El chico nuevo CUARENTA Y SIETE Hudson Noviembre
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CUARENTA Y SIETE Hudson Noviembre

Durante las siguientes cuatro semanas, Stoneman me arrastra a salir de copas una media docena de veces. Como mi casa está en silencio como una tumba, y resuena con mis propios pensamientos incriminatorios, le dejo.

Descubro que mis nuevos compañeros de equipo son un grupo de chavales decentes. Stoney es el payaso, por supuesto. Kapski, el delantero estrella, es el donjuán mordaz. Esos dos son los más sociables del grupo.

Me preguntaba si me costaría empezar a caerle bien a Kapski, pues fue al que humillé el invierno pasado en el partido del Brooklyn, pero parece que le gusto ahora que jugamos en el mismo bando.

Su nuevo sitio de reunión favorito es una cervecería popular en Boulder que tiene demasiados carbohidratos en el menú.

Ignorando eso, me gusta el lugar. Es famoso por sus cervezas artesanales que te sirven del grifo, pero también tienen botellas de cervezas light .

Cada vez que me pido una, el equipo se ríe de mí y golpean un gong de verdad que cuelga de la pared del bar, pero no me desalientan.

—Si quieres ver mi cara fea en tu fiesta, beberé lo que me dé la gana —le digo a Stoney.

Se acaba el tiempo antes del viaje a Brooklyn. Intento no pensar en ello, y así es como termino con una cerveza baja en carbohidratos en la mano un martes por la noche mientras el sonido de un gong me reverbera en los oídos.

—¿Por qué me dais la vara por beberme esto pero a Cockrell no le decís nada por ser vegetariano?

Ivan Cockrell, uno de nuestros porteros, levanta la mirada de su plato de coliflor estilo Buffalo y frunce el ceño. Es un tipo estoico con una barba pulcramente recortada y ojos marrones serios.

—No hay nada de malo en ser vegetariano.

—Ya lo sé —coincido—, solo estoy tratando de entender la psicosis del equipo.

Me dedica una sonrisa fugaz.

—Oye, tengo una pregunta para ti. ¿Qué te parece el Red Rock Circle? Hay una casa en venta en tu calle.

—Me gusta. Es una buena calle; silenciosa, pero no muerta, ¿sabes? Muchos jóvenes profesionales, algunas familias. Pero deberías preguntarle a alguien que sepa más que yo. Solo he estado ahí un mes y los temas inmobiliarios no son lo mío.

—Creo que pediré cita para ir a verlo —explica mientras se limpia con cuidado la salsa Buffalo de los dedos.

—Guau, propiedad inmueble —dice Stoney—. Qué terrorífico. Mi mayor compromiso ha sido un contrato de arrendamiento de un año y tres peces en una pecera. Solían ser cinco, pero uno de ellos es un caníbal. —Se encoge de hombros.

Alguien me pone una mano en el hombro; es DiCosta, otro defensa como yo. Es un hombre grandullón y barbudo que no habla mucho, pero hoy dice:

—Háblame de tus chicos en Brooklyn.

Uf. Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué quieres saber?

—¿Podemos con ellos?

—Será una pelea justa. Hay dos francotiradores que tendréis que vigilar; Drake y Castro son peligrosos. Tankiewicz es escurridizo, pero yo también.

—¡Será divertido! —dice Kapski—. Hagámosles llorar.

Le doy un sorbo a mi cerveza y por un momento desearía ser más de whisky .

La noche anterior a marcharnos, no puedo dormir.

Gavin había dicho que tampoco podía dormir bien, y me pregunto si sigue siendo verdad.

Solía odiar la pared que nos separaba. Ahora lo que nos alejan son casi tres mil kilómetros.

Sentado en la cama, estiro la mano hacia el móvil y reviso la hora. Las 4:14. Joder. De todas maneras, ya casi es hora de levantarse e irse al aeropuerto.

Y tengo un mensaje de Bess.

Bess: ¿Cómo vas? Pensaré en ti mañana, nos veremos en el estadio. ¿Va bien si me paso antes del partido?

No estoy acostumbrado a recibir mensajes de apoyo como este. La calidez no era el estilo de mi padre.

Hudson: Me encantaría verte. Estoy hecho un desastre.

Es muy poco propio de mí admitirlo, pero, joder, es verdad.

Aunque son las tantas de la noche, mi teléfono suena un minuto más tarde. Llamada de Bess.

—¿Hola? Espero que mi mensaje no te haya despertado.

—Nop. Me ha despertado mi peque, que le están creciendo los dientes —responde—. Pero ¿tú qué haces despierto a… la hora que sea en Colorado?

—Nada, disfrutando de mi ansiedad antes del viaje —bromeo.

—¿Te preocupa el partido?

—Qué va, esa parte es fácil.

—Volver a Brooklyn es difícil —dice.

—Pues sí —admito.

—¿Vas a verlo?

—No sé si depende de mí —respondo tras un instante de duda—. No sé qué lograría aparte de hacernos miserables.

—¿Hay algo que puedas hacer, algún gesto o algo parecido, que le muestre que aún te importa? —pregunta.

—¿Como… flores o algo así? —Ni siquiera sabría por dónde empezar—. Ese no es nuestro rollo.

—¿Y cuál es? —presiona—. ¿Comida favorita? ¿Cerveza favorita? ¿Actividad favorita?

—Comida italiana a domicilio. Amber ale . Eh… No puedo mandarle un regalo, sería demasiado superficial. Lo que quería era que saliera del armario.

—Pues haz eso.

Abro la boca para protestar, y entonces vuelvo a cerrarla.

—Si eso es lo que te está reprimiendo… Es tu vida, Hudson. Tienes un contrato cerrado si decides firmarlo. Tienes un equipo fantástico y cualquier otro placer terrenal. Si lo que más quieres en este mundo es a este chico, muéstraselo.

«¡Ni hablar!», dice una década de miedo.

—¿Y cómo podría hacerlo? —dice mi boca.