CUARENTA Y TRES Hudson
Me siento entumecido mientras preparo la maleta.
Entumecido de verdad. Muerto por dentro.
Empaco como si estuviera en piloto automático. Cosas de ejercicio. Zapatos. Trajes. Neceser. Documentos de identidad y financieros. Eso es todo lo que uno necesita para volver a empezar de cero.
Ya lo tengo controlado. No es la primera vez que lo hago. Podría hacerme profesional.
He enterrado el móvil en lo más profundo de mi maleta de cabina. No he respondido a las llamadas de mi padre. Ahora mismo no puedo hablar con él. El cabrón tenía razón cuando me habló de los rumores de que me intercambiarían, y no le creí.
Ahora un coche va a venir a recogerme en diez minutos.
De repente, alguien aporrea la puerta de mi piso.
—¿Hudson? ¿Estás ahí? —Y mi corazón toca fondo.
Gavin.
Juro por Dios que casi no respondo. Es posible que despedirme de él me mate. Estaba tan cerca de conseguir la vida que quería.
O quizá me había estado engañando a mí mismo todo el rato.
Sin embargo, abro la puerta, y está ahí de pie, con su equipaje a los pies y una mirada salvaje.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué has colgado la llamada?
—Has dicho que estabas conduciendo, y no quería que Jordyn lo escuchara. ¿Dónde está?
Señala la puerta de su piso, y me empuja para entrar en el mío.
—Hudson, me estás matando. Habla conmigo.
—Ya lo he hecho. No tengo nada más que decir. Así es la vida, traté de explicártelo. Tendrías que haberme escuchado.
—Para. —Su cara se enrojece por la rabia—. Sé que estás dolido, pero he conducido a casa tan rápido como he podido para preguntarte… ¿y ahora qué?
¿Es que no lo entiende?
—Y ahora nada. Me voy a Colorado, tú irás al campamento de entrenamiento, con el equipo que pensaba que me quería. A no ser que el universo nos odie a ambos por igual, conocerás a otro hombre estupendo y seguirás con tu vida.
Gavin parpadea.
—Así que eso es todo. Todo lo que nos hemos dicho, todos los planes que hemos hecho… ¿Vas a tirarlo todo por la borda? ¿Y qué hay de salir del armario?
—¿Estás de broma? Tengo que empezar de nuevo. Otra vez. Con un entrenador que les ayudó a que me mandaran a la otra punta del país la primera vez que salí del armario.
—Nada de esto tiene sentido. —Se frota la cara con las manos—. No sé qué acaba de pasar.
—Yo tampoco —interrumpo—. Nunca lo sé. Estaba en la sala de pesas con Silas cuando recibí un mensaje en el móvil.
«Si estás en el edificio, por favor, ven al despacho de Hugh».
—El recuerdo me quema—. Juro por Dios que pensaba que serían buenas noticias.
Quizá un contrato, o un asunto de relaciones públicas, ¿sabes?
Y entonces entré en el despacho y les vi las caras.
—Oh, cielo —susurra Gavin. Sus ojos están rojos. Da un paso hacia mí.
Mi corazón da una sacudida. Quiero tocarlo desesperadamente, pero no puedo.
Si me abraza, no podré estar enfadado. No podré marcharme de aquí.
Así que doy un paso atrás, hacia mi equipaje, y veo cómo sus ojos se iluminan por el dolor.
—Si sirve de algo, han dicho que no tenían planificado intercambiarme, pero el Colorado no dejaba de mejorar la oferta.
Y entonces la mejoraba más. Así que han decidido mandarme al equipo que estaba desesperado por tenerme.
—Pongo los ojos en blanco, pero es un gesto poco entusiasta—.
Si era tan valioso, habrían dicho que no y punto.
—Pero lo eres —insiste Gavin con los ojos llorosos—. Para mí sí. Quizá podamos hacer que todo esto funcione.
Una risa amarga me arde en la garganta.
—¿Una relación a distancia? Viajo setenta noches al año como mínimo. No es justo para ti tratar de salir con un chico que no está disponible y que estará en el armario hasta el día en que muera.
—No digas eso. —Se seca los ojos—. No lo sabes.
—¿Que no? —La rabia vuelve a recorrerme las venas, y el sentimiento es poderoso. Es lo que me hace llevar a cabo lo que tengo que hacer—. Me voy ahora. Va a llegar el coche en cualquier momento. —Recojo mi equipaje.
—Llámame más tarde —me pide.
—¿Por qué? —pregunto—. ¿Para que podamos estar tristes juntos?
—Hudson, ¡no te vayas así! Sé que no eres ese tipo de chico.
—Sí que lo soy —insisto—. He intentado no serlo, y mira lo que ha pasado. —La voz se me rompe en la última palabra, traicionando lo difícil que es mantenerme firme—. Dile a Jordyn que lo siento. Le mandaré una nueva camiseta para que la añada a su colección.
Hace un ruido de angustia, pero no me detiene mientras me dirijo a la puerta.
Quizá por fin entienda que no tiene sentido hacerlo.