teatro.
Lo dijo como si fuera algo sorprendente, como si estuviera intentando entrar en un circo.
—Así es —contestó ella.
—¿Conseguiste el papel?
—Sí.
—¿Te veré esta tarde, pues?
Ella asintió. Él sonrió de nuevo, arrugando los ojos.
—¿Cuál es la obra, si puedo preguntar?
— Arcadia . Soy Thomasina.
— Et in Arcadia ego —dijo Julian, abriéndole la puerta—. Incluso en Arcadia, heme aquí —añadió en voz más baja mientras ella pasaba bajo su brazo.
Alice olvidó que lo que deseaba era un café. Hurgó en su bolso hasta encontrar la tarjeta de estudiante y casi salió corriendo hacia la biblioteca. McAvoy. Así se llamaba el profesor anterior. ¿Dónde estaba Peter McAvoy cuando más lo necesitaba?