CUARENTA Y SEIS Hudson #2
—¿Y no es posible que tu alguien especial se mude a Colorado?
—Eh… probablemente no. —Trago saliva—. Era algo nuevo y muy complicado. De todas maneras, la cagué a lo grande.
—Ay, cariño.
Intento encogerme de hombros de forma casual, pero me siento como si estuviera sangrando.
Vuelve a sonar el timbre, y Bess alza las cejas.
—¿Esperas compañía?
—Nop. —Me levanto—. Esto ya son más visitas de las que he tenido jamás en esta casa.
Esta vez, cuando abro la puerta, veo a mi compañero de equipo, Davey Stoneman, de pie. Ha perdido su chaqueta y su corbata, pero aún lleva los pantalones de traje y la camisa abotonada. El pelo le cae demasiado cerca de los ojos, y lleva una amplia sonrisa.
—¡Hey! Has salido corriendo antes de que pudiera invitarte a una cerveza.
—Oh, eh… Lo siento. No soy muy de ir de fiesta últimamente. No como antes. —Hace cinco años, éramos novatos para el Colorado, y durante un tiempo compartimos habitación. Ahora es el capitán secundario del equipo, pero sigue siendo la persona menos seria que he conocido jamás.
Mi rápida desaparición de esta noche ha sido intencional, por supuesto. No estaba de humor para las payasadas de Stoney.
No sé si alguna vez tendré ganas.
—No pasa nada —responde, encogiéndose de hombros—, te he traído aquí las cervezas. ¿Aún tomas birra? —Levanta una nevera portátil.
—¿A veces?
—Genial. —Me dedica una sonrisa y me empuja para entrar en mi casa—. ¡Anda! ¡Pero si es Bess Beringer, agente de las estrellas! —Stoneman (o Stoney, como le llaman los chicos) es una de esas personas que conoce el nombre de todo el mundo.
—Encantada de conocerte —responde Bess, levantándose para estrecharle la mano.
—¿Quieres una cerveza? También he traído patatas y salsas. —Pone la nevera sobre la mesa y empieza a sacar cosas.
—Siempre me apetecen unas patatas —comenta Bess.
—Fantástico. Newgate, ¿nos puedes dar un bol y unas servilletas?
—Claro, tú como en tu casa —gruño, dirigiéndome a la cocina. Agarro un par de cosas y vuelvo a la sala de estar.
—Ayyy, Newgate está gruñón —dice Stoney con una sonrisa—. Por eso he venido, para ver por qué eres tan ermitaño. Los chicos creen que los odias, y yo les digo, en plan: «No, Newgate es lo más, dadle una oportunidad».
—Oh, no. —Bess levanta la mirada hacia la mía y sonríe—. ¿Ya te has ganado una reputación?
Suelto un quejido y me dejo caer sobre el sofá.
—¿Es ilegal tener mal humor?
—No si es por una buena razón —responde Stoney—. Escuchémosla.
Bess se cruza de brazos y espera, seguramente preguntándose qué es lo que diré.
—Que te intercambien es duro —me quejo—. Tenía una vida en Brooklyn. Durante seis meses enteros, tuve una vida.
Stoneman pesca un abridor de su bolsillo y saca la tapa de varias cervezas, una de las cuales empuja hacia mí.
—¿Ves? Ya decía yo que pasaba algo. Hace cinco años eras un chico sociable, ¿sabes? Parloteabas en el vestuario, te apuntabas a cualquier fiesta siempre que tu padre no te estuviera respirando encima. ¿Todo esto es por una mala ruptura?
—Básicamente —murmuro. Cojo la cerveza y le doy un trago.
—¿Quieres que te presente a alguien? —Se aparta el pelo de la cara—. Quizá necesitas divertirte un poco en esta vida para olvidarte de tu corazón roto.
—Creo que aún no estoy listo para eso —respondo, sintiendo cómo me sube el calor por el cuello.
—Ay, amigo. —Consigue darle varios tragos a su cerveza y negar con la cabeza a la vez—. Eso tiene mala pinta. Qué fuerte que no te haya fastidiado a la hora de jugar, ¿no?
—Supongo. El hockey es lo único que tengo ahora mismo. Durante años, ha sido lo único que he tenido, y pensaba que funcionaba, pero esta es la primera vez que no estoy del todo seguro de qué estoy haciendo, ¿sabes? Si tengo que escoger entre el hockey y mi vida…
Joder. ¿Es esa una decisión que podría hacer? Reprimo un escalofrío.
—¿Por qué es tan complicada esta ruptura? —pregunta Bess.
—Eso, ¿quién es esta chica? —pide Stoney.
Vuelvo a dejarme caer sobre el sofá y miro al techo. Es un techo bonito, con vigas de madera oscura que forman un patrón en la superficie. Y sé sin lugar a dudas que preferiría estar en mi piso de mierda en Brooklyn. Definitivamente.
Me duele tanto que respiro profundamente, y entonces me lanzo al vacío:
—¿Y si no es una chica?
De inmediato quiero tragarme lo que he dicho. Han pasado años, literalmente años, desde que me atreví a hablar de mi sexualidad con alguien del mundo del hockey. Y tengo miedo de incluso mirar a Bess o a Stoney, así que, en su lugar, sigo mirando al techo.
—Vale, no es una chica, es una mujer —dice Stoney—. Lo siento, culpa mía.
Bess suelta una risita.
—Estoy bastante segura de que no se refería a eso, amigo.
El silencio que le sigue casi me mata, y me rindo y miro hacia Stoney. Está dándole un trago a su cerveza, y veo el momento exacto en el que se da cuenta. Se le abren los ojos como platos.
—¡Oh, mierda! Joder, vale. ¡Culpa mía otra vez! —Chasquea los dedos—. Solías salir con un chico de nosequé gimnasio, ¿no? ¿Antes de que te intercambiaran?
—¿Lo sabías? —pregunto con la mandíbula desencajada.
—Compañeros de piso. —Se encoge de hombros—. Me olvidé mi móvil un día que los chicos y yo íbamos a ir en bici. Os escuché en el cuarto. Hacíais bastante ruido. —Vuelve a encogerse de hombros.
Bess se ríe tan fuerte que se atraganta con la cerveza, y yo me giro para quedar boca abajo en el sofá, deseando que la habitación me engulla.
—Este chico nuevo te ha afectado, ¿eh? —medita Stoney—. ¿Quieres que le raye el coche cuando juguemos contra el Brooklyn?
—No —digo contra el tapizado de cuero—. No ha hecho nada malo, ha sido todo cosa mía.
—Oh, amigo. —Stoney suspira—. Entonces, ¿cuál es tu plan para recuperarlo?
—No puedo recuperarlo. —Levanto la cabeza—. No puede mudarse aquí, tiene un trabajo y una niña y familia en la Costa Este.
—Oooh. —Stoney se encoge—. Qué duro. Pues entonces quizá tendremos que ahogar nuestras penas, ¿no?
—Sí —gruño, porque no quiero seguir hablando. Estoy cansado de hablar.
Dos birras después, Stoney se levanta y se marcha. («Toca irse al sobre para volver a empezar mañana, ¿eh?»).
—Esto queda entre nosotros, ¿de acuerdo? —digo, siguiéndolo a la puerta.
—¡Claro, claro! Pero no te lo guardes, no podemos tenerte escondido en casa toda la temporada. Es un sitio bonito y tal, pero te hace parecer distante.
—Tomo nota. Gracias por pasarte.
—Oh, volveré a hacerlo. Tienes una buena choza, Newgate. No puedo esperar.
Por fin le cierro la puerta en las narices.
Bess está cogiendo las botellas de cerveza y el bol con la salsa para llevárselos a la cocina.
—No tienes por qué hacer eso —insisto—. Yo me ocupo.
—Seguro que sí. Ya puedo ver que eres uno de mis clientes más funcionales. Algunos de estos chicos no pueden ni atarse los zapatos. Pero, oye, hazme un favor.
—Dime.
—Tómate tu tiempo para decidir si quieres firmar el contrato. No quiero que te arrepientas.
—Ya que estoy, podría firmarlo ahora y dártelo. Si no, estaré esperando un milagro que nunca llegará.
—Esta noche no te lo voy a aceptar —dice con ambas manos levantadas—. Hay demasiadas cosas en el aire. Consúltalo con la almohada, ¿vale?
—Vale —gruño. Como si eso fuera a cambiar nada.
De regreso en la sala de estar, se dirige hacia la puerta de entrada, y cuando tiene la mano en el pomo, dice:
—Escucha, gracias por compartir tu verdad conmigo. Estoy segura de que ha sido difícil, pero me ayuda a entender tus necesidades.
«Sí que ha sido difícil».
—Gracias por escucharme.
—No tiene que ser un secreto, ¿sabes? —Se encoge de hombros—. Solo te lo digo.
—Oye, gracias. —Sonrío por primera vez en toda la noche—. Mi padre no estaría de acuerdo. Sabía que me caías bien.
—Buenas noches, Hudson —dice, también con una sonrisa—. Cuídate. Llámame cuando sea.
—Eso haré.
No me acuerdo de revisar la aplicación hasta que subo las escaleras. Quizá Gavin me ha dejado otro mensaje.
Sí que lo ha hecho, pero es un mensaje de voz. Mi corazón se acelera mientras le doy al botón de reproducir y me preparo para oír su voz.
—Escucha —dice mientras cierro los ojos para imaginarme que está frente a mí—.
Es posible que haya estado bebiendo un poco después de que la niña se fuera a la cama.
Porque creo que no lo entiendes en absoluto.
No me arrepiento de haber ido a aquel bar, ¿de acuerdo?
No me arrepiento de habernos conocido. Estoy muy dolido, pero eso no significa que desearía que nunca hubiera sucedido.
Suelta un suspiro jadeante antes de continuar:
—Es que, a ver, ¿quién piensa así? ¿De verdad desearías no haber pasado todo el tiempo que estuvimos juntos?
¿De verdad te da tanto miedo que irías al pasado y nos borrarías de la historia?
Porque yo nunca haría eso. Aunque me quede despierto por las noches porque te echo de menos.
Aunque los chicos del gimnasio me pregunten todo el rato si estoy bien, porque estoy agotado.
Que tampoco es como si se lo pudiera contar.
Estaría bien si pudiera expresar que estoy triste y frustrado, pero respeto tu privacidad, así que no hay nadie que me pueda escuchar salvo Reggie.
»Esto es lo que me has hecho, has puesto mi vida patas arriba como un huracán.
Pero, oye, no me des un beso de despedida porque quizá después soltarás una lagrimita en tu limusina.
Y entonces se acabaría el mundo, ¿no? ¿Quién te ha enseñado eso?
Alguien debe de haberte convencido de que tener sentimientos es lo peor que te podría pasar.
¿Fue tu padre? Uf, me encantaría patearle el culo.
»Quiero decir, por el amor de Dios, ¿cómo puedes escuchar a un hombre que cree que la verdadera representación del éxito es evitar los fideos?
»Te fuiste. Y decidiste que lo nuestro había terminado.
Ni siquiera me preguntaste qué pensaba. No podías esperar a zanjar esa discusión.
Pues adivina qué: la mayor distancia entre nosotros no son los kilómetros entre Colorado y Brooklyn, es que yo estoy dispuesto a hablar con franqueza, aunque duela.
Pero a ti lo que te va es fingir que no ha pasado nada.
Pues puedes seguir jugando al hockey y volviendo solo a casa.
»Espero que esto sea lo que quieres. Espero que lo nuestro fuera solo un desliz. —Respira profundamente, tembloroso—. Y supongo que seguiré siendo el único al que le importa.
La grabación se termina, y me doy cuenta de que me he olvidado de respirar. Inspiro profundamente, jadeando, pero se me queda atascado y termina saliendo como un sollozo.
Me tumbo sobre la cama, me aferro el móvil contra el pecho y cierro los ojos con fuerza.
Pero mi desesperación no aminora. Porque cada maldita palabra era verdad.
De alguna manera, he llegado a creer que las emociones fuertes son un lujo para los demás, como la pizza o el pastel.
Llevo muriéndome de hambre durante años, y ni siquiera puedo recordar por qué.