CUARENTA Y CUATRO Hudson #2
—Puedes tomarte tu tiempo revisándolas —me explica—.
La oferta no caduca hasta que empiece la temporada en octubre.
Son las mejores condiciones que te podemos ofrecer, y si aceptas firmarlas, te dará mucha cobertura por cualquier lesión que puedas tener.
Pero soy consciente de que Colorado no estaba en tus planes, así que si decides esperar a que tu contrato finalice el verano que viene, no me lo tomaré como algo personal.
Aferro el contrato con una mano, completamente mudo. No puedo creerme que por fin haya recibido exactamente lo que siempre he anhelado.
Y, aun así, quiero chillar.
Me está observando. Creo que puede ver en mi rostro la lucha que tengo en mi interior. Se da la vuelta un segundo, girando la silla de cuero para abrir una mininevera empotrada en las estanterías de la pared, y entonces saca dos latas de agua con gas saborizada y me pasa una sin decir nada más.
Salgo de mi trance cuando me da la bebida fría. La abro y le doy un sorbo.
—Gracias —digo. No queda claro si le estoy dando las gracias por el refresco o por los doce millones de dólares. Supongo que él decide que es por lo segundo.
—Piénsatelo. Mientras tanto, tenemos que hablar de la última vez que estuviste en esta oficina. Hay un par de cosas que tengo que aclarar.
Suelto una carcajada de verdad, aunque hace que me duela la garganta.
—No tenemos por qué hablar de eso, ¿no? Algunas cosas más vale que se escondan bajo la alfombra.
Ni siquiera sonríe.
—No estoy de acuerdo. No tienes ninguna obligación de hablar de tu vida privada conmigo, pero voy a decirte lo que pienso y tú puedes hacer lo que quieras con esa información, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza.
Powers da un trago a su refresco y entonces deja la lata sobre su escritorio.
—Hace cinco años y medio, te sentaste en esta misma oficina e hiciste algo increíblemente valiente.
Jamás había visto nada así. —Sorprendido, trago saliva—.
Te admiraba muchísimo, Hudson. Aún lo hago.
Pero elegir el momento oportuno lo es todo, y solo puedo asumir que terminaste quemado por la experiencia.
Es posible que por eso no volviera a escuchar nada al respecto.
Se dice que el tiempo lo cura todo, pero en este mismísimo segundo sé que la gente se equivoca. Incluso después de tantos años, no quiero hablar del tema. En absoluto.
—Como he dicho, no es de mi incumbencia, pero quiero que sepas que aún podrías hacerlo. Si el momento oportuno volviera a presentarse…
—¿El momento oportuno? —Sueno furioso—. No fue el momento lo que me jodió.
—¿Por qué crees eso? —pregunta, parpadeando.
—No lo creo, lo sé. —La ira arde en mi interior—. No fue una coincidencia que me intercambiaran tras mi gran revelación valiente. Este equipo no quería lidiar conmigo, y ni siquiera me lo dijeron a la cara.
—Eso no es verdad. —Niega con la cabeza—. Aunque también se me pasó por la cabeza cuando me enteré de tu intercambio. Fui directo al despacho del director general y pedí saber qué había pasado.
—¿Y bien? —escupo.
—Y —dice en voz baja— el director me enseñó que el intercambio precedía a tu anuncio unas dos horas.
—¿Qué? —le ladro—. No puede ser verdad.
—Pues lo es. Las condiciones se habían cerrado, pero estaban esperando a poder llamar a la Liga. La llamada se había reprogramado después de que el abogado de la Liga tuviera un pequeño accidente. Tardaron un día y medio más en poder cerrarlo.
—Pero mi padre dijo… —Poso las manos sobre las rodillas e intento pensar.
—¿Qué es lo que dijo? —insiste Powers—. Hudson, respira.
Doy una bocanada de aire.
—Tengo que hablar con él. Inmediatamente.
—De acuerdo. —Parece preocupado—. Pero primero vamos a dar una vuelta.
—¿Por qué?
—Porque parece que te vas a desmayar. Vamos. —Se levanta de su escritorio—. Trae tu bebida. Vamos afuera, hace una noche preciosa, y podrás ver la nueva pista que hemos puesto. Además, es difícil estar estresado cuando puedes ver el cielo.
«Lo que tú digas». Aun así, le sigo fuera de la oficina y por otro pasillo, porque es más fácil que hablar.
Pasamos por una pared de cristal con vistas a una enorme sala de pesas.
Hay un par de jugadores ahí. Reconozco a mi antiguo compañero de piso, Davey Stoneman, sentado en el banquillo y hablando con un chico más joven que no conozco.
No alzan la mirada, pero me imagino cómo irá la próxima semana: intentaré aprenderme los nombres de todos, trataré de averiguar qué estilo de juego tienen y cuál es la energía de los vestuarios.
A cambio, podré patinar duro y rápido y ganar partidos.
Así es como he sobrevivido los últimos años. El hockey siempre ha estado ahí para mí. No le importa que sea queer, o que esté enfadado o preocupado por el siguiente partido o el siguiente contrato. Cuando músculos y acero se juntan con el hielo, te deslizas hacia delante. Cada vez.
Pasamos por otra escalera y bajamos hacia una salida trasera de la que me había olvidado. Powers abre las puertas de un empujón, y entonces nos acercamos a una pista de atletismo de última generación que no había visto nunca.
—Qué chula —digo, sin fuerzas.
—Sí que lo es. Y se ven las montañas al otro lado. Vamos.
Cruza la pista a través del óvalo de hierba verde del centro.
Yo lo sigo, y noto cómo la oblicua luz del atardecer me calienta la cara.
Cuando llegamos al otro lado, hay un camino de tierra ancho a través de los árboles.
Y más allá, una pared de piedra que protege un tipo de colina rocosa.
Y una vista enorme de las Montañas Rocosas.
—Aquí es donde vengo cuando tengo que poner mis pensamientos en orden —dice con la cadera apoyada contra la pared.
—¿Te funciona? —oigo que pregunto.
—A veces. —Sus labios se curvan ligeramente—. Depende de cuán jodida esté la situación. Ponme a prueba.
—Vaya. —Me apoyo con todo mi peso en la pared—. Hace cinco años, mi padre me dijo que me intercambiaron porque salí del armario frente a la dirección. —Powers suelta un silbido grave—. ¿De verdad me estás diciendo que eso no fue lo que pasó?
—Sé que no fue así, pero puedo entender por qué los tiempos hicieron que tu padre sospechara. Obviamente hizo una conjetura.
Pero eso no fue lo que me dijo. «Me lo han dicho mis contactos. No querían lidiar con algo así de un novato».
—Me mintió —digo llanamente. La verdad es que es la única explicación que tiene sentido. Si me hubieran intercambiado por ser queer, mi padre sería la última persona en recibir esa información. ¿Por qué incriminar a la organización de esa forma? Podríamos denunciarlos.
Joder. Mi padre me mintió para callarme. Era él el que no quería lidiar con mi sexualidad, no el equipo.
—Has cargado un peso muy duro estos cinco años —dice el entrenador Powers con cuidado—. No me extraña que parecieras tan cabreado por haber vuelto.
Aparto la mirada, sintiéndome estúpido.
—Ya decía yo.
El entrenador me da un minuto antes de volver a hablar:
—Después de insistirle al director general sobre el tema, él y el entrenador Reynolds tuvieron una reunión a posteriori .
Reynolds creía que había hecho lo correcto en pedirte que esperaras antes de hablar con el equipo hasta tener toda la información sobre el intercambio, pero yo siempre me he preguntado si habría habido una forma mejor de hacer las cosas.
Es tan difícil cambiar mi mentalidad. Llevo arrastrando una mentira durante tanto tiempo.
—Toda la reunión tiene un aire diferente ahora —digo lentamente—. Estaban todos tan callados. El silencio era ensordecedor.
—Porque no sabían muy bien qué hacer —explica—. Y ya sabes que no podían hablarte del intercambio sin más antes de la aprobación de la Liga. Hubiera sido una violación de las normas.
—Ya —digo tontamente.
—El silencio también me molestó. Aún me molesta. Incluso aunque estuvieran confundidos, no es tan difícil decir un par de palabras de apoyo, ¿no?
—Para algunos sí —murmuro.
—Para mí, no —dice firmemente—. Ya no. En aquel momento, era el lacayo junior de la sala, pero si pudiera volver atrás en el tiempo, te hubiera ofrecido esas palabras de apoyo. Siento no haberlo hecho, Hudson. Espero que puedas perdonarme.
—Estás perdonado —digo inmediatamente. Observo las rocas rojas en la distancia y trato de calmar mi respiración. Mi padre me traicionó hace muchos años. Me pregunto cómo se siente ahora al respecto, si tiene la más mínima idea de cuánto me ha jodido la vida.
Saco el teléfono de mi bolsillo y le mando un mensaje con solo dos palabras: Estás despedido .
Entonces me bebo de un trago el resto de mi refresco.
—Hazme un favor —le digo al entrenador Powers—, no le mandes el contrato nuevo a mi padre. Necesito un cambio de representación.
—De acuerdo —responde—. Ya me dirás qué terminas decidiendo. Es posible que pueda hacer que el director general alargue la fecha de entrega si necesitas poner a tu nuevo representante al día. Supongo que tienes amigos a quienes pedir recomendaciones, ¿no?
—Sí —gruño, aunque a duras penas es verdad. Tengo más conocidos que amigos—. Gracias.
Me da una palmada en el hombro.
—Nada de decisiones precipitadas, ¿vale? Dale unas vueltas. Conoce al equipo. Acostúmbrate a la altura. Bebe mucha agua mañana, y toma un descanso si te cansas o te duele la cabeza.
—Lo haré —murmuro.
—Y, ¿Hudson? Hay una lista muy larga de razones por las que te quería aquí. El éxito de la temporada pasada es solo una de ellas.
—Gracias —repito, pero mi mente está empezando a fallar. Cuando me desperté, era un día normal en Brooklyn, y ahora me está explotando la cabeza.
—Es posible que veas que hay otros en la organización que comparten tus últimos retos.
—¿Qué? —me fuerzo a centrarme en lo que me explica—. ¿Qué tipo de retos?
Recorre el borde de la lata con un dedo.
—Me da la sensación de que puede que uno o dos de tus nuevos compañeros de equipo estén teniendo problemas con su sexualidad.
—¿Qué te hace pensar eso? —pregunto, y él se encoge de hombros, misterioso.
—Es una corazonada. Espero que algún día nadie tenga que tener problemas.
Que cualquiera, jugador de hockey o no, pueda sentirse libre de ser él mismo.
Si de alguna forma ayudas al Cougars a moverse hacia ese futuro, estaría agradecido, pero si solo quieres patinar y marcar goles, me lo tomaré como un premio de consolación.
Me lo quedo mirando.
—Ve a descansar. Nos vemos mañana —dice.
Y entonces se marcha.