TREINTA Y DOS Hudson
Me doy la ducha más rápida del mundo, me pongo ropa limpia y me dirijo al piso de Gavin, preguntándome cómo voy a entretener a una niña de siete años enferma. Sin embargo, cuando llego, está todo en silencio, y no hay señal alguna de Jordyn.
—Está durmiendo —me explica Gavin mientras se pone la chaqueta.
—Ah. —De repente, el trabajo se ha facilitado.
—Ponte cómodo —dice mientras recoge sus cosas—. El sofá no es ideal, así que te puedes tumbar en mi cama. Te encontrará cuando se despierte. Joder, estará eufórica. Hay ramen en la nevera, pero si estás harto de comerlo, pide lo que os apetezca. Tengo que irme…
—Vete. —Lo echo hacia la puerta—. No te preocupes por nosotros.
Desde el taxi, me manda una retahíla de mensajes. Debería beber más líquidos. Si se pone gruñona, dale paracetamol infantil, pero solo a partir de las seis.
Tras leerlos, me caigo dormido en el sofá, y me despierto completamente a oscuras poco después. El reloj del decodificador de cable dice que son las siete y media. Cruzo la sala con dificultad para encender las luces y me sirvo un vaso de agua.
Debo de hacer ruido, porque Jordyn sale de su cuarto arrastrando los pies, con un pijama de franela de color morado. Entorna la mirada cuando me ve.
—No eres papi.
—¿Ves? Sabía que eras lista.
Se ríe de repente.
—¿Papi se ha ido a trabajar? ¿Por qué no estás en el partido? Ohdiosmío , ¿tú también tienes la gripe?
—Pues sí. ¿Quieres agua? Papi ha dicho que necesitas beber líquidos.
—Vale. ¿Podemos cenar?
No tengo mucha hambre, así que me había olvidado de la cena.
—Claro, peque. ¿Alguna sugerencia? Hay ramen, pero también podemos pedir comida a domicilio.
—¿Podemos pedir comida italiana? —Se le iluminan los ojos—. Reggie me deja pedir las conchas rellenas.
—¿Te sabes el nombre del restaurante?
—¡Puedo encontrarlo! —dice con alegría—. ¿Me das el móvil?
Una vez más parece ser que la clave para hacer de canguro de Jordyn es darle mi móvil. Encuentra el restaurante y me lee el menú. Escojo mi comida, y ella se encarga de todo. No tengo que hacer nada excepto pagar, lo cual es justo.
Entonces pongo el partido de hockey, y cuando llega nuestra cena, la comemos frente a la tele. Jordyn aplaude cuando la cámara muestra el banquillo y el hueco que hay detrás, donde está Gavin.
Estoy clavando esto de ser canguro.
El Brooklyn las está pasando canutas, lo cual me deprime, y las gradas están llenas de banderines arcoíris para el evento LGBTQ.
—Debería haber estado allí —murmuro mientras el otro equipo le arrebata el disco a un novato. Una mano pequeñita me da palmadas en la espalda.
—Todo el mundo se pone enfermo a veces, solo tienes que aceptarlo.
La miro por el rabillo del ojo.
—¿Eso te lo ha dicho tu papi?
—Sip. ¿Podemos comer helado? Hay un poco en el congelador. Y prometo que me lavaré los dientes después.
Vaya. Gavin no ha dicho nada sobre postres.
—Creo que todo está permitido cuando tienes gripe.
Salta del sofá, y la ayudo a servirse una bola de helado de pepitas de chocolate en una taza de té, y le doy una cucharilla.
Después, limpio un poco la cocina de Gavin mientras el Brooklyn marca un punto que nos pone en la delantera. Cuando miro hacia Jordyn, se ha vuelto a quedar dormida, y su cabecita posada en el reposabrazos del sofá está en una posición incómoda.
Mmm.
Espero unos minutos para ver si se levanta, pero me duele el cuello solo de mirarla, así que me acerco de puntillas y considero moverla. ¿Es eso algo que Gavin haría?
Sí. Creo que sí. Querría que estuviera cómoda.
De acuerdo. Hago sentadillas con más de doscientos kilos, ¿vale? Esto será pan comido.
Con cuidado, me inclino para levantar su cuerpecito del sofá. Huele a pasta de dientes y a champú frutal. Cargo con ella con tanta cautela como puedo.
Sin embargo, las niñas dormidas se dejan caer, y es como llevar un pulpo en brazos.
Tengo miedo de golpearle las extremidades contra el marco de una puerta, pero lo conseguimos.
La llevo a su desordenado dormitorio con peces en las sábanas y le apoyo la cabeza contra la almohada.
Se da la vuelta y gruñe cuando le subo las mantas hasta los codos.
Satisfecho conmigo mismo, escribo a Gavin para hacerle saber que está en la cama. El partido ya ha terminado, y hemos ganado. Apago la tele y considero cuál será mi siguiente paso. Estoy agotado, así que me dirijo a la pulcra habitación de Gavin y me estiro sobre su cama.
Cuando me levanto una hora después, Jordyn está de pie a mi lado, quejándose de que no se encuentra bien. Le pongo una mano en la frente, que está caliente.
—¿Te duele la barriga? ¿Crees que vas a, eh…, vomitar? —Sacude la cabeza—. Paracetamol, pues. —Reviso los mensajes de Gavin para comprobar la dosis, y le doy la medicina. Sin embargo, no vuelve a la cama, sino que trepa una de las esquinas de la cama doble de Gavin.
—¿Por qué no ha llegado papi?
—Llegará pronto —le prometo—. Se tarda un rato en recoger todo después de un partido. Necesitan su ayuda.
—Pero nosotros le necesitamos más —se queja.
«Chica, te entiendo». Me estiro de forma incómoda a su lado, y entonces le tomo la mano.
—Escucha, cielo, no está lejos. A tu papi se le da fenomenal cuidar de la gente; no dejaría que estuvieras alejada de él demasiado tiempo. Y no estamos tan mal, ¿no?
—Supongo que no. —Se acerca más y se acurruca contra mí, con su cabeza en mi hombro—. Podrías contarme una historia mientras le esperamos.
Ay, caray. Eso suena muy por encima de mis habilidades.
—Eh… ¿Qué tipo de historia?
—Cuéntame algo de cuando eras pequeño. Mi papá tenía buenas historias de eso. Creció en Boston, que está al lado de Nuevo Hampshire. ¿Tú dónde estabas?
—Nací aquí, en Nueva York, pero era demasiado pequeño para acordarme de cuando vivía aquí.
Entonces nos mudamos a Toronto, que está en Canadá, y después a Denver, que está en Colorado.
Mi papá era un jugador de hockey, así que viajábamos mucho.
Mi madre y yo a veces lo acompañábamos en sus viajes.
Una vez me llevó a patinar al río en Ottawa.
Podrías patinar durante kilómetros y kilómetros.
Levanta la cabeza y me mira en la oscuridad.
—¿En serio?
—En serio. Era chulísimo. —La verdad, esto de hacer de canguro no es tan difícil.
Le quito el pelo de la frente y me permito pensar en un día invernal de hace más de veinte años—.
Nunca había patinado en un río antes. Había mucha gente, como si fuera una fiesta.
Había carritos en el borde con hombres vendiendo chocolate caliente y gofres.
—¿Te dejaron comer los dos?
—Sip. Hacía mucho frío fuera, y tenía hambre. Pero podías patinar justo por debajo del puente, con los coches por encima de tu cabeza.
—Qué guay.
Sigo hablando, contándole más sobre los perros de trineo que vi en ese mismo viaje. En algún momento, vuelve a quedarse dormida. Su pequeño rostro luce tranquilo, con sus oscuras pestañas tocándole las mejillas.
Cuando miro su cara durmiente, siento un sentimiento desconocido de orgullo. Como si hubiera hecho algo importante. Objetivamente, sé que no ha sido mucho, que lo único que le he dado ha sido comprarle comida y ver la tele con ella, pero es raro lo satisfactorio que me parece consolarla.
El hockey es genial, pero raramente termino el día sintiéndome que he marcado la diferencia en la vida de alguien que no sea yo.
Cierro los ojos y escucho su suave respirar. La almohada huele a Gavin, y sus palabras vuelven a mi mente. «Ahora mismo, no tienes que estar en ningún otro sitio».
Tiene toda la razón del mundo.