El chico nuevo TREINTA Y SIETE Gavin
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TREINTA Y SIETE Gavin

Me encantan los deportes; por eso me convertí en preparador físico en vez de en contable.

De acuerdo, quizá ser contable nunca fue una opción. Pero me voy por las ramas.

El deporte es agonía y éxtasis. Es esperanza y decepción, a menudo durante el mismo partido. Los puntos álgidos son altísimos, pero los bajos son bajísimos.

Así que, básicamente, estoy perdiendo la cabeza en pleno séptimo partido contra el Tampa. Es el último tercio, y el Brooklyn pierde por un gol.

Hace mucho que Jordyn debería haberse ido a dormir, pero no puedo mandarla a la cama antes de ver el resultado final. No soy un ogro. Estamos los dos hechos un manojo de nervios, dando saltitos en el sofá cada vez que alguien hace una jugada maestra.

—Ojalá pudiéramos estar allí —dice todo el rato.

«Quizá el año que viene». No puedo decir eso en voz alta, por supuesto, pero si de alguna forma Hudson y yo somos pareja, las cosas serán diferentes. Jordyn y yo podríamos sentarnos en sus asientos de acompañantes, y nadie pestañearía siquiera.

Su padre arrogante puede comprarse sus propias entradas. He oído que cuestan cuatro mil cada una en StubHub. Puede permitírselo.

Suena el móvil, y le echo un vistazo a la pantalla.

—Es la abuela —dice Jordyn.

—Hablaremos con ella mañana. —Tras un instante de indecisión, declino la llamada—. Probablemente no sabe que hay partido.

Por desgracia, el móvil vuelve a sonar unas cuantas veces más.

—¿Y si es importante? —pregunta Jordyn—. ¿Y si ha pasado algo malo?

Señor. Este es uno de los momentos de «qué hago ahora» de cuando eres padre. En veinte años, no quiero que Jordyn decline mis llamadas, así que ¿qué tipo de ejemplo estoy dando?

Por otro lado, mis nervios no pueden soportar una llamada de Eustace ahora mismo. No nos hemos hablado desde que me amenazó.

—Papi —me insiste con una mirada suplicante.

Contesto la puñetera llamada.

—Hola, Eustace. Jordyn y yo estamos un poco ocupados con las eliminatorias de hockey.

—¡Son las diez menos cuarto! —dice con un grito ahogado—. Jordyn debería estar durmiendo.

Eddie también estaría pegado a este partido si estuviera con nosotros, pero no se lo menciono. Me levanto del sofá, me dirijo al baño y cierro detrás de mí.

—¿Tienes que decirme algo importante o solo has llamado para poner en duda mis habilidades como padre?

—¿Por qué siempre me provocas? —me pregunta—. Solo llamaba para preguntarte sobre el verano.

Cierro los ojos y tomo aire lentamente.

—Eustace, la última vez que hablamos amenazaste con arrebatarme la custodia de mi hija. Si eso no es provocar, no sé qué lo es.

Se queda callada durante un momento.

—Pensaba que deberías saber que Chad y yo hablamos al respecto a menudo. Queremos criar a Jordyn como si fuera nuestra.

—¿Sí? Pues yo quiero ganar la lotería, pero la única forma de hacerlo sería robarle el boleto a su dueño. Lo cual, a diferencia de ti, no estoy dispuesto a hacer.

—¡No tienes por qué ser tan dramático! No la robaríamos, Gavin…

—¡PARA! —insisto—. Para de decir cosas horribles y de actuar como si fueran normales o útiles. Eddie odiaría lo que nos estás haciendo.

—No es verdad —espeta—. Querría que cuidásemos de su hija. ¡Odiaría que te la hayas llevado a una ciudad lejos de nosotros! ¡A un piso pequeño y cutre en una ciudad violenta!

Se acabó. No aguanto más.

—Eddie escribió un testamento de diez páginas —le ladro—.

Si hubiera querido que vosotros tuvierais la custodia, la tendríais.

Pero no quería eso. Y siento mucho que lo perdierais y que estéis enfadados, pero te voy a dar un consejo: si quieres ver a Jordyn, dejarás de actuar como una arpía y me pedirás disculpas por amenazarme con contactar con un abogado.

—¡Eres tan irrespetuoso! —grita.

—¡Así es como suena un buen padre cuando alguien trata de arrebatarle a su hija! —le replico en el mismo tono.

—Escucha…

—No, escucha tú. Eddie estaría furioso contigo sobre esto.

Estoy haciendo lo que puedo por Jordyn, y él estaría muy avergonzado con vosotros ahora mismo.

¿Así honráis la memoria de vuestro único hijo?

¿Tratando de intimidar a su marido e invalidar sus deseos?

—Eustace se sorbe la nariz—. Quería que Jordyn tuviera a sus abuelos en su vida.

Ella os adora. Pero si no dejáis de meteros donde no se os llama, hemos terminado.

Nunca me echaré atrás. —Ahora está llorando.

»No vas a romperme con tus insultos. No hay nada de malo en las decisiones que he tomado. Lo estoy haciendo lo mejor que puedo. Si no puedes ser clemente, entonces no puedes estar en nuestras vidas. Eso es todo. Punto final. Por favor, piensa en ello.

Entonces cuelgo la llamada e inspiro profundamente. Estoy temblando. La ira no es la emoción a la que suelo recurrir, y a duras penas sé cómo lidiar con la furia en mi corazón, así que me apoyo contra la pared de azulejos y trato de calmar mi respiración.

Hasta que Jordyn empieza a aporrear la puerta de repente.

—¡Papi! ¡Hudson ha marcado! ¡Ha hecho un gol!

¿Un gol? Joder.

De pura adrenalina, abro la puerta de golpe y corro hacia la tele justo a tiempo para ver la repetición. Y ahí está, esquivando a un patinador del Tampa y entonces engañando al portero. Dispara con el mínimo movimiento de su muñeca, y entonces todos en las gradas se ponen de pie de un salto.

—¡TOMA YA! —grito.

Ha conseguido empatar el partido. Solo quedan dos minutos, así que seguramente terminarán en prórroga.

A la mierda la hora de irse a dormir de Jordyn. Otra vez.

Aparto las críticas de Eustace de mi mente.

—Cariño, ¿y si te pones el pijama y te lavas los dientes? Así estarás lista para irte a dormir cuando el partido termine.

—¡No me puedo cambiar ahora, papi! —dice mirando su ropa morada—. ¡Esto es lo que me pongo cuando gana el Brooklyn!

Se me para el corazón. Por primera vez en meses, oigo la risa de Eddie en mi cabeza otra vez. Su hermosa risa. Se me inundan los ojos de lágrimas, y me siento en el sofá.

—¿Papi? —pregunta con los ojos como platos—. ¿Qué ha pasado?

—Nada, Patito —respondo secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Solo estaba pensando en que a tu papá le gustaba llevar su camiseta del Boston cuando había un partido.

Se acerca a mí y se sienta sobre una de mis rodillas.

—Me iré a la cama cuando gane alguien.

—De acuerdo —accedo, poniéndola sobre mi regazo, y entonces le explico cómo funciona la muerte súbita en la prórroga, aunque no la llamo así.

—¿Así que el Brooklyn solo tiene que marcar una vez más y el partido terminará?

—Sip. Solo uno más.

Vuelven a repavimentar el hielo, y entonces miramos, tensos, mientras el Brooklyn va al ataque una vez más. Nuestros chicos deben de estar agotados, pero Hudson está patinando más fuerte que nunca.

Sin embargo, sale de la pista tras un turno, y el entrenador manda a Ian Crikey en su lugar. Otro joven defensa con talento. Y él también quiere ganar desesperadamente.

Aun así, a veces puedes querer algo con tanta fuerza que lo estrangulas, y eso es lo que le sucede a Crikey. En su ansia por conseguir el disco, hace caer a un jugador del Tampa agarrándole de la camiseta. El árbitro pita falta.

—Oh, no —susurra Jordyn.

Oh, sí. El entrenador manda al equipo de penaltis, pero la disrupción hace que el Tampa recupere su energía.

Marcan punto veintidós segundos tras el penalti. La luz roja se ilumina detrás de Beacon, y todos nuestros chicos se desinflan. Así como así, la temporada ha terminado.

—¡Oh, NO! —A Jordyn le tiembla el labio—. Esto es terrible.

Me siento fatal. Pensaba que Hudson podría conseguir jugar por la copa. Debe de estar devastado. Sin embargo, apago la tele y levanto a mi hija del sofá.

—Lo siento, Patito, pero han estado a puntito de llegar a la cima. Son uno de los cuatro mejores equipos del mundo, pero a veces eso es todo lo lejos que puedes llegar.

—¿De verdad se ha terminado? —Me rodea con los brazos, cansada—. Quería que Hudson ganara.

—Gana mucho —le recuerdo—. Y mañana será un nuevo día. Otra oportunidad para hacer bien las cosas.

No estoy seguro de que acepte lo que le estoy diciendo, pero no pasa nada. Le pido que se lave los dientes y se cambie, y entonces la meto en la cama.

—No pienses en cosas tristes —le susurro mientras apago la luz—. Ahora Hudson podrá tomarse unas vacaciones de verano.

—Oh —dice, somnolienta—. Eso está bien.

—Sí. —Le doy un beso en la frente y entonces la dejo en su cuarto y empiezo a dar vueltas por el piso. Aún estoy procesando el final de la temporada. Hudson ha terminado, y yo también. Si hubieran ganado, mañana volvería al trabajo, vendando tobillos y palpando músculos doloridos.

Pero ahora también he terminado. Durante ocho semanas enteras.

Justo como Hudson. Me pregunto si está tan en shock como yo.

Agarro una nota adhesiva y garabateo un mensaje, entonces salgo al pasillo y la pego en su puerta.

Estoy orgulloso de ti. ¡Increíble gol!

Pero el final ha sido brutal :(

Llámame si quieres hablar. Da igual la hora.