El chico nuevo TREINTA Y UNO Hudson
62%

TREINTA Y UNO Hudson

Por la mañana, me levanto a las diez en punto, sintiéndome adormilado. No me había despertado tan tarde desde los catorce años. Mi padre nunca me lo permitió.

Miro al techo durante un rato, preguntándome qué hacer. Algunos anhelan tener un día libre, pero yo no soy así. Estar solo en casa hace que me sienta inquieto.

No ayuda saber que Gavin está justo al otro lado de la puerta. Es tentador llamarle; solo quiero oír su voz.

Pero me mantengo fuerte. Decido hacer la colada en su lugar.

Hacia las dos de la tarde, he doblado mis camisetas, pagado mis facturas y pedido flores para el cumpleaños de mi madre. He mirado una película y comido un brunch saludable.

Hago flexiones, y luego abdominales. Un rato después, estiramientos de yoga. Pasa otra hora, pero sigo sin tener nada que hacer.

No hay nada como un día a solas para recordarme que no tengo mucha vida privada.

De acuerdo, no tengo nada de vida privada.

La situación es tan mala que abro mi bandeja de correo electrónico y respondo a todo lo que he ignorado durante la fase previa a las eliminatorias. Hay un mensaje del Departamento de Relaciones Públicas.

Hola, Bruisers:

Aún me faltan dos jugadores para la sesión de fotos que habrá mañana antes de nuestro partido.

Tres organizaciones LGBTQ locales van a traer a fans adolescentes del hockey al partido, y me gustaría ofrecerles la hora entera con los jugadores.

Si pudierais dedicar diez minutos de vuestra rutina previa al partido, nuestros nuevos fans lo valorarían mucho.

Georgia

No estoy orgulloso de esto, pero mi primera reacción es irritarme. ¿Cómo se atreve a hacer que vuelva a pensar en eso?

Sí, es detestable. Debería estar agradecido de que mi equipo apoye estas organizaciones, igual que debería estar agradecido de que el equipo acepte a Gavin. Lo adoran, punto final.

Sin embargo, cada vez que pienso en ello, me avergüenzo. Y vuelvo a dar vueltas en la noria de «¿y si…?».

¿Y si le digo al mundo mi verdad? ¿Y si la gente me mira diferente?

Algunos fans más tontos me chillarían cosas feas. Algunos de mis antiguos compañeros de equipo se preguntarían si solía mirarlos en las duchas.

Alerta de spoiler : nunca lo hice. Pero aun así se lo preguntarían.

Pero ¿y si pudiera con todo eso? ¿Y si el miedo es peor que la realidad?

He tenido esta conversación conmigo mismo incontables veces. Llega un punto casi cada día en el que estoy listo para lanzar una cerilla prendida a mi hoguera de miedos y dejar que suceda.

Pero entonces aparecen las dudas. ¿Qué le va a pasar a mi carrera?

Ya es una carga suficiente que la Liga me vea como el hijo decepcionante de Derek Newgate. Odio esa narrativa. ¿Me convertiría entonces en el hijo de Derek Newgate, que parece no poder quedarse en un equipo… porque es queer ?

Por eso nunca deberían darme las mañanas libres. No puedo estar a solas con mis pensamientos.

El correo electrónico sigue abierto en mi pantalla, y antes de que pueda darle demasiadas vueltas, le doy al botón de responder. De acuerdo, Georgia, me apunto. Dime dónde y cuándo.

Entonces lo envío antes de que pueda pensarlo otra vez. O un millón de veces más.

Son solo unas fotos. Nada importante, ¿no?

Apago el ordenador y encuentro unas zapatillas deportivas. Quedarme quieto no me está funcionando. Necesito sudar hasta que se me vaya la tontería.

La mañana siguiente me levanto a las ocho, como siempre. Mi piso me parece una celda, y estoy ansioso por salir de aquí.

Sin embargo, nada más levantarme, sé que algo va mal. Me duele la cabeza, y también cuando muevo los ojos. Cuando bebo agua, me noto la garganta reseca y extraña. Al levantar una mano para tocarme el cuello, descubro que tengo los ganglios hinchados.

Mierda. Esto es mala señal. Pero los jugadores de hockey no se ausentan por enfermedad a no ser que estén medio muertos.

Por otro lado, si soy el que va contagiando al equipo antes de las eliminatorias, el entrenador no estará nada contento.

A regañadientes, encuentro el número del médico del equipo y le dejo un mensaje, pidiéndole guía. Entonces vuelvo a meterme en la cama y espero a que me llame.

Sin embargo, eso no es lo que sucede. Una hora más tarde, oigo que llaman a la puerta. Es Gavin, con un bol en una mano y su kit de preparador físico en la otra. Entra en mi piso como una apisonadora tan pronto abro la puerta.

—¡Vuelve a la cama! ¿Por qué no me has dicho que tenías gripe? ¿Dónde debería poner el ramen?

Aunque me siento hecho mierda, la tripa me ruge cuando menciona los fideos.

—Anda, ¿esto es lo que preparas tú? —Le tomo el bol de las manos, que está ardiendo, y entonces me siento en el sofá y le doy un sorbo al caldo por el borde del bol.

Gavin suelta su kit y se dirige a toda prisa a la cocina para traerme cubiertos y una servilleta, y también saca una botella de zumo de naranja recién exprimido de su bolsa.

Durante un momento, me siento como si tener gripe un día de partido no fuera lo peor que me podría pasar, pero entonces Gavin se sienta a mi lado y saca una prueba rápida.

—Tengo que tomar muestras de tu nariz.

—Espera —replico—, ¿por qué estás aquí? No quiero contagiarte a ti o a Jordyn.

—¡Demasiado tarde! —responde—. Jordyn ya está fuera de combate. En realidad, está empezando a encontrarse mejor. Y yo nunca me pongo enfermo.

—Yo tampoco, hasta ahora.

—Quédate quieto —indica, y cuando suelto la cuchara, me mete el bastoncillo por la nariz.

—¡Argh! —me quejo mientras el hisopo se mete demasiado hacia dentro—. Jamás pensé que llegaría el día en que no querría que me pongas las manos encima, pero aquí estamos.

—Que te quedes quieto. —Suelta una risa por la nariz y va a por el otro lado.

Pongo las manos en sus costillas y suspiro. Es tan agradable tocarle, pero se supone que no debería hacerlo.

—Ahí está —dice, levantándose y dirigiéndose a la encimera de la cocina, donde hace algo complicado con la prueba y entonces se lava las manos.

Trato de consolarme comiendo sopa, pero cinco minutos más tarde me muestra que he dado positivo en gripe A.

—No salgas del piso —me ordena—. El entrenador está llamando a algunos jugadores de Hartford para el partido de esta noche. Quiere a su equipo de élite descansado y saludable.

—Qué mierda —me quejo—. ¿Y qué hay de la sesión de fotos? Me había apuntado.

Los perfectos ojos grises de Gavin pestañean lentamente.

—¿En serio?

—Sí. —Vuelvo a posar la mirada en la sopa—. Ya estaba tardando. Y ¿ahora resulta que no puedo ir?

—No, a no ser que quieras pegarle la gripe a un puñado de niños queer sin hogar.

—Cuando lo dices así…

Gavin posa una mano sobre mi desastrosa cabeza y suspira.

—Lo siento.

—Ya. Lo superaré.

—No —dice en voz baja—. Siento que esto sea tan difícil. Ayer me pasé el día viendo telebasura con Jordyn y deseando poder verte.

—Oh. Eso me suena bastante.

Suelta una risita por lo bajo, y entonces me toca la frente con la mano para ver si tengo fiebre.

—¿Te has tomado un ibuprofeno?

—Aún no. —No iba a molestarme, pero cuando saca una pastilla de su bolsa y me la pone en la mano, me la trago, porque me gusta que se preocupe por mí—. Nadie me había traído sopa cuando estaba enfermo. Al menos, no desde la escuela primaria.

—¿Qué? ¿Por qué? —pregunta, tendiéndome el zumo.

—Mi padre está en contra de mimar a la gente. —Me encojo de hombros—. Y mi madre le sigue la corriente.

Gavin entorna los ojos.

—Traerte sopa no es mimarte, y tampoco lo es cuidarte cuando estás enfermo. Y nunca hablas de tu madre.

—No tenemos una relación cercana. —Me vuelvo a encoger de hombros—. Al menos, no desde que era pequeño. Y cuando mi padre se jubiló, focalizó toda su atención en mí, como si yo tuviera que cargar con la bandera de la familia.

—Uf —dice Gavin, sacando un termómetro de su bolsa y presionándolo contra mi cabeza—. Suena sano.

—A mí me gustaba —admito—. Sabe mucho sobre hockey, y me gustaba la atención.

—Pero nunca pudiste elegir —apunta.

Supongo que es verdad, pero eso es un problema para otro día.

—¿Cuántos chicos están fuera de juego?

—Siete —responde—. Ninguno está superenfermo, por suerte. El entrenador está tratando de mantener las cosas así.

—Me parece justo.

—Ya —asiente—. Estás a treinta y ocho grados. ¿Cómo te encuentras?

—Adolorido y cansado. Tengo la garganta rasposa y me duele la cabeza, pero he tenido días peores.

Gavin se levanta, me posa una mano en la mandíbula y nuestras miradas se cruzan. Me observa con atención, como si estuviera tratando de decidir si estoy infravalorando mis síntomas. Entonces, se inclina hacia delante y me da un beso en la barbilla. Solo uno.

—Cuídate. Mándame un mensaje si necesitas algo. Se supone que tengo que llamar al doctor Herberts para ponerlo al día, ambos estamos haciendo visitas a domicilio.

Está manteniendo el orden. Como siempre.

—¿No se suponía que ibas a llevar a Jordyn al partido de hoy?

—Sí. —Hace una mueca de dolor—. Pero ahora está enferma, y por lo visto soy un malo malísimo por retenerla en casa.

—Caray.

—Ya. —Sacude la cabeza—. Escríbeme si necesitas cualquier cosa.

—Lo haré —prometo, y es tan tentador. Porque puedo pensar en un millón de cosas que necesito de Gavin.

Vale, la mayoría de ellas son sexuales. Arréstame.

Se marcha, lo cual me entristece. Lavo el bol y lo dejo en el tendedero para que se seque. Al menos tendré una excusa para pasarme por su piso y devolvérselo.

En la cama, miro dos películas seguidas. Me echo una siesta.

Dos días enteros en casa. No sé ni qué hacer.

Justo cuando estoy a punto de desesperarme y pensar que no volveré a salir de casa, me suena el móvil. Es Gavin.

—Hola —digo—. Estoy bien. Mi peor síntoma es el aburrimiento.

—Me alegro de oírlo —dice, y su voz suena cansada—, porque tengo que pedirte un favor. Uno enorme.

—Lo que sea —respondo sin dudar ni un segundo.

—Henry acaba de dar positivo en una prueba de gripe. Lo han mandado a casa.

Miro la hora; son las cinco en punto.

—Joder. ¿Vas a ir a trabajar en su lugar?

—Sí. Y Reggie tiene que irse… a algún lado. Su banda cuenta con ella. Pensaba que había encontrado otra canguro, pero acaba de cancelarme.

Mierda.

—¿Quieres que me encargue yo?

—Nunca te lo pediría…

—Está bien —digo rápidamente—. Estaré allí en cinco minutos.

—Bendito seas. Porque ya voy tarde.