Epílogo Un año después Diciembre #2
Con un grito tan alto que puedo oírlo a través de nuestras ventanas con doble cristal, DiCosta le da un poderoso empujón al árbol, que se libera del marco de la puerta como el corcho de una botella de champán y cae en la nieve.
Los tres nos partimos la caja.
—¿Papi? ¿Hudson? —La voz de Jordyn llega desde lo alto de las escaleras—. ¿Qué es tan divertido? ¿Stoney ha vuelto a venir a comerse nuestras sobras?
—Ups, pillado. —Stoney se tapa la boca con una mano—. ¡Perdón por hacer ruido, cielo! —le dice.
—¡No se va a quedar mucho rato! —añade Hudson, dándole a Stoney un empujón contra el sofá—. A comer tu cena, gorrón.
—Iré a arroparla —digo mientras me dirijo a las escaleras—. Vosotros dos, comportaos. Y ponedme un poco de vino.
Hudson
Noventa minutos más tarde, me estoy secando con una toalla tras una ducha de treinta segundos. La necesitaba después de saludar rigurosamente a mi novio.
Cuelgo la toalla y regreso a la habitación desde el baño en suite , desnudo y con un trapo caliente en las manos.
—Gracias —murmura Gavin cuando me lo quita para limpiarse el estómago—. No dejes que me duerma, no quiero perderme la segunda ronda.
—¿Eso es porque la primera ha durado unos diecisiete segundos? —Me río—. Cuando te dije que te echaba de menos, no era broma. —Recupero el trapo y lo tiro al cesto de metal de la ropa sucia, que está vacío, y cuando me meto en la cama, me aprieta contra sí.
—Era correspondido. —Me besa el cuello, porque sabe que me vuelve loco—. El sexo telefónico no es lo mismo.
—Y que lo digas. —Me inclino y le beso; nos enrollamos como adolescentes que acaban de descubrir cómo se besa. Es una mierda tener que abandonarlo tan a menudo.
Por otro lado, volver a casa siempre es genial.
—Oye —dice, recorriéndome el camino a la felicidad con una mano—. Tengo una pregunta peliaguda para ti.
—¿Peliaguda?
—Bueno, es sobre Navidad. —Frunce el ceño—. Te he comprado algo, pero ahora estoy, eh…, un poco preocupado por que nos hayamos comprado lo mismo. Y… es difícil de devolver.
Suelto una carcajada, sorprendido, porque eso sería divertidísimo. Y emotivo, la verdad. Pero si tiene razón, sí que sería peliagudo.
—Bueno, ¿cómo quieres que lo resolvamos? Quizá deberías darme una pista. En plan, ¿cuánto espacio ocupa? Y si eso no es concluyente, pasaremos a la siguiente.
Se muerde el labio.
—La verdad es que no me gustaría decir qué tamaño tiene si no tengo por qué. Hace que sea bastante evidente.
Oh, no. Quizá sí que nos hemos comprado lo mismo. Es posible que las cosas se pongan incómodas, pero también es dulce.
—¿Y qué me dices del color? —sugiere—. ¿Tu regalo es verde?
—Nop —respondo con un alivio inmenso—. Definitivamente no.
—Genial. —Se deja caer sobre la almohada con una sonrisa—. De acuerdo, genial. Ya puedo dejar de preocuparme.
—Pues sí, deja de preocuparte.
Nos quedamos tumbados en la oscuridad durante un segundo, y trato de pensar algo verde que Gavin puede haberme comprado. ¿Un suéter verde? ¿Una corbata verde?
Ni hablar. Si fuera algo tan simple como eso, no se hubiera estresado al respecto. Cierro los ojos y pienso en cosas verdes. Árboles. Hierba. El fieltro verde de una mesa de billar. Lo que me hace pensar en…
Se me abren los ojos de golpe.
—Cariño. ¿Me has comprado una mesa de ping-pong ? —Me incorporo rápido, porque la idea es la mar de emocionante. Gavin se tapa los ojos con una mano y suspira.
—Joder. He arruinado el secreto en vano.
—¿En serio? —Me río—. Qué idea más buena has tenido. Casi tan buena como la mía.
—Espera, ¿en serio? —pregunta, incorporándose también—. ¿Tu regalo también es algo que nos va a ocupar el sótano entero? ¿Vamos a tener un problema?
—Ni hablar. —Niego con la cabeza—. No pasa nada. De todas formas, ¿cómo ibas a esconderlo? ¿Te pensabas que no iba a bajar al sótano antes de Navidad?
—Pff. —Hace una mueca—. ¿Cuándo fue la última vez que hiciste la colada?
—Es justo. Perdón.
—Nah, no pasa nada —sonríe—. Pero no bajes. Jordyn quiere sorprenderte antes de que te patee el culo en la mesa.
—Ay, por favor.
Nos partimos de la risa, y entonces nos tumbamos, con su cabeza en mi hombro. Le peino con los dedos y pienso en el regalo que ha estado quemando en mi conciencia durante toda la semana. Es o bien la mejor idea que he tenido nunca o bien la peor. Podría ser cualquiera de las dos.
—¿Estás bien? —me pregunta tras un rato—. Casi que puedo oír cómo giran los engranajes en tu cabeza.
—Solo espero que te guste mi regalo la mitad de lo que me gustará la mesa de ping-pong . —Si no, tendré problemas gordos.
—Seguro que sí, pero si quieres, puedes contarme qué es —dice con una sonrisa traviesa.
—Vaya, pues creo que sí quiero —digo—. De todas maneras, no lo estaba reservando para la mañana de Navidad. ¿Te parece bien?
—Lo que quieras, amor. —Me acaricia el pecho—. No me importan mucho los regalos, estar aquí contigo es todo lo que necesito.
Eso es buena señal, así que me incorporo sobre un codo y cojo una cajita de madera de mi mesita de noche.
Bueno, allá vamos.
El corazón me empieza a latir desbocado.
—Mira, cariño. Este ha sido el mejor año de mi vida, y no sé si estás listo para volver a casarte, pero si lo estás, espero ser yo el afortunado.
Abro la cajita y le muestro los dos anillos que hay dentro.
—¡Me cago en…! —Gavin se los queda mirando—. ¿Estás diciendo que…?
—Sí —susurro con voz ronca—. Sí. Quiero casarme contigo, pero lo entiendo si la idea es difícil para ti, así que compré esto sin esperar en absoluto que fuera a ser una decisión rápida. Mira, ¿ves como son diferentes?
—Oh. —Toquetea la cajita, que muestra un único anillo de platino y otro formado por dos alianzas fusionadas.
—El doble sería para ti —digo con voz ronca por la emoción—. Sé lo mucho que te afectó perder el anillo de Eddie. —Me contó esa historia hace casi un año, cuando nos fuimos a esquiar—. Podríamos estar los dos en tu dedo, cuando llegue el momento. Piénsatelo.
Gavin levanta una mano y se seca una lagrimita.
—Esto es… guau. Es lo más considerado… —Toma una bocanada profunda de aire—. Guau.
—Ay, cariño. No era mi intención hacerte sentir mal. —Lo envuelvo en un abrazo—. Lo siento.
—No, está bien. Es… Sí, quiero. Quiero casarme. Contigo. Sería todo un honor. Te quiero tantísimo.
Se me hincha el corazón, ni siquiera puedo respirar. Lo único que puedo hacer es sujetarlo con fuerza.
—Yo también te quiero muchísimo —consigo decir.
A eso, le siguen más besos. Y entonces Gavin saca el anillo de la cajita y se lo coloca en el anular.
—Es de mi medida.
—Te medí el dedo mientras dormías.
—¿En serio? —Se ríe—. Y yo que pensaba que mi regalo era romántico.
Me río, y los ojos me arden por la emoción, porque el anillo le queda increíble en el dedo.
—Sí que lo es, cariño. Totalmente. Romantiquísimo.
Me besa para que me calle, y sé, sin lugar a dudas, que, sin importar lo que el futuro nos depare, por fin estoy en casa.
FIN