El chico nuevo TREINTA Gavin
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TREINTA Gavin

Sé que he tomado la decisión correcta. He eliminado a Hudson de mi vida privada. Se acabaron los mensajes coquetos y el prender fuego a las sábanas de su cama a altas horas de la noche.

El problema es que sigue aferrado a mi corazón.

Sin importar dónde esté, en casa o en el trabajo, mi subconsciente sigue pendiente del canal Hudson Newgate.

Cuando oigo el repiqueteo de sus llaves en el pasillo, es lo único en lo que puedo pensar.

Mientras trato a otro jugador, escucho su risa desde la otra habitación.

Jordyn también me pregunta por él todo el rato.

—¿Puede venir Hudson a cenar otra vez? —inquiere la siguiente vez que sirvo ramen—. Le gustó.

—Probablemente está demasiado ocupado.

—Nop —rebate—. ¡Llegó a casa a la vez que Reggie y yo! Vamos a llamarle.

Pongo otra excusa, pero me siento como un capullo, y ella lo deja ir. Sin embargo, cuando sirvo con un cucharón boles de sopa humeante, casi me desmorono y le preparo uno. ¿Qué habría de malo en eso? Es solo sopa.

El problema es que con Hudson nunca fue solo sopa. O solo sexo. Mi interés en él era más profundo de lo que jamás me había permitido creer.

No podemos estar juntos; no está preparado. Siempre lo he sabido.

Y, aun así, eso no hace que sea más sencillo. Las eliminatorias empiezan tras dos partidos de la temporada, y la tensión está por las nubes. La sesión de patinaje matutino está a rebosar; el gimnasio, abarrotado; y el personal de entrenamiento, más ocupado que nunca.

Henry está trabajando con Hudson hoy, así que al menos no tendré que tocarle. Pero está justo ahí, a unos metros de distancia, y tengo que luchar por centrarme en lo que toca.

—¿Qué tal la crisis de buscar a alguien que cuide de tu hija? —me pregunta Castro mientras trabajo en un calambre de su pantorrilla—. ¿Has encontrado un campamento de día para tu pequeñaja?

—No —respondo con un suspiro—. Hay uno en la Academia de las Artes de Brooklyn que sería perfecto, pero las plazas se llenarán antes de que pueda registrarme. Además, son dos mil dólares. Nos he puesto en la lista de espera, pero…

—Auch —dice—. Qué caros son los niños.

—A veces —asiento—, y otras preferirían comer macarrones con queso de una caja azul que el espectáculo de tres quesos de papi.

—Mala decisión, peque. —Castro sacude la cabeza—. Estoy disponible para comerme tus sobras cuando quieras.

—Es bueno saberlo. —Levanto la mirada y veo que Hudson me observa. Aparta la mirada de repente, como si no quisiera que lo descubriera.

Henry está hablando por teléfono, lo cual deja a Hudson solo. Y entonces la sala entera oye que dice:

—¡Vale, puedo llegar en veinte minutos! Estoy de camino.

Guarda el móvil en el bolsillo, y me doy cuenta de que están pasando cosas más importantes que mi corazón roto.

—¿Va todo bien?

—Oh, sí. —Sonríe, nervioso—. Mis gemelos están a punto de llegar. Gavin, necesito que esta noche…

—No te preocupes —digo rápidamente. Reggie ya estaba avisada—. Vete a tener hijos.

Es la primera vez que veo a Henry tan nervioso.

—Ha llegado a las treinta y cuatro semanas, así que todo irá bien.

—Seguro que sí —se mete Castro mientras balancea las piernas para levantarse de la camilla—. Vas a terminar enganchado a los puros cubanos. No te olvides de nosotros.

—Como si me fuerais a dejar —responde Henry con una sonrisa nerviosa. Agarra su bolsa y revisa sus bolsillos, y Castro empieza a aplaudir cuando se dirige a la puerta.

—¡Buena suerte, papá! ¡Mantennos al tanto!

Los demás también aplaudimos, y todos los que están por la zona empiezan a vitorear. Henry levanta un puño al aire y se marcha. De repente, mi día es dos veces más ocupado.

—Vale, chicos, ¿quién sigue? Me queda una hora aquí, después tengo que preparar el estadio.

Desde el momento en que Henry se marcha, el día entero es como un descenso al caos.

Nunca había trabajado en un partido en casa, y aún no estoy familiarizado con el espacio. Tardo dos horas en hacer lo que Henry probablemente termina en treinta minutos.

A las cinco en punto, cuando los jugadores empiezan a entrar, me llama mi hermana.

—No entres en pánico, pero ¿dónde guardas el paracetamol infantil?

—¿Por qué? —Se me cae el alma a los pies—. ¿Jordyn está enferma?

—Está gruñona y con la temperatura un poco alta. Cuando la fui a recoger, su profesora nos dio una nota que decía que había un brote de gripe en el cole. Hay ocho niños en su clase que no han venido hoy, incluida Lila.

Lila es su nueva mejor amiga.

Mierda.

—El paracetamol está en una caja de zapatos en la parte de arriba de mi armario. —No guardo ninguna medicina en el baño, donde Jordyn puede encontrarlas—. Hay uno de esos termómetros para la frente en el armario de las medicinas. Mantenme al tanto, ¿vale?

—Estará bien, hermanito. Voy a pedir sopa para cenar.

—Buena idea —digo inútilmente—. Gracias por ocuparte de esto.

—No es nada. Estaremos bien. Ve a ganar al Boston. Jordyn quiere verte en la tele.

—Vale. Chao. —Cuando cuelgo, el miedo se instala en mi estómago.

Sin embargo, el capitán del equipo me espera en la camilla, así que es momento de ponerse manos a la obra.

—Qué bien que puedas estar aquí —dice O’Doul mientras trabajo en su hombro—. Antes de que vinieras, Henry nunca tuvo libre una noche de partido.

—Tiene demasiadas cosas entre manos ahora mismo —acoto mientras le masajeo el trapecio con los pulgares.

—Ya, pero confía en ti, así que ahora puede estar junto a su esposa y no pensar en nosotros de una vez.

—Gracias.

—No hay de qué —dice mientras se levanta de la camilla justo a tiempo para que Hudson se siente en ella.

—¿Cómo va la cadera? —le pregunto.

—Está bien —responde, y entonces se aclara la garganta—. O’Doul tiene razón. El equipo te necesita esta noche. Tenemos, eh…, suerte de tenerte.

—Gracias —contesto en voz baja.

—Lo que me pregunto es a quién apoyarás esta noche —añade, bajando la voz—. Juega el Boston.

Suelto una carcajada mientras le roto la cadera.

—Oye, teníamos un trato. No íbamos a hablar de ello.

—Bueno, vale. Arruíname la diversión. —Me dedica una sonrisa atractiva, y mi corazón se acelera.

Puede que haya sido decisión mía terminar las cosas con él, pero le echo tanto de menos.

Hudson se va, y mi noche se convierte en un borrón de otras caras y partes del cuerpo. Pongo cintas y estiro y manipulo en medio del caos previo al partido.

La hora de empezar llega antes de que esté listo. Me apresuro a ir al banquillo con mi kit y miro cómo los jugadores patinan para calentar. Cuando el disco entra en juego, estoy lleno de tensión. «Por favor, que no haya lesiones en el Brooklyn esta noche», le suplico al universo.

El universo me escucha, más o menos. Crikey se mete en una pelea con un jugador del Boston.

Lo observo de la misma forma que la gente mira películas de terror: con los ojos entornados.

Aún no entiendo del todo por qué las peleas tienen que ser parte del juego, y Crikey aún tiene una venda sobre sus puntos.

En serio, no lo entiendo.

La pelea termina pronto cuando Crikey le propina un puñetazo al torso del jugador del Boston, y su oponente cae redondo con un grito que hiela la sangre.

Cuando un jugador cae, los oficiales van en manada hacia la pelea para que esta termine inmediatamente.

Esta pelea no es diferente, con la excepción de que el oficial encargado de retener a Crikey ni siquiera tiene que tocarlo.

Nuestro jugador está ahí de pie, con el puño aún apretado, observando al tipo como si no pudiera entender lo que acaba de pasar.

Mientras, el pobre hombre del Boston está hecho un ovillo, apoyado sobre un lado, evidentemente dolorido, y el preparador físico del Boston está acercándose por el hielo con una expresión consternada en el rostro.

El partido se detiene durante unos pocos minutos, y se llevan al jugador. Crikey patina hacia el borde de la pista, y todo el banquillo se inclina para escucharle mientras trata de explicar:

—Mi golpe ha ido, en plan, justo a la almohadilla de su pecho, pero algo se ha roto. —Su expresión es de horror—. Nunca había visto algo así.

Cumple una penalización de cinco minutos, y el jugador lesionado no vuelve al juego.

Más tarde, me quedo parado, sintiendo que he esquivado una bala. ¿Me convierte en mala persona si me siento afortunadísimo de que no sea yo el encargado de esa lesión?

Por lo visto, no soy el único que está un poco alterado. El partido pasa a ser un poco agresivo a partir de entonces, y ambos equipos parecen incómodos.

—¡He visto mejores jugadas en las ligas infantiles! —los regaña el entrenador durante el descanso—. Poneos las pilas. Sobre todo tú, Drake. Pareces dormido.

—Vale, lo capto —responde el delantero. Sin embargo, está visiblemente pálido, y sus jugadas no mejoran mucho durante el segundo tercio. Perdemos uno a dos contra un equipo al que deberíamos estar ganando.

—Me está dando un déjà vu —me dice Hudson con un gruñido antes de saltar por el borde para su turno.

Durante el segundo descanso, le echo un vistazo sutil a mi teléfono. Reggie me informa con un emoji de que Jordyn ha vomitado. «Pero solo una vez», añade con alegría. A sus mensajes les sigue una foto de Jordyn viendo el partido del Brooklyn con una sonrisa.

A la gente le encanta decir que los niños son resilientes y, aun así, la mitad de la gente que conozco va a terapia por cosas que les pasó en su infancia.

No puedo creer que esté aquí en vez de en casa, con mi pequeñita enferma.

—¡Gavin! —Levanto la barbilla de golpe, y veo que O’Doul me llama desde el otro lado de la sala—. ¡Ayuda! Drake está actuando raro.

—No estoy actuando raro —gruñe el delantero, frotándose la frente—. Solo me duele la cabeza.

—Te has quedado dormido —le ladra O’Doul—. En medio de un puto partido.

—Estaba reposando los ojos.

Mientras siguen con su pelea ridícula, agarro otra vez mi móvil para abrir la aplicación de seguimiento de los niveles de glucosa de Drake. No he recibido ninguna notificación, pero por si acaso.

A la aplicación le encantan los niveles de Drake. «¡Buen trabajo, sigue así!», dice con entusiasmo.

—Tus niveles son normales —le digo, entornando los ojos.

—Ya lo sé —responde, y me observa con la mirada adormilada—. Ese no es mi problema. Es solo que me siento hecho un asco.

—¿Hecho un asco en qué sentido? —le pregunto—. Dame más con lo que trabajar.

—Como si tuviera el cuerpo hecho de cemento. Y me duele la cabeza.

—Vaya. ¿Como los síntomas de la gripe?

—Sí, justo. —Se encoge de hombros, y ahora que lo miro más de cerca, su piel tiene un tono pálido grisáceo que no me gusta ni un pelo.

—Pero ¿puedes jugar? —pregunta el entrenador detrás de mí.

—Claro que sí —responde Drake.

Oh, no.

Mierda.

En realidad, no es cosa mía decidir si Drake juega en el último tercio con fiebre, pero ¿es buena idea?

Voy a tener que monitorizar sus niveles de glucosa como un halcón.

No tengo ni idea de cómo afecta la fiebre al metabolismo, o si los jugadores de hockey alguna vez se piden un día de baja médica.

Estoy muy fuera de mi onda. Lo único que puedo hacer es inclinarme hacia delante y plantar la palma de mi mano en la sudorosa frente de Drake.

Está ardiendo.

—Eh… —empiezo a decir, pero entonces Drake me aparta de un manotazo y se levanta de repente. Su color ha pasado de gris a verde.

Los jugadores y el personal de apoyo se separan como las aguas del mar Rojo cuando Drake sale corriendo hacia los baños.

—Mierda —dice el entrenador—. ¡Oíd todos! Desinfectaos las manos, es una orden. No nos van a sacar de las eliminatorias por un putísimo virus.

Empiezo a repartir toallitas con alcohol mientras Jimbo desinfecta frenéticamente todo el equipo y las botellas de agua.

—Mmm, yo también me noto un poco raro —dice otro jugador—. Pensaba que sería algo que he comido.

—Puedes sentirte raro después del último tercio —ladra el entrenador—. Vamos a ganar.

Los chicos lo intentan, de verdad que sí, pero el marcador está atascado en 1-2 cuando suena el pitido final y marchamos con pasos pesados hacia los vestidores, derrotados.

Pero ninguno de mis chicos está sangrando, así que supongo que esta noche ha sido una victoria para mí, personalmente.

Mientras, han llamado por los altavoces al médico del equipo, que estaba sentado en la tribuna. El doctor Herberts hace las rondas, y realiza pruebas rápidas de gripe a Drake y a varios más; tres jugadores dan positivo.

—Está circulando un brote de gripe —explica—. Descansad y beber. No hay por qué entrar en pánico.

El entrenador está dando vueltas por la alfombra, aparentemente estresado.

—¡Nueva norma! —brama—. Mañana no habrá patinaje matutino. Os podéis quedar en casa y descansar, necesito que estéis sanos para cuando empiecen las eliminatorias.

El estado anímico en los vestuarios es nefasto. Preparo mi kit en silencio, ansioso por volver a casa y cuidar de mi niña enferma.

Cuando reviso si tengo mensajes en el móvil, veo uno de Henry, y, al abrirlo, veo una foto de él con una mascarilla de hospital sujetando a dos bebés diminutos en sus brazos, uno en cada uno.

¡Un niño y una niña! , alardea el mensaje. Ella pesa dos kilos y él, dos y cuarto.

No puedo ver su sonrisa tras la mascarilla, pero se le nota en los ojos. De repente, me noto la garganta irritada. Debe de ser evidente por mi cara, porque Hudson se planta frente a mí.

—¿Qué pasa? ¿Va todo bien?

Sin decir ni una palabra, giro el móvil para que lo vea, y su expresión se suaviza.

—Míralos. Esta noche ha pasado algo bueno después de todo.

Me aclaro la garganta.

—Pues sí.

Me pregunto si Henry está tan nervioso ahora mismo como yo suelo estarlo. Esto de ser padre no es para cobardes.