TREINTA Y CUATRO Hudson
Yogi Berra dijo una vez que el noventa por ciento del béisbol es mental y la otra mitad es física.
Considero que es una cita perfecta para el hockey, y las matemáticas jodidas son lo que le da sentido. Hay algunas noches en las que sabes que eres capaz de dar el ciento cuarenta por ciento, y esas noches son mágicas.
Esa es la confianza que llevo conmigo esta noche, y ni siquiera hemos salido aún de los vestuarios. Pero este es mi año, como le gusta decir a mi padre. Estoy sano, mi equipo está mayoritariamente sano, y hemos venido a hacer ruido.
Estoy tan entusiasmado que ni siquiera el sermón previo al partido de mi padre me ha molestado tanto. Que me esté mirando esta noche tampoco es un problema.
Porque Gavin también lo estará haciendo. Para cuando apagué el móvil, ya había recibido un texto eufórico de agradecimiento y una foto de Jordyn con la cara pintada de morado.
—¡Vamos allá, chicos! —vocifera O’Doul, y todos gritamos como locos en respuesta.
Esta noche es un regalo. Y quizá estoy un poco sensible por todas las veces que me han intercambiado, pero puedo decir con total sinceridad que el intercambio al Brooklyn también ha sido un regalo. Quiero este equipo, y este partido, y esta oportunidad. Pertenezco aquí.
—¡Espabila, Chico Nuevo! —dice Castro, dándome un toque en el culo con el palo—. Vamos a llevar a estos matones del Philly a la ruina.
—¡A la ruina! —grita alguien más mientras nos movemos como una columna acolchada hacia el túnel.
El público enloquece mientras marchamos a pisotones por el suelo de goma y hacia la pista fuertemente iluminada.
Salgo al hielo a toda prisa, y mis patines muerden la superficie escurridiza mientras marcho hacia delante.
Veinte mil fans chillan por el Brooklyn. Y les voy a dar algo por lo que gritar.
Patinamos para calentar, y entonces el coro de góspel canta el himno nacional.
Con una mano en el corazón, me centro y visualizo el partido que tenemos por delante.
El Philly saca mucho provecho a su rápido centro, así que esta noche me voy a convertir en su peor pesadilla.
Ese es mi trabajo. Y se me da bien hacerlo.
Tras las eliminatorias, el director general del Brooklyn estará desesperado por ofrecerme un nuevo contrato con todos los arreglos.
Cuando es hora de enfrentarnos, mi concentración se centra en los hombres frente a mí y en el disco que el árbitro suelta de repente. Trevi lo gana y me lo lanza.
Me voy a toda prisa, patinando como un demonio, encontrando una oportunidad para pasárselo a nuestro ala. Y entonces me planto frente al centro del Philly. Su nombre es Cuzkic, apodado Cujo, por supuesto, porque es muy fácil divertir a los jugadores de hockey.
Pero Cujo estará lloriqueando como un cachorrito cuando termine con él.
Durante el primer tercio, solo soy frustrante. Terca y obsesivamente frustrante. Me pego a él como si fuera chicle en la acera.
Hago que le sea imposible pasar el disco de una forma productiva, y cuando suena el pitido al final del primer tercio, vamos cero a cero.
—Buen trabajo —me dice el entrenador en el vestuario—. Brillante. Sigue así, y cuando se derrumbe, no tengas piedad.
—Sí, señor.
—Líquidos, chicos —nos incita Henry, caminando por la sala con una bandeja de vasos de papel—. Agua, bebidas energéticas, zumo. Hay algo para todos.
Me bebo de un trago un poco de agua, pero me siento genial. Salgo durante el segundo tercio listo para más.
Cujo da pelea, astuto, y cambia su rutina para tratar de sacudirme de encima.
Pero si soy algo, es paciente. Llevo años esperando a dejar mi huella en este juego, y podría seguir así toda la noche.
Hacia el final del segundo tercio, por fin sucede: Cujo se cansa, tanto mental como físicamente. Cuando bloqueo otro pase, deja que su rabia prevalezca ante su paciencia, así que insisto más e invado su espacio personal.
En vez de tirar atrás para volver a intentarlo, su mano me agarra la camiseta y me aparta del camino.
Me caigo, pero consigo quitarle el disco en el proceso.
Castro intercede, lo agarra y patina rápido hacia la portería. No respiro mientras veo al defensa del Philly acercarse a él, pero Castro dispara hacia la red.
El estadio entero suelta un grito ahogado cuando el disco atraviesa los postes.
Veinte mil personas chillan cuando la luz se ilumina, y el árbitro sopla el silbato.
Penalización retrasada para el Philly.
Me levanto de un salto, y entonces inclino la cara hacia el techo y grito de alegría.
—Gracias por las risas, Cujo.
—Chupapollas —se mofa.
«Solo cuando tengo suerte, amigo».
Entonces oigo que el presentador anuncia el primer gol de las eliminatorias.
Y la asistencia me la llevo yo.
Sin embargo, no hay partidos fáciles, y el último tercio es tenso. El Philly empata, y entonces respondemos con otro gol. Cuando la campana final suena, vamos 2-1 a nuestro favor.
En mi sudoroso camino de regreso por el túnel, un periodista me mete un micrófono frente a la cara.
—¿Podemos esperar más de eso en esta postemporada?
Es una pregunta tonta, pero sonrío de todos modos.
—¡Por supuesto!
—Tu padre debe de estar muy orgulloso del esfuerzo que has hecho esta noche.
—¡Empieza la racha! —respondo con alegría.
Pero el periodista no se equivoca. Mi padre está eufórico con cómo he jugado esta noche. Tras el partido (y después de mi ducha y la rueda de prensa), no puede dejar de alabar mi velocidad y concentración.
—Quiero ver más de eso pasado mañana —dice, incluso aunque mi madre pone los ojos en blanco y apoya todo su peso contra la pared del pasillo fuera de los vestidores.
—Ya verás que sí —respondo, por fin cansado—. Debería ir a casa a descansar. Vosotros también, ¿no? Parece que mamá está dormida de pie.
Mi padre se gira hacia ella, como si se hubiera olvidado de que estaba ahí.
—Sí, buena idea. Necesitamos que estés descansado. —Sus ojos se entornan—. Vas a ir derecho a casa, ¿no?
—Claro. —Entonces entorno los ojos—. No querrás que me desvíe.
—Hudson. —Mira por encima del hombro para asegurarse de que nadie nos pueda oír—. No seas descuidado. Ahora no.
—Nunca soy descuidado —siseo—. Pero un día, pronto, voy a vivir mi verdad. Y voy a hacerlo con todo el cuidado del mundo, así que prepárate.
Vuelvo a casa solo, por supuesto, pero en el taxi reviso mis mensajes. Hay un selfi de Gavin y Jordyn en el partido, sonriendo felices. Otra de Gavin bebiendo una cerveza y poniendo una cara tonta sobre el borde del vaso. Una foto de Jordyn dando saltos con sus pompones del Bombshells en las manos.
Gavin: ¡Esa última es de tu asistencia! Hemos gritado. ¡Increíble partido! Muchas gracias otra vez por este regalo. Fue asombroso.
Me vuelvo a meter el móvil en el bolsillo de la chaqueta y miro cómo dejamos atrás las tiendas iluminadas. Hacer feliz a Gavin es casi tan satisfactorio como haber jugado bien esta noche.
No tiene ni idea de lo motivado que estoy para demostrar que voy en serio. Podemos tener una vida juntos de verdad.
Solo tengo que hacer que suceda.