El chico nuevo CUARENTA Y UNO Hudson
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CUARENTA Y UNO Hudson

A diez pasos de las instalaciones de práctica, ya me siento como un capullo integral, pero no me doy la vuelta. En su lugar, empiezo a correr. Hace un calor infernal, y no tengo ningún tipo de plan, simplemente echo a correr por la calle.

Cinco minutos más tarde, estoy en un barrio que no reconozco, que ha pasado de grandes edificios a casas pequeñas. Son viejas de una forma interesante. Si estuviera de mejor humor, les echaría un vistazo más de cerca.

Sin embargo, sigo corriendo, cociéndome bajo el sol, hasta que alguien me silba fuerte, y entonces oigo mi nombre.

Paro en seco y me giro para mirar a mi alrededor, y entonces veo al capitán del equipo, O’Doul, sentado en el porche de una de esas casas.

—¡Anda! ¡Hombre loco! ¿Estás perdido?

«Sí, perdidísimo».

—Solo estoy corriendo —digo de forma brillante.

—Ya lo veo. —Se levanta del porche—. ¿Te apetece comerte una hamburguesa conmigo?

—Bueno… —La verdad es que no, pero mi cerebro está lleno de estática y no puedo improvisar una excusa razonable.

—Claro que sí, confía en mí. Vamos. —Me guía al otro lado de la calle, a un pequeño bistró francés. La mayoría de los demás clientes son mujeres de tercera edad que sorben cafés y comen pastas.

—No parece una cadena de hamburguesas —señalo.

—Aquí me conocen.

En efecto, un sonriente camarero de acento marcado nos sienta en la mesa más agradable, frente a la ventana.

—Dos de lo de siempre, Pierre —dice O’Doul.

— Oui monsieur . —Entonces vierte agua con gas en dos vasos elegantes y se marcha.

Observo el restaurante a mi alrededor, que es extravagante pero guay. Y desearía haber traído a Gavin aquí. Dios, si me intercambian, puede que no vuelva a verlo jamás.

—De acuerdo —dice O’Doul mientras se pone la servilleta sobre las rodillas—, ¿qué te tiene tan tristón?

—Eres un cliente habitual aquí —digo, insensible. Él asiente con la cabeza—. Nunca he sido un cliente habitual en ninguna parte. —Levanta una ceja, curioso, pero espera a que continúe—: Hay un rumor. Puede que… —Una oleada de náuseas está a punto de abrumarme—. Puede que vuelvan a intercambiarme.

El capitán parpadea, sorprendido.

—¿Hay alguna razón para pensar que es cierto? Los jugadores no suelen escuchar estas mierdas.

—Mi padre —musito—. Escucha muchas mierdas.

—Ah. —O’Doul toma su vaso y le da un sorbo. Nunca me lo había imaginado como el tipo de persona que va a restaurantes elegantes, pero, por otro lado, no paso mucho tiempo con mis compañeros de equipo. No me extraña que no los conozca muy bien.

De repente, lo siento como una gran pérdida.

—Tu padre es un hombre interesante —dice con cuidado—. ¿De qué sirve decirte que hay rumores de que te intercambiarán si puede que no sea cierto?

—¿Para avisarme, supongo? —«O para controlarme».

Mierda. Probablemente la razón sea esa.

O’Doul mira hacia la ventana, pensativo.

—Sé que tu historia de intercambios es una carga. Te sientes como si nunca te pudieras relajar.

—Porque no puedo. Siempre estoy retocando mi forma de jugar para que se adapte al nuevo equipo.

Su mirada vuelve a la mía.

—Llegué al hockey de una forma muy diferente que tú.

No tenía familia, no tenía mentores de verdad.

Tenía veinte pavos en la cartera para alimentarme durante una semana.

Pero era más fácil así. Nadie me decía qué hacer.

No tenía otra opción que ser cien por cien yo, todo el tiempo. Debería haber sido más sensato.

He oído fragmentos de su historia en los vestuarios. O’Doul era un huérfano que creció en la calle.

—Ya, fue diferente para mí. Hay fotos mías patinando en pañales en una pista de hielo de entrenamiento de la Liga Nacional de Hockey.

—Qué buen material para chantajearte. —Se ríe por la nariz—. Pero no envidio todo tu asunto con la dinastía familiar. O el sentimiento de que sería un fracaso que te volvieran a intercambiar.

—Porque lo sería —señalo.

—¿De verdad? —Se encoge de hombros—. Que te intercambiaran ahora sería una mierda, pero también significaría que alguien te quiere.

—Ya, pero no tengo vida.

Asiente lentamente, mi angustia resuena entre los dos.

—Te entiendo. Excepto en una cosa: ¿han intercambiado a alguien de esta mesa hoy?

—Aún no, pero el día todavía no ha terminado.

Da un par de golpecitos a la mesa con dos dedos gruesos.

—Estás aquí ahora mismo. Y no puedes pasarte la vida mirando por encima del hombro.

Quizá es fácil para mí decirlo, porque nunca me han intercambiado, pero tienes que hacer que cada día cuente.

Si no, ¿de qué sirve? —Me encojo de hombros—.

Espero que no veas tu carrera como una serie de «casi» —continúa—.

¿En cuántos partidos de la Liga has jugado? ¿En doscientos?

—Casi trescientos.

De repente, sonríe.

—Amigo, esa es una carrera de verdad. Hay chicos sueltos por ahí que viven por el recuerdo de una única temporada. O un único partido. Ya estás viviendo un sueño, no te enojes tanto con los intercambios como para no poder disfrutarlo. Eso sería criminal.

Doy un sorbo a mi agua para esconder mi reacción, porque sus verdades se me clavan profundamente.

Entonces aparece el camarero, que posa dos platos frente a nosotros. Hay una hamburguesa con aguacate y beicon entre un brillante pan casero y una pila de patatas fritas doradas cortadas a mano.

—Guau, tiene una pintaza, pero no debería comer pan.

—Está de rechupete. —Agarra su hamburguesa al instante—. Sería criminal que no te comieras el pan —añade, leyéndome la mente—, pero tú a lo tuyo.

—A la mierda —gruño, agarrando la hamburguesa y dándole un mordisco satisfactorio. Entonces me meto una patata en la boca y gruño—. Dios. ¿Qué hace que sepan tan bien? —Es más que una patata frita. Es el cielo.

—Aceite de trufa —responde—. Ni siquiera sé lo que es una trufa, lo único que sé es que me como una ración de esas un par de veces a la semana.

—Eres un hombre listo, O’Doul.

—A duras penas —se ríe—. Ni siquiera un poco. Lo que soy es viejo, y con la edad viene la sabiduría. No es lo mismo que la inteligencia. La sabiduría es algo que aprendes cuando estás vivo el tiempo suficiente para cometer un montón de errores.

—Viejo a los treinta y seis, ¿no?

—Créeme —dice, señalándome con una patata frita—, los años en hockey son como los años para los perros. Eso hace que tenga… ¿Cuánto es treinta y seis por siete?

—Viejo —gruño—. Tengo demasiada hambre para hacer cuentas.

—Se pasa rápido. Parpadeas y ya estás en los últimos momentos de tu carrera. Por eso tienes que hacer que cada día valga la pena.

—Sí, estoy comiendo patatas fritas. Para mí, eso cuenta como vivir.

—Buen trabajo, chico. —Sonríe—. Sabía que podrías hacerlo.

O’Doul paga la comida, y salgo del restaurante sintiéndome apoyado y agradecido.

Lo primero que hago mientras regreso a casa es llamar a Gavin. Va directo al buzón, y se me cae el alma a los pies.

Mierda. La he cagado de verdad. Ahora ni me contesta las llamadas.

Pero treinta segundos más tarde me suena el móvil. Es Gavin.

—Hola —dice tan pronto respondo—. Estaba en una silla buscando bañadores extra en la parte de arriba del armario de Jordyn.

—Oh. Lo siento. —Me aclaro la garganta—. Deja que empiece desde el principio. Quiero disculparme por salir corriendo hoy. Ha sido estúpido. Estaba entrando en pánico por una cosa que mi padre me había contado, rumores sobre que me intercambiarán. Por eso mi padre quería que esperara.

Gavin toma una bocanada de aire.

—¿Y por qué no me lo habías dicho?

—Porque he dejado que me coma la cabeza. O’Doul me ha preguntado por qué mi padre me contaría algo así. Debería saber que me volvería loco, ¿no?

—Debería —coincide Gavin—. Y si no lo sabe, entonces no te ha estado escuchando de verdad, ¿no?

Paro en la acera y le doy vueltas a su pregunta.

—Siempre está tratando de mantenerme a raya. Por eso su tono de llamada es «Under My Thumb», porque me siento bajo su pulgar.

—Ya me había dado cuenta —responde Gavin en voz baja—. Ya conoces sus defectos, pero aun así te has dejado engañar. Te ha puesto de los nervios por un rumor.

Es cierto, pero mi padre sabe mucho, y las cosas horribles que dice están basadas en la realidad, aunque sea difícil de escuchar.

—Pregunta seria, ¿tiene que ser él tu agente? —pregunta Gavin—. ¿Y si hubiera alguien más con quien pudieras hablar de esto? Alguien con las ideas claras.

—Tú tienes las ideas claras. —Empiezo a caminar otra vez.

—No tanto —dice con un suspiro—. Tengo fuertes opiniones sobre tu salida del armario. Claramente estoy en la columna de «a favor». Tu padre está en contra. Quizá necesitas más guía de la que te pueden dar la gente a la que le importas.

Ahora estoy sonriendo, aquí, en medio de la calle Gold. Gavin siempre está de mi parte.

—Aprecio tu preocupación, de verdad que sí.

Estás intentando no presionarme, y mi padre no se contiene, pero no puedo cambiar de agente.

No volvería a hablarme. —Medio segundo más tarde, me doy cuenta de lo que le acabo de decir a un hombre cuyos padres no le hablan de verdad—.

Espera. Perdona. No lo decía literalmente, pero sería muy incómodo y le avergonzaría mucho si su hijo le despidiera.

—De acuerdo —suspira—. Supongo que me callaré sobre el tema.

—No te calles nunca —insisto—. Valoro tu opinión más de lo que te imaginas. Pero he llamado para decirte que me da igual lo que él piense. Voy a salir del armario el 15 de agosto, tal y como dije. No le va a gustar, pero la verdad es que no me importa.

—Vaya —susurra Gavin—. De acuerdo.

—O’Doul me ha dado unas buenas lecciones de vida hoy. Estoy viendo cómo me pasa la vida por delante, y lo único que tengo para demostrarlo son unos cuantos millones de dólares y muchos músculos doloridos.

—Para ser justos, son músculos muy atractivos —apunta Gavin.

—Eres un zalamero. Pero no estoy de broma. Y, sí, me da un poco de miedo arrancar la tirita, pero voy a hacerlo de todas formas, te lo prometo.

—De acuerdo. ¿Vas a venir esta noche?

—Por supuesto que sí. Ojalá no tuvieras que marcharte mañana.

—Ojalá. Pero cuando vuelva a empezar la temporada, te veré en el trabajo cada día.

—Es verdad. —¿En qué estaba pensando al escuchar a mi padre? Tengo que salir del armario para que podamos hacer las cosas bien con la organización—. La cena de hoy corre por mi cuenta. Pidamos algo glorioso y compartamos una botella de vino.

—No puedo esperar —dice.

Y es exactamente como me siento.