VEINTIOCHO Gavin
De alguna manera, el partido termina con la victoria del Brooklyn por un punto, pero no sabría decir cómo hemos llegado a ese punto.
Hago mi trabajo como si estuviera en piloto automático.
En los vestuarios, corto la cinta que cubre extremidades y masajeo músculos.
Apunto cosas en los historiales médicos, y le pongo una pomada antiséptica a Crikey en la cara.
Entonces, me quedo de pie junto a un Hudson avergonzado mientras lee otra tarjeta.
Todo este tiempo estoy ardiendo de la ira. Es el tipo de rabia que parece gasolina. Con tan solo pensar en su cuerpo inconsciente en el hielo, ya quiero quemar este edificio hasta los cimientos.
Y ahí está, sentado, leyendo los números de la tarjeta como si todo estuviera bien. Al menos su puntuación mejora, incluso en un vestuario ruidoso y a rebosar de gente, mientras un periodista entrevista a O’Doul a medio metro de nosotros.
—¿Lo he hecho bien? —pregunta alzando la mirada, con los ojos llenos de preguntas.
—A tres segundos de tu base —le digo con los dientes apretados—. Pero aun así vas a tener un chequeo completo mañana en Brooklyn.
—Vale —responde, buscándome la mirada.
Le doy la espalda y me marcho hacia mi puesto de trabajo.
Probablemente, no tiene una conmoción cerebral; estas pruebas pueden predecirlas correctamente en un noventa y dos por ciento de los casos.
Sin embargo, saber eso no me ayuda. Recojo mis cosas con movimientos erráticos y furiosos. No puedo esperar a alejarme de este lugar.
Esta noche ha sido la tormenta perfecta, conmigo trabajando y con Hudson lesionado. Nunca había sacado a un jugador de un partido, ¿tenía que ser él?
Puta vida. Justo por esto nunca tendría que haberme involucrado con él. Si la dirección lo supiera…
Me da un escalofrío.
Una hora más tarde llegamos al aeropuerto en autobús. En la terminal, encuentro un rincón tranquilo y llamo a Henry, que responde de inmediato.
—¡Hola! ¿Qué tal la cara de Crikey?
—Tendrá que ir al médico mañana, quizá necesitará un par de puntos. Eso es todo. Ha sangrado mucho.
—Ya, es lo que tienen los cortes en la cara —responde con un suspiro—. ¿Y qué hay de Newgate? ¿Alguna señal de conmoción?
—Ha pasado las pruebas, pero deberías ver su casco. —Se me encoge el estómago—. Y tiene un bulto en la parte trasera de la cabeza.
—He reproducido su caída varias veces. Se ha dado una vez con el casco, y entonces ha vuelto a darse contra el hielo cuando el casco ha salido volando.
—Se ha desmayado —explico mientras noto una oleada de náuseas recorriéndome el cuerpo—. Tan solo unos segundos. —Intento sonar relajado, pero ha habido un momento en el que no se movía. Esa quietud tan horrible y absoluta es algo que nunca quieres ver.
Y él tampoco la ha visto. Pensándolo bien, sé que es por eso por lo que me ha insistido tanto en que estaba bien. Para él, no ha sido nada.
Para mí, ha sido una película de terror hecha realidad.
—Ah —dice Henry—. Has hecho bien en sacarlo del partido.
—No cabe duda. El protocolo es muy claro.
—Sigue siendo una mierda, ¿no? —apunta Henry—. El atleta suele ser un auténtico mamón al respecto. Sienten que tienen que serlo.
—Ah, ¿es por eso?
Henry se ríe, pero no tiene ni idea de lo mucho que me ha molestado toda esta experiencia.
En una semana laboral normal y corriente, no hay conflicto de intereses entre Hudson y yo. Henry es el preparador físico jefe, y es su trabajo ayudar al doctor del equipo y al entrenador a determinar cuál es el estado físico de los jugadores.
Estos viajes, sin embargo, son la excepción. Y me he estado engañando a mí mismo al pensar que podría pasármelo bien y hacer mi trabajo a la vez.
—¿Cuáles son sus puntuaciones? —pregunta Henry. Tras darle toda la información, dice—: Ven a verme mañana. Hay algo que tengo que consultarte.
—Por supuesto. —Cuelgo la llamada, y es hora de abordar el avión.
El vuelo a casa es silencioso, pues los jugadores o bien duermen o bien ven pelis en sus asientos.
Pero yo no me puedo relajar. Lo único que puedo hacer es repetir en mi cabeza los horrores de esta noche.
Lo que ha ocurrido con Hudson probablemente me perseguirá en sueños, pero lo que pasó después ha sido peor: cuando trataba de hacer mi trabajo con las manos trémulas y el corazón errático mientras él se peleaba conmigo.
Ahora tengo un dolor de cabeza horrible y muchos remordimientos.
Al llegar, salgo corriendo hacia la línea de taxis y me subo en uno por mi cuenta. Hudson, sin embargo, me está mandando m ensajes: ¿Te has ido sin mí? Pensaba que podríamos ir a casa juntos. ¿No vas a dejar que me disculpe?
Dejo el mensaje en leído y trato de averiguar qué responder.
Mira, sé que la he cagado , continúa. En una situación así no debería pelearme contigo. Sé que solo estabas haciendo tu trabajo. Lo siento, ¿vale? No volverá a pasar.
Lo entiendo , respondo por fin. Tú también estabas haciendo tu trabajo, pero justo por eso somos un problema. Soy el único culpable aquí, debería ser más sensato. Y necesito este trabajo.
Aparecen las burbujas que marcan que la otra persona está escribiendo, pero el mensaje no aparece. Espero a que llegue durante un buen rato, pero no me contesta hasta que el taxi gira hacia nuestra calle.
Hablemos mañana sobre esto , me dice. No quiero ponerte en una posición difícil. Pero puedo hacerlo mejor. Puedo hacer que no sea un problema.
Cierro los ojos y me imagino su cuerpo tumbado en el hielo, con su barbilla colgada hacia un lado como si fuera un hombre muerto.
Y entonces me imagino la forma en que casi me ignora cuando estamos en las instalaciones de entrenamiento juntos. El pesado secreto de su atracción. El oscuro secreto de mi conflicto de intereses.
Es demasiado. Demasiado complicado. Más dolor que alegría. Más daño que amor.
Por tanto, no le respondo. Pago al conductor y entro en mi piso, donde todo se encuentra en silencio. Entro en la habitación de Jordyn, que ya está dormida, y la arropo con las mantas. Le doy un beso en la frente.
Ella se da la vuelta y sus ojos parpadean.
—Papi —susurra, y entonces vuelve a caerse dormida.
Tengo el corazón lleno, pero un poco roto.
Esa es mi base.
Todos los sistemas funcionan con normalidad.