El chico nuevo TREINTA Y CINCO Gavin Mayo
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TREINTA Y CINCO Gavin Mayo

Las eliminatorias son una experiencia emocionante y agotadora para cualquiera que trabaje en el Bruisers.

Eso es porque todo lo que sucede durante esas semanas extra se lleva de una forma un poco distinta que durante la temporada normal.

Las ventas de entradas, los viajes, el transporte… todo se hace sobre la marcha.

También hay caras nuevas en los vestuarios, pues se llama a jugadores de las ligas menores para que practiquen con los entrenadores del Brooklyn, por si nuestro equipo estrella sufre lesiones durante la carrera por la copa.

Me encanta mi trabajo, pero el ritmo me sobrepasa.

La dirección lo sabe, y por eso invitan al personal entero a un almuerzo con un servicio de catering el día tras la primera victoria.

Me estoy comiendo un taco de pescado de primera clase y charlando con Henry cuando el director general se acerca a nosotros.

—Oye, Henry, ¿hay algo que deba saber luego del partido de anoche? —Hugh Major es un hombre intimidante de unos cincuenta y tantos años, con la cabeza afeitada y hombros anchos. Su voz es profunda e imponente, con un deje duro que probablemente hace temblar a los novatos.

—Tendrá mi informe en su escritorio mañana —responde—. Estoy esperando los resultados de una resonancia de una rodilla, pero no creo que haya ninguna sorpresa desagradable.

—¡Excelente! —cacarea el director—. Gavin, no nos hemos conocido formalmente —dice con tono resonante, ofreciéndome la mano—. ¿Ya te sientes en casa? Sé que hay mucho que asimilar, pero es fantástico que hayas podido darle un poco de apoyo crucial a Henry.

—Lo hago lo mejor que puedo —respondo, poniendo mi plato sobre una mesa para poder estrecharle la mano—. La curva de aprendizaje es empinada, pero tiene un muy buen grupo de gente.

—Gavin está siendo modesto —dice Henry—.

Los chicos le adoran. El equipo femenino quiere robarlo.

Entrevisto a gente todo el tiempo, pero cuando entrevisté a Gavin, supe que era especial.

No es común encontrar a alguien que tenga conocimientos profundos de anatomía y sus habilidades comunicativas.

Tenemos mucha suerte de que aceptara unirse a nosotros.

—Eso es muy amable. —Me arde el rostro—. Si pudieras darle el mismo discurso a mi suegra, sería la mar de útil.

—Ay, cómo te entiendo —se ríe el director—. Nunca somos lo suficientemente buenos para sus preciadas hijas, ¿verdad?

—Su hijo, en este caso —respondo rápidamente—. Pero sí.

—Oh. —Sus ojos se abren, aunque solo un poco—. Lo siento. Ha sido una suposición estúpida por mi parte. —Me da una palmada en el brazo—. Gracias por unirte a la organización, Gavin. El despacho de dirección siempre está abierto. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarte durante la postemporada?

«Sí. Por favor, no intercambiéis a Hudson Newgate».

—No, señor. Las cosas van genial en la sala de entrenamiento.

—Fantástico —dice el hombretón con voz potente—. ¿Has conocido a mi asistente, Heidi Jo?

—¡Claro que sí! —Heidi Jo aparece por detrás de su cuerpo cuadrado para unirse a nuestro grupo—.

Jefe, deberías saber que Gavin tiene un revés espectacular en la mesa de ping-pong .

Cuidado contra quién decides apostar. En fin, Hugh, tienes una llamada en quince minutos.

Henry, aquí tienes el recibo de lo que pediste.

—Le pasa un papel a mi jefe—. Y Gavin, esto ha llegado para ti esta mañana, por mensajería.

Me tiende otro sobre sellado, justo como el que me llegó anoche con las entradas.

Esta vez me ahorro entrar en pánico, pero dos sobres enviados por mensajería en una semana es mucho correo de alto nivel, así que, con una excusa, agarro una lata de agua con gas para el camino y me voy al piso de abajo, al despacho de Henry, donde puedo abrirlo.

La carta en su interior es de la Academia de las Artes de Brooklyn. Y es la mar de confusa.

Estimado señor Gillis:

Nos complace reconocer su membresía en el Círculo Dorado de la Academia de las Artes de Brooklyn.

Adjunto, encontrará nuestro programa de eventos para este año.

Su membresía en el Círculo Dorado le da derecho a un cincuenta por ciento de descuento y registro prioritario en una clase para adultos o en el campamento de verano para niños.

Su asistente mencionó que el campamento de verano estaba en sus planes, así que, por favor, háganos saber antes del 30 de mayo qué programa le interesa, así como el nombre y la edad del/la campista. El registro prioritario termina el 1 de junio, y no querríamos que su familia se lo perdiera.

Muy cordialmente, Judith McPhee, Directora de Membresía

Espera, ¿qué? ¿Mi asistente?

Saco el teléfono y me apresuro a mandarle un mensaje a Reggie. ¿Esto ha sido cosa tuya?

Mi hermana se siente culpable por abandonarnos este verano para irse de gira, y sabe que me preocupan los planes de verano.

¿El qué? , me pregunta, y le mando una foto de la carta. Ni hablar, responde inmediatamente. Estoy más pelada que tú. ¿No me dijiste que la membresía cuesta más de dos mil pavos?

Eso es verdad.

Me parece que es cosa de Hudson , escribe. Este hombre está intentando hacer una declaración.

¿Hudson? Intento recordar si en algún momento le he mencionado esta organización en concreto, y me doy cuenta de que debo de haber parloteado sobre mis opciones para cuidar de Jordyn durante el verano en algún punto.

¿Qué demonios ha hecho?

Salgo de la oficina de Henry y me dirijo a la sala de pesas, donde algunos miembros del equipo están haciendo su entrenamiento de día libre. Hudson no está aquí. Entonces, lo encuentro en las esterillas del hueco de estiramiento, justo como en mi primer día de trabajo.

—Newgate —le ladro—. ¿Podemos hablar?

No le doy la oportunidad de llevarme la contraria, me giro y vuelvo sobre mis pasos hacia el despacho de Henry. Oigo sus pasos siguiéndome antes de meterme en la habitación y me cruzo de brazos, desafiante.

—¿Hay algún problema? —me pregunta cuando entra. Se le forma una sonrisa en las comisuras de la boca.

—¿Qué es esto? —siseo, sacudiendo el papel frente a él, y él lo toma.

—Parece que has conseguido que Jordyn entre en ese programa de verano. Lo va a disfrutar.

—¡Hudson! No puedes hacer esto. Cuesta, en plan, miles de dólares unirse al Círculo Dorado.

—Es una organización benéfica, Gavin. —Se encoge de hombros—. Me lo desgravo de la renta. Y lo hecho, hecho está, no puedo llamarlos y pedir que me devuelvan el dinero. No estaría bien.

—Pero… —suelto un suspiro—. Lo habría podido solucionar de alguna manera. Habría podido con ello.

Pone ambas manos en mis hombros y me mira a los ojos con su mirada color café.

—Claro que sí. Ese nunca ha sido el problema. Pero a los compañeros de clase ricachones de Jordyn les gusta ese campamento, ¿no? Ahora puede ir con sus amigos. No ha sido fácil para ella conseguirlos.

Quizá es porque siento su cálido roce en mi cuerpo solitario, o porque tiene razón, pero se me van las ganas de pelear.

—Mierda. Le va a encantar. Gracias.

Aun así, su rostro se oscurece.

—No lo he hecho para que te sientas mal, Gav. Solo quería facilitarte un poco el agosto. Quería que pudieras decirle a tu so-ogra que Jordyn va a ir al mejor programa de verano de Brooklyn.

—Oh, segurísimo que se lo mencionaré. —La mera idea consigue animarme un poco—. Pero odio que hayas tenido que sacarme las castañas del fuego. Me mudé aquí con Jordyn sin un plan.

—No te he sacado las castañas del fuego.

—Me suelta los hombros y me da una palmadita en la espalda.

Entonces, empuja la puerta del despacho de Henry hasta cerrarla del todo y me envuelve en un abrazo—.

Mira, nunca he sido padre —dice mientras tomo una profunda bocanada de aire contra su hombro que me reconforta—, pero ¿ser padre no implica, en plan, construir un paracaídas cuando ya estás cayendo?

Si fuera fácil, no habría tantos expertos.

Eso suena sorprendentemente parecido a algo que diría Eddie, pero no se lo digo, solo lo rodeo con mis brazos con más fuerza.

—Gracias. Sigue siendo un montón de dinero.

—Tengo mucho dinero —me recuerda—. Y me faltan formas de mostrarte que voy en serio sobre nosotros, así que déjame tener esto.

—Vale, pero contrólate la próxima vez —murmuro, tratando de convencerme para soltarlo.

—¿Significa eso que no puedo mandaros entradas para el quinto partido?

Me lo pienso durante medio segundo mientras, por fin, doy un paso atrás.

—Ni hablar. Quiero ver cómo ganas.

Sonríe y empieza a decir algo más, pero entonces el pomo de la puerta gira.

Supongo que es verdad lo que se dice de los jugadores de hockey profesionales: tienen unos reflejos excelentes. En esa fracción de segundo, Hudson da un paso atrás como si yo estuviera en llamas. Para cuando el rostro de Henry aparece por el umbral, Hudson ya está a una distancia saludable de mí.

—Hola, caballeros —dice Henry frunciendo el ceño—. ¿Va todo bien?

—Sí —responde Hudson escuetamente. Parece agitado—. Solo charlábamos. Hasta luego, chicos. —Entonces se marcha tan rápido que casi veo cómo deja un rastro de vapor tras él.

—¿Le pasa algo? —pregunta Henry, señalando con el pulgar hacia donde se ha ido.

—No —respondo, aunque mi corazón se estremece.

Aunque entiendo por qué Hudson lleva años escondiéndose, sigue siendo una mierda ver cómo se marcha así como así. Y ahora tengo que pensar rápido.

—Eh… su padre está forzándolo a escoger un nutricionista con quien trabajar este verano, así que he buscado unos cuantos para él.

—Oh, qué interesante —dice Henry, posando su taza de café en el escritorio—. He oído que su padre es avasallador de cojones. A algunos jugadores les gusta ese estilo energético, pero no sé si a Hudson le dejaron escoger. ¿Cómo se te presenta la tarde?

—Eh… —Vuelvo a estar aturdido, lo cual sucede muy a menudo cuando estoy lidiando con Hudson—. Voy a trabajar con los novatos en la sala de pesas y a hacer inventario de los suministros.