El chico nuevo TREINTA Y OCHO Hudson
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TREINTA Y OCHO Hudson

Perder es siempre una mierda, pero esta vez es una mierda un poco más pequeña, porque estoy rodeado de un equipo que por fin siento como si fuera mío.

Estamos todos en la taberna. El director general nos invita a una copa mientras el entrenador estrecha manos. Hay muchas palmadas en la espalda y sonrisas cansadas.

—¡Acercaos todos! —dice el entrenador Worthington.

Agarra un cuchillo de mantequilla de la barra y golpea su vaso de cerveza.

Todo el mundo se calla bastante rápido—.

Solo quería decir que deberíais estar orgullosos de esta temporada.

Hemos conseguido mucho juntos. También tengo un muy buen presentimiento sobre el año que viene.

Entrenad duro antes de que nos veamos otra vez en agosto, pero primero, necesito que descanséis bien.

Eso se gana una ronda de aplausos. Estamos cansadísimos.

—Antes de que nos separemos, me gustaría dar un disco más.

¿Jimbo? —El encargado del equipo saca un disco del bolsillo y se lo pasa al entrenador—.

Chicos, este es para Hudson Newgate. No solo ha tenido una temporada espectacular con nosotros estos últimos cinco meses, sino que además su gol esta noche ha sido perfecto.

Vamos a tener que encontrar un nuevo apodo para ti para el año que viene.

Nadie puede ser el Chico Nuevo para siempre, ¿no? Aquí tienes, hijo.

Mis compañeros se apartan del camino para que pueda acercarme y aceptar el disco.

—Gracias, señor.

—Espectacular temporada —me dice, dándome una palmada vigorizante en el hombro.

—Ha sido un honor jugar con vosotros esta temporada.

Todo el mundo empieza a aplaudir, y noto cómo se me ruboriza la cara. Es raro ser el centro de atención de repente. Me meto el disco en el bolsillo y trato de aparentar humildad.

Sin embargo, no se puede negar que este es un momento importante para mí. Por fin he conseguido lo que había venido a hacer. He jugado con todas mis fuerzas, lo he dado todo y he marcado la diferencia en el equipo.

Y, por una vez, todo el mundo lo sabe.

El entrenador finaliza su discurso dando las gracias a unas cuantas personas, y entonces todos volvemos a beber y a continuar la parranda.

Me termino mi cerveza y miro a mi alrededor. Castro y Heidi Jo están intentando empezar una partida de dardos. Trevi está frente a frente con su hermosa esposa, enfrascados en una conversación. Estos chicos saben con quién van a volver a casa esta noche, y no tienen que esconderlo.

Mientras dejo mi botella en la mesa, algo se cristaliza en mi interior. Puedo tener lo que ellos tienen. Incluso si el Brooklyn no me ofrece una renegociación temprana del contrato, eso no debería estar en mi camino.

Quiero una relación con Gavin, y estoy dispuesto a asumir algunos riesgos para tenerla. La siguiente temporada va a ser diferente para mí, da igual qué suceda.

Ya es pasada la una de la madrugada, así que estrecho más manos y me dirijo hacia la salida.

El trayecto a casa es corto. Voy por el mismo camino que tomé con Gavin la primera noche que nos conocimos, cuando lo hice todo mal. He cometido mil errores con él, pero, por algún milagro, aún le sigo gustando.

Mientras subo por las escaleras, me lo imagino dormido en la cama, al otro lado de la pared de la mía, y sé que estoy preparado para derribar ese muro. Tengo cosas importantes que decirle. Importantes y terroríficas.

Por lo tanto, cuando encuentro su nota, ni siquiera abro la puerta de mi piso.

Me quedo de pie en el pasillo y lo llamo, aunque es muy tarde.

Gavin declina la llamada, pero oigo unos pasos que se acercan a rastras un momento después, y un Gavin adormilado, vestido solo en calzoncillos, abre la puerta.

—Hola —susurro.

Me hace un gesto para que entre, así que cierro la puerta en silencio tras de mí y lo sigo a su cuarto. También cierro esa puerta, y me quito los zapatos. Entonces, me deshago de la corbata y de mi chaqueta de traje y los cuelgo sobre su pomo.

Gavin vuelve a dejarse caer sobre la cama. Me quito los pantalones y mi camisa y los cuelgo sobre su radiador antes de meterme dentro sin que me invite.

Pertenezco aquí, con él. Ahora ya lo sé. No recuerdo el momento en el que pasó de ser mi obsesión a convertirse en mi sueño, pero aquí estoy, rodeando su cuerpo somnoliento con los brazos y posando mi corazón sobre el suyo. Los brazos de Gavin se cierran a mi alrededor.

—Siento que hayáis perdido. Jordyn ha llorado, pero estuviste estupendo. Espero que estés orgulloso.

—Estoy muy agradecido —respondo, acercándolo más hacia mí. Su cuerpo es pesado y está caliente por las sábanas—. Y he venido a decirte que he tomado una decisión.

—Ah, ¿sí? —Su brazo serpentea hacia mi cadera.

—Sí. Cuando empiece el campamento de entrenamiento, saldré del armario, sin importar en qué situación esté mi contrato.

Levanta la cabeza de mi hombro.

—¿En serio?

—En serio. No puedo poner mi vida en pausa para siempre. Si el Brooklyn no me quiere ahora, no hay nada que pueda hacer para que cambien de opinión.

—Guau. —Ahora está despierto—. ¿Cómo funcionaría eso?

—Aún tengo que irme a Los Ángeles durante un mes, pero te echaré de menos como un loco. ¿Qué dirías si alquilara una casita en la playa? Jordyn y tú podríais venir a California para una semana de vacaciones.

—Suena divertido —dice—, si puedo permitírmelo.

—Ha sido idea mía, yo os compraré los billetes.

—Pero…

—Sin peros. Soy el que tiene que ir a entrenar al otro lado del país, ¿no? Me toca a mí solucionar el problema. Y quiero solucionarlo trayéndoos para que vengáis a verme. Podemos llevar a Jordyn a Disneyland. Supongo que podrías pagar eso, si te apetece.

—Guau. —Se lo piensa un momento—. De acuerdo. Pero no sé si estoy aceptando porque tienes razón o porque quiero quedarme en una casita en la playa en California contigo.

—Mira —digo, acariciándole la espalda—, tengo más dinero que tiempo. Si no dejas que me lo gaste en ti de vez en cuando, te veré menos. Y eso me pondrá triste. Es egoísta, pero creo que tengo la solución.

—Vale —dice con cautela—, pero ¿entonces, qué?

—Volveré a Brooklyn a finales de julio. Me pondré en la mentalidad adecuada para salir del armario con el equipo, y entonces, con tu permiso, le contaremos a Henry sobre lo nuestro, y podrás discutir tus protocolos laborales con él. Bueno, si aún crees que vale la pena complicarte la vida por mí.

—Cariño, no voy a poder evitarlo. —Me planta un beso en mi pecho desnudo—. Quiero ser parte de ello. Quiero ver lo que puedes hacer la temporada que viene. Quiero ver cómo formas raíces con el equipo, incluso aunque signifique que yo no puedo trabajar allí también.

—Eso sería inaceptable —digo inmediatamente—. Tiene que haber una forma de que el equipo se haga la idea.

—Supongo que lo descubriremos —dice en voz baja—. No lo sabremos hasta que lo intentemos.

—Piénsalo —le suplico—. No quiero hablar del tema con Henry a no ser que a ti te parezca bien. Si quieres arriesgarte…

Lentamente, me besa el pecho. Dos veces.

—La fortuna favorece al valiente. No quiero alejarme de ti, no si estás dispuesto a asumir grandes riesgos por mí.

—Cualquier riesgo. Estoy listo. —Deslizo una mano hacia su trasero—. Y adivina qué: a partir de esta noche, no tendremos más conflictos en medio de un partido durante un tiempo. Así que podemos hacer lo que queramos, ¿no? —Le doy a su culo un apretón lento y sucio.

—Me estás dando buenos argumentos. —Mueve la boca hacia mi cuello y me chupa con suavidad la piel.

Eso es todo lo que necesito para que la polla se me endurezca en los calzoncillos.

—Joder, cariño. Dame esa boquita. Ha pasado demasiado tiempo.

Evidentemente está de acuerdo, porque nos encontramos en un beso apasionado. Cuando nuestras lenguas se encuentran, siento una oleada de gratitud. Han pasado semanas desde que lo probé por última vez, y nunca es suficiente.

—Mmm —dice entre besos—. Sé que nuestro periodo de sequía fue idea mía, pero creo que no puedo aguantar más. —Sus manos ya me están bajando los calzoncillos por las caderas.

Mi cuerpo está totalmente a favor. Libero mi polla y me apresuro a quitarme los calzoncillos, y entonces me centro en los de Gavin.

Meros segundos más tarde, estamos en pelotas y liándonos como campeones en las sábanas. Nuestras pollas chocan mientras se friega contra mí. Me siento como un incendio forestal a punto de descontrolarse.

—Tengo que… bajar el ritmo —dice entre besos.

—Ajá —le doy la razón, jadeando contra su boca—. No te corras aún.

—Podrías follarme —susurra contra mis labios—. Es lo que quiero.

Gruño, y entonces le agarro las caderas con mis manos firmes y lo mantengo quieto.

—De acuerdo, pausa. Me he olvidado de algo.

—¿Condones? —pregunta con voz rasposa—. Tengo algunos.

—Genial, pero no me refería a eso. ¿Me creerías si te dijera que no he venido aquí a follar?

Pero entonces has abierto la puerta en calzoncillos y se me ha ido un poco la pinza.

—Esconde la cara en el hueco de mi garganta y se ríe, y yo le peino el pelo con los dedos con una sonrisa—.

Mira, esta es la cuestión: quiero ponerte a cuatro patas y follarte —Gavin suelta un gruñido cachondo amortiguado—, pero también deberías saber que me estoy enamorando de ti.

Eres el único chico que ha hecho que me sienta así, como si lo quisiera todo contigo.

Y probablemente voy a meter la pata, ¿vale?

Estas cosas no se me dan bien, pero me importas.

Muchísimo. Quizá no estás en el mismo punto que yo, quizá nunca lo estarás, pero no estoy aquí por un polvo rápido.

De repente se incorpora y parpadea, sorprendido.

—No tienes que decir nada —susurro al silencio—, pero quería que supieras que me importas.

Cuando por fin responde, su susurro suena afónico.

—Juro por Dios que no sé qué he hecho para merecerte.

Me río por la nariz.

—No finjamos que no podrías conseguir a alguien mucho mejor que yo.

—No —insiste, cubriéndome la boca con una mano—, no hagas eso. No puedes soltarme ese discurso, que debe de ser la cosa más romántica que nadie me ha dicho en mi vida, y entonces echarte atrás. No hay nada más difícil que poner tu corazón en juego.

—Qué va. —Le aparto la mano al incorporarme para poder llevarle la contraria con respeto—.

Enamorarme de ti es la cosa más fácil que he hecho jamás.

Me sonreíste aquella primera noche, y fue el fin del juego.

Es solo que he tardado unos pocos meses en admitir cuánto arriesgaría por levantarme a tu lado cada día.

Se sienta a horcajadas sobre mi regazo y me agarra la cara con ambas manos.

—Te lo mereces todo, pero he estado bastante decidido a no volver a amar a alguien nunca más.

—Es una reacción normal al quedarse viudo —susurro—. Y tienes que ocuparte de una niña. Tengo los ojos abiertos, ¿vale? Solo quiero que sepas que estoy aquí para ti. Aceptaré cualquier cosa que quieras darme.

Me mira y pestañea, como si quizá lo hubiera aturdido hasta el punto en que no puede decir nada.

Hemos hablado demasiado, supongo, así que le beso.