TREINTA Y TRES Gavin
Tardo un buen rato en salir de la pista de patinaje. Hemos dado pruebas rápidas de la gripe al equipo entero después del partido, y por suerte ninguno ha dado positivo.
Son pasadas las once cuando salgo del taxi y me arrastro por las escaleras. Cuando entro en mi piso, está a oscuras y en silencio. Reggie aún no ha llegado a casa y Hudson no está en el sofá, lo cual quiere decir que debe de estar dormido en mi cama.
No me fío de mí mismo lo suficiente como para entrar. Necesita descansar, y si me mira de una manera en concreto, es posible que termine haciéndole una mamada para que se recupere.
Entro de puntillas en el cuarto de Jordyn para darle un beso de buenas noches… y veo que su cama está vacía. Así que voy a buscarla a mi habitación.
La escena que me encuentro hace que se me encoja el corazón. Hudson está dormido boca arriba, encima de las sábanas. Jordyn se ha acurrucado contra él, con el culo contra su cadera, sus pies encima de su espinilla y su cabeza usando sus bíceps como cojín.
La escena es tan tierna que dejo de respirar. Hay un espacio avaricioso en mi corazón que quiere volver a tener una familia. Un hombre que me espere en casa, alguien en quien mi hija confíe.
Aparto el pensamiento de mi mente y levanto con cuidado a mi hija de la cama.
—Papi —murmura mientras me la llevo a su cuarto.
—Es tarde —susurro—. ¿Te encuentras bien?
—Ajá —dice, y me rodea con los brazos.
La arropo y le doy un beso en la frente. No parece tener fiebre.
Entonces, me lavo los dientes y me pongo mis pantalones cortos de dormir antes de volver a mi habitación. Me siento en un lado de la cama y poso una mano sobre la frente de Hudson. También está fría, lo cual es una mejora. Sus ojos se abren con un parpadeo.
—Hola —dice con la voz espesa.
—Gracias —susurro—. No tienes ni idea de lo mucho que lo aprecio.
Me agarra la mano y la sujeta.
— No’s nada. Hemos cenado comida italiana y hemos visto el partido. Me ha hecho contarle una historia.
Mi corazón se hace el doble de grande. Me tumbo junto a él y poso una mano en su fuerte pecho.
—¿De qué tipo? ¿De deportes? ¿De fantasmas?
—De cuando era pequeño. Lo ha pedido ella.
—Ah. Esas no se me dan muy bien, así que tengo que inventarme cosas.
—No debería haber dormido aquí —dice, mirando a su alrededor— con mis gérmenes griposos.
—No importa —señalo—. Si no me la ha pegado Jordyn, no voy a enfermar. Mi prueba ha vuelto a salir negativa esta noche.
—En ese caso… —Se gira sobre un lado y me aprieta contra su pecho—. Te echo de menos una barbaridad.
—Ya lo sé. —Se ríe por lo bajo—. Quería decir que lo sé porque yo también te echo de menos.
—Tienes principios —susurra—. Y razones. Estoy tratando de respetar tus límites, pero es que me muero de ganas todo el rato por follarte.
—No quiero romper mis propias reglas —murmuro contra su camiseta—, pero aun así quiero que me rompas. Es un problema.
Su pecho se agita cuando se ríe.
—Sabes que eso no es lo único que quiero, ¿no? No es solo sexo. Nunca ha sido solo sexo. Me estoy enamorando de ti.
Son palabras embriagadoras, y mi corazón necesitado baila un tango dentro de mi pecho. Pero sé que no es tan simple.
—También es demasiado sencillo enamorarme de ti. Pero el hockey es tu primer amor, y el hockey es una perra celosa. Básicamente le estás poniendo los cuernos para estar conmigo.
—Eso es tan real que da miedo. —Suspira—. Sé que crees que no puede funcionar, pero te voy a demostrar que te equivocas. Voy a conseguir mi renegociación temprana del contrato, y entonces encontraré la forma de vivir mi vida. Todo se solucionará.
—Ajá —digo, acariciándole el pecho con una mano reconfortante.
—Sé que no me crees, pero te voy a convencer.
—De acuerdo. —Sonrío en la oscuridad—. Pero ahora tenemos que dormir. Puedes convencerme mañana.
Sus brazos me rodean con más fuerza.
—No me estás echando, ¿no? Creo que me merezco dormir aquí. Es mi recompensa por hacer de canguro.
—Vale, pero tendrás que comportarte. —El recordatorio va tanto para mí como para él.
—Lo haré.
Me desenredo de él y cierro la puerta con pestillo para que Jordyn no pueda vernos juntos en la cama. Entonces, me meto bajo las sábanas.
—Buenas noches.
Con una risita, se mete en la cama junto a mí, se acurruca a mi lado y me pasa un brazo por la cintura.
—Buenas noches, guapetón.
—Gracias por cuidar de mi pequeña.
—Es fácil. —Me besa la nuca—. Solo le digo que sí a cualquier cosa que me pida.
Suelto un quejido, pero no lo siento de verdad. Su abrazo es la mejor cosa que me ha pasado nunca.
Y caigo dormido menos de cinco minutos después.
Cuando salgo de la cama la mañana siguiente a las ocho, Hudson ya se ha ido, y, desde el sofá, Reggie me mira con una sonrisa ladeada que asoma sobre el borde de su taza de café.
—¿Una noche entretenida?
Sacudo la cabeza.
—No de la forma que crees. ¿Dónde está Jordyn?
—Jugando con mi iPad en su habitación.
—¿Ha visto…?
Reggie niega con la cabeza.
No quiero confundirla, así que es un alivio.
Al menos eso pensaba, pero por la noche, mientras le peino el pelo mojado, de repente me pregunta:
—¿Hudson es tu novio?
Trago saliva.
—No, cariño. ¿Por qué preguntas?
—Se fue a dormir a tu cama. Como hacía papá.
«Oh».
—Le dije que se pusiera cómodo, porque está recuperándose de la misma gripe que tú.
—Pero podría ser tu novio —insiste—. Si quisiera.
Es bueno que no pueda verme la cara, porque me he quedado sin palabras. No quiero mentirle, pero tampoco hablar de los temas privados de Hudson. Aunque ¿dónde me deja eso?
—Hudson es muy especial para mí, pero no creo que quiera tener novio.
—Debería —declara, como si dependiera de ella—. Es amable, y le gustas.
—Lo tendré en cuenta —digo con un tono ligero—. Por si sale el tema.
Sin embargo, Hudson es un hombre ocupado.
Esa es otra cosa que no sabía del horario de la Liga Nacional de Hockey: tan solo hay cuatro días entre el último partido de la temporada y el primer partido de las eliminatorias.
Y las eliminatorias son cuatro rondas de hasta siete partidos cada una, un mes y medio adicional.
Los dos equipos que lleguen a la ronda final tendrán unas vacaciones reducidas a seis semanas antes de que vuelva a empezar el campamento de entrenamiento.
El hockey es una locura. El cuerpo humano no está hecho para trabajar tan duro durante tanto tiempo. Cuando pienso en ello, me duelen los músculos con empatía.
Por suerte, nuestra pequeña epidemia de gripe desaparece, pero eso aún conlleva largas horas en la pista de entrenamiento. Estiro y evalúo y vendo y masajeo a gente desde el amanecer hasta el momento en el que salgo corriendo del edificio para ir a recoger a Jordyn del cole.
Cuando llega la noche del primer partido, ya he cumplido con el equipo. Estoy descargando la compra en la cocina, preparándome para hacerle a Jordyn una cena de noche de partido con chili y pan de maíz.
Está emocionada por poder verlo, y fascinada por el concepto de los cuadros de eliminatorias. Escoge al Brooklyn como ganador de todo, y entonces elige sus otros ganadores basándose en el color de sus camisetas y en sus logos. Todos necesitamos un sistema, ¿no?
—Más les vale ganar —dice, bailando frente a la tele—. Cuento con ello.
—Cariño, aún faltan dos horas para que empiece el partido —señalo—. Será mejor que encuentres algo más que hacer durante un ratito.
—¿Dos horas? —Se deja caer en el sofá como un globo deshinchado—. Odio mi vida.
—¡Jordyn! —Suena como si tuviera diecisiete años, no siete, y no estoy acostumbrado a oírlo.
—No odio toda mi vida —replica, dándose la vuelta para sonreírme—. Solo un poquito.
—Vale, bien. ¿Quieres ayudarme a hacer el pan de maíz?
—¡Claro! —Se levanta del sofá como movida por un resorte—. ¿Puedo medir la harina? —Antes de que yo pueda responder, suena el timbre—. ¡Oh, voy yo! —Ya está yendo a toda prisa hacia la puerta—. ¿Hola? Vale.
Veo cómo aprieta el botón que abre la puerta.
—¿Quién es? —Nadie llama nunca al timbre.
—El masajero, que viene a traer algo —responde.
—¿Qué? ¿Quieres decir «mensajero»? —Se encoge de hombros—. Deja que me encargue yo —insisto, y cuando abro la puerta del piso, un hombre joven que lleva un chaleco de su empresa está subiendo por las escaleras con un sobre en la mano.
—¿Gavin Gillis? —pregunta.
—Soy yo.
—Firme aquí.
Hago lo que me pide, y unos segundos más tarde estoy sujetando un sobre anodino sin dirección de remitente. Y el terror me invade el cuerpo.
Debe de ser una orden de comparecencia. Eustace ha cumplido su palabra, me ha denunciado para conseguir la custodia de Jordyn.
Dejo el sobre sin abrir en la encimera y regreso a la cocina, pero no recuerdo qué se supone que debería estar haciendo. Tengo la mente saturada por el pánico.
—¿Papi? —pregunta Jordyn suavemente—. ¿No vamos a hacer el pan de maíz?
Es verdad. El pan de maíz.
—Sí, cariño. ¿Puedes buscar los vasos medidores?
—¿Qué ha traído el hombre? —pregunta, abriendo de golpe un cajón de la cocina.
—No lo sé —digo con tono grave—. Lo abriré más tarde. —Las manos me tiemblan mientras saco el paquete de harina del armario. No puedo abrir el sobre frente a Jordyn. Me echaría a llorar—. ¿Te has lavado las manos?
—Oh, ups. —Sale disparada de la cocina hacia el baño, probablemente porque el taburete que tenemos allí hace que sea más fácil para ella llegar al grifo.
Aprovecho para agarrar el sobre y abrirlo bruscamente, como cuando te arrancas una tirita. Entonces aguanto la respiración y saco…
Dos entradas. Para el primer partido de las eliminatorias, que empieza en dos horas. También hay una tarjeta de regalo para los restaurantes, y una nota escrita a toda prisa.
G, perdón por la poca antelación. He tenido que gorronearlas, pero Jordyn estaba muy triste por perderse el otro partido, así que, por favor, disfrutad de este. H.
—Hostia puta —susurro.
—¡Papi! ¡Has dicho una palabrota!
—¡Jordyn, mira! —Estoy emocionalmente aturdido—. Olvídate del pan de maíz, tenemos asientos en la fila E para el partido.
—¡Hostia puta! —dice con alegría.
—¡Oye!
Se desternilla de la risa y empieza a dar saltitos.
—¿Podemos irnos ya? Espera, ¡tenemos que ir de morado!
Da media vuelta tan rápido que me marea y se dirige a su habitación.
Mi sonrisa es tan amplia que me duele la cara.