El chico nuevo TREINTA Y NUEVE Gavin
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TREINTA Y NUEVE Gavin

Los besos de Hudson son lentos y profundos, como si su lengua estuviera en una misión de exploración y mi alma entera fuera territorio inexplorado. Nunca me han besado tan a conciencia en toda mi vida.

Y me doy cuenta de que estoy aterrorizado.

No es que crea que no pueda enamorarme de Hudson. El problema es que ya lo estoy haciendo.

Hudson rompe el beso y me susurra:

—Cariño, ¿estás bien?

—Sip, nunca he estado mejor.

—Entonces, ¿por qué te has puesto tenso? —Sus manos se quedan quietas sobre mi piel—. No quería asustarte con mi gran discurso.

—Ya lo sé. —No puedo explicarme sin sonar como un capullo, pero querer a Hudson era más fácil cuando pensaba que no podría tenerlo.

Tener sentimientos por un chico que no estaba listo a arriesgarse por mí se sentía seguro, pero aquí está, demostrando que es el hombre de corazón de oro que ya sabía que era, pidiendo con valor las cosas que yo tengo demasiado miedo de desear otra vez.

«Probablemente pensarás que soy un cobarde». Me dijo eso una vez cuando me explicó por qué seguía en el armario.

Esta noche, el cobarde soy yo.

—Quiero esto, es solo que… —Trago saliva.

—¿Pasar página es difícil? —adivina—. Aún quieres a Eddie.

—Siempre le querré. Pero no quiero volver a pasar por lo mismo. Eres igual de increíble que él, y no quiero morir solo. Así que sí, soy la máxima representación de la salud mental ahora mismo.

Suelta una risita cálida.

—¿Quieres que continuemos con esto en otro momento? Podemos vernos mañana.

—No —insisto, y entonces le rodeo con los brazos con fuerza, para dejar claro mi argumento—. Echarte no va a ayudar. Te necesito aquí, y eso me asusta.

—Solo estaría al otro lado de la pared. —Me besa la mandíbula y me recorre el costado con una mano—. Has sido paciente conmigo, Gavin. Yo puedo serlo contigo.

—No te vayas. Te quiero aquí. Quiero visitarte en California, pero solo si le digo a Jordyn que tú y yo estamos juntos.

Sus ojos se iluminan y me sonríe.

—¿En serio?

—En serio, pero solo si tú también lo quieres. Somos un equipo. Si no te consideras el tipo de chico que quiere una niña en su vida, eso sería un motivo para romper.

—Cariño —dice mientras me besa las comisuras de los labios—, sé que sois un dos por uno especial.

Incluso aunque nunca me haya visto como el tipo de hombre que quiere tener bebés, eso no significa que no pueda querer a tu hija.

Es fantástica. Si le dices que estamos saliendo, seré tan cuidadoso con sus sentimientos como con los tuyos.

—Estará encantada si le digo que estamos saliendo. —Mi corazón está a punto de explotar—. La verdad es que me da un poco de miedo por ti, tendrás que practicar decirle que no antes de que vayamos a Disneyland.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque te conozco, y no quiero traerme a casa tres maletas llenas de souvenirs .

—Vale —se ríe—. Practiquemos.

Me acerco un poco más hacia él. Es difícil estar así de feliz y, a la vez, tener que pensar.

—Vale. Decirle que no a una niña pequeña es difícil. Es un nivel avanzado. Deberías practicar conmigo antes.

—Vale —responde—. Ponme a prueba.

—De acuerdo, guapetón. —Le lamo el cuello—. ¿Y si nos comemos siete galletas cada uno y, después, un poco de algodón de azúcar?

—Ni hablar, pillín. —Hudson recorre mis abdominales con un dedo, y se me pone la piel de gallina—. El azúcar es veneno.

—Buen trabajo —susurro contra su oreja—. Esa era una fácil. ¿Y si sugiriese jugar al ping-pong toda la noche y quedarnos despiertos hasta las tantas?

—Bueno… —Lo considera—. No suena tan mal, porque el ping-pong me da la vida. Pero no lo hagamos, ¿te parece? Hay otras cosas que me gustaría hacer en su lugar. —Me besa el hombro, y entonces un pezón.

—Mmm. —Vuelvo a caerme sobre el colchón para dejar mi piel más disponible—. ¿Quieres follarme?

—¿Seguimos actuando? —pregunta levantando la cabeza—. Podría intentar decirte que no, pero es posible que salga como un «sí». Mi fuerza de voluntad es limitada.

Me río, y entonces le recorro los abdominales con una mano y paro justo al lado de su polla.

—De acuerdo. Si voy a hacer algo tan grande y terrorífico, si voy a involucrarme contigo de verdad, me merezco que me des duro, ¿no crees?

Cuando curvo mi mano alrededor de su miembro, echa la cabeza hacia atrás y suelta un gruñido.

—Sí que te lo mereces.

Con las manos en el colchón, agacho la cabeza y me lo meto en la boca. Había echado tanto de menos todo esto: su calor salado, sus gritos ahogados de placer y la forma en que sus gruesos dedos se enredan en mi pelo.

—Joder —maldice mientras me lo meto entero en la boca—. Sí, justo así.

—Túmbate. —Hago que se incline, separándome de él. Hudson me hace caso inmediatamente, pero entonces se gira sobre un lado, se estira de forma diagonal y me hace un gesto para que me acerque.

—Date la vuelta. Yo también tengo trabajo que hacer.

Cuando me doy cuenta de qué está sugiriendo, tiemblo de pura anticipación. Me estiro, estilo sesenta y nueve, y vuelvo a metérmelo en la boca. Él no me hace esperar ni un segundo: su palma rugosa me agarra, y se siente como la gloria.

Me incorporo sobre un codo para poder mirar sobre mi hombro hacia su hermoso rostro. La imagen de mi polla en su mano es muy estimulante. Aprieto los muslos y me acuerdo de respirar mientras baja la boca hacia mi punta.

Me envuelve el calor, y Hudson suelta un gemido de placer. Para que no me supere, me vuelvo a centrar en lo que estaba haciendo. Su sabor y su aroma me están volviendo loco, y eso sin contar el cielo caliente que es su boca en mi polla.

Las dudas que me quedaban se me van de la mente mientras nos chupamos, mordisqueamos y acariciamos. Tras un momento, Hudson me suelta. Tomo una bocanada de aire y trato de relajar mis pulsaciones mientras abre el cajón de mi mesita de noche y saca el lubricante.

—¿Puedo? —pregunta.

—Sí —grazno, y entonces tiemblo por la anticipación de lo que se viene.

—Túmbate boca abajo —ordena. Otro escalofrío. El sonido de la botella de lubricante mientras se embadurna los dedos. Agarro una almohada y la abrazo contra el pecho mientras su mano obscena empieza a masajearme la raja.

—Jesús —murmuro. Mi cuerpo se relaja en la cama, como si se lo hubiera ordenado un ser supremo.

Hace años que no hago esto, pero lo quiero desesperadamente. Hudson no tiene vergüenza y me tienta la abertura, penetrándome con un dedo grueso. Me abro de piernas y mi cerebro se entumece como si fuera estática. Suspiro contra la almohada cuando encuentra mi punto con la yema del dedo.

—Buen chico —susurra—. Me tenías ganas, ¿eh? —Mi respuesta es un gemido provocativo—. ¿Estás listo para el segundo?

—Lo que sea —farfullo, empujando las caderas contra la cama.

Hudson suelta una risita por lo bajo. Oigo el sonido del envoltorio del condón abriéndose, y entonces vuelve a jugar conmigo. Me estira con los dedos con movimientos de tijera mientras intento no hacer demasiado ruido.

Está haciendo todo el trabajo y tomando el control. Es exactamente lo que necesitaba: a alguien que se encargue de todo durante un minuto. Alguien que tome todas las decisiones.

Como por arte de magia, estoy tan cachondo que empiezo a restregarme contra el colchón. Soy gelatina humana. Podría moldearme en cualquier forma, y lo haría con mucho gusto.

—¿Quieres mi polla? Levántate, cariño. —Incluso mi cerebro líquido puede seguir esa orden.

Inclino las caderas un par de grados en su dirección, y poco a poco entra en mí, soltando un sonido profundo de su pecho—.

Me estás matando —susurra—. Eres el hombre más sexy del mundo. Me estás tomando como un campeón.

Cierro los ojos y empujo contra él, y oigo cómo se le corta la respiración. Me pongo a cuatro patas y vuelvo a moverme hacia atrás.

—Dame más. Lo necesito.

—Y lo tendrás —dice, frotándome la espalda con una mano fuerte—. Por una vez en mi vida, no tengo prisa.

—¿Y qué hay de mis necesidades? —Miro por encima de mi hombro y lo veo sonriéndome desde arriba. Entonces, agarra mis caderas con ambas manos y empuja dentro de mí, justo como quería—. Joder, gracias.

Empieza a moverse, y yo dejo caer la cabeza, dejando que me drene de más tensión.

Hay una razón por la que no miré a otro hombre durante dos años hasta que conocí a Hudson: estaba esperando al hombre correcto.

Y no es solo química: necesito confiar mucho en alguien para desnudarme.

Me había olvidado de lo mágico que se siente dejarse ir al completo.

Encontramos un ritmo. Lo único que se oye es el ligero crujir de la cama y sus alabanzas en voz baja por lo perdido en el placer que estoy. En algún punto, se sale de mí y me pide que me ponga boca arriba.

Hago lo que me dice y levanto las rodillas. Sus manos se posan en mis hombros y su mirada de párpados caídos se fija en mi cara. Estamos hechos de calor y fricción.

—Buen chico —susurra, agarrando mi polla con una mano y acariciándome con firmeza—. Eres perfecto. Necesito que te corras ya.

—De acuerdo —farfullo, y de repente me parece una idea espectacular. Levanto la mirada hacia sus ojos oscuros e intento alcanzar el clímax mientras su cuerpo fuerte trabaja encima de mí y sus brazos se flexionan. Es lo más erótico que he visto nunca.

Sin embargo, no me corro hasta que Hudson cierra los ojos y jadea:

—Joder, te necesito.

La habitación se emborrona y pinto mis abdominales con mi semen, respondiendo de la misma forma que también lo necesito.

No es poesía, pero sigue siendo verdad.