El chico nuevo CUARENTA Hudson Julio — Seis semanas más tarde
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CUARENTA Hudson Julio — Seis semanas más tarde

CUARENTA Hudson Julio — Seis semanas mástarde

—Oye, bella durmiente. Te he traído café.

Cuando entreabro los ojos, veo a Gavin de pie frente a mí. Lleva pantalones cortos y una camiseta de Personal de Entrenamiento de Brooklyn Hockey que le abraza el pecho, y sujeta una taza humeante en una mano.

—¿Qué hora es? —grazno sobre el zumbido del aire acondicionado de Gavin.

—Casi las nueve. La niña y yo nos iremos pronto a su revisión médica.

—Dios, ¿las nueve? —Me incorporo rápidamente—. Nunca duermo hasta tan tarde. —Al menos, no solía hacerlo—. Me dejaste agotado —susurro, agarrando el café, y él me planta un beso en mi cabello despeinado.

—Es posible que haya sido culpa mía, o puede que sea por las cien sentadillas con pesas que hiciste durante la película.

La temporada empieza en cuestión de días, así que he estado entrenando como un bestia.

—Gracias por el café, me apartaré de en medio.

—No estás en medio, pero sé que esta mañana tienes una llamada. Creo que dijiste a las nueve y media.

—Ah, es verdad. —Me froto los ojos para espabilarme—.

Ese maldito nutricionista. Es una pérdida de tiempo, pero hace feliz a mi padre.

—Balanceo los pies para levantarme de la cama.

Llevo un nuevo par de pantalones cortos para ir a dormir y una camiseta.

Tuve que empezar a dormir con ropa, por si Jordyn entraba en la habitación.

—¡Hola, Hudson! —saluda cuando emerjo como un zombi—. Tengo que ir al médico y papi no me ha dicho si habrá vacunas.

—Porque papi no lo sabe —responde Gavin cuando se sienta en el sofá—. Ahora ven y siéntate o la doctora pensará que no sabemos cómo funcionan los cepillos.

—¿Y si no me gusta la doctora? —pregunta Jordyn, sentándose en la alfombra entre sus rodillas—. No será como los médicos en casa. En Nuevo Hampshire —añade rápidamente, pero no antes de que Gavin se estremezca.

—Si la doctora no es amable, encontraremos otra para la siguiente vez. —Empieza a peinarle con cuidado las secciones de su cabello con movimientos practicados—. Pero es la doctora de tu amiga Bella, la conoce de toda la vida. Bella no nos mandaría por un mal camino.

—De acuerdo —responde Jordyn con cuidado.

—A nadie le gusta que el médico le mida y pese —añade en tono casual—, pero su trabajo es asegurarse de que estás sana. No tardará mucho, y probablemente te darán una pegatina al final, o algo parecido. Y no te olvides: después irás a casa de Bella.

—Es verdad. Necesito llevarme el bañador para el patio.

—Ya te lo he puesto en la mochila —le asegura—. ¿Trenzas?

—¡Sí, porfi!

Bebo un sorbo del café y admiro los pelos rubios de los antebrazos musculosos de Gavin mientras arregla el pelo de su hija.

Ahora que somos oficialmente pareja, ya no me siento culpable por observarle. Y él está en la misma onda, porque lo he descubierto mirándome con deseo varias veces en las últimas semanas.

Ha sido un verano espléndido, el mejor de mi vida adulta. Nuestras vacaciones en California fueron lo más memorable. Alquilé una casa con una piscina a distancia de paseo de la playa, hicimos una barbacoa en la playa y fuimos a Disneyland. Dos veces.

Mi teléfono tiene unos siete millones de fotos que sacó Jordyn, y no me veo capaz de borrar ni una sola de ellas.

Decirle que Gavin y yo estamos saliendo resultó ser más fácil de lo que había pensado. Sus ojos se abrieron cómicamente, y entonces preguntó:

—¿Eso significa que ahora puedo ir a todos los partidos de hockey ?

—No —dijo Gavin a la vez que yo dije:

—Sí.

Entonces tuve que echarme atrás, porque los partidos de hockey cuando al día siguiente Jordyn tiene que ir al cole son mala idea.

Jordyn se ha tomado nuestra relación con calma. La verdad es que me ha hecho explotar la cabeza un poco. Ojalá mi futura conversación con el equipo vaya igual de bien.

Y si no, siempre quedará el whisky .

—Ya estamos listos, Patito. Será mejor que nos vayamos —le dice Gavin a su hija, y entonces se gira hacia mí—. ¿Qué quieres hacer esta tarde? —me pregunta—. Se me ha ocurrido una cosa.

—Ah, ¿sí? —pregunto con un tono inocente, aunque mis implicaciones son cualquier cosa excepto inocentes.

Mañana, Gavin y Jordyn se irán a Nuevo Hampshire durante dos semanas.

Tras varias conversaciones difíciles con su so-ogra , consiguió que se disculpara.

Incluso admitió que no tenía derecho a custodia.

Gavin, demostrando que es el maduro de los dos, aceptó pasar un tiempo con ellos antes de que empiece el programa de verano de Jordyn. Voy a echarlos de menos.

Sin embargo, con Jordyn en casa de su amiga, tendremos la tarde para nosotros.

—Esta es mi idea —dice con una sonrisa ladeada—. ¿Vas a estar en el gimnasio por la tarde? Porque yo también quiero levantar pesas. Además, seguramente estará vacío.

—Ya te digo. —Llevo mi taza de café vacía al fregadero para lavarla—. Me parece bien.

—Genial. ¿Nos vemos allí? —Cruza la sala hacia mí, y giro la cabeza para darle un beso.

—¡Puaj! —se queja Jordyn. La primera vez que lo hizo, me preocupé, pero entonces me di cuenta de que está en contra de todos los besos. Cada vez que dos personajes en la tele se besan, hace como si tuviera arcadas.

Gavin la ignora y me planta otro beso.

—Te escribiré cuando esté en camino.

—No puedo esperar —digo, soñador.

Cuando se marchan, lavo la taza y la dejo en el tendedero. Tras escanear el piso de Gavin para ver si me he dejado algo desordenado, vuelvo a mi piso al otro lado de la pared.

Sigo odiando ese muro. Lo cierto es que he buscado anuncios de pisos en alquiler para un piso grande en un edificio mejor. Solo para ver qué es lo que hay.

Pero es demasiado pronto. Cuando le saqué el tema a Gavin, no estaba listo.

—Tenemos que tomarnos las cosas con calma —me dijo—. Es por Jordyn. Además, nuestra situación actual es bastante conveniente, ¿no? Tenemos mucha privacidad.

No se equivoca, pero sigo fantaseando en el día en que esté al alcance de mis brazos.

Mientras preparo mi portátil para la llamada de Zoom con mi nutricionista, mi padre me llama. Dejo que vaya al buzón, porque ahora mismo no es mi persona favorita.

La semana pasada anuncié que estaba planeando salir del armario con el equipo, e inmediatamente intentó hacerme cambiar de opinión.

—Espérate hasta que tengas tu contrato —me rebatió—. El Brooklyn aún no está listo para negociar contigo, pero ¡cualquier día de estos! Echa el freno. No pasa nada por esperar unos meses más.

El problema es que llevo años escuchando este argumento.

—Estoy harto de esperar, y no puedo hacerle eso a Gavin —insistí—. No soy la única persona de esta relación.

Mi razonamiento no le gustó ni un pelo.

—Eres más listo que esto. No deberías hacer nada que te haga menos valioso.

Fue entonces cuando perdí los estribos.

—Dios, ¿es que no te escuchas? Acabas de decir en voz alta que valgo menos que un hombre hetero.

—Para ellos —rugió—. Jesús, no me pongas palabras en la boca. Cualquier jugador que llame la atención de los medios con su vida personal es un lastre. No hago las normas.

Es una mierda que seguramente tenga razón, pero ya no puedo vivir en estas condiciones. Mi vida vale más que el valor de mi contrato, aunque haya tardado demasiado en darme cuenta.

Desde esa llamada, he estado evitando a mi padre. Salir del armario ya es suficientemente intimidante sin sus opiniones haciendo eco en mi cabeza. Sin embargo, me manda un mensaje un momento después: Acepta la llamada. Tengo que hablar contigo. Es importante .

Durante un largo minuto miro fijamente el móvil, preguntándome de qué quiere hablar. Está siendo vago con sus palabras, probablemente a propósito. Estoy harto de sus jueguecitos.

Por otro lado, quiero un nuevo contrato tan desesperadamente que casi puedo olerlo. Y la curiosidad gana. Agarro el móvil y lo llamo.

—Hudson, me alegro de haberte encontrado —dice, y yo pongo los ojos en blanco—. Vale, no entres en pánico.

—Qué buen inicio, papá. ¿Por qué debería entrar en pánico?

—Un amigo mío ha oído que mencionaban tu nombre. Se está cociendo un gran intercambio triple.

Se me hiela la sangre. De verdad que se me congela. De repente, noto que me sudan las manos.

—Eso no tiene sentido. El Brooklyn no me va a intercambiar después de la temporada que he tenido.

—Eso es lo que yo también creo. Pero es algo bueno, queremos que los tiburones vayan dando vueltas. Cuanto más interés haya en tu nombre, mejor.

—Tiene sentido —digo suavemente, pero el corazón me está bombeando como loco.

—Pero necesitas retrasarlo.

—¿Retrasar el qué? —pregunto, aunque ya me hago una idea.

—Tu gran… anuncio. Ya sabes lo que pasó la última vez.

«Ni siquiera puede decirlo».

—¿Hasta cuándo? Estaba pensando en el 15 de agosto, papá. El equipo se va a Los Hamptons por algo relacionado al golf y un poco de práctica.

Traga aire a través de los dientes.

—Eso quizá sería demasiado temprano. Queremos que la lista sea sólida. ¿Qué te parece octubre?

Se me cae el alma a los pies. Mi mayor pesadilla es que me intercambien justo después de salir del armario. Otra vez.

Y mi padre tiene razón con que el tiempo no acompaña: se hacen muchos intercambios durante el campamento de entrenamiento, mientras las listas se consolidan.

—Me lo pensaré —digo a regañadientes.

—Buen chico. Oye, ¿no llegas tarde a tu cita con el nutricionista?

Quiero gritar.

Dos horas más tarde, estoy tumbado en la esterilla de la sala de estiramientos del gimnasio, tratando de arreglar los flexores de mi cadera y también mi vida.

Solo uno de los dos está funcionando.

—¡Hola! —dice Gavin, dejando caer su bolsa de gimnasio en la esterilla cuando me encuentra—. Manos a la obra. ¿Es día de piernas?

—Sí —digo con un tono brusco—. ¿Qué tal el médico?

—Pan comido. La oficina era agradable. No la han vacunado.

—Genial.

Entonces, mientras estira sus cuádriceps, se lanza a contarme la historia de la primera vez que tuvo que llevar a Jordyn a que la vacunaran, pero solo estoy escuchando a medias. Lo único que puedo oír es a mi padre diciéndome que no haga nada que me haga menos valioso.

—¡… y estuvo gritando hasta que le pusieron una piruleta en la boca!

Tardo un segundo en darme cuenta de que Gavin se ha callado. Me giro hacia él, arrepentido.

—Lo siento.

—¿Ha pasado algo? —me pregunta con el ceño fruncido.

—No —respondo inmediatamente—. Me he desconcentrado un momento.

—¿Qué tal ha ido la llamada?

—¿Con mi padre?

Ladea la cabeza con una expresión perpleja en el rostro.

—¿Has hablado con tu padre? ¿Por eso estás de mal humor?

—No estoy de mal humor —gruño.

Ups. Así es como suena un chico que de verdad está de mal humor.

—¿Qué te ha dicho ahora ese capullo? —Gavin entorna los ojos.

—Eh… Me ha pedido que haga mi anuncio en octubre, después de la locura de los intercambios de pretemporada.

—¿Qué? —pregunta, boquiabierto—. Habías dicho que sería el 15 de agosto.

—Ya lo sé, pero… —Me aclaro la garganta y trato de escoger mis palabras con cuidado, pero él no espera a que termine.

—Escogiste el 15 de agosto. Esa fecha me daba el tiempo necesario para solucionar los problemas peliagudos en el trabajo con Henry antes de que empiece la temporada.

—Gavin, te prometo que lo haré, solo necesito pensar un poco más en la fecha.

Su expresión dolida muestra que no me cree.

—¿Y si llega octubre y tu padre dice que no es buen momento, que mejor en enero? ¿Qué harás entonces?

La pregunta me sienta como un puñetazo en el pecho, porque es totalmente algo que mi padre haría.

—Voy a hacerlo —susurro, poniéndome en pie. Dios, necesito un poco de aire libre—. Es solo que… necesito pensar en lo que ha dicho. Creo que iré a correr.

—Pues que te vaya bien —dice bruscamente.

Entonces oigo pasos en el pasillo y prácticamente me disloco el hombro al girarme para ver si alguien más nos está escuchando. Gavin observa mi reacción con una expresión fría, como si pudiera ver más allá de mis promesas baratas.

Como si le acabara de volver a demostrar que soy un maldito cobarde.

Mi compañero de equipo, Crikey, mete la cabeza en la sala.

—Hola, chicos. Me preguntaba quién estaría por aquí un día caluroso de julio.

—Hola —digo, tenso, y entonces paso por su lado y me voy del gimnasio, casi sin pasar por los vestuarios a por mi móvil y mis llaves.