CUARENTA Y DOS Gavin
Dos semanas en Nuevo Hampshire con los padres de Eddie es mucho tiempo. Si aún estuviera aquí, incluso Eddie estaría de acuerdo.
No me malinterpretéis, su nueva mansión es un lugar de vacaciones fantástico. La piscina es gloriosa, y Jordyn y yo nos bañamos cada día. Ella y yo vamos de excursión por las Montañas Blancas, y Jordyn monta a caballo con su abuela. Dos veces.
Por las noches, nos sentamos en el ostentoso patio de su mansión y cenamos rollos de langosta, maíz a la parrilla y helado. O bistec y ensalada césar.
Ni siquiera tengo que lavar los platos, porque tienen personal que se encarga.
Aun así, no puedo esperar a volver a Nueva York. Mi bandeja de entrada está llena de los horarios del campamento de entrenamiento y los archivos de los nuevos jugadores. Puedo notar la emoción de la pretemporada a más de trescientos kilómetros.
Y echo de menos a Hudson como loco.
Cuando se pone el sol, me siento solo. Ya he leído cuatro thrillers y una memoria y escuchado horas de pódcasts en mi habitación a solas.
Incluso he buscado ofertas de trabajo. Aunque creo que el equipo va a poder amoldarse a mi relación con Hudson, necesito un plan B. Él no quiere que deje mi puesto, y sería difícil trabajar mientras busco uno nuevo.
Lo haré si es necesario, por supuesto. Soy alguien capaz de conseguir un trabajo, y un trabajo es un trabajo, pero solo hay un Hudson. La verdad es que nunca pensé que pondría en riesgo a mi corazón otra vez. Es terrorífico, pero vale la pena.
En la última noche en Nuevo Hampshire, cierro todas mis pestañas de búsqueda de trabajo y abro nuestra aplicación de mensajería secreta. La aplicación probablemente esté empalmadísima por los mensajes cachondos que nos hemos estado mandando a altas horas de la noche.
Sexo y cotilleos de hockey, esos son nuestros dos únicos temas de conversación. A uno de sus compañeros de equipo, un defensa, lo intercambiaron hace unos días. Es una lástima, por supuesto, pero pareció relajar a Hudson, como si hubiera esquivado una bala.
Estoy tumbado en la cama con las ventanas abiertas para que entre la brisa fresca mientras le escribo otro mensaje.
Gavin: ¿Aún hace calor en Nueva York?
Hudson: Sí. O quizá eres tú el que me calientas.
Gavin: Puede ser. ¿Qué tal ha ido el entrenamiento?
Hudson: Solitario.
Gavin: ¿Y qué tal la cadera?
Hudson: ¿Cuál de las dos? Da igual, te pongo al día de ambas. Espera, por favor.
Durante un momento me preocupa que le haya vuelto la bursitis, pero entonces me manda una foto en primer plano de sus abdominales y sus caderas, cubiertas solo por sus calzoncillos.
Su mano está posada de forma casual en la cinturilla, con el pulgar doblado sobre la banda elástica, como si fuera a quitárselos en cualquier momento.
También queda a la vista un bulto prominente.
Gavin: Qué malo eres. Aún tengo que sobrevivir a otra noche sin ti.
Hudson: No, ESTO es ser malo.
Me manda dos fotos más, una de cada lado. Esta vez los calzoncillos no están, y su polla sobresale, altanera, hacia arriba, sobre esos abdominales que deseo lamer.
Joder. Hudson Newgate acaba de mandarme dos fotopollas.
Se me hace la boca agua de verdad, y me paso unos sesenta segundos dándole vueltas a la ética de mandarle a mi nuevo novio una foto de mi pene desde la habitación de invitados de la mansión de los padres de mi esposo muerto.
Pero entonces me doy cuenta de que Eddie estaría muy a favor. Era un gran fan de los mensajes inapropiados.
Gavin: Te das cuenta de que esto es la guerra, ¿no?
Hudson: La verdad es que contaba con ello.
Aparto las sábanas de una patada y cierro con pestillo la puerta de la habitación, y entonces me desnudo y me pongo duro. No es que sea difícil, lo único que tengo que hacer es mirar la polla de mi novio e imaginarme chupándola.
Le doy al icono de la cámara, poso para la toma y le envío una foto igual de cachonda de mí mismo acariciándome.
No es tan sorprendente ver que el teléfono me suena un momento después con una videollamada. Con cuidado, cierro la aplicación privada y respondo la llamada. La pantalla está en negro.
—Hola, cariño. ¿Estás solo?
—Claro que sí.
La pantalla pasa a mostrar en primer plano a Hudson vertiendo lubricante en su pene, y entonces su ancha mano empieza a acariciarse.
Uf. Qué calor hace aquí de repente.
—Ojalá fuera tu boca —gruñe.
—Dame veinticuatro horas y lo será. —Mi mano se cierra alrededor de mi polla y empieza a hacer un masaje erótico, pero entonces me doy cuenta de que no me he molestado en mostrarle la mercancía, así que giro el móvil para que vea cómo me afecta. Hudson gruñe.
—Si estuviera ahí, te cabalgaría. Me apetece que me follen.
—No me digas. —Se me aprietan las pelotas solo de pensar en ello. Por lo general, soy el pasivo, pero de vez en cuando a Hudson le gusta cambiar las cosas—. Y la gente dice que no sabes cómo divertirte.
Suelta una risita.
—Probablemente sí que lo dicen.
—Te equivocas —jadeo. Mi videografía deja mucho que desear, y la imagen se mueve de arriba abajo, pero en mi defensa, mi pene también. Estoy en algún tipo de misión para tener el orgasmo más rápido del mundo—. No voy a tardar mucho más.
—No me extraña. —Gira la mano por la gloriosa punta de su polla y gruñe de placer—. ¿Sabes qué haría que me corra?
—¿El qué? —suspiro.
—Deja que te vea la cara. Me encanta tu polla, pero echo de menos tus ojos sexys .
Mi corazón palpita peligrosamente. Siempre he entendido que es un privilegio enamorarse y que alguien te ame también lo es.
Qué extraordinario que se me haya ofrecido la oportunidad dos veces en mi vida.
Muevo el móvil y lo dejo sobre mi libro. Capturo mi pecho desnudo y mi cara sonrosada. Cohibido, aparto la mirada de la cámara y me acaricio mientras escucho la charla sucia de Hudson.
—Ahí lo tienes, amor. No puedo esperar a que llegues a casa y pueda ocuparme de ti yo mismo. Me encanta cuando estás desesperado. Me encantaría hacer que te corrieras.
Miro la pantalla y veo cómo tira de su gruesa polla entre sus muslos musculosos. Tengo un secretito: me vuelve loco la presión de sus fuertes piernas rodeándome el cuerpo cuando me sujeta en la cama. La seguridad que me da.
—Esto es lo que ansías, ¿verdad?
—Sí —admito, dejando que se me caiga la cabeza hacia atrás—. No puedo esperar a volver a tenerte en mi cama.
—Muéstrame cuánto —jadea—. Me encanta cuando te corres para mí.
Así que eso es lo que hago.
La mañana siguiente, soy la representación visual de la alegría. Ni siquiera trato de ocultar mi entusiasmo por volver a casa. Desayuno a toda prisa y me apresuro a empacar todas nuestras pertenencias.
Eustace no deja de prestarle atención a Jordyn, y se le aguan los ojos cuando empiezo a colocar las bolsas en el coche de alquiler.
Fuera, Jordyn les da un abrazo fuerte a sus abuelos. Tras asegurarme de que Jordyn lleva el cinturón de seguridad en el asiento trasero, Eustace rodea el coche para despedirse de mí.
—Gracias por traerla —me susurra.
—Ha sido un placer —respondo con tanta sinceridad como me es posible. En su defensa, Eustace no ha dicho ninguna de las cosas manipuladoras que imaginaba que diría durante el viaje. Ni siquiera ha sacado el tema de que Jordyn se mude aquí para siempre.
Soy un buen padre, tanto como si quiere admitirlo como si no. Y ella no es una mujer estúpida, así que quizá esta tregua se va a mantener.
—Espero que me llames si necesitas cualquier cosa —susurra—. Sé que cuidar de una niña es caro.
—Lo aprecio —digo con una gratitud genuina—, pero lo tengo todo bajo control por ahora.
El programa de verano de Jordyn empieza el lunes, y está emocionada por ir. Es gracias a Hudson, por supuesto, pero no lo menciono.
—Cuídate —dice, posando una mano sobre mi brazo—. Me muero de ganas de volver a veros.
—Vosotros también —consigo decir—. Cuidaos.
Me dirige una sonrisa trémula, y me meto tras el volante. «Esta es para ti, Eddie. Espero que nos estés sonriendo desde ahí arriba».
No interviene, por supuesto, pero ya no me da la misma ansiedad. Me siento como si hubiera conseguido adaptarme. He tardado lo mío.
Este viaje también va a tardar lo suyo. Cuatro horas, para ser exactos. Eustace se ofreció a comprarnos un boleto de avión de Nueva York a Boston, pero fui testarudo y alquilé un coche, porque no quería más de su caridad.
En retrospectiva, me parece una tontería.
Jordyn debe de estar de acuerdo conmigo, porque está inquieta durante todo el trayecto.
—¿Hemos llegado ya? —pregunta sin cesar desde el asiento trasero.
—Nop. Pronto —digo cuando llevamos ya tres horas—. Aún estamos en Connecticut.
—Uf, ¡pero si Connecticut es gigante!
Supongo que aún no les han enseñado geografía en segundo, pero quizá llegará su momento en tercero.
—¿Podemos parar a por un refresco y unas patatas? —se queja.
—Agua con gas —negocio— y pretzeles.
—De acuerdo —murmura—. Está bien.
Paso por alto la falta de gratitud, y dirijo el coche de alquiler a la parada en la carretera más cercana. Hay muchas familias reponiendo gasolina y llevando a niños al lavabo.
Jordyn es demasiado mayor como para ir al baño de los hombres conmigo, así que me quedo de pie fuera del de mujeres y la espero. El teléfono me suena, y veo que es Hudson, que seguramente se pregunta cuándo voy a llegar a casa.
—¡Hola! —respondo cuando descuelgo la llamada—. Estamos en alguna parte de Connecticut. ¿Te apetece cenar más tarde? —Al otro lado de la línea solo hay silencio—. ¿Hudson? ¿Te he perdido?
—Sí —responde con la voz rota—. Me has perdido.
—¿Qué? —Un escalofrío me recorre la espalda—. ¿Qué estás diciendo?
—Me voy al aeropuerto en una hora.
—¿Por qué? ¿A dónde vas?
—Regreso a Colorado. Me han intercambiado.
Espera, ¿qué?
—Eso no es posible. Dime que es una broma.
En el silencio que sigue, noto que el corazón me sube a la garganta.
—Es real —dice por fin.
—Pero… —La cabeza me da vueltas—. ¿Ahora qué hacemos?
Más silencio, y entonces:
—Nada. Se ha acabado, Gavin. Me subo a otro avión y lo dejo todo atrás. Se acabó. Lo siento.
Y entonces cuelga.