CUARENTA Y OCHO Hudson
Tardamos unos setenta y cinco años en llegar a Brooklyn, pero para cuando el avión aterriza en Nueva York, Bess ya me ha mandado un mensaje.
Bess: ¡Todo listo! Podemos reunir a ambos equipos en el área de carga, donde suelen jugar a fútbol en formato eliminatorio antes de los partidos.
Mi estómago da un vuelco. La idea de plantarme frente a cincuenta tipos para anunciar mi atracción por los hombres hace que quiera potarme encima de los zapatos.
Por otro lado, sé que necesito hacerlo. Lo sé desde hace mucho tiempo. Aunque sea demasiado tarde para salvar lo mío con Gavin, estoy cansado de reprimirlo todo.
Estoy cansado, punto. Parezco el dibujo de Bugs Bunny donde se sujeta los párpados con mondadientes.
Hacemos el check-in en el gran hotel que hay al otro lado de la calle del estadio. Por primera vez en toda mi vida, me salto el patinaje matutino y me echo una siesta. Cuando suena la alarma a las cuatro, me siento como si me despertara de entre los muertos.
Me como una barrita de proteínas y me pongo un traje. Reviso mis mensajes. Bess me ha escrito:
Bess: ¡Todo en orden para las 5:30! Eres un modelo a seguir.
Soy un modelo a seguir al que le tiemblan las manos. Aun así, abro el hilo de mensajes con Gavin y le mando uno corto:
Hudson: Sé que esto surge un poco de la nada y que seguramente no quieres saber nada de mí, pero voy a hacer un gran anuncio a ambos equipos en el área de carga a las 5:30. Si hay alguna posibilidad de que puedasestar ahí, significaría muchísimo para mí.
Entonces apago el móvil y me voy.
—¿Estás seguro de que quieres hacer esto? —me pregunta mi agente.
—Por supuesto —mascullo—. ¿Por qué me cuestionas ahora?
Bess levanta las manos en gesto de sumisión.
—Solo porque tienes un tono peculiar de verde y me dan un poco de miedo las consecuencias.
Respiro por la nariz para calmarme, pero no funciona. El área de carga se está llenando de chicos vestidos con atuendos deportivos. No, ya está lleno. Y todos me están observando.
Mi pulso se acelera, y es posible que vaya a desmayarme.
El entrenador Worthington aplaude con las manos.
—Vale, chicos. Newgate quiere hablar con vosotros un minuto. Por favor, prestadle atención. Después, cada uno se irá a sus respectivos vestuarios y seguiremos el protocolo normal. —Se gira hacia mí—. De acuerdo, Newgate. Tu turno.
El subtexto es: «Ponte las pilas, lerdo».
Pero en mi interior estoy entrando en pánico. Doy un paso hacia delante, y aunque he practicado esto mentalmente durante tres mil kilómetros, no estoy seguro de cómo empezar.
—Eh…, gracias por reuniros un minuto. Hay un par de cosas que tengo que decir, no os robaré mucho tiempo. —Todos me observan—. Normalmente, en el equipo, suelo ser reservado…
—¿Tú? —re ríe Castro—. Qué va.
Eso se gana unas risitas, y le agradezco que haya roto la tensión.
—Ya, lo sé. Aquí tenemos a dos de los mejores grupos de chicos de la Liga, ¿no?
Y he hecho un trabajo de mierda conociéndoos.
Solía culparlo al hecho de ser el chico nuevo.
La verdad, era mi excusa favorita. Pero hay otra razón por la que no me involucro mucho.
Durante años, me convencí de que el equipo o la dirección no me aceptaría si me conocieran mejor.
Si supierais que soy… —«Respira»— el único hombre bisexual que conozco en el hockey profesional.
Tras soltar las palabras, hago una pausa para mirar alrededor del círculo. Me he imaginado este momento durante años. Este era el Rubicón que jamás podría cruzar.
Es raro, pero el mundo no se ha terminado. No hay rayos. Nadie me lanza tomates o vomita.
No sé qué estaba esperando. Los jugadores me observan, esperando a que continúe. Sus expresiones son de curiosidad, pero no sorprendidas, en realidad.
—Así que… —Me aclaro la garganta—. Quizá penséis que es tonto.
Quizá tengáis razón. Pero si he sido distante, lo siento.
De verdad que no sabía cómo hablar de ello, pero ni siquiera lo intenté mucho.
Me convencí de que lo que un equipo quiere de mí es que marque goles y me calle sobre mi vida personal…
Algo que se mueve cerca del pasillo capta mi atención, y me giro en su dirección. Casi me fallan las rodillas.
Es Gavin, apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión gruñona en su rostro perfecto.
Tomo aire y me fuerzo a continuar:
—Pero me he dado cuenta de un par de cosas.
Hay una razón por la que sois dos de los mejores equipos de la Liga.
Es porque confiáis los unos en los otros.
Jugar en equipo significa más para vosotros que conectar pases y tiros certeros.
Se trata de lealtad y de cubriros las espaldas mutuamente.
Quizá si me hubiera dado cuenta antes, no me hubieran intercambiado tantas veces.
Supongo que nunca lo sabremos. —Me río, incómodo—.
Soy bi, y siempre lo he sido. Me gustaría ser mejor compañero, y, por alguna razón, necesitaba ser abierto al respecto para poder dejar de preocuparme de lo que podáis pensar.
Hay un silencio breve y profundo. Me quedo de pie completamente quieto, y casi me da un ataque.
Pero entonces mi nuevo entrenador empieza a aplaudir. Con fuerza. Y unos pocos más se unen.
Medio segundo más tarde es la habitación completa. Me arriesgo a mirar a Castro, que está más o menos justo frente a mí. Cuando hacemos contacto visual, levanta la barbilla en un gesto masculino. Y entonces sonríe.
De acuerdo. Vale. Levanto una mano para indicar que aún no he terminado, y dejan de hacer ruido.
—Gracias por esto. Algunos de vosotros pensaréis que soy un idiota por preocuparme tanto sobre esto, pero ¿quién sabe?
Quizá hay algo que os está reprimiendo a vosotros también.
Quizá sois disléxicos, o estáis deprimidos, o cargáis con un peso que no se puede ver.
Dejadme que os diga que guardároslo no hará que desaparezca.
Por favor, aprended de mis errores. El tiempo y la energía que he invertido en mi miedo podría haberse usado de mejor forma…
Me arriesgo a mirar rápidamente a Gavin. Tiene la cara roja y el ceño fruncido.
—… encontrando a alguien que me escuche —añado—.
La temporada pasada encontré a esa persona.
Conocí al mejor hombre del mundo, y durante un tiempo, viví mi mejor vida.
Pero el miedo es un profesor de mierda, así que la cagué bastante fuerte en eso también.
Me gustaría que ese chico supiera que lo siento mucho.
—Se me rompe la voz—. Quizás algún día pueda perdonarme. Gracias.
Cuando termino de hablar, Stoney aplaude con fuerza, y el resto de mis compañeros (y de mis antiguos compañeros) hacen lo mismo.
La cara se me sonroja por la vergüenza, pero también por el alivio.
Después de tanto tiempo, lo he conseguido. He dicho la verdad y no me ha matado.
Al menos aún no. Se mueven en manada para darme el tipo de palmaditas en la espalda y buenos deseos que anhelarías si estuvieras en mi lugar. Y lo aprecio. De verdad que sí. Este momento se ha hecho esperar. Aunque haya llegado demasiado tarde.
Cuando me giro hacia la puerta, Gavin ha desaparecido. Busco por la habitación sus claros ojos grises.
Pero no está por ningún lado.