CUARENTA Y SEIS Hudson
Ganamos al Chicago.
Qué bien me ha sentado este partido. Me ha sentado fenomenal.
Patino como un superhéroe en el entrenamiento.
Hago ejercicio como una bestia, sigo una dieta buenísima y miro las grabaciones de los partidos como si me fueran a poner a prueba después.
Desde que me levanto a primera hora de la mañana, solo me preocupa el hockey.
El Brooklyn se va a arrepentir. Esas son las dos únicas cosas que me motivan: la venganza y el hockey. Además, cansarme en el gimnasio y en la pista es la única forma de poder dormir bien.
Conduzco el SUV azul desde Denver a mi casa y aparco en el espacio designado. Cuatro jugadores más de mi equipo viven en esta urbanización, en un barrio altamente deseable. Es un buen arreglo, y no tengo ninguna queja sobre la dirección.
Excepto por la única que importa: preferiría no estar aquí en absoluto.
Tras marcar el código de la puerta principal, entro en el silencioso espacio. Compré los muebles de la empresa de alquiler, y no he añadido mucho a la casa a excepción de mi alfombra favorita, que me envió Heidi Jo una semana después de irme de Brooklyn.
Se encargó de que una empresa de mudanzas me mandara el resto de mis pertenencias.
Se encargó de que una organización benéfica recogiera mis muebles de Brooklyn, y me envió un formulario de donación para desgravar impuestos.
Borrar mi vida en Nueva York fue sorprendentemente fácil para ella.
Tras un par de llamadas, era como si nunca hubiese estado allí.
Gavin probablemente ya tiene otro vecino.
Subo las escaleras con moqueta y dejo caer mi bolsa de gimnasio en la habitación.
Cuelgo mi chaqueta de traje y mi corbata en el armario y me pongo unos pantalones cortos y una camiseta.
Cuando conecto el móvil al cargador, se ilumina con una notificación.
Y me quedo helado. Es de la aplicación encriptada que solía usar para hablar con Gavin.
Hay un nuevo mensaje.
Aunque me haya esforzado por no contactar con él, no soy suficientemente fuerte como para resistir esto. Agarro el móvil e inicio mi sesión tan rápido que estoy a punto de romper el aparato.
Le echo tanto de menos. Necesito toda mi concentración para no pensar en él cuando estoy a solas.
El primer mensaje me hace sonreír. El segundo me provoca un ardor tras los ojos. Me mata pensar en que le he hecho daño. Tiene todo el derecho del mundo a estar enfadado.
Pero, de alguna manera, también se mantiene a flote. Sigue siendo Gavin. Puedo oír su voz cuando me dice que el entrenador es guapo.
Supongo que lo es. Si no fuera mi entrenador, y una docena de años mayor que yo.
El último mensaje, sin embargo, necesita una respuesta.
Hudson: Hola. Si estabas mirando, me alegro de no haberla cagado esta noche.
¿Es horrible que haya estado preguntándome si me estabas viendo? No es como si me lo mereciera.
Lo siento mucho por cómo me marché. No sabía cómo lidiar con ello. Aún no lo sé. La verdad es que tenía miedo de lo que pasaría si dejaba que me tocaras. Como si me hubiera roto por la mitad.
Solo estaba tratando de mantenerme en pie para poder meterme en el coche.
Y tenía que hacerlo.
Apuesto a que desearías que nunca hubiera ido a la taberna esa fatídica noche el invierno pasado.
Lo siento.
P. D.: El preparador físico es un desconocido. Y no te llega ni a la suela de los zapatos.
P. D. 2: Los huevos son lo mejor. No es un insulto. Ya lo habíamos hablado.
Tras mandar el mensaje, dejo el móvil. Sigo estando tan confuso. Ojalá me hubiera comportado de forma diferente. Aunque, aun así, el resultado hubiera sido el mismo.
Nuestra historia tuvo un final abrupto. Eso no fue culpa mía. Mi mayor pecado fue pensar que podría haber terminado de otra forma.
No me creo que tenga que enfrentarme al Brooklyn el mes que viene. Me dan ganas de potar solo de pensarlo. Me pasaré el viaje entero preguntándome dónde está Gavin y si también está pensando en mí.
La espiral de ansiedad queda interrumpida cuando suena el timbre en el piso de abajo, lo cual es extraño. Nadie sabe dónde vivo. Debe de ser una entrega de comida a domicilio con la dirección incorrecta.
Voy al piso de abajo y abro la puerta principal, y me encuentro con una mujer de pie bajo la luz de mi porche. Es una pelirroja con un atuendo informal de negocios, con un blazer y un pin que pone O te gusta el hockey o te equivocas .
Es Bess Beringer, mi nueva agente.
—Hola —digo como un estúpido—. No sabía que estabas por la ciudad.
—Eso es porque te has escabullido del estadio tan rápido que no nos hemos visto. ¿Puedo pasar?
—Claro. —Abro la puerta un poco más—. Lo siento. Me hubiera quedado si lo hubiese sabido.
—No pasa nada —responde—. No viajo mucho últimamente, pero tenía que ir a Las Vegas por una negociación, así que pensé en pasarme y ver cómo jugabas. ¡Y qué partido! Debes de estar emocionado. Pensaba que estarías celebrándolo con los chicos.
—No me va lo de beber —digo como explicación—. ¿Te puedo ofrecer un refresco?
—Claro —responde—. Suena genial.
Me dirijo a la cocina y busco un par de aguas con gas y lima. Cuando vuelvo, Bess está admirando mi chimenea.
—Qué casa tan agradable te han dado por aquí.
—¿A que sí? Me alegro de haber evitado la pesadilla de encontrar algo por mi cuenta. Me quedaré con el contrato de arrendamiento mensual hasta que se cansen de mí.
Me coge el refresco de la mano.
—Si sigues jugando así, nunca se cansarán de ti.
—Esperemos que sea cierto. —Levantamos nuestros vasos en un brindis fingido, y Bess sonríe.
Estoy fingiendo bastante bien, supongo. Aunque el teléfono me esté haciendo un agujero en el bolsillo. Me pregunto si Gavin ha leído lo que le he escrito.
Me pregunto si algún día me perdonará.
—¿Podemos hablar? —Se sienta en un sillón, así que yo tomo asiento en el sofá.
—Claro.
—No te conozco muy bien. Solo te he visto una vez, en aquel bar en Brooklyn.
—Sí, en marzo, creo. —Era una de las pocas noches en las que había salido con mis compañeros de equipo, y Bess había estado ahí con su marido, Mark Tankiewicz, quien sigue felizmente empleado como defensa del Brooklyn. Es difícil no sentirse celoso.
Muchos de los jugadores del Brooklyn trabajan con Bess, y cuando llamé para pedirle a Castro una recomendación, me cantó sus alabanzas.
«Es franca y lista como el hambre. Da un poco de miedo cuando se enfada, pero probablemente eso es algo positivo», había dicho.
Ahora mi nueva agente me petrifica con su mirada penetrante, y entiendo lo que mi antiguo compañero quería decir.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro. Probablemente quieres saber por qué no he firmado el contrato aún, ¿no? —El contrato en cuestión sigue estando sin firmar en un cajón del baño de arriba. Bess ya me consiguió una extensión para tomar una decisión, ahora tengo hasta Navidad.
Cuando pienso en ello, me siento desconectado. Como si fuera la decisión de alguien más.
—Nunca te metería prisa —explica—, pero, como he dicho antes, no te conozco muy bien.
Mi trabajo es conseguirte lo que quieres, y eso es difícil de hacer cuando no puedo averiguar qué es.
Para empezar, no me has contado por qué despediste a tu padre.
Si es personal, quizá no tienes por qué compartirlo, pero si tuvisteis diferentes opiniones con cómo se hacen las cosas, podría ayudarme saber qué pasó.
Le doy un sorbo largo a mi refresco y trato de averiguar cómo contestarle.
—Me mintió —es lo que decido contestar—. Sucedió hace años, pero lo acabo de descubrir, y fue una traición bastante grande. Ya no nos, eh…, hablamos. —La única vez que respondí su llamada e intenté explicarle por qué estaba tan enfadado, empezó a gritarme.
Así que ahora le he bloqueado.
—Joder, lo siento. —Su mirada se torna simpática—. Es una gran ruptura en tu vida.
—Supongo. —Cuanto más pienso en nuestra relación, menos sana me parece—. La verdad es que estoy disfrutando del silencio. Mi padre era bastante… intenso.
Bess asiente, pensativa.
—No me puedo ni imaginar lo difícil que debe de ser tener a un padre de agente.
Tú y yo no tenemos ese tipo de historia complicada, pero espero que sepas que siempre me puedes contar si necesitas más o menos apoyo.
Tengo una relación distinta con cada uno de mis clientes, pero se tarda un poco en hacerlo bien.
—Me lo creo —coincido—, pero no me preocupa. No te pareces en nada a él de todas formas. No necesito que me sigas y cuestiones mis decisiones nutritivas.
—Ya —se estremece—, tú tampoco tienes que soltar comentarios sobre las mías, ¿vale? ¿Trato?
—Trato —asiento, y ella sonríe.
—¿Ahora podemos hablar de la extensión de tu contrato? Aún tienes unos meses para tomar una decisión, pero quiero que sepas que creo que es una buena oferta. Y firmarlo protegería tus finanzas en caso de…
—… De lesión —interrumpo—. Ya, lo sé. Es un factor.
—Pero, siendo más directa, si hay algo más que quieras de tu siguiente contrato, tendrás que decirme qué es o no podré conseguírtelo.
Y si quieres más dinero, tendrás que ser más específico —añade con cautela—.
Si tienes un número en mente, hablemos de ello.
Pero es posible que tengas que conformarte con dos años en vez de tres si quieres un salario más alto.
—No es por el dinero —refunfuño—. Ese no es el problema.
Me mira con la cabeza ladeada, como si no pudiera terminar de entenderlo.
—De acuerdo. Entonces, ¿cuál es el problema? ¿No estás seguro de que te guste el Colorado?
—Sí, pero no es… culpa del Colorado. —Dejo mi vaso en la mesa de centro y me lo quedo observando—. Dejé a alguien atrás en Brooklyn. No quería irme, y no estoy seguro de querer encerrarme aquí cuatro temporadas.
—Ya lo veo —dice con suavidad—. Así que ¿quizá querrías ser un agente libre el verano que viene? Es un poco arriesgado.
—Lo sé —respondo rápidamente—. El Brooklyn me dejó ir, y estoy seguro de que tenían sus razones.
Deja el vaso en la mesa y cruza los brazos para que sea más fácil mirarme, supongo.