El chico nuevo TREINTA Y SEIS Hudson
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TREINTA Y SEIS Hudson

Nos aseguramos la primera ronda con el quinto partido. Aún no he marcado durante las eliminatorias, pero he conseguido tres asistencias.

Además, tengo la satisfacción de que Gavin y su familia están dando saltos por mí cuando suena la campana.

No es que le haya visto mucho, pero no pasa nada. Soy un hombre paciente. Y es hora de centrar mi atención en vencer al Carolina.

Nuestros primeros dos partidos vuelven a ser en casa, lo cual ayuda. Me estoy dirigiendo a la sede cuando de mi móvil empieza a sonar «Under My Thumb».

Mi padre ha estado encantado por cómo he jugado, así que es más divertido de lo normal responder sus llamadas.

—Hola, papá.

—¡Hudson! —La voz de mi padre suena más entusiasta de lo que jamás la he oído—. ¿Cómo va mi hombretón?

Vaya. Supongo que ahora soy su hombretón.

—Estoy bien. He descansado. La moral por aquí está bastante alta.

—¡Bien, bien!

Es raro, pero llevo toda la vida esperando a que mi padre suene igual de entusiasmado al hablar conmigo como cuando habla con sus clientes más importantes. Y, de repente, ya no me importa tanto.

—¿Es una llamada social o por negocios? Estoy dirigiéndome a una videollamada.

—Ah. Bueno, solo tenía que consultarte una cosa. He recibido una llamada graciosa esta mañana.

—Eh… ¿graciosa? ¿Qué significa eso? ¿Quién te ha llamado?

Mi padre parece escoger sus siguientes palabras con cuidado:

—El director general del Colorado me ha llamado y me ha preguntado si te está gustando Brooklyn.

—Dios, ¿por qué? Como si les importara.

—Ahí es donde voy —dice mi padre lentamente—. Suena a que sí les importa. Quizá se arrepienten de dejarte ir.

Me río por la nariz.

—Claro que sí, ahora que lo estoy clavando en las eliminatorias. Es posible que tengan memoria a corto plazo, pero yo no. Ese equipo no quería nada que ver conmigo.

—Hay un nuevo sheriff en la ciudad, ¿sabes?

Habla de Powers, el nuevo entrenador, que acaba de ser ascendido.

—Como si eso marcara la diferencia.

—¿No lo hace? Por lo visto, te ha estado echando el ojo toda la temporada.

Me han dicho que si no tienes las cosas claras con el Brooklyn, que no deberías apresurarte a firmar nada con ellos.

Parece que el Colorado asume que pediremos una renovación temprana, y están tratando de decirnos que les interesas.

—No va a pasar.

—Escúchame un segundo —insiste—. No hay ninguna norma que diga que tengamos que traer al Brooklyn a la mesa de negociaciones. Ahora que hay dos equipos que te quieren, vale la pena esperar a que acabe el año de tu contrato. Tu valor podría duplicarse si ambos equipos te quieren.

—Papá, no —digo enfáticamente—. Estás asumiendo que me importa el dinero, y no es el caso. Quiero seguridad.

Se queda callado un momento.

—La cosa es que el Brooklyn tiene a un puñado de chicos que tienen que renovar este año, chicos que llevan más tiempo en el equipo que tú. Ahora mismo estás en la línea detrás de ellos. El verano que viene serás el plato principal. Creo que deberíamos esperar.

Todo en mi interior se desinfla.

—Eso no es lo que me habías dicho hasta ahora.

—He estado investigando un poco.

—¿Desde cuándo? —le pregunto—. Pensaba que el plan era conseguir un nuevo contrato este verano.

—Los planes cambian.

—Los míos no —digo con un tono frío—. Tu trabajo es conseguirme lo que quiero, ¿no? Lo que quiero es un contrato con el Brooklyn antes de que empiece la siguiente temporada. Con una cláusula para que no me intercambien. Quiero quedarme aquí. Me da igual cuál es la cifra.

—Eso es lo que dices ahora —resopla mi padre—, pero si forzamos a que el Brooklyn te haga un contrato y tienen un año por delante, serán lo suficientemente listos como para ofrecerte poco dinero. ¿Por qué estás tan empecinado en quedarte en Brooklyn de repente?

—Me gusta estar aquí. Es lo único que tienes que saber.

Suspira con un deje teatrero.

—Hudson…

—Papá, ¿les llevas la contraria a los otros jugadores cuando te dicen qué es lo que quieren?

—No, y tampoco te estoy llevando la contraria a ti. Solo me estoy asegurando de que te lo has pensado bien.

—No pienso en nada más. Dile al señor amable del Colorado que gracias, pero no, gracias.

—Ya, eso ya lo he hecho —dice mi padre—, porque cuanto menos interesados sonemos, mejor será su oferta.

—Que no me importará —le recuerdo.

—Quizá sí —insiste—. El equipo le debe mucho a esta familia. Aún me gustaría disfrutar de su carne.

Me paro antes de soltar un chiste muy sucio y muy queer .

—Dáselo a otro de tus jugadores. Tengo una videollamada que atender.

—De acuerdo —dice, magnánimo—. No dejes que te retrase.

Cuelgo la llamada y pongo los ojos en blanco.

¿El Colorado? Tuvieron su oportunidad. Incluso aunque el entrenador jefe homófobo ya no esté, no quiero darles la satisfacción.

La segunda ronda, contra el Carolina, es una montaña rusa. Ganamos el primer partido, pero perdemos dos seguidos. Entonces consigo un gol en el segundo tercio del cuarto partido, y lo ganamos.

Pero me levanto al día siguiente con los músculos adoloridos en prácticamente todo el cuerpo, y una tensión en la cadera que me recuerda a los problemas que esta me dio al principio de la temporada.

Me dirijo a la pista temprano y luego a la sala de los preparadores físicos. Gavin parpadea, sorprendido de verme.

—Hola, desconocido. ¿Una mañana dura?

—Hola. —Le dedico una sonrisa reservada—. ¿Tan mal aspecto tengo?

—Pareces cansado —susurra—, y no creas que no puedo darme cuenta de que has estado favoreciendo la cadera. —Me subo a la camilla y Gavin no pierde ni un segundo en manipularme la cadera—. ¿Te duele?

—Está tensa, eso seguro.

—¿El dolor es agudo? —clarifica, y yo niego con la cabeza.

—Es una tensión normal.

—De acuerdo. Puede que no sea gran cosa. ¿Te preocupaba la bursitis?

—Sip.

Me da unas palmaditas en la cadera.

—Deja que trabaje en esto unos minutos. Entonces te tomarás un antiinflamatorio, y mantendremos a Henry al día.

—Sí, señor.

—Eso es lo que quiero oír. —Baja la voz—. Ahora gímelo.

—Para —digo en voz baja—. ¿Sabes lo necesitado que estoy estos días?

Nuestras miradas se encuentran, y la suya arde tanto como la mía, pero él aparta la vista antes.

—Lo siento. Me he dejado llevar un segundo.

—Yo también —susurro—. Anoche pensé en buscar un taladro gigante y perforar la pared de la habitación.

Se ríe por la nariz.

—Dios, sal de mi cerebro.

Ambos nos reímos, y entonces es cuando entra Henry.

—Hola, chicos. ¿Qué tal la cadera?

—Tensa —gruño—, pero Gavin no cree que sea letal.

Henry cuelga su chaqueta en un gancho.

—Puedo entender por qué te preocuparías. Necesitamos que pases las eliminatorias sin un brote. ¿Ha pasado algo dramático de momento esta mañana? —le pregunta a Gavin, y él niega con la cabeza—. Eso es lo que me gusta oír. Otras tres semanas de buena suerte. Eso es lo que necesitamos.

«Además de un contrato nuevo», añado en silencio mientras las manos hábiles de Gavin me aprietan los músculos. Quiero tirar de su cuerpo para pegarlo al mío y besarlo como si se fuera a acabar el mundo. ¿De qué sirve ganar partidos de hockey si después no puedes celebrarlo con nadie?

Tengo veinticinco años, y nunca me había preguntado eso antes de este año.

Pero creo que por fin estoy en lo cierto.

Nos deshacemos del Carolina en seis juegos. Entonces, en un abrir y cerrar de ojos, estamos metidos en la tercera ronda. Esta vez, con el Tampa.

Estoy agotado. Mis compañeros también lo están. El personal está borracho de ponche. Mi padre está extasiado, y no deja de llamarme.

No tengo que contestarle, por suerte, cuando estamos en el autobús del equipo, trasladándonos al estadio de Tampa para el cuarto partido. Le escribo: ¡Lo siento, estoy en el bus! No puedo hablar , y entonces pongo el móvil en modo silencio.

Sin embargo, tengo un mensaje de Gavin, así que giro la pantalla hacia la ventana para leerlo.

Gavin: Espero que estés durmiendo bien en la carretera. Jordyn quiere saber si el hotel está en la playa.

Hudson: Nop, pero hay una buena piscina, y podré ir a correr cerca del agua, siempre que no estemos a treinta y pico grados. ¿Qué estáis haciendo?

Gavin: Vamos a ver a unos mimos en Prospect Park, y entonces veremos el partido.

Hudson: Si llegamos a las eliminatorias el año que viene, espero que haya un partido en algún lado chulo un fin de semana. Podría llevaros a ti y a Jordyn a ver el partido.

Gavin: Suena divertido.

Hudson: Necesitaríamos habitaciones contiguas. Paraquepuedas colarte en la mía para actividadesadultaspostpartido.

Gavin: Ese viaje cada vez pinta mejor.

—Vale, ¿quién te está haciendo sonreír así? Ni sabía que tu cara podía hacer eso.

Levanto la mirada y me encuentro a Castro, que está sentado a mi lado y me observa.

—Oh, es una amistad. —Y, sí, al momento la culpa me da un bofetón, porque Gavin es mucho más que eso—. Al menos, por ahora. —Incluso aunque Gavin no pueda oírme, la corrección me parece importante.

—Aaah. —Castro me dedica una sonrisa cómplice—. Ese tipo de amistad. ¿Quién es? ¿Cómo la has conocido?

Ese es el problema de mentir: tienes que seguir haciéndolo. No le corrijo el pronombre, por supuesto.

—Pues la verdad es que en un bar.

—Qué perro eres —responde—. Ni siquiera pasas tanto tiempo en el bar. Después de, en plan, una bebida, ya empiezas con que necesitas tu «sueño reparador». A no ser que estés poniendo los cuernos a tus compis de equipo.

—Qué va —digo rápido—. No me va mucho lo de beber, el alcohol me deja grogui. Pero, además… —Dudo.

—Además ¿qué? —insiste.

Compartir mis sentimientos es tan extraño para mí que, de repente, me noto cohibido.

—Bueno, es agotador ser siempre el chico nuevo. Probablemente dejé de intentar hacer amigos hace dos equipos o así. Supongo que siempre que lance el disco recto, eso es lo único que queréis de mí.

—Vaya. —Castro se rasca su barba, que ha crecido durante las eliminatorias—.

No te estoy criticando, pero suena a que es una forma durísima de vivir.

Pasamos tanto tiempo juntos en la pista, en el condenado autobús…

El hockey es lo mejor, pero es un no parar, así que supongo que tienes que hacer que cada minuto valga la pena.

—Eso tampoco se me da muy bien —admito—. Es algo en lo que trabajar, ¿no?

—Supongo que para mí es fácil. —Se encoge de hombros—. Mi mujer trabaja para el equipo. Espero que tu chica al menos sea fan del hockey.

Me imagino la cara de Gavin y sonrío.

—Sí, en ese sentido no hay ningún problema.

Excepto porque es mentira. Gavin y yo seguimos teniendo un montón de obstáculos. Cuando me toque explicarle al equipo con quién estoy saliendo, esta conversación va a tener un cariz distinto.

Pensar en esa conversación y en los susurros y miradas de reojo que vendrán justo después me da sudor frío, pero lo voy a hacer de todos modos. Lo he prometido.

—¿Quién crees que va a ganar la Conferencia Oeste? —pregunta Castro, cambiando de tema.

—El Colorado —digo sin dudar—. Necesito que sean ellos.

—Tu padre estuvo allí, y entonces te escogieron a ti, ¿no? ¿Quieres jugar contra ellos en las finales?

—Quiero aplastarlos en las finales. Fueron el primer equipo en intercambiarme.

Suelta una risotada.

—¿Aún estás amargado? ¿Solo con ellos o con todos los equipos que te han intercambiado?

—Solo con ellos. —Me aclaro la garganta—. Fue mi primera mala ruptura, por decirlo de algún modo. No lo entenderías.

—Supongo que no —dice simplemente—. Espero no entenderlo nunca.

—Amén. Hasta que la muerte nos separe.

Castro grita mientras me da palmadas en el muslo.

—¡Oye! ¡Chico Nuevo acaba de hacer un chiste! Que alguien llame a las revistas de deportes.

—Sí, sí.

El bus aparca frente al estadio y me preparo para la batalla.

Antes de que nos marchemos, le echo otro vistazo disimulado a mi móvil.

Gavin: ¡A jugar duro! Te estaremos viendo.

Esa es mi intención.