VEINTINUEVE Hudson
Gavin me está evitando.
Lo única vez que he podido hablar con él ha sido cuando le he escrito sobre los resultados de mi revisión médica final. A que no lo adivinas. No tengo una conmoción.
Me alegro mucho de oírlo , me ha respondido de inmediato. Buenísimas noticias. Qué suerte tienes.
Totalmente. Me han dicho que tengo una cabeza dura , he contestado.
No me ha vuelto a escribir.
Me he pasado el día deseando que vuelva a hablarme. Ahora son las diez de la noche, y mi móvil sigue sin sonar.
¿Estás en casa? , tecleo, como el hombre desesperado que soy. Entonces, lo envío. Gavin hace que me retuerza durante diez minutos, y entonces responde: Sí, pero estoy cansado .
De acuerdo. Auch.
Doy vueltas por mi piso durante unos minutos, tratando de decidir qué hacer. Mi equipo de sonido reproduce de fondo canciones tristes de Maroon 5, y me siento como un perdedor.
Jamás he sido así, nervioso y dolorido. No me favorece. Ni a mí ni a nadie, supongo. Sin embargo, había pensado de verdad que estaba por encima de eso, que era imposible romperme el corazón. Incluso había llegado a pensar que las penas amorosas eran algo que se podía eliminar con disciplina.
Ahora me parece bastante estúpido.
Agarro mi móvil de la mesa de centro y vuelvo a mandarle un mensaje. No me contengo, tan solo libero lo que pienso. Te echo de menos. Sé que estás enfadado conmigo, o con el mundo. O lo que sea. Pero no has dejado que me acerque lo suficiente como para pedirte disculpas, y ser así de frío no te va.
Tras enviarlo, me arrepiento inmediatamente. Quizá he sido demasiado honesto.
Ser sincero es un desastre.
Sigo observando el móvil, forzándole mentalmente a que responda, cuando un dedo llama a mi puerta. Gracias a Dios, joder. Voy al trote hacia la entrada y abro la puerta de golpe, revelando a Gavin en el pasillo.
—Hola —dice en voz baja.
Abro la puerta del todo y doy un paso a un lado, y vuelvo a cerrarla cuando pasa dentro. Sin embargo, no se sienta. Se queda de pie en mi sala de estar con las manos metidas en los bolsillos.
—Tienes razón. No se me da bien eso de ser frío. No es mi estilo. Pero me has dejado descolocado y no sé qué hacer al respecto.
—Lo siento —respondo inmediatamente—. Sé que he sido un huevón… No, un huevón no. Los huevos son buenos. He sido un cabrón, y te he complicado el trabajo al cuestionar tu autoridad.
Él mira hacia el suelo de madera.
—Los atletas se desquitan con el preparador físico. Suele pasar. Ese no es el problema.
—Entonces, ¿cuál es? —le pregunto. La expresión triste en su rostro me está retorciendo por dentro.
—Tenemos que dar un paso atrás —dice en voz baja—. Esa noche lo demostró, ¿vale? Ninguno de los dos pudo funcionar como tocaba en ese escenario. Estabas potencialmente lesionado, y no se esperaba que fueras racional. Y yo no pude hacer bien mi trabajo por nuestra relación.
—Pero sí que lo hiciste bien —apunto—. Seguiste todas las normas, fui yo el que se portó como un cretino.
Lentamente, niega con la cabeza.
—Qué bonito es que pienses eso.
—¿De qué hablas? Estaba allí.
Levanta la barbilla de repente, y sus ojos grises se llenan de furia.
—No estabas allí, Hudson, estabas inconsciente.
Ese es el maldito problema. Durante unos minutos, fui el encargado de asegurarme de que ibas a estar bien.
Y no podía ni terminar un pensamiento porque acababa de ver cómo tu cráneo rebotaba contra el hielo.
Quizá esto sea una sorpresa para ti, pero la verdad es que me alteró verlo.
—Oh —digo estúpidamente.
«Oh».
—Fue, en plan, la tormenta perfecta —dice, abrazándose con fuerza y empezando a dar vueltas por básicamente el mismo lugar en que yo he hecho lo mismo hace unos minutos—.
Tú, boca arriba contra el hielo. Parecías un cadáver, Hudson.
—Me dedica una mirada furiosa, y mi corazón se desliza un poco más hacia mis intestinos.
No estaba ni cerca de estar muerto, pero Gavin tiene demasiada experiencia con hombres que se le mueren. Y quizá he tardado demasiado en darme cuenta de eso, pero por fin entiendo que no debería pelearme con él por ello.
—… Y entonces hiciste tu numerito de atleta machirulo y me recriminaste que siguiera el protocolo de cuidados.
—Levanta los ojos hacia el cielo—. Lo cual no me importa, en serio.
Henry probablemente recibe respuestas de este estilo en el banquillo todo el rato.
No es personal. Excepto cuando sí que lo es, cariño.
—Se gira hacia mí otra vez, y esta vez parece destrozado—.
Es fantástico que no te hicieras daño de verdad.
Me creo que estés bien. Pero no puede haber una próxima vez.
Tu trabajo es pensar en ganar partidos, no en pensar en el peligro.
Pero mi trabajo es esperar lo peor y después hacer que sea mejor.
—Pero se te da genial tu trabajo —apunto—. Y solo trabajas en partidos, en plan, tres noches este año, ¿no?
—Habrá más —dice con suavidad—. Me ha dicho Henry que a su esposa la han hospitalizado por parto prematuro. Están intentando evitar que dé a luz a los gemelos demasiado temprano.
—Oh, mierda. Tiene mala pinta.
—Es una situación inestable. —Hace una mueca—. Pero me ha preguntado si me importaría aceptar un par de partidos en casa mientras termina la temporada. También me ha preguntado si me quiero encargar de la noche LGBTQ, para que haya una persona representando el orgullo en el banquillo del Brooklyn.
Se me cae el alma a los pies.
—Una persona —repito estúpidamente. Gavin se encoge de hombros.
—Solo te digo lo que me ha dicho él. Le he dicho que no, que le había prometido a Jordyn que la llevaría a ese partido.
«Joder».
—Pero estás enfadado conmigo por no salir del armario.
—No. —Niega con la cabeza con energía—. Me importas, y sé que estás en un aprieto. Y cada uno lo hace a su tiempo. Pero tienes que darte cuenta de que yo también estoy en un aprieto. No podemos seguir así, Hudson.
Siento sus palabras como un disparo.
—… Porque no quiero ser el que decide si sales de un juego con una lesión, y no hay manera de que pueda ser honesto con mi jefe sobre el problema. No puedo decirle a Henry por qué es inapropiado que trabaje en los partidos.
Me siento en el sofá, pesado, y apoyo la cabeza en las manos.
—Cuanto mejor me vayan las cosas en el trabajo, más a menudo saldrán situaciones así.
—… Y yo soy la razón por la que has rechazado trabajar en un partido.
—Quizá pienses que estoy exagerando al respecto —dice en voz baja—. También puedo ver tu punto de vista. Pero este trabajo es nuevo, y mi reputación es lo único que tengo. Además… —Traga saliva con fuerza y entonces se calla. Yo levanto la mirada.
—¿Además, qué?
—Fue una mierda, ¿vale? No viste lo que yo vi: a un hombre por el que siento algo, tumbado en el hielo, inmóvil. ¿Y de repente soy el encargado de tomar las decisiones médicas por ti mientras me las rebates todas? —Separa los brazos tan largos como son—. No quiero volver a estar en esa situación.
—Dios, lo siento. Yo tampoco quiero que lo estés.
—Entonces tenemos que dejar de vernos.
—… Al menos, hasta que termine la temporada —añado, aferrándome al vacío legal.
Gavin asiente, pero no es una promesa. Aún tendré que convencerlo—.
Lo único que tengo que hacer es trabajar como un burro, conseguir una renegociación temprana de mi contrato con una cláusula para que no me intercambien y hacerme indispensable para el Brooklyn.
—¿Eso es todo? —Me dedica una sonrisa cansada.
—Me gustan los retos. Y tú ya eres indispensable, así que cuando salga del armario con la dirección, nos ayudarán a encontrar un camino a seguir.
—Me gusta cómo suena —dice Gavin, mirándose los zapatos—, pero no hay garantías.
Tiene razón. No hay una solución fácil, pero me da un objetivo.
—Siento que esto sea tan difícil.
—No te disculpes, no estoy tratando de echarte la culpa, pero todo se ha complicado de la noche a la mañana, y no puedo lidiar con más complicaciones en mi vida. Ojalá pudiera, porque, Hudson… —levanta la mirada y me dedica una sonrisa triste—, eres mi complicación favorita.
Aún estoy procesando lo que ha dicho cuando se dirige hacia la puerta, y yo me levanto como un títere movido por cuerdas, porque verlo marcharse es como recibir un corte profundo.
—Gavin, espera. —Me salen las palabras de la boca antes de que pueda evitarlo.
No es como si pudiera hacerle cambiar de opinión; eso sería egoísta.
Sin embargo, se para en seco justo frente a la puerta, y espera a que diga algo—.
Cuídate. —Mi voz es como gravilla. Doy un paso hacia delante.
La necesidad de besarle es abrumadora, pero tomarse una pausa implica reprimir el impulso, así que, en su lugar, le doy un abrazo.
Y, ¡ups!, en realidad es peor. Cuando sus brazos me rodean, suspira y apoya la barbilla en mi hombro. Siento el fuerte latido de su corazón contra el mío.
—Gracias por escucharme —susurra.
—No hay de qué —respondo en el mismo tono.
Lo único que quiero hacer es escucharle. Lo quiero en mi vida y en mi cama.
Pero mi vida entera está montada para que quiera más al hockey.
Así pues, un momento más tarde se deshace de mi agarre, y entonces se va de mi piso.
Y vuelvo a estar solo.