El ciclo de vida del pulpo común
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Uno
Uno
S i alguien entrevistara a unos cuantos estudiantes, con electricidad estática en el pelo y parpadeando, justo al salir de sus habitaciones en Pollock Halls, algunos con un inexplicable olor a caballo y otros a queso quemado —lo que es más comprensible—, descubriría que el desayuno en el John Mclntyre Centre no era considerado precisamente un manjar muy alentador.
Pero Pen, que por las mañanas tenía un hambre voraz, lo esperaba con ganas.
Era martes, el tercero del trimestre. Pen llegó al edificio verde y marrón situado en medio del complejo residencial a las ocho menos cinco.
El aire frío y húmedo se le colaba por el cuello del impermeable.
Entró en el veinticuatro horas a comprar un periódico, pero, en el último momento, con el pulso acelerado por el remordimiento, pidió también un paquete de diez cigarrillos y una caja de cerillas.
El hombre tras el mostrador ni siquiera la miró.
Ya bajo el pórtico, mientras doblaba el periódico contra el viento para echar un vistazo rápido a los titulares y pensaba en la carta que acababa de leer, apareció Jo seguida de Alice.
Sus dos amigas destacaban, aunque por distintas razones.
Jo Scarlett Moore, porque, con su pálida melena rubia trenzada sobre la frente, parecía demasiado honrada como para tener algo que ver con este siglo de porno virtual y basura marina; y Alice Diamond, porque Alice destacaba en cualquier lugar.
—Buenos días, Apestosa —dijo Jo, rozando las mejillas de Pen con los labios.
Alice, que aún no se había deshecho del todo de sus reflejos canadienses, se agachó para abrazar a Pen.
Como ya era costumbre desde que Jo «descubriera» a Alice en la pista de baile del Opal Lounge (o quizá fue al revés), durante lo que solo puede describirse como una especie de reto temerario de cinco días contra la mononucleosis, también conocido como Semana de Bienvenida, las tres fueron juntas a desayunar.
Para cuando llegaron a Edimburgo, Pen y Alice ya llevaban más de una década siendo piezas fundamentales en las vidas de cada una.
Durante el instituto, mientras esperaban que la vida comenzara de una vez, se pasaban las tardes tiradas sobre el edredón blanco de Pen, con las piernas en alto apoyadas en la pared —una postura que Alice defendía como especialmente buena para pensar en profundidad— y los pies descalzos rozando las Polaroids y las entradas de conciertos que Pen tenía enganchadas en un corcho.
Aunque las unían unas cuantas circunstancias —ambas habían crecido en Toronto, en barrios acomodados rodeados de árboles y criadas por unos padres cariñosos que creían esconder su infelicidad con eficacia—, Pen y Alice encontraban en el sinfín de sus diferencias una fuente de fascinación mutua.
Alice se había convertido pronto en una joven alta y resultona, con el aspecto y el instinto de supervivencia de una leona.
Pen, en cambio, fue una flor tardía: por lo común había sido la más canija y rápida de la clase, con esos ojos que centelleaban en la oscuridad y ese característico respingo nervioso de los gatos negros.
A través de los libros, ambas habían aprendido mucho de lo que sus padres preferían no hablar.
Pero, mientras Alice devoraba todo cuanto incluyera o bien un héroe ambicioso y tenaz en busca de su verdadero destino, o bien descripciones técnicas de sexo —y estas las subrayaba para futuras consultas—, Pen, hacia los catorce años, se zambulló de lleno en la biblioteca de su madre: una colección de novelas decimonónicas, de las de página fina y atiborrada de letras.
A esa edad, las verdades que contenían solo le llegaban como le llega a uno el aroma fugaz de la cena del vecino desde el otro lado del jardín.
A solas en su cuarto, recorría con la mirada la superficie de aquellas frases, intentando convencerse de que el amor eterno y transformador que describían tan a menudo debía, por fuerza, existir en algún rincón del mundo real.
Pen descubrió más tarde que muchas de sus obras favoritas habían sido escritas por mujeres para quienes la dicha conyugal había quedado, por una u otra razón, fuera de su alcance.
Así que no fue difícil llegar a la conclusión, gracias al alivio que a veces trae consigo la muerte de la esperanza, de que esas historias eran pura fantasía y que solo la discordia matrimonial de la vida real era un hecho cierto.
Y los hechos eran algo de gran importancia para Pen.
Había aprendido pronto a desconfiar tanto del protestantismo a lo «apuesta de Pascal» de la rama de los Winters como de los rescoldos de catolicismo que envolvían a su madre como si de incienso se tratara.
A falta de una religión, encontraba en los hechos un consuelo.
Alice era la única persona con la que Pen compartía sin reservas sus múltiples teorías y hallazgos, sin temor a que se riera de ella o se la tomara demasiado en serio.
Tras once años de amistad, ambas se habían vuelto expertas en anticipar los pensamientos de la otra.
Esto, tanto como su decisión mutua —pero tomada por separado— de estudiar en Escocia, les parecía algo maravilloso a la par que temerario.
El consuelo de estar juntas en un nuevo continente se veía empañado por la posibilidad, de la que eran conscientes, de que, confiando demasiado en ese consuelo, podrían impedirse la una a la otra alcanzar la independencia que con tanto fervor anhelaban.
Así, varios meses antes de empezar el primer curso, hicieron una promesa vaga pero solemne de no estorbarse mutuamente en Edimburgo.
La oferta del buffet, iluminado con luces de neón, incluía huevos revueltos tan esponjosos que resultaban sospechosos, alubias cocidas con un ligero regusto a ceniza, triángulos blandengues de pan de patata y algo oscuro parecido a una salchicha.
Esquivando el tropel de codos empapados por la lluvia, Pen se sirvió un bol de gachas calientes y llenó otro hasta el borde de muesli azucarado.
Su bandeja recibió el visto bueno de las encargadas que vigilaban que nadie se pasara de la raya, y se preparó un café mientras esperaba a que Alice y Jo la alcanzaran.
A esa hora era fácil encontrar una mesa en el corazón del comedor.
El hermano gemelo de Jo fue el primero en unirse a ellas.
Fergus Scarlett Moore era alto y tenía un porte a caballo entre lo regio y lo cómico, con el pelo rubio repeinado con esmero y un aire de melancolía estudiada que a Pen le recordaba a las fotos de F.
Scott Fitzgerald. Cuando creía que nadie lo observaba, Pen intuía en sus ojos grises una cierta profundidad humana, que contrastaba con la mayoría de cosas que decía.
Esto, unido a su extraño sentido del humor, hacía que le cayera mejor de lo que a veces le habría gustado admitir.
—¿Cómo estamos esta mañana? —preguntó, al dejarse caer en el asiento junto a Pen, que vio una fina capa de lluvia sobre su jersey azul real.
Fergus pertenecía a un grupúsculo de chicos ingleses que jamás se habrían planteado llevar un abrigo—.
A ver qué nos cuentan hoy los trotskistas —dijo, abriendo de una sacudida el periódico de Pen.
El siguiente en llegar fue Hugo Holloway, que escondía un plato extra de salchichas bajo su bandeja.
Antes de conocerlo, Pen había albergado un cariño secreto por él.
No se trataba de atracción física —Hugo era una tanqueta de mejillas rosadas y risa escandalosa—, sino porque parecía tener cuarenta años.
Se había montado una película sobre una lucha solitaria y el valor de empezar de nuevo, hasta que Jo le explicó que era compañero de habitación de Fergus en el internado —edad real: diecinueve—, tercer hijo de una familia de apasionados de la vela, con propiedades en varios paraísos fiscales, y con un carácter bastante decente, siempre que una mantuviera las expectativas a raya.
—¿Sabéis de qué me he dado cuenta? —exclamó Fergus dejando el periódico.
—¿De qué? —preguntó Pen, ante el silencio de todos. Había apartado discretamente todas las pasas cubiertas de azúcar de su muesli y las había puesto sobre una servilleta, en un rincón de la bandeja.
Fergus echó un vistazo al montoncito y la miró a los ojos.
—Tengo que hacerme amigo de un médico —soltó.
—¿Tienes? —preguntó Charlie, que acababa de sentarse—. ¿Y eso?
Charlie Watson vivía justo encima de Alice, en Baird House, y se le había unido durante la ruta de bares de bienvenida de la residencia.
Alice había sentido una atracción rápida entre ellos, como un chispazo, pero luego observó que a todo el mundo le pasaba lo mismo: quien hablaba con Charlie solía salir tambaleándose, aturdido y ruborizado por el efecto de su atención.
A la mañana siguiente, él se sentó con ellas como si fueran viejos amigos y, al cabo de tres semanas, prácticamente ya lo eran.
Charlie tenía un rostro de facciones suaves que se le iluminaba al escuchar, y unos ojos risueños bajo unas pestañas espesas.
Vestía con más encanto que la mayoría de estudiantes, salvo por unas zapatillas de lona mugrientas y manchadas de pintura.
Costaba hacerle hablar de sí mismo, pero Alice había logrado sonsacarle que era de Dumfries, que conocía por su nombre a todos los porteros de discoteca de la ciudad y que estudiaba Historia del Arte con la idea de abrir algún día su propia galería.
—Todos deberíamos hacerlo —insistió Fergus, con renovado énfasis— y pronto. Rubens y la epistemología son ideales para una cena, pero uno nunca sabe cuándo le va a fallar una pierna.
—¿A ti te falla una pierna? —preguntó Jo.
—No, y gracias por preocuparte —respondió Fergus—, pero creo en la prevención.
—Igual deberías pasarte a medicina. Así podrías preparar tus propias cataplasmas cuando llegue el momento —sugirió Alice, mientras vaciaba un sobre de edulcorante en su taza.
—Bien pensado, yanqui de las nieves —dijo Fergus—, pero me dan cosa las tripas.
Tomó una pasa del montón de la bandeja de Pen, la examinó y la lanzó a una chica pelirroja de la mesa de al lado. La pasa dejó un polvillo blanco sobre su jersey oscuro, justo debajo de la coleta. Fergus parecía satisfecho y le lanzó otra. La chica no se giró.
Hugo, que ya había rebañado su primer plato, reapareció.
—Estoy haciendo biología, por si lo habíais olvidado —dijo con su voz de estar dispuesto a cualquier locura—. A lo mejor me paso a medicina después. Estaré encantado de practicarte una operación, Ferg.
Hugo, con la camisa remangada, mostraba unos antebrazos morenos y peludos. Las yemas de sus dedos eran carnosas, y a Pen le costaba imaginarse esas manos manipulando el instrumental quirúrgico.
—No olvidaré tu amabilidad —dijo Fergus.
—¿Qué haréis vosotras después de la universidad? —preguntó Hugo con entusiasmo, pinchando una salchicha—. ¿Iros a Londres y quedaros preñadas?
—Sí —respondió Alice—, ese es el plan general. Siempre que encontremos a alguien que nos deje a todas embarazadas. —Miró a Hugo de arriba abajo mientras masticaba—. Un médico bien fértil, a poder ser.
—Vete a la mierda, Hugo —dijo Jo, que solía ir al grano.
Compartía con su hermano ese acento inglés tan anacrónico, pero, mientras él lo exageraba aún más, ella tendía a disimularlo.
Su voz tenía un agradable carraspeo, y con frecuencia soltaba tacos a diestro y siniestro—.
Alice arrasará en el West End. Se volverá asquerosamente famosa y se rodeará de bailarines de repuesto que le ofrecerán tostadas de queso untadas con kétchup.
Esta Apestosa de aquí llegará a lo más alto de una revista de gran prestigio, donde contratará a mindundis como tú y Ferg para que le traigáis café y así poder acosaros sexualmente en el trabajo.
Y yo seré una intelectual pública disoluta que pondrá como una moto a sus alumnas, a lo Abelardo, pero más difícil de castrar.
Hugo soltó una risita. Puede que no supiera quién era Abelardo, pero la idea de Jo poniendo como una moto a sus alumnas pareció dejarlo algo aturdido.
Fergus se volvió hacia Pen y asintió con aire pensativo. Tomó otra pasa y apuntó de nuevo a la chica. Esta vez le dio en la coronilla. Ella se giró de golpe, con un meneo de coleta.
—Fergus —dijo con voz lastimera, frotándose el cuero cabelludo—, ¿por qué nos tiras sultanas?
—Pasas —respondió él, como si eso aclarara las cosas.
—¿Cómo?
—Las sultanas son las amarillas. Es una instalación, Floss. «Espolvoreando a la duquesa». Muesli sobre… —Alargó la mano y acarició el tejido de su jersey—… mohair.
Flossie lo fulminó con la mirada, muy mona, usando todo el poder de sus ojos azul claro y su cara con forma de corazón, y volvió a centrarse en su desayuno.
—Bueno, yo me piro. —Charlie se levantó—. ¿Alguien quiere que lo acerque?
Charlie y Hugo eran de los pocos estudiantes con coche, y ambos eran generosos con los trayectos.
—Gracias, Charlie, pero vamos andando —dijo jo—. A las canadienses y a mí nos gusta empezar el día haciendo ejercicio revitalizante. Llévate a mi hermano, ¿quieres? Es delicado.
Al salir, Pen vio cómo Fergus se detenía detrás de Flossie. Le lanzó una última pasa a la espalda, esta vez desde muy cerca, la vio caer al suelo y le limpió con cuidado el polvo del jersey con la manga.