El chico nuevo CUARENTA Y CUATRO Hudson
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CUARENTA Y CUATRO Hudson

El Colorado Cougars juega sus partidos en Denver, pero su sede está a unos cuarenta kilómetros, en Boulder.

Es una ciudad pequeña y hermosa en las montañas, un núcleo para hípsters, excursionistas y amantes de la comida.

Observo sin emoción cómo las calles pasan por delante de mí hasta que la joven que me ha recogido del aeropuerto se adentra en una urbanización ordenada con casas adosadas de piedra brillante y madera.

Conduce hasta llegar a un espacio frente a una de ellas y aparca.

—Ya hemos llegado, señor Newgate. —Apaga el motor—. El director general no quería que tuviera que buscar piso. Esta casa está disponible semanalmente durante todo el tiempo que necesite. O, si decide quedarse aquí, avísenos y podrá firmar un contrato de larga duración.

Como si fuera lo suficientemente estúpido como para hacer eso.

—Vamos a instalarle —dice, saliendo del coche—. Tiene una reunión con el entrenador Powers a las siete en punto. Se va a quedar hasta tarde para usted, así que no le haga perder el tiempo.

Salgo del vehículo y saco mi equipaje del maletero.

La mujer ya está abriendo la puerta principal con un código que marca dando golpecitos precisos con su dedo índice. Lleva tacones brillantes y una falda con esos pliegues que parecen los de un acordeón.

Rebusco su nombre en mi memoria, pero no encuentro nada. ¿Leila? ¿Lilah? Era algo que empieza con «L». A duras penas le he dicho cuatro palabras en la última hora. A los chicos emocionalmente entumecidos no se nos da muy bien mantener conversaciones.

Aun así, subo por las escaleras y la sigo a la casa. Es sorprendentemente agradable, con techos altos, una chimenea de piedra, un sofá en forma de L con estilo casual y una alfombra gruesa en el suelo de la sala de estar.

Sus tacones repican contra el suelo de madera mientras se dirige a la cocina de granito y acero.

—Voy a escribirle el código de la puerta principal, pero no es difícil de recordar: 1979, el año en el que el equipo se unió a la Liga.

—1979 —repito diligentemente—. Gracias… —me aclaro la garganta, y de repente es obvio que se me ha olvidado su nombre— por tu ayuda.

Se gira hacia mí con una expresión severa.

—Es Liana. Sé que los intercambios desorientan, señor Newgate, pero tiene una reunión en… —revisa su reloj inteligente— una hora y cincuenta minutos. Se tarda diez minutos en llegar a las instalaciones. ¿Sabrá encontrarlas?

—Sí, pero no tengo coche.

Camina decidida hacia la ventana frontal y señala al exterior.

—Ese Toyota SUV azul también tiene un alquiler disponible semanalmente. Necesitará firmar el acuerdo temporal inmediatamente para que no nos metamos en problemas con el tope salarial.

—De acuerdo, Liana. Gracias.

—Deje que le muestre la cocina —dice, guiándome hacia el fondo como si no pudiera encontrarlo por mi cuenta.

Da un poco de miedo, pero al menos me ha sacado de mi estupor. La sigo a través de una entrada en forma de arco hacia una cocina hecha de granito y acero.

—Mire —ordena, y entonces abre un armario que resulta ser una nevera llena hasta los topes—. No se me informó de ninguna restricción alimentaria, así que me decanté por los productos orgánicos básicos del supermercado Whole Foods. Debería durarle unos días hasta que se establezca.

Pestañeo ante el banquete alto en proteínas y en fibra. Ensaladas y carnes y un pollo asado entero. Frutas y verduras. Huevos. Botellas de agua con gas.

—Gracias —repito, y siento que un ardor me sube por el cuello.

Los intercambios no suelen ir así. Siempre termino en una habitación de hotel, aferrando con fuerza la tarjeta de negocios de un agente inmobiliario y preguntándome qué acaba de pasar.

—Respire, señor Newgate. Luego lleve sus cosas al piso de arriba y vaya al despacho del entrenador.

—Sí, señora.

—Aquí tiene la llave del coche. Su nueva dirección está en el llavero —explica mientras me lo tiende—. ¿Cuál es el código de la puerta?

—1979 —respondo diligentemente.

—Buen trabajo. Nos vemos a las siete. —Sus zapatos taconean por el suelo otra vez mientras sale.

Cuando la puerta se cierra, vuelvo al salón, agarro mis bolsas y me las llevo al piso de arriba.

Una habitación tiene una cama tamaño extragrande con sábanas de lino blanco. Dejo las bolsas en el suelo y me planteo caerme de bruces en la cama. A la mierda la reunión. A la mierda todo.

Pero no lo hago. Si me tumbo en la cama, lo único que haré será lamentarme. Me imaginaré a Gavin siguiéndome a la entrada de nuestro edificio. No le he dado un beso de despedida. Ni siquiera le he estrechado la mano.

Como él es el valiente de los dos, me ha seguido afuera de todos modos. Me ha visto meter el equipaje en el maletero del taxi y subirme al asiento trasero.

He levantado una mano para despedirme, lo cual puede haberle parecido cruel, pero era lo único que era capaz de hacer en aquel momento.

Mi última imagen de Brooklyn ha sido la devastación que él no ha tenido miedo de mostrar en el rostro.

A un minuto de las siete, me acerco a la entrada de los jugadores con un tipo de déjà vu cruel.

En el pasado, me había sentido tan orgulloso de cruzar estas putas puertas. Pensaba que tenía el mundo colgando de la punta de la polla.

Ahora solo estoy cansado. Soy demasiado mayor como para volver a empezar y, aun así, no tengo elección.

Hay un puesto de seguridad justo a la entrada, y no reconozco al hombre mayor que está detrás, pero él sí que me reconoce a mí.

—¿Señor Newgate? ¡Bienvenido de vuelta a Colorado! —Me sonríe, lo que hace que su bigote retorcido se mueva.

—Gracias, señor —digo con el entusiasmo de un hombre muerto.

—El entrenador Powers le está esperando en su despacho. ¿Sabe dónde está? —Me señala hacia el ascensor.

Por desgracia, sí, así que asiento con la cabeza, le hago un gesto de despedida y llamo al ascensor, que me lleva demasiado rápido al tercer piso.

Antes de que esté preparado, el ascensor me escupe hacia una habitación bien decorada con una moqueta del tono azul del Colorado Cougars. Liana se levanta de su silla para saludarme.

—Bienvenido a la sede —dice con el mismo gesto serio de antes—. Gracias por llegar a tiempo.

—Me daba un poco de miedo no llegar. Sabes dónde vivo.

Esperaba conseguir una risa, pero ni siquiera tuerce el labio.

—Le está esperando. ¿Puedo traerle algo para beber?

—No, gracias. —No tengo pensado quedarme el rato suficiente como para darle un trago a una bebida—. Voy a pasar, si se me permite.

Liana asiente, y me dirijo a la puerta de madera de nogal del despacho del entrenador jefe. Siento que tengo el cuerpo lleno de plomo.

El malestar no me va a durar, me recuerdo. Tan pronto esté en la pista con los demás jugadores, recuperaré mis viejos instintos. La sensación de acero contra hielo hará su magia.

Mañana no me va a doler tanto.

Es imposible.

El entrenador Powers levanta la vista de su portátil cuando entro. Había esperado que el director general también me saludara, pero Powers está a solas en su despacho.

Me preparo para que me dirija un saludo jocoso que esperará que le devuelva, pero en su lugar me observa, pensativo.

—Pasa, Hudson. Cierra la puerta, si no te importa. —Le hago caso, y entonces se levanta de su escritorio y me ofrece una mano para que se la estreche. Sus ojos azules como el hielo me aguantan la mirada—. Qué alegría verte aquí.

Juro por Dios que casi no puedo responder, pero esa no es forma de empezar con un nuevo equipo, y soy básicamente un experto en el tema, así que me obligo a tenderle la mano y estrechársela.

Su agarre es fuerte, pero no de una forma odiosa. Vuelve a tomar asiento, solemne, como si entendiera mis dudas.

—Seguro que el intercambio ha sido un shock . Tu padre me ha dicho que hubieras preferido quedarte en Brooklyn.

—Nadie quiere que le cambien —señalo con la voz ronca por no haberla usado—. Al menos, no a menudo.

Si no está de acuerdo, no dice nada. Su sonrisa es fugaz.

—Te he estado vigilando, Newgate. Y cuando me ascendieron el año pasado, decidí que el Colorado te necesitaba de vuelta. Espero de verdad que haber peleado tan fuerte por ti no te haya alterado demasiado la vida.

No hay nada positivo que pueda responder a eso, y no tengo la energía necesaria para inventar una mentira. El depósito está vacío. Por eso, termino observándole sin más. Es incómodo, pero no me importa demasiado. Powers suspira.

—Que te intercambien es duro. Lo entiendo. Pero te necesito. Necesito tu experiencia, tu tenacidad y tu liderazgo. Y ambos necesitamos un título de campeonato. Eso es lo que quieres, ¿no?

—Por supuesto —respondo rápidamente—. Sabes que sí.

El problema es que quiero muchas cosas ahora mismo, y no todas son compatibles. Es muy confuso. La vida era más sencilla cuando solo me preocupaba por el hockey .

Asiente, pensativo, como si supiera que hay más que no le estoy contando.

—Antes de nada, esta es la renovación temprana de tu contrato.

—Saca una carpeta de su escritorio y me pasa unas hojas grapadas por la superficie brillante de la madera—.

Aún no se lo he mandado a tu padre, lo haré mañana.

Pero no te intercambié para que seas una prueba barata.

Ya estoy convencido. Échales un vistazo a las condiciones.

Sin emoción alguna, agarro el contrato y le echo una ojeada a la portada. Las condiciones están escritas en una lista de puntos ordenada en la primera página. Cuatro años a tres millones de dólares por año.

Y una cláusula para que no me intercambien que entra en vigor en mi vigesimoséptimo cumpleaños.

Si fuera un uno por ciento menos estoico, es posible que rompiera a llorar. Es exactamente el contrato que siempre he querido.

Y es con el equipo equivocado.