CUARENTA Y NUEVE Gavin
Debería haber conseguido una niñera y salido a emborracharme.
En su lugar, me siento en el sofá, entumecido, y miro el partido con Jordyn. La pobre está la mar de confusa.
—¡Papi! ¡No sé a quién apoyar! Quiero que Hudson gane, pero también quiero que gane el Brooklyn. ¡No pueden ganar los dos!
—Ya te digo —gruño, frotándome la frente.
Aún no me puedo creer que haya salido del armario enfrente de todo el mundo. Ha sido increíblemente valiente. Los veinte mil espectadores no tienen ni idea, por supuesto. El partido está equilibrado, y ambos equipos pelean con fuerza.
Cada vez que la cámara se centra en las caras de los jugadores, escudriño sus interacciones con Hudson. Lo que veo es la misma concentración de siempre. Las mismas conversaciones alegres. Los mismos empujones de hombros y palmaditas en el culo y cejas sudorosas.
Nadie marca en el primer tercio, lo cual no me mejora el humor. Porque yo tampoco sé a quién apoyar. La pantalla muestra una pelea de ingenio. Es una batalla sudorosa, y Hudson está justo en medio, patinando con fuerza para evitar que sus antiguos compañeros marquen punto.
Nada ha cambiado para él y, aun así, todo es diferente. No puedo dejar de mirarle. Quiero saber por qué lo ha hecho, pero a la vez no quiero preguntar.
Quizás ha conocido a alguien nuevo.
El Brooklyn marca punto poco después de empezar el segundo tercio, pero entonces el Colorado responde con otro gol. Jordyn chilla y esconde la cara en mi hombro.
—Papi, no puedo mirar. Esto es una tortura.
—Es solo un partido, cariño.
Levanta la vista hacia mí como si hubiera perdido la cabeza.
Entonces, suena el timbre. Casi no me molesto en responder; es demasiado tarde para que llegue el correo, aunque Reggie está esperando a que le manden unas cajas para la mudanza.
Mi hermana se muda. Su banda ha firmado con una discográfica. Se van a Los Ángeles para intentar triunfar.
El timbre vuelve a sonar, y esta vez respondo.
—¡Reparto! —grita el chico. Cuando abro la puerta, me planta una docena de rosas en la cara. Y seis latas de mi cerveza favorita—. Firme aquí, señor.
—¡Guau, papi! —dice Jordyn cuando cierro la puerta—. ¿Hudson te ha mandado flores?
—Quizá —murmuro, y entonces abro la tarjeta.
G, quiero verte. Estoy en el Hilton. O podría ir a verte yo, pero no me presentaré si no me invitas. Te echo de menos con locura. Y no podía venir hasta aquí y no decírtelo. H.
Mierda. ¿Él y yo en el hotel? De allí no saldría nada bueno.
Me quedo mirando las flores.
Por otro lado, ¿cómo puedo estar tan enfadado y a la defensiva ante una docena de rosas y cerveza artesanal cara?
La verdad es que quiero verlo. Desesperadamente. Pero no quiero la fea resaca emocional que de seguro le seguirá.
—¿Son suyas? —insiste Jordyn.
—Sip. —Me meto la tarjeta en el bolsillo y doy pisotones hacia la cocina con las rosas. Ni siquiera tengo que meterlas en agua, porque Hudson se ha gastado el dinero en un arreglo floral caro que viene con un jarrón.
—Aún nos quiere —anuncia mi hija encogiéndose de hombros—. Desearía no haberse mudado.
No tengo una respuesta para eso. Ojalá fuera así de simple.
La puerta se abre diez minutos más tarde. Es Reggie.
—¡Ohh, flores! ¿Vas a ir a verle? —Prácticamente tiene corazones en los ojos.
—Eso sería una idea terrible —susurro.
—¡Prórroga! —grita Jordyn, y nos alineamos en el sofá para mirar.
—Qué emocionante —dice Reggie—. ¿A quién apoyamos?
—Al Brooklyn —gruño a la vez que Jordyn dice:
—Al Colorado.
No sé por qué Hudson cree que puede hacer una entrada triunfal y obligarme a ver su gran anuncio. Es demasiado tarde como para que me gane.
Así es como debería ser.
¿No? Mi corazón está muy confuso.
Ha sido difícil verle salir del armario, porque ha hecho que me dé cuenta de algo muy poco halagador de mí mismo: dudaba de él. El verano pasado, cuando Hudson estaba planificando salir del armario, una parte de mí dudaba que alguna vez fuera a hacerlo.
Es por eso por lo que a veces me quedo despierto por la noche y me consuelo pensando que se habría acobardado y que hubiéramos roto de todas formas.
Pero ahora es libre de ser quien realmente es, y aún le echo de menos. Hay un agujero del tamaño de Hudson en mi pecho.
—¡DIOS! —chilla Jordyn, y mis ojos vuelan a la pantalla, donde Hudson le ha arrebatado el disco a Crikey—. ¡DISPARA! —grita mi hija.
Hudson, sin embargo, no tiene la oportunidad, así que le hace un pase rápido como un rayo a Kapski.
Y él marca punto.
La luz se ilumina. Suena la campana. Y veinte mil fans se lamentan, frustrados.
El equipo de Colorado está eufórico. Rodean a Hudson y a Kapski para golpearles el casco y darles palmaditas en el trasero y cien rituales de macho guerrero más.
Entonces, llega el momento de hacer fila para estrecharse las manos. Hudson sonríe de oreja a oreja mientras trata de patinar al lado de sus antiguos compañeros para estrecharles la mano o chocar los puños, pero tardan una eternidad, porque todos quieren darle un abrazo.
Me dejo caer en el sofá, preguntándome qué coño me pasa. Debería estar contento por él. Le di un gran furioso discurso sobre lo mucho que aún me importa.
—Hora de dormir —dice Reggie, apagando la tele con un clic—. A lavarse esos dientes, peque. Yo te arropo.
—¿Y papi? —pregunta Jordyn.
—Papi se irá a tomar unas birras con el equipo. —Me guiña un ojo.
—No, qué va —murmuro.
—¿Quizá tenemos tiempo para un «canta conmigo» de Frozen ? —Mi hermana suelta una risita.
—¡Genial! —grita mi hija.
—Vaya truco barato —farfullo, pero entonces me levanto para buscar mi chaqueta.