CINCUENTA Hudson
Estoy en el hotel con mis nuevos compañeros de equipo.
En verdad, no he tenido elección. Están tan ocupados invitándome a bebidas y picoteos que no puedo escabullirme para descomprimirme.
Sin embargo, estoy agradecido, y un poco borracho, así que he mantenido la sonrisa intacta. Bess está a mi lado, pasándome vasos de agua con gas con actitud calmada.
—Necesitábamos esa victoria en prórroga, ¿a que sí? —pregunta Stoney antes de tragarse otro chupito de tequila—. Buen pase, Chico Nuevo —dice.
—Oye —balbuceo—, ya vale con ese mote. Nos conocemos de hace años.
—Es la elección evidente —se encoge de hombros—. Aunque creo que puedo hacerlo mejor. —Se pone una mano en la barbilla y adopta una pose pensativa, y entonces se le iluminan los ojos—. ¡Ya lo tengo! ¡Deberías ser Chuevi!
—Espera, ¿qué?
Pero ya es demasiado tarde. Stoney se acerca a mí y me friega los nudillos contra el cuero cabelludo.
—Eso no es un apodo —gruño.
—Ojo con lo que deseas —se ríe Bess.
—Oye, Chuevi —dice Kapski—, ¿quieres las pieles de patata?
Necesito grandes niveles de autocontrol para ignorar el apodo.
No se va a quedar así, ¿no? Echo un vistazo al plato.
Carbohidratos fritos con queso. Pero huelen tan bien…
Y ya he roto muchas tradiciones hoy; una más no va a cambiar nada.
Agarro una piel de patata crujiente que rezuma queso, y me la como en dos bocados. Bess me pasa una servilleta.
—Oye, no mires aún, pero cierto preparador físico del Brooklyn acaba de cruzar la puerta. ¿Es posible que sea ese tu chico?
Mi mirada salta al área de recepción, donde veo a Gavin de pie. Luce devastador con los tejanos apretados y una chupa de cuero.
—¿Cómo has sabido que era mi chico?
—Probablemente por la cara de cabreo que tiene —se ríe Stoney—. ¿Tanto la cagaste en vuestra relación?
—Bueno, pero está aquí, ¿no? —señala Cockrell.
—Y es lindo —gruñe DiCosta. Al menos eso creo que ha dicho, pero a duras penas puedo creer que el gran y fornido DiCosta haya llamado «lindo» a otro hombre. Entonces me da un empujón—. No te quedes aquí de pie, imbécil.
Es verdad. Doy un paso hacia delante.
—Buena suerte —me desea Bess—. Tienes todo mi apoyo.
Me apresuro a acercarme a Gavin, que está a unos veinte largos pasos de distancia. Durante un segundo, no me ve, pero entonces sus ojos grises se levantan hacia los míos. Su expresión, sin embargo, es pétrea.
La mía, no. Todo en mi interior se relaja, porque Gavin está justo frente a mí. Solo quiero beber de su imagen.
En cambio, me inclino y le doy un beso en la mejilla. Entonces voy a decirle «hola», pero el bar entero detrás de mí irrumpe en vítores.
Joder.
Da un paso atrás y cruza los brazos sobre el pecho.
—¿Podemos ir a algún lugar a hablar?
—Sí, claro. Pero el toque de queda es en veinte minutos, ¿te importa venir al piso de arriba conmigo?
Enarca una ceja, como si se lo estuviera planteando, y entonces se dirige a los ascensores y pulsa un botón.
El bar irrumpe en gritos y silbidos.
Sin siquiera girarme para mirar a mis compañeros, levanto el dedo del medio y les hago un corte de mangas.
—Ignóralos —le ruego.
Aún se están riendo cuando se abren las puertas y entramos en el ascensor. Gavin mira al suelo y suspira mientras empezamos nuestro ascenso rápido al sexto piso.
—Admiro mucho lo que has hecho hoy. Quería que lo supieras.
—Pero sigues enfadado conmigo. —Las puertas del ascensor vuelven a abrirse, y lo guio a mi habitación. Abro la puerta con un ademán ostentoso. Entra y se dirige a la silla ubicada junto a la otra ventana, donde se sienta, infeliz.
—Estoy confuso —dice en voz baja—. Tardé mucho en llegar a un punto en el que me sentía listo para arriesgarme por ti. Incluso estaba buscando trabajos fuera de la organización, por si necesitaba uno…
—Vaya. —Me siento en la cama—. Nunca quise que dejaras tu trabajo.
—Sí, lo sé. Pero podría haber llegado a ese punto.
—Se inclina hacia atrás en la silla, apoya la cabeza en sus manos y levanta la vista al techo—.
Quería creer en nosotros, y entonces saliste corriendo como si estuvieras en llamas, y no tuve voz ni voto en lo que pasó.
No podía creer que me hubieras hecho algo así. Me dejaste tirado.
Saber que le hice tanto daño me pone enfermo.
—Fue muy egoísta por mi parte. Lo supe todo este tiempo. Pero en el fondo pensé que quizá eras demasiado bueno para mí de todas formas. Que quizá no era lo suficientemente valiente para darte lo que te mereces.
Dirige su mirada a la mía.
—Lo único que tenías que hacer era quererme. No necesitaba que fueras un pez gordo, o un genio, o un romántico.
—¿Qué necesitabas? —pregunto, porque me siento sensible al respecto—. No se me dan bien las relaciones. Es como si todos hubieran recibido un manual menos yo.
—Dices eso, pero cada vez que te permites relajarte, eres una pareja estupenda.
Tienes en cuenta mis sentimientos, eres amable con mi hija.
No es tan complicado. —Se frota las sienes—.
Todo iba bien hasta que entraste en pánico.
Sé que el intercambio no fue culpa tuya, solo desearía que lo hubieras manejado como un adulto para que yo no hubiese tenido que pasar los últimos tres meses agonizando.
Se me parte el corazón en dos.
—Si te sirve de algo, he aprendido mucho. Y espero que aún quieras hablar conmigo. Tengo tantas cosas que contarte.
—¿Cómo qué? —Ladea la cabeza.
—Despedí a mi padre.
—Guau. ¿En serio?
—Sí. —Me aclaro la garganta—. Intentabas decirme lo tóxica que era esa relación, y por fin he escuchado.
—Suelta un silbido—. Salí del armario ante mi equipo.
—Le sonrío—. Ya has visto esa parte. Y, eh, estoy intentando averiguar si hay alguna forma de que volvamos a estar cerca. En el planeta, quiero decir.
—¿Y cómo harías eso? —pregunta, parpadeando.
—Sería un agente libre. Podría pedirle a uno de los equipos de Nueva York que me hagan un hueco. O quizá Nueva Jersey. Si no me lesiono esta temporada, les saldría muy barato.
—Suena arriesgado. ¿Cuál es tu otra opción?
—Bueno… —Me froto la barbilla—. El Colorado me ha ofrecido una extensión de tres años por doce millones.
Se inclina hacia delante en su silla.
—¿Doce millones… de dólares?
—Sí. —Me encojo de hombros—. Tengo el contrato en un cajón en mi casa. Me han dado hasta Navidad para tomar una decisión. Pero el dinero no lo es todo; tú, sí. Estoy intentando encontrar formas para demostrártelo, así que estoy pensando en rechazar el contrato e intentar volver a la Costa Este.
Sale disparado de la silla y empieza a dar vueltas por la habitación.
—Hudson, te digo esto con amor, pero no puedes rechazar un contrato de doce millones de dólares por mí.
—¿Por qué? —Se me encoge el estómago—. Quiero otra oportunidad contigo.
Se detiene y deja caer los brazos a los lados.
—¡Yo también, gilipollas!
—Me gustan las pollas —le recuerdo—, eso no es un insulto.
Da pisotones hacia el minibar, agarra un vaso y se lo llena de agua, y entonces se la bebe de un trago.
—Doce millones de dólares.
—Solo es dinero.
—Dios. —Suelta un resoplido—. Hay algo que tienes que saber.
—¿Qué? —Si me dice que está saliendo con otra persona, se me va a ir la olla.
—Me encanta mi trabajo, pero el horario es raro.
Y ahora mi hermana se va de Nueva York, así que voy a volver a tener problemas cuidando a la niña.
Además, no estarás ahí, así que… —Dejo de respirar—.
He empezado a buscar un nuevo trabajo. Nueva York no es un hervidero de oportunidades en mi campo, así que he estado buscando trabajos en la universidad. En todas partes. No sé dónde terminaré.
—Oh… —Estoy intentando no emocionarme mucho—. He oído que Colorado tiene escuelas muy buenas.
—¿Qué te parece Denver? —me pregunta, frotándose la nuca.
—Boulder, en realidad. Es una de las ciudades más vivibles y hermosas del mundo.
Rocas rojas, excursiones. Cerveza artesanal.
Ciclismo. Seguro que hay un campamento de hípica en algún lado por allí.
—Gavin suelta una risa por la nariz—. Tengo una casa de tres habitaciones con una chimenea frente a la que sería divertido liarse.
No está verificado aún, por razones obvias.
La habitación amueblada tiene una cama extragrande.
Hay otra habitación en la parte frontal de la casa con un ventanal, a una buena distancia de, eh…
, la habitación de los adultos. E incluso tiene una habitación de invitados que podría acoger a una hermana de vez en cuando. O a un par de ridículos abuelos.
Se sienta en el borde de la cama, a unos metros de mí, y deja caer la cabeza en las manos.
—Gavin —digo en voz baja—. Si alguna vez quisieras considerar poner a Boulder en tus planes de viaje, ahora sería un buen momento para decirlo. Ya te habría hecho la pregunta, pero cuando saqué el tema de vivir juntos, no estabas interesado.
—Porque entonces compartíamos pared. —De golpe, se deja caer sobre la cama—. Me pasé todo agosto esperando a que entraras en razón y nos invitaras a visitarte.
Mi corazón se salta un latido.
—Qué pena que sea un idiota. Si hubiera pensado que te habrías subido a un avión, te hubiese llenado el buzón con invitaciones.
Se gira hacia un lado para mirarme desde abajo.
—Mira, me hubiera tragado mi orgullo si me hubieras dicho que no podías vivir sin mí. Quizá eso suena arriesgado, pero necesitaba una señal, Hudson.
Ohhhh, mierda. Necesita una señal. «Esto se me da de pena».
—Te… —Gavin espera—. Te QUIERO —resuello. Gavin abre mucho los ojos.
—¿Estás bien?
—¡Sí! Estoy bien, joder. Pero te quiero. Te necesito. Por favor, ven a Colorado. Ven por Navidad —ruego—. Por favor. No, eso está demasiado lejos, ven para Acción de Gracias.
Su expresión se suaviza.
—Me gustaría. Dime que esta es una decisión racional.
—No puedo, porque no sé cómo ser racional contigo. Desde el día en que nos conocimos, te he querido todo para mí, y eso no va a cambiar nunca.
Extiende una mano y por fin, por fin , me toca. Planta su palma en mi mejilla y me acaricia con el pulgar el bigote incipiente sobre mi labio. Y se siente tan bien que mi piel se calienta por la anticipación.
—Yo también te quiero. Significas mucho para mí —susurra—. Muchísimo. Traté de superarte, pero no ha funcionado.
Me aferro a él, plantando las manos con indecisión en la camiseta dentro de su chaqueta, y por lo visto tengo mucho más que decir. Soy como una presa rota.
—No puedo cerrar los ojos sin ver tu cara. No puedo meterme en la cama sin desear que estuvieras conmigo. Nunca viví de verdad hasta que te conocí. Y nunca le he dicho eso a nadie. Nunca. Nada de esto.
—Jesús, Hudson. —Se aparta, pero solo para quitarse la chaqueta, deshacerse de los zapatos de una patada y entonces caer boca abajo sobre la cama—. Eso ha sido difícil para ti, ¿no?
—No tienes ni idea.
Sus claros ojos grises pestañean en mi dirección.
—No tengas miedo de sentir las cosas. Para eso estamos aquí.
—Lo intentaré, cariño. Porque eres mi número uno. Ya no me queda nada de orgullo. Quiero dártelo todo.
Extiende una mano para jugar con mi pelo.
—Ahora quiero besarte, pero no quiero que dejes de hablar. Hace demasiado tiempo que necesitábamos hacerlo.
—Sí, es verdad. Pero ¿puedo señalar que me marcho de aquí mañana a las nueve? Podemos hablar por teléfono, cariño, pero besarnos…
Me brinda una sonrisa reservada.
—Qué listo eres para ser un deportista tontorrón.
Entonces se incorpora sobre sus codos, y manteniéndome la mirada, poco a poco cierra la distancia entre nosotros.
Pero yo lo necesito demasiado como para esperar. Lo arrastro contra mi cuerpo, y él se hunde contra mí con un gemido. Su beso es generoso, y le rodeo con los brazos, por fin.
Sí que soy listo para ser un deportista tontorrón. Por fin soy lo suficientemente listo como para no dejarlo ir nunca.
—¿Vas a venir para Acción de Gracias?
—Sí —susurra contra mis labios.
—¿Vas a replantearte buscar trabajo en Colorado?
—Sí.
Me besa el cuello, y yo me estremezco.
—¿Gavin?
—¿Ajá? —Me lame el lóbulo de la oreja.
—Estoy muy contento de haber ido a aquella taberna esa noche. Siento haber dicho que me arrepentía. ¿Me perdonas?
Me besa.
—Ya lo he hecho.