Epílogo Un año después Diciembre
Jordyn golpea el lápiz contra la encimera de la cocina.
—Pensaba que habías dicho a las cinco en punto. Ya casi son las seis.
Le echo una ojeada al reloj del microondas. La cocina de esta casa adosada es la mejor que he tenido nunca, y a menudo pasamos el tiempo aquí juntos, incluso cuando no esperamos a que Hudson cruce la puerta.
—Patito, me ha dicho que no volvería a casa hasta que termines tus problemas de mates.
—Papi. —Pone los ojos en blanco por mi táctica ridícula, y yo reprimo una sonrisa—. Por favor.
—El avión ha aterrizado a las cinco, pero tiene que salir del aeropuerto de Denver y conducir a casa por la nieve. Además, es hora punta.
Vuelve a agarrar el lápiz con un suspiro exasperado.
Hudson lleva toda la semana de viaje, y ambos estamos ansiosos por verlo.
Las ganas de Jordyn probablemente son una mezcla de lo aburrida que está por las divisiones largas y por su estómago vacío.
Me he superado a mí mismo con una cena de bienvenida a casa.
Hay costilla de res embadurnada con chili cociéndose a fuego lento, y llevamos oliéndola toda la tarde.
Yo también estoy impaciente, aunque la comida tiene poco que ver con ello. Un viaje de siete días es pérfido, y me gustaría decirle cuatro cosas al director general si me fuera a escuchar.
Echo de menos a Hudson como un loco cuando no está. Consiguió marcar un gol contra el Nueva Jersey en el último partido antes de las vacaciones de Navidad, así que al menos mi sufrimiento tiene un objetivo mayor.
—¿Cuánto es veintisiete entre…? —Jordyn para a mitad de la frase y deja caer el lápiz—. ¡Ya ha llegado!
Mi hija debe de tener un oído supersónico, porque pasan unos segundos más antes de que la puerta se abra de golpe.
—¡Hola! —nos llama, dejando la maleta en la alfombra—. Es casi como si me hubierais estado esperando.
Jordyn se le tira encima y él la atrapa en un abrazo.
Pero yo me quedo ahí de pie, sonriéndole durante un momento y admirando lo bien que luce con el traje y el abrigo.
Qué bien le quedan los trajes a este hombre.
Espero que nunca eliminen esa norma de la Liga y que no dejen que los chicos se vistan peor, porque más tarde voy a disfrutar de desabrochar esa camiseta tejida con elegancia.
—¿Ahora podemos comer? —pregunta Jordyn mientras lo suelta.
—Un minuto —responde Hudson—, tengo que hacer algo primero. —Rodea la isla de la cocina y se acerca a mí antes de envolverme con los brazos—. Me alegro de estar en casa, cariño.
Entonces sonríe antes de que sus labios toquen los míos. Huele a noche nevada y se siente como magia, así que le beso con fuerza.
—Puaj —se queja Jordyn—. ¿No podéis hacer eso después?
Hudson se aparta, solo lo suficiente para que yo vea la sonrisa en sus ojos marrones.
—Si insistes. —Guiña un ojo, y es un guiño que viene con una promesa.
Nos sentamos para cenar juntos, y Hudson y yo hacemos piececitos bajo la mesa mientras Jordyn le cuenta con todo lujo de detalles el concierto navideño que hicieron ayer en la escuela.
Tras mudarnos aquí la primavera pasada, me sentía muy culpable por mandarla a una nueva escuela por segunda vez en dos años.
Después de todo, es difícil ser el niño nuevo.
Pero después de conseguir un buen trabajo en la Universidad de Colorado en Boulder, todo pareció encajar. No es hockey profesional, pero mi horario es fantástico, y los atletas con los que trabajo son jóvenes y están llenos de entusiasmo.
Y la mudanza no ha sido tan dura para Jordyn como había temido. Ha aprendido un par de cosas sobre ser la nueva. Durante el verano, convenció a Hudson y a dos de sus compañeros de equipo para que la dejaran celebrar una fiesta de patinaje en la pista de hielo para su cumpleaños.
A Hudson ahora se le da un poco mejor decirle que no, pero esa vez aceptó, con una condición:
—Tendrás que invitar a todos los niños de tu curso, ¿vale? Es una pista grande. Y nadie debería sentirse excluido.
Debe de haber tenido razón, porque la fiesta tuvo una muy buena asistencia.
No sé si es de ser buen padre o no dejar que tu hija aumente su estatus social al alardear de la popularidad del equipo con los pobres y poco preparados residentes de cuarto de Boulder. Pero aquí estamos.
—Ojalá pudiera haber visto tu concierto —dice Hudson, posando su copa de vino en la mesa—. Sabes que habría ido si hubiera estado por aquí.
—Papi ha hecho un vídeo. —Se encoge de hombros—. Puedes mirarlo conmigo después de la cena. Entonces tendremos que mirar el nuevo episodio de Ojo de Halcón .
Agarra su tenedor y le sonríe.
—Claro, pero solo si podemos hacer ambas cosas antes de la hora de irse a dormir. Mañana tienes cole.
Jordyn entorna la mirada.
—Pero si estoy de vacaciones de Navidad.
—Oh. Culpa mía.
—Los episodios no son tan largos. Quizá podríamos ver dos.
—Uno es suficiente —replico, por si a Hudson se le ha olvidado cómo decir que no durante su viaje.
Me dedica una mirada comprensiva, porque puede leerme como un libro abierto. Jordyn debería irse a dormir a una hora razonable esta noche, porque es bueno para su salud.
Y porque quiero un poco de tiempo a solas con él.
Me guiña un ojo.
Después de la cena, le indica que se ponga el pijama y se lave los dientes. Entonces se colocan en el sofá de la sala de estar.
Mientras yo enciendo un fuego en la chimenea, los dos miran el vídeo del concierto en su móvil, y entonces los tres miramos un episodio de Ojo de Halcón .
Parlotean sobre la trama, pero yo no he estado viendo la serie con ellos, así que se me pasa por alto.
Solo estoy aquí para pasar un poco de tiempo acogedor en familia, frente al árbol de Navidad y de la chimenea.
De acuerdo, y por Jeremy Renner y su traje ajustado.
—¡Hora de dormir! —anuncia Hudson cuando empiezan a pasar los créditos.
—¿Me llevas a caballito a la cama? —le suplica.
—Por supuesto.
Jordyn trepa sobre su espalda, y veo cómo desaparecen por las escaleras desde mi sitio en el sofá.
Con la tele apagada, el crepitar del fuego es el único sonido excepto por el murmullo de la voz de Hudson que proviene de la habitación de Jordyn.
Sigo siendo «papi», mientras que él es «Hudson». Y él tiene el cuidado de diferirme las cuestiones parentales, pero es agradable tener un poco de apoyo. Como le dije a Hudson hace poco:
—A veces, aún me siento como un padre que no tiene ni idea de nada, pero al menos ya no me siento como un padre soltero que no tiene ni idea de nada.
—¿Así que ninguno de los dos tiene ni idea? Me parece acertado —respondió—, pero creo que ambos lo hacemos bastante bien, y Jordyn es una niña encantadora. Debemos de estar haciendo bien un par de cosas.
Me reclino en el sofá con la copa de vino en la barriga y escucho sus voces. Una vez más, estoy viviendo mi sueño. Una familia sana, un hogar, un buen trabajo. Me siento agradecido cada día, porque sé lo arriesgado que es todo.
Pero también es maravilloso. El fuego me calienta, y sé en los huesos que ahora mismo no tengo que estar en ningún otro sitio.
Casi es Navidad, y justo después, los abuelos de Jordyn vendrán para llevársela de vacaciones de esquí a Aspen unos días. Han comprado un piso carísimo que han visitado cuatro veces a día de hoy.
Por lo visto, a Eustace le encanta Colorado. Además, volvimos a visitarlos en Nuevo Hampshire en verano. La so-ogra está tan complacida conmigo como jamás podrá estar, supongo.
El timbre interrumpe mis pensamientos, lo cual no es del todo inesperado. Varios jugadores viven por esta urbanización, y ahora que Hudson es más sociable con sus compañeros de equipo, se dejan caer de vez en cuando.
Me levanto para abrir la puerta y me encuentro con Davey Stoneman en el porche delantero con su característica sonrisa torcida.
—¡Hey, Gavin! ¿Cómo te va?
—Todo bien, Stoney. ¿Cómo estás?
Levanta una botella de vino tinto.
—He pensado que Chuevi y tú querríais una copita.
Pues sí, se quedó el mote. Y la visita de Stoney no llega en el mejor momento, pero tiene un gusto excelente en vino.
Disfruto de un buen cabernet con sabor a ciruela casi tanto como del sentido del humor de este hombre y la forma en que me ha acogido como familia de su compañero de equipo sin dudar ni un minuto.
Por otro lado, hace una semana que no veo a Hudson.
—Va, pasa —digo, abriendo un poco más la puerta—. Si esperabas conseguir restos, puedo echarte un cable.
Su sonrisa se ilumina aún más.
—¿Cómo lo habías adivinado?
—Eres un hombre eternamente soltero que lleva una semana fuera de casa… No ha sido difícil de averiguar. Siéntate, te prepararé un plato y te buscaré una copa de vino.
—Eres el mejor, Gavin.
Me dirijo a la cocina y, cuando regreso, él y Hudson están de pie junto a la ventana delantera, mirando hacia la oscuridad.
—¿Qué estáis mirando? —pregunto.
—DiCosta —responde Hudson.
—¿Qué está haciendo fuera? —pregunto—. ¿No deberíais dejarle entrar?
—No es eso —dice Stoney con alegría—. Se está mudando a la casa de enfrente.
—¿En serio? —Dejo el plato de Stoney en la mesa de centro—. ¿Necesita ayuda?
—¡Nop! —Hudon se ríe—. No voy a tocar eso. Mira. —Me muevo hacia la ventana y me paro al lado de mi novio, que me rodea con un brazo—. ¿Ves? Tiene ayuda.
Mientras observo, DiCosta y otro hombre empiezan a pelearse, cada uno a un lado de un abeto gigante que está atascado a medio camino en la puerta principal de la casa adosada al otro lado de la calle.
—Deberían haberlo entrado por el otro lado —señalo, y Hudson me da un apretón.
—Estoy bastante seguro de que ya se han dado cuenta, cariño.
—¿Quién es ese tipo? —pregunto.
—El decorador —responde Stoney—. Qué lujos se está pegando DiCosta.
—Eso sí que es difícil de imaginar —se mofa Hudson.
Fuera, los dos hombres se pelean. Estoy a punto de sugerir que ofrezcamos nuestra ayuda cuando DiCosta echa de las escaleras al otro tipo, que se retira con cautela hacia el patio cubierto de nieve.